Un particular proyecto de Ley cursa trámite en el Congreso de la República de Colombia. Se trata de un somero cambio lingüístico en el lema que por más de 191 años ha acompañado el escudo nacional del país cafetero. La iniciativa surgió desde el despacho del presidente Gustavo Petro y pide modificar en el escudo de armas de la nación las palabras “Libertad y Orden” ubicadas en la cinta que se encuentra justo encima del blasón de forma suiza y debajo del cóndor de los Andes, añadiendo la palabra “justo” como epíteto del tipo de orden que quiere imponer el presidente de los colombianos.
El proyecto consta de unos 10 artículos cortos y una basta exposición de motivos en donde el ponente explica la necesidad de entender el orden, no como un valor de sujeción a la ley natural y de respeto por las instituciones públicas y privadas sino un orden que se comprende a partir de la uniformidad en el ingreso y de la justicia distributiva como axioma político del proyecto que hoy gobierna en Colombia. Al escuchar muchas de las alocuciones del presidente Petro se puede evidenciar que el mandatario colombiano, que se reconoce un devoto marxista, entiende la justicia de una manera muy diferente a como lo hace el cristianismo. Petro juzga la justicia en función de las relaciones jurídicas superestructurales de distribución de la riqueza y no la comprende como una virtud. Para él, la contradicción entre los poderes económicos y las clases sociales más bajas dentro de la sociedad, debe despertar necesariamente una resistencia social que desemboque en un verdadero cambio cualitativo, progresista y justo.
Si bien el pregón de distribución de la riqueza e igualdad en el ingreso para todos suena maravilloso entre quienes, como el primer mandatario de los colombianos, profesan los dogmas del socialismo marxista, esto no corresponde con la visión cristiana de la justicia tal y como la formuló en su momento Santo Tomás de Aquino remitiéndose al jurista romano Ulpiano y que Platón atribuye a Simónides. A saber: “el hábito según el cual, con constante y perpetua voluntad, se da a cada uno su derecho”. La justicia en el pensamiento católico es todo menos una carta de propaganda política. Es la disposición moral de “respetar los derechos de cada uno y a establecer en las relaciones humanas la armonía que promueve la equidad respecto a las personas y al bien común.” Es la incesante búsqueda de un orden social que dignifique a todas las personas pero también a toda la persona; un deseo que busque el florecimiento de todos y cada uno a partir de una verdadera compresión de la integralidad del ser humano.
Sin embargo, malentender los valores cristianos y subvertir su definición objetiva para justificar proyectos de gobierno no es algo nuevo en el panorama político de la historia humana, de hecho, es una práctica más común de lo que parece. Al revisar la historia de la modernidad y cómo se ha desarrollado de manera progresiva el proceso de secularización de la civilización occidental, vemos que este tipo de iniciativas son bastante frecuentes.
Por ejemplo, durante la revolución francesa los jacobinos buscaron erradicar a como diera lugar la influencia de la monarquía y de la Iglesia católica entre la población civil. Se abolieron además de títulos nobiliarios, los nombres de calles y plazas que tuvieran referencias al cristianismo y se cambió el lema que acompañó por siglo al reino galo: “Montjoie, Saint Denis!” (¡Socorro, Saint Denis!1) -usado desde el siglo XII por el rey Luis VI como grito de guerra- por el célebre “Liberté, Egalité, Fraternité”. Tres valores que juntos suenan muy bien pero que carecen de sentido cuando la libertad se entiende como autodeterminación y libertinaje, la igualdad como absorción del individuo dentro de la colectividad y la fraternidad como uniformización de pensamiento. Durante la revolución y particularmente en el período del ‘Terror’ (1793-1794), la libertad se convirtió en una justificación para la violencia y la represión, la igualdad una paradoja de un programa político y la fraternidad una vil mentira ante los miles de asesinatos de quienes no comulgaran con los principios revolucionarios.
