Existe una paradoja que ha crecido silenciosamente en el seno de nuestras comunidades católicas: la de quienes luchan con admirable pasión por defender la vida -desde su concepción hasta el nacimiento- pero que, curiosamente, cierran los ojos ante realidades que despedazan esa misma vida en sus expresiones posteriores. Se trata de una incoherencia teológica que los Padres de la Iglesia jamás hubieran tolerado, que la Doctrina Social rechaza frontalmente, y que Tomás de Aquino habría catalogado como una grave omisión en el ejercicio de la virtud.
La vida no es un acto aislado que culmina en el parto. Es un itinerario de dignidad que se extiende desde el