Dos países, dos estados y muchos problemas. Parte IV

Juan Francisco Montalvo

Dos países, dos estados y muchos problemas
Tras las graves derrotas sufridas por los países de la Liga Árabe en 1948 y 1949, producto de sus rencillas internas, así como de la falta de experiencia militar y de material bélico, el escenario del Medio Oriente cambiaba para siempre.

El Estado judío se presentaba asediado, pero firmemente establecido; los países árabes encontraban una causa que los aglutinaba; las Naciones Unidas experimentaba uno de los primeros dolores de cabeza como organización; y, por último, los países de la región eran inundados por exiliados palestinos a los que se pretendía apoyar, al tiempo que se buscaba neutralizarlos como agentes políticos, so pena de invitar el descontento y descontrol a los países.

Los preparativos

La paz obtenida mediante la fuerza, tras la Primera guerra árabe-israelí, claramente no iba a ser duradera. Para los judíos era claro que la existencia de un hogar nacional sólo era factible mientras este se pudiera defender, por lo que fomentaron la inmigración y la militarización como pilares del nuevo Estado; en ese sentido, en 1950 se expidieron dos leyes fundamentales para consolidar el sistema.

La primera fue la Ley de Propiedad de Ausentes, la cual establecía que todos aquellos palestinos que hubieran abandonado sus domicilios y se hubieran desplazado dentro o fuera de Israel por causa del conflicto pasarían a ser considerados como “ausentes”, y sus propiedades serían administradas por el Estado. Mediante dicha ley, Israel fue capaz de hacerse con el control de gran parte de propiedades, expulsando definitivamente a sus habitantes.

La segunda fue la Ley del Retorno (acompañada en 1952 por la Ley de Nacionalidad), la cual establecía que cualquier judío podría emigrar a Israel y, eventualmente, recibir la nacionalidad con sus relativos deberes y obligaciones. La norma facilitaba la inmigración y la consolidación demográfica del nuevo Estado, asegurando la superioridad numérica de la población judía sobre la árabe.

A la par que Israel consolidaba su control sobre el territorio, los vecinos árabes no se quedaron con los brazos cruzados: los países de la Liga Árabe buscaron rearmarse y entrenar a sus tropas. Mientras que los refugiados palestinos, ante las complicadas situaciones de residencia en los campos de refugiados y en los territorios de la Franja de Gaza (en manos egipcias), Cisjordania y Jerusalén del Este (en manos jordanas), buscaron o regresar a sus propiedades o unirse a la lucha armada. El retorno, tras la Ley de Ausentes y el fin de la guerra, podía acarrearles la muerte, al considerarse su retorno una violación de la soberanía israelí.

Los tambores de la guerra

A pesar del armisticio, tanto judíos como egipcios nunca dejaron de buscar maneras de dar golpes de mano contra sus adversarios. Egipto rápidamente comenzó a reclutar a los exiliados palestinos para llevar a cabo ataques dentro de territorio israelí, mientras que Israel reclutó a judíos egipcios para atentar contra objetivos civiles egipcios, estadounidenses y británicos con el fin de desestabilizar al país durante el verano de 1954, para evitar el desalojo inglés, por presión de Estados Unidos, del Canal de Suez.

La operación, denominada “Susana”, no llegó a provocar muertos civiles (los explosivos utilizados eran de baja letalidad); fue rápidamente desarticulada por el gobierno egipcio, y los agentes judios ejecutados. Posteriormente, salió a la luz que esta operación no había sido consensuada dentro del gobierno; y hay fuertes sospechas de que uno de los oficiales al mando se había pasado al bando egipcio y entregado a sus compañeros.

A la par de estos hechos, Egipto facilitó a los fedayines palestinos (guerrilleros socialistas y nacionalistas palestinos) llevar a cabo ataques dentro de Israel. A pesar de la ofensiva, el primer ministro Moshe Sharett se mostró reacio a las represalias (siempre negó tener conocimiento de la Operación Susana), pues consideraba que dañaban la imagen internacional de Israel y deterioraban las relaciones con los vecinos árabes.