En la Alemania del Tercer Reich, por su parte, la estrategia de alteración de los valores nacionales a través de las palabras fue más audaz. El filólogo de origen judío y perseguido por la Gestapo alemana, Victor Klemperer relata que el medio de propaganda del programa de Hitler no fueron sus discursos ni los del ministro de propaganda Goebbels, fueron, de hecho, las palabras y el uso conveniente de ellas: “El nazismo se introducía más bien en la carne y en la sangre de las masas a través de palabras aisladas, de expresiones, de formas sintácticas que imponía repitiéndolas millones de veces y que eran adoptadas de forma mecánica e inconsciente.” La manipulación de los símbolos nacionales también fue parte del guion impulsado desde las arcas del Tercer Reich. En 1935, un año después de la muerte del presidente Paul Von Hindenburg y tras la autoproclamación de Hitler como caudillo de los alemanes, se prohibió el uso de la bandera de Weimar2 y solamente quedó instituida la bandera nazi como símbolo nacional. Al respecto escribe Hitler en ‘Mi Lucha’: «Yo mismo, mientras tanto, después de innumerables intentos, encontré un diseño final; una bandera con un fondo rojo, un círculo blanco y una esvástica negra en el medio. Tras varios ensayos, pude definir la proporción entre el tamaño de la bandera y el tamaño del círculo blanco, así como la forma y el grosor de la esvástica«.
Mao Tse-Tung, una vez se erige como presidente del gobierno central de la República Popular China emprende una guerra en contra de las ideas cercanas a lo sobrenatural en la idiosincrasia popular, enarbola con ortodoxia los postulados del marxismo y trastoca, como los anteriores, los símbolos nacionales. “La tarea más fundamental en el trabajo político-ideológico de nuestro Partido es mantener siempre en alto la gran bandera roja del pensamiento de Mao Tsetung, armar a todo el pueblo con el pensamiento de Mao Tsetung y, en todo tipo de trabajo, colocar resueltamente el pensamiento de Mao Tsetung en el puesto de mando” dijo en 1966 el Vicepresidente del Comité Central del Partido Comunista de China, Lin Pao, defendiendo los cambios hechos en la identidad nacional entre los que estuvo la modificación de la bandera ‘Kuomintang’ por la bandera que hoy conocemos, roja y con cinco estrellas doradas, el escudo nacional que se reemplazó por el anterior incluyendo la ‘Puerta de Tiananmén’, símbolo del inicio de la Revolución Comunista y se cambió el himno nacional adoptando la ‘Marcha de los Voluntarios’3 como el cántico nacional.
En la Venezuela del chavismo tampoco ha sido diferente la praxis. En 2006 por iniciativa del presidente Hugo Chávez la Asamblea Nacional aprobó la ‘Ley de Bandera Nacional, Himno Nacional y Escudo de Armas de la República Bolivariana de Venezuela’. Entre los cambios que trajo esta norma estaba la orientación del caballo en el escudo de armas, que dejó de mirar hacia la derecha para girar hacia la izquierda. Además, se añadieron elementos que buscaban reforzar la narrativa oficialista, como un arco y una flecha en representación de las comunidades indígenas, y, un machete símbolo de la lucha de los campesinos y afrodescendientes. Aunque en el discurso estos cambios se presentaban como un reconocimiento a sectores marginados, en la práctica, respondían a la estrategia de Chávez de construir una historia paralela que justificara su modelo de gobierno.
El ejercicio político desentendido del bien común, de la verdad y de la auténtica justicia llevan ineludiblemente a buscar proyectos particulares propios de la imaginación corrompida y de los desórdenes humanos. Es lo que sucedió en la Revolución Francesa, en el Tercer Reich alemán, en la China de Mao Tse-Tung, en la Venezuela de Hugo Chávez y para muchos lo que está sucediendo en Colombia con el intento de Gustavo Petro por modificar la identidad nacional y consolidar su proyecto de país alejado de la verdad cristiana.
Los símbolos nacionales no son meros adornos de los estandartes nacionales, son los cimientos sobre los cuales se construye la identidad de una nación. Bien expresó George Orwell en su distópica ‘1984’ cuando narra que ‘El Partido’ tenía un slogan bastante curioso: “Quien controla el pasado, controla el futuro, quien controla el presente, controla el pasado”.
Referencias:
Santo Tomás de Aquino, “Summa Theologiae” II, IIae, q 58, art 1, responso.
Catecismo de la Iglesia Católica, “La dignidad de la persona humana”. Tercera parte, artículo 7, La justicia, Nº 1807.
Victor Klemperer, ‘Lingua Tertii Imperii’, Editorial Minúscula, 1947. P 31.
Adolf Hitler, ‘Mi Lucha’, 1926. T & B Editores, p 134.
Citas del Presidente Mao Tse-Tung, Prefacio a la segunda edición de citas del presidente, 16 de diciembre de 1966. Edición propia del partido Comunista de China, Prólogo de Lin Pao.
George Orwell, 1984. Ed. Blanco Y Negro Sas, 2022, p 25.





