La forma del futuro

Gerardo Garibay Camarena

Se trata de los macrodatos, el metaverso, el aprendizaje automatizado, la impresión en tres dimensiones y la civilización espacial, que implican no solo mejorar los productos existentes, sino reemplazar categorías enteras del mercado y modificar irreversiblemente muchos pilares del trabajo y de la convivencia humana.

Durante los últimos 60 años, nuestra civilización ha experimentado una transformación muy profunda. Estos cambios han ocurrido tan rápidamente, que en muchos casos ni siquiera hemos tenido el tiempo como para reflexionar acerca de sus implicaciones en nuestra vida cotidiana. Algunos, como el internet y la telefonía celular, son más evidentes; muchos otros, desde la identidad nacional y religiosa, hasta la expectativa familiar, quizá sean más sutiles, pero igualmente trascendentales.

Haga el esfuerzo de pensar cómo era la vida, la mentalidad, el trabajo y el entretenimiento en 1964; a primera vista, la imagen le resultará familiar: rock & roll, automóviles, oficinas, incluso televisión. Sin embargo, entre más profundice, más notará que incluso aunque algunos elementos de entonces siguen existiendo ahora, la manera en que los utilizamos y la forma en que vivimos es muy distinta. En menos tiempo del de una vida humana promedio, todo se transformó; y el ritmo no va a reducirse.

Si los 60 años anteriores fueron de un avance vertiginoso, los próximos 60 años van a ser la ruta (literalmente) a un nuevo mundo. Los grandes motores ya están en marcha, ya están entre nosotros, ya son negocio y se consolidan como economías de escala. Son cinco revoluciones tecnológicas, cada una con el potencial para imprimir en la sociedad cambios más drásticos que todo lo visto en los últimos doscientos años, y que al combinarse multiplicarán sus efectos.

Se trata de los macrodatos, el metaverso, el aprendizaje automatizado, la impresión en tres dimensiones y la civilización espacial, que implican no solo mejorar los productos existentes, sino reemplazar categorías enteras del mercado y modificar irreversiblemente muchos pilares del trabajo y de la convivencia humana.

La forma del futuroCarreteras repletas de vehículos que se conducen solos, colonias en la Luna y en Marte, computadoras con el poder de crear cálculos y soluciones que hoy ni siquiera imaginamos, inteligencia artificial capaz de reemplazar miles de millones de trabajos actuales, un metaverso tan inmersivo que resulte casi indistinguible de la realidad del mundo exterior. Todo eso ya no es ciencia ficción, ya está en proceso. En las siguientes 6 décadas, esas tecnologías alcanzarán su madurez, y con ellas dibujaremos una nueva realidad, no necesariamente “mejor” o “peor” que la actual, pero sí muy diferente.

A las turbulencias tecnológicas y económicas, las acompañaran auténticos sismos sociales, cuyas primeras señales ya son evidentes para todo el que este dispuesto a ver el mundo a su alrededor: la flexibilización de roles y procesos, la agonía de muchas tradiciones y el surgimiento de nuevas lealtades con la fuerza para redefinir el mundo y la manera en que entendemos nuestra nacionalidad, religión y familia.

Dicho lo anterior, sin importar cuánto avance la tecnología o cuánto se “modernice” la sociedad, la gente seguirá siendo gente, así que el futuro no será una utopía. Cada época ha tenido sus propias maravillas, pero también sus propios monstruos, y lo mismo viviremos en las próximas décadas: habrá preocupaciones y problemas que dejarán de serlo; muchas dolencias y complicaciones que ahora nos atormentan, quedarán tan lejos como lo están de nosotros aquellas que enfrentaban nuestros abuelos. Sin embargo, los problemas que nos quitemos serán reemplazados con otros nuevos, como ha ocurrido siempre. El futuro será emocionante, pero no será perfecto.

El futuro tampoco será inmediato, y el progreso no es inevitable o irreversible. Se construye poco a poco, con pasos adelante y tropiezos hacia atrás. A la vuelta de un par de décadas, algunas tecnologías serán más de lo que nos imaginamos, y otras se habrán revelado como decepciones o absurdos, mientras que una decisión política, una guerra, una crisis económica, pueden dar al traste hasta con las mejores ideas.

El futuro, por lo tanto, no será una solución mágica a nuestros problemas; no implicará una transformación absoluta de la naturaleza humana; no será perfecto ni nos llevará al cumplir el cien por ciento de lo que hoy nos imaginamos. Lo que sí será es una transformación más veloz y profunda que las del Siglo XX o, quizá, que las de cualquier otro punto a lo largo de nuestra historia.

Dentro de 60 años muy probablemente tendremos nuevas banderas, símbolos, deportes y referentes. Para quienes habiten el 2083, nuestro mundo actual les será tan ajeno como para nosotros lo es la vida de hace 500 o 600 años. Nuestras novedades se habrán vuelto casi arqueología, y cuando nos estudien, más de alguno se preguntará cómo fue posible que la humanidad sobreviviera a las dificultades y los errores de nuestro tiempo, así como nosotros observamos con una cierta mezcla de asombro y desagrado las formas de vida, rutinas y alimentación de las sociedades antiguas.

Previsualizar cómo funcionará este proceso y cuáles serán sus principales impactos es fundamental, no solo para los gobiernos, sino para las empresas, las familias y para cada uno de nosotros, de forma que afrontar el futuro sin quedar condenados al papel de víctimas, testigos o instrumentos. ¡Seamos protagonistas!

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