A pesar del rechazo de Sharett a ejercer represalias, el ministro de Defensa David Ben-Gurion y el jefe del Estado Mayor Moshe Dayan lograron obtener su autorización para llevar a cabo la “Operación Flecha Negra”, el 28 de febrero de 1955, como respuesta a un supuesto ataque egipcio en territorio israelí.

La operación, dirigida por el futuro primer ministro Ariel Sharon, consistió en un ataque a una base egipcia en Gaza y la emboscada a un convoy, provocando la muerte de 37 soldados egipcios y de 8 israelíes. La operación, y la demostración de que el supuesto ataque egipcio que la provocó era falso, causó la indignación del propio Sharett y de la comunidad internacional.

El 29 de marzo de 1955, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas aprobó por unanimidad su “Resolución 106”, que condenaba el ataque y llamaba a Israel a mantener su parte del armisticio. La población palestina en la Franja de Gaza mostró su indignación con manifestaciones y ocupaciones de edificios de las Naciones Unidas y de Egipto, al tiempo que la población egipcia exigía, dolida por la humillación, la intervención del ejército.

El gobierno egipcio no tardó en tomar cartas en el asunto. El presidente Gamal Abdel Nasser (quien llegó al poder tras un golpe de Estado, en 1952) dio rienda suelta al apoyo a los fedayines palestinos, enconando el odio de estos y dirigiéndolos contra Israel. Al mismo tiempo cerraba el Golfo de Aqaba al tráfico aéreo y marítimo israelí. En respuesta, los judíos llevaron a cabo otros ataques contra objetivos egipcios, escalando la violencia en la región.

La afrenta de Nasser

La situación de ataques, contrataques y altos al fuego mediados por la ONU estalló en una guerra en forma con motivo de la nacionalización del Canal de Suez, el 26 de julio de 1956. Tras la nacionalización, Nasser ordenó el bloqueo de los estrechos de Tirán, limitando el comercio con el Sudeste Asiático y el mar Índico y, en octubre del mismo año, firmó con Siria y Jordania una alianza militar, aumentando la presión sobre Israel.

La nacionalización no sólo afectó a los judíos, sino que directamente afectó a los franceses y británicos, el último de una serie de enfrentamientos con el gobierno de Nasser tras varios intentos de acercamiento. A la par de estos hechos, Nasser se acercó tanto a Estado Unidos como a la Unión Soviética, buscando protecciones frente a lo que veía como injerencias de las antiguas potencias europeas en el mundo árabe.

Las tres naciones afectadas acordaron una intervención militar con el objetivo de recuperar el Canal y deponer a Nasser, en gran medida presionadas por la falta de apoyo por parte de Washington, mediante el “Protocolo de Sèvres”.

El protocolo establecía que Israel iniciaría el ataque contra Gaza y el Sinaí el 29 de octubre, buscando eliminar los focos de resistencia egipcia, recuperando el acceso a los estrechos del Tirán y provocando la retirada enemiga hacia Egipto.

Tras el ataque, los gobiernos de Francia y Reino Unido llamarían a un cese al fuego y demandarían que ambos se retiraran a más de 10 millas del canal; una vez que las dos fuerzas se negaran, las tropas inglesas y francesas iniciarían su ataque el 31 de octubre.

Sangre en el Sinaí y en el Suez

La invasión israelí se llevó a cabo tal y como había sido planeada, aunque se ha señalado que la operación estuvo marcada por asesinatos de civiles palestinos durante la toma de Gaza, así como en operaciones fronterizas en Cisjordania.

Las operaciones británicas y francesas se lanzaron conforme a lo planeado, aunque pronto se enfrentaron a problemas, pues se corrió la orden a los soldados egipcios de vestirse de civiles, al tiempo que se entregaron armas a la población, con el objetivo de presentar un dilema a los europeos: o matar civiles y generar una mala imagen internacional, o minimizar pérdidas civiles y aumentar las muertes de sus propias tropas.

