Lo que antaño fue un estilo sublime de comunicación, la narrativa, se ha trastornado -quizás malintencionadamente- en herramienta política en no pocas ocasiones utilizada con propósitos perversos. Entre las razones de ello está la velocidad a la que fluye la información, especialmente en internet. Captar y retener la atención ante un flujo masivo de datos resulta, cuando menos, extremadamente complejo, pero la narrativa tiene maneras de captar más tiempo la atención del público.
La narrativa como recurso literario se caracteriza por su importante carga de ambigüedad, consistencia, atemporalidad, emotividad inspiradora -hasta cierto punto inexplicable- con capacidad de unir comunidades (de ahí la tradición de los juglares que precisamente narraban historias de lugar en lugar y lograban la unidad de un grupo social), alta comprensibilidad, incluso para niños, un contenido valioso que vale la pena conservar para la posteridad y lo más importante: La narrativa auténtica posee una Verdad intrínseca e inalterable, no como elemento propio del relato, sino como fondo y sustento de la historia que cuenta.
Las grandes Historias como Beowulf, el Cid Campeador, el Señor de los Anillos, los cuentos de los hermanos Grimm o las épicas historias del Antiguo Testamento poseen todas estas características y por eso no pasan de moda ni cambian sustancialmente.
De forma directa no cuentan la historia de una Verdad, sino que su composición permite discernir y descubrir -lo más bello de este recurso artístico- aquella Verdad, como cuando Aslan afirma tener otro nombre y rostro en la Tierra, distinto del que tiene en Narnia, o cuando Samwise Gamyi le dice a Frodo que en las historias que realmente valen la pena los personajes pudieron dar la vuelta y seguir su camino, pero no lo hicieron porque hay bondad en el mundo y vale la pena luchar por ella.
Aslan no dice “Soy Jesús, el mesías, camino, verdad y vida” y Samwise no dice “destruyamos al mal mediante el bien, hagamos lo correcto y hagamos caso a nuestra conciencia”, en ambos casos se permite que la audiencia descubra esta Verdad fundamental.
No son meros cuentos de cuna, son semilla de solidaridad y contribuyen directamente en la construcción del Bien Común, a diferencia del recurso publicitario tan de moda.
“Está haciendo furor la moda del storytelling, que es el arte de narrar historias como estrategia para transmitir mensajes emocionalmente, pero lo que hay tras esa aparatosa moda es un vacío narrativo, que se manifiesta como desorientación y carencia de sentido. […] Las narraciones capaces de transformar el mundo y de descubrir en él nuevas dimensiones nunca las crea a voluntad una sola persona. […] En definitiva, son la expresión del modo de sentir de una época. Estas narraciones, con su verdad intrínseca, son lo contrario de las narrativas aligeradas, intercambiables y devenidas contingentes […]. (Byung-Chul & Ciria, 2023)
Quizás el vocablo en inglés, storytelling, describe muy bien en qué consisten las narrativas como se utilizan actualmente: contar historias -o más bien postear una storie- algo consistentes, temporales, ligadas a una verdad a medias, necesitadas de una explicación a veces minuciosa o exagerada para justificarse, ciertamente emotiva pero enfocada en el “llamado a la acción” en el sentido de dar clic o marcar una opción en la boleta o adquirir un producto, en suma intrascendente; asociadas a comunnities o segmentos y no a Comunidades.
Siendo serios, quizás la única relación entre la Narrativa como recurso literario y las narrativas actuales es la capacidad de ser comprendidas por distintos públicos.
¿Cómo analizar una narrativa política?
Primero es necesario identificar sus elementos, de igual forma que en una frase se identifican sujeto, verbo, predicado y adverbios, en la narrativa encontramos: Ideas fuerza, héroe, villano, víctimas, aliados y una promesa final. Tanto la Narrativa clásica como las narrativas políticas poseen estos elementos, aunque como ya se ha explicado, con propósitos muy distintos.
En segundo lugar, se ha de estudiar el Mensaje. “Toda narración es un sistema y desde esta perspectiva estructuralista se configura, en primera instancia, por un contenido -lo que se cuenta, la historia- y una expresión o manifestación -el discurso-.” (García García, Turviñes, & Martín, 2024)
La clave de una narrativa exitosa es poder alinear con la mayor congruencia posible el discurso, las imágenes, las acciones, videos, textos, vestimenta y símbolos. No es sencillo y menos en nuestros días donde todo queda grabado en la memoria de las redes sociales que frecuentemente se usan en contra de cualquier narrativa y sus personajes.
En tercer lugar, analizar piezas de comunicación que traduzcan la narrativa en algo muy concreto, es decir, el mensaje hecho pieza de comunicación y evidencia de la propia narrativa. Ahí es más sencillo interpretar la narrativa en lugar de especular sobre su contenido.
Finalmente, es importante identificar a los “juglares” que hoy mayormente se mueven en el entorno digital. En estos personajes se pueden hacer notar las ambigüedades que llenan con sus fantasías, ideales, aspiraciones, emociones y deseos; su lenguaje corporal, las expresiones que usan y la manera en la que defienden su historia revelan los detalles que siembran en la narrativa.
Muchos influencers en redes sociales no son en sí mismos la narrativa, sino replicadores o repetidores de esta; se valen de ambigüedades para que los seguidores las cubran con sus propias ideas y así complementan y le dan más durabilidad a la historia que cuentan. Realmente son pocos los creadores de narrativa.
Las campañas electorales, movimientos, partidos y gobiernos más populares -no necesariamente más benéficos para el Bien Común- logran diseñar y sostener una narrativa suficiente tiempo, no aún el necesario para ser recordada como las mitologías de la antigüedad, pero si para lograr el ansiado poder e implementar o imponer su agenda.
Referencias:
Byung-Chul, H., & Ciria, A. (2023). La crisis de la narración. Barcelona: Herder.
García García, F., Turviñes, V., & Martín, L. R. (2024). Creatividad en la narrativa publicitaria: estrategia, contenidos y discursos. Madrid: Dykinson.
Algunos ejemplos recientes en México: John Ackerman, algún tiempo un promotor a ultranza del gobierno de López Obrador, llego a calificarlo en televisión nacional de un verdadero científico por encima del resto de auténticos científicos, al tiempo que su esposa Irma Eréndira Sándoval en entrevistas luego de su nombramiento como Secretaria de la Función Pública decía sonriente y orgullosa “AMLO es el Estado”. Antonio Attolini, emocionado por lograr una candidatura luego de varios años de ensalzar a su partido, llegó al punto de las lágrimas al emitir su voto mientras transmitía en vivo el hecho. Abraham Mendieta, español de nacimiento, usa sus dotes histriónicos para exagerar a gritos su militancia favorable al régimen del partido Morena, equiparándose con Pancho Villa y asumiéndose como el encargado de defender a la autodenominada “cuarta transformación”.





