- Invertimos semanas en cursos para actualizarnos en el uso de herramientas de inteligencia artificial como ChatGPT o Gemini.
- Dedicamos horas a dominar la polémica deportiva: debatimos con furia si los 833 goles de Messi valen más que los 885 de Cristiano Ronaldo.
- El esoterismo moderno: conocemos nuestra «compatibilidad astral» tu signo zodiacal o el rincón exacto para el «borreguito de la abundancia».
- Configuramos celulares nuevos con meticulosidad quirúrgica, respaldando cada foto, app y contacto.
Sin embargo, balbuceamos como principiantes cuando se nos pregunta por algo mucho más profundo: el fundamento de nuestra propia existencia, nuestras convicciones o creencias religiosas.
Ante esto, surge la pregunta:
¿Podemos permitirnos seguir siendo analfabetas funcionales de nuestra fe?
El ser humano siempre ha batallado para priorizar lo importante por encima de lo urgente. Y lo verdaderamente importante es sencillo: amar y ser feliz. Aristóteles no definía la felicidad (Eudaimonía) como un placer sensorial o un estado de euforia pasajera, sino como la actividad del alma en coherencia con la virtud y un propósito superior. La alegría verdadera, desde la visión humanista, es una conquista de la voluntad; el resultado de una vida lograda y orientada hacia el bien objetivo.
La ciencia respalda a la filosofía. Un famoso estudio de Harvard sobre el Desarrollo Adulto, que siguió durante 85 años a egresados de élite y a jóvenes de barrios marginados en Boston, arrojó una conclusión disruptiva: ni el coeficiente intelectual, ni la cuenta bancaria garantizaron una vejez sana o feliz.
Muchos de los «exitosos» terminaron en el aislamiento y la amargura, mientras que aquellos que cultivaron vínculos profundos y un sentido de pertenencia comunitaria alcanzaron un verdadero bienestar. El éxito demostró ser solo un medio, pero la felicidad se dio en el vínculo personal.
Si la filosofía nos pide un propósito y la ciencia nos confirma que la clave es el vínculo o el amor, ¿por qué descuidamos la prioridad suprema y el propósito máximo, que es nuestra relación con el Creador? Sin la formación necesaria para nutrir nuestro origen, el triunfo profesional no es más que un espejismo de oro en un desierto existencial.
El mundo moderno nos vende la felicidad como un kit armable de éxito individual, y en esa soberbia, solemos despreciar la «Tradición de la abuela». La etiquetamos de anticuada y negamos la formación religiosa bajo el pretexto de la «libertad», condenando a toda una generación a la orfandad cultural. Olvidamos que esa tradición es el cimiento gratuito de Occidente; el sentido de la dignidad humana y las libertades que hoy gozamos no se entienden sin sus raíces cristianas.
El católico tiene a su disposición un arsenal inmenso. Su mensaje fundacional no es el de un filósofo más, es la Verdad encarnada: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida». Sin embargo, muchos se lavan las manos juzgando su fe como mediocre. Esto no ocurre por falta de herramientas, sino por falta de voluntad. Tenemos el respaldo más potente de la historia:
- La Tradición y la Biblia: No es nostalgia; es un depósito de sabiduría de 2 mil años una proeza de 40 autores y 1,500 años de coherencia, el libro más influyente de la humanidad (con 6 mil millones de copias), que hoy suele ser solo un adorno en nuestras repisas.
- El Catecismo (CIC): No es un manual infantil. Es el libro para el adulto que busca respuestas serias, argumentadas y lógicas sobre bioética, política, familia y dolor.
- Vida Sacramental: Los sacramentos no son trámites sociales. La Confesión es un reset moral y la salud mental definitiva; la Eucaristía es combustible real, no un mero símbolo. Sin ellos, el motor espiritual se funde.
Si pagamos psicólogos, coaches de negocios o entrenadores personales, ¿por qué no buscamos dirección espiritual? Esto es producto de la acedia: una patología de la voluntad, una «tristeza por el bien divino». Es el caso del ejecutivo que trabaja 12 horas, pero le da pesadez leer 5 minutos de teología.
Mientras nosotros padecemos esta pereza espiritual y nos quejamos de dedicarle 45 minutos a una misa, otras tradiciones le exigen a sus fieles ejercicios complejos… y la entregan con rigor.
- El Musulmán detiene su mundo cinco veces al día para postrarse (Salat) y cumple un mes de ayuno radical (Ramadán) para entrenar la voluntad.
- El Judío asume el estudio de la Torá y el Talmud como un debate intelectual de por vida, desconectándose totalmente de la tecnología durante el Shabbat para priorizar a Dios y a la familia.
- El Hindú rige su dieta y oficio bajo una ley cósmica (Dharma) con un ascetismo que hace que la «tibieza» occidental parezca una caricatura.
A pesar de nuestra apatía, la fe no está muerta. El mundo actual, tras años de renegar de lo trascendente, tiene una profunda sed de Dios. Ya lo vemos como un fenómeno cultural en el cine y las artes, donde las historias sobre la redención y lo sagrado vuelven a triunfar y a cautivar a audiencias jóvenes y globales que buscan respuestas de manera intuitiva.
El costo de nuestra ignorancia es altísimo. Un católico sin formación ni convicción es carne de cañón para el relativismo y cualquier ideología de moda. No podemos seguir siendo expertos en lo efímero y principiantes en lo que es eterno. La fe no se improvisa, se forja.
Formarse no es para «ser más bueno», es para ser más libre.
Cita este artículo
Rebollo, F., (2026, junio 24). Eruditos de lo efímero, analfabetas de lo eterno. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/eruditos-de-lo-efimero-analfabetas-de-lo-eterno/
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