La mezcla de paracaidistas, tropas anfibias, fuerza aérea y naval británicas y francesas lograron conquistar Puerto Said el día 6 de noviembre. Los paracaidistas franceses fueron criticados por el asesinato de prisioneros de guerra, pero fuera de esto, las operaciones se llevaron a cabo de forma precisa.

La conexión húngara

Mientras los acontecimientos se desarrollaban en Medio Oriente, en Hungría se daba la Revolución Húngara, iniciada el 23 de octubre y concluida, tras una violentísima intervención soviética, el 4 de noviembre. El levantamiento húngaro complicaba las posiciones norteamericanas y soviéticas.

Los norteamericanos rechazaban la invasión a Egipto porque empujaba a Nasser hacia el bloque soviético, al tiempo que no podían apoyar a sus aliados de la OTAN en su intervención, pues justamente estaban atacando a los soviéticos por su entrada violenta en Hungría.

Por su parte, los soviéticos, quienes ya habían tenido acercamientos con Nasser, vieron una oportunidad para acercarlo aún más a su zona de influencia, al tiempo que limpiaba su imagen de potencia opresora por su ataque a Hungría, presentándose como defensores del Tercer Mundo frente a las trasnochadas potencias imperialistas.

Al final del día, tanto Estados Unidos como la URSS encontraban razones para rechazar la intervención. Los primeros amenazaron con vender las reservas en libras esterlinas, lo que devaluaría la moneda, al mismo tiempo que presionaban al Fondo Monetario Internacional para negar asistencia a Reino Unido; el presidente Eisenhower incluso buscó que la ONU impulsara la imposición de sanciones a Israel, pero el Senado se negó a apoyarlo.

Los rusos, dirigidos por Nikolai Bulganin, por su parte, amenazaron con intervenir en favor de los egipcios, amagando con lanzar misiles intercontinentales contra Inglaterra, Francia e Israel, alarmando a Eisenhower, quien temía una Tercera Guerra Mundial. Después se supo que los rusos no contaban con los medios para llevar a cabo tales ataques; sin embargo, su objetivo ya había sido alcanzado.

La ONU y el fin del conflicto

En la ONU, el 30 de octubre, tras la invasión israelí, el Consejo de Seguridad propuso una resolución llamando a Israel a retirarse tras las líneas marcadas por el armisticio, pero fue rechazada con el veto de Francia e Inglaterra. Una segunda propuesta soviética fue igualmente rechazada. El 31 de octubre, tras la invasión francesa y británica, el Consejo de Seguridad convocó, a través de la Resolución 119, la primera sesión especial de emergencia de la Asamblea General para el día 1 de noviembre de 1956.

El día 2 de noviembre, la Asamblea General adoptó la Resolución 997 propuesta por Estados Unidos. En esta se llamaba a un cese al fuego inmediato, la retirada de todas las tropas a las líneas demarcadas en el armisticio de 1949, un embargo a material bélico y la reapertura del Canal de Suez. La propuesta fue aprobada por mayoría de votos.

Producto de esta resolución, se creó la primera Fuerza de Emergencia de las Naciones Unidas, con el fin de ocupar la frontera entre Egipto e Israel para facilitar la retirada de las tropas no egipcias y evitar futuros enfrentamientos en la zona.

El 6 de noviembre, el primer ministro inglés, Anthony Eden, anunciaba un cese al fuego, sin avisar previamente a Francia y a Israel, justo cuando las prospectivas militares aseguraban que todo el Canal del Suez podría ser tomado en menos de 24 horas.

