Salida con amigos, siempre un buen momento. Comienza con risas, anécdotas y, siempre, algún plato para compartir. Lo interesante de estos momentos es que, a medida que avanza la noche, las conversaciones se vuelven más sinceras. Las anécdotas graciosas se convierten en memorias dolorosas; las risas, en atentas miradas que escuchan la vulnerabilidad del amigo que habla.
En varias de estas conversaciones he preguntado: «¿Es la vida felicidad con momentos tristes o tristeza con momentos felices?» Generalmente, cada uno responde según sus experiencias. En el mejor de los casos, algunos responden lo primero. Pero una abrumadora y sincera mayoría responde lo segundo.
Tristeza, dolor, sufrimiento, desidia, depresión y otros tantos nombres que ponemos a momentos difíciles. ¿Momentos? Quizás sea al revés. Quizás la existencia sea un constante sufrimiento con momentos de felicidad. Tal vez la vida no se trate de momentos difíciles, sino de atesorar aquellos que no lo son. Durante milenios, muchos pensadores han reflexionado acerca del dolor, el sinsentido del sufrimiento o incluso de la vida: el dolor de existir y cómo todo aquello que vive debe enfrentar su dolorosa extinción. Pero ¿es el dolor tan malo como creemos?
Quizás, y solo quizás, el dolor sea lo único real en esta vida: aquello que nos conecta con la realidad, aquello que nos hace reflexionar. No valoraríamos nuestro bienestar si nunca enfermáramos. No atesoraríamos recuerdos si los momentos fueran eternos.
No apreciaríamos los destellos de felicidad sin la tristeza. No distinguiríamos las temporadas buenas sin las malas. Tal vez el dolor no sea tan malo. Tal vez sea necesario. Tal vez incluso haya virtud en él. Tal vez debiéramos apreciarlo más.
«La luz más brillante se encuentra en la noche más oscura», leí una vez. ¡Cuánta verdad! En los momentos más oscuros conocemos quiénes realmente somos. En esos momentos de soledad, sufrimiento y completa desorientación encontramos nuestra verdadera resiliencia. Y quizás nos mintamos a nosotros mismos, quizás pretendamos estar alejados de esa oscuridad, la misma que ya nos envuelve desde hace tiempo. Quizás intentamos evitarla porque tenemos miedo de lo que se encuentra en el abismo: nuestro ser, vulnerable y aterrado.
Pretendemos que todo va bien, solamente para evitar la confrontación. Creemos que en ese profundo abismo de oscuridad solamente yace más oscuridad. Sin embargo, si nunca lo enfrentamos por completo, nunca nos encontraremos con esa luz brillante que restaura, reordena y redirecciona.
No hay orden sin caos. No hay crecimiento sin dolor. Y para que algo nazca, otra cosa debe perecer. El oro se prueba con fuego consumidor; el diamante se forma bajo presión. No podemos evitar la oscuridad eternamente. No podemos huir para siempre.
Solamente si nos atrevemos a enfrentarla, esa oscuridad que nos aterra se convertirá en la luz que iluminará la efimeridad de la siguiente buena estación.
«Aquello que más queremos está donde menos queremos buscar», otra frase que se ha impregnado en mi vida. La vida es una serie de tragedias que nos recuerdan la belleza de existir. No es coincidencia que los héroes siempre sufran hasta el límite para convertirse en uno. No es coincidencia que un dragón defienda el oro que tanto anhelamos. No es coincidencia que se necesite un sacrificio para alcanzar el perdón. No es coincidencia que el presente deba ser invertido para que el futuro dé frutos. No es coincidencia que nuestras madres sufran para dar vida. No es coincidencia que lloremos al nacer. No es coincidencia que el dolor sea la antesala de todo aquello que tenga alguna virtud.
Tampoco es coincidencia que Cristo haya sido torturado hasta la muerte y luego atravesado el infierno para cumplir el más alto propósito. ¿Y si Él nos llamó a cosas más grandes, entonces no será más grande el sufrimiento que nos espera? Únicamente aquellos que aprenden a caminar a través del infierno son quienes cumplen con su llamado. Ya que aquel que evita el sufrimiento es incapaz de gozar de plenitud. Aquel que evita el dolor, evita vivir. Aquel que no enfrenta la oscuridad desconoce la luz.
Cita este artículo
Zaracho, G. (2026, 21 enero). Oscuridad que ilumina. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/oscuridad-que-ilumina/
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Número 51, año 5, diciembre 2025 https://revistaforja.org/revista-forja-para-el-bien-comun-num-51-5-aniversario