En el transcurso de la semana siguiente, los franceses y británicos aceptaron retirarse de Egipto. Israel, por su parte, se negó a retirarse y, tras una segunda Resolución (la 1002) que llamaba al inmediato retiro de todas las tropas no egipcias el 7 de noviembre, el 8 de noviembre David Ben-Gurion informaba a Eisenhower que Israel estaba abierto a retirarse del Sinaí una vez que se alcanzaran acuerdos satisfactorios con las fuerza internacional que iba a entrar a la zona del canal.

Las tropas inglesas y francesas terminaron de retirarse el 22 de diciembre de 1956. Fueron reemplazadas por tropas danesas y colombianas de la ONU. Los israelíes se negaron a permitir la entrada de tropas de la ONU, pero para marzo de 1957 se habían retirado del Sinaí, no sin antes destruir toda la infraestructura en la península. El Canal del Suez se reabrió el 24 de abril de 1957.

Algunos ganan y otros pierden

Aunque la victoria militar fue para las tropas israelíes, inglesas y francesas, la victoria política fue indudablemente para Nasser. Aunque se mostró la ineptitud y la incapacidad tanto de él como de sus oficiales y soldados, la retirada de las tropas extranjeras fue considerada por muchos como producto de su liderazgo, obviando que esta fue gracias a la URSS y a Estados Unidos.

La derrota también marcó el declive de Reino Unido como potencia y el fenómeno ha pasado a la historia como “el momento Suez”, en el que una potencia pierde su poder. El día 9 de enero de 1957, Anthony Eden renunció a su cargo como primer ministro en medio de controversias derivadas de la operación. Las relaciones entre Londres y Washington se tensaron y, aunque nunca se rompieron, sí motivaron a Inglaterra a limitar su apoyo a empresas bélicas norteamericanas futuras.

La falta de apoyo, y posteriormente el frontal rechazo, fueron la gota que derramó el proverbial vaso para Francia. En 1954, durante las negociaciones que pusieron fin a la Guerra de Indochina, Estados Unidos facilitó el cumplimiento de las solicitudes vietnamitas frente a las francesas. Posteriormente los franceses rechazaron los apoyos ofrecidos por la URSS a cambio de declarar su neutralidad y separarse de Estados Unidos, esto con la esperanza de que los norteamericanos apoyarían a Francia política y militarmente en sus diversas guerras de descolonización.

La crisis del Suez, aunado al cese al fuego inglés, demostraron a Francia que no podía confiar en sus aliados. La derrota envalentonó al resto de las colonias que lucharon con mayor ahínco por sus independencias, al tiempo que los militares franceses se sintieron traicionados por los políticos en Paris, minando la legitimidad de la Cuarta República y preparando el escenario para el golpe de Estado del 13 de mayo de 1958, y la caída de la República. Como recomendación literaria, las novelas de Jean Lartéguy “Los Centuriones” y “Los Pretorianos”, presentan este convulso periodo desde el punto de vista de los paracaidistas franceses que eventualmente participarán en el golpe de Estado.

La debacle del Suez aceleró los movimientos de descolonización en África, lanzó a Francia y a Reino Unido hacia la irrelevancia, fortaleció a la Unión Soviética y a los países árabes, especialmente a Egipto, y le mostró a Israel que, con las debidas preparaciones, podía obtener victorias militares e incluso forzar a Occidente -dada su negativa de abandonar el Sinaí- hasta no obtener condiciones favorables, a no imponer acuerdos de paz sin tomar en cuenta los intereses de seguridad israelíes.

La retirada de las tropas inglesas, francesas e israelíes trajo 11 años de una incómoda paz en la frontera sur de Israel, la cual terminaría con la famosa Guerra de los Seis Días. Pero por lo pronto, la atención pasaría hacia el norte, particularmente con Siria y Jordania, con quienes desde 1949 se tenían esporádicos enfrentamientos en torno al agua del río Jordán.

Cita este artículo

Montalvo, J. F., (2026, marzo 31). Dos países, dos estados y muchos problemas. Parte IV. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/dos-paises-dos-estados-y-muchos-problemas-parte-iv/ 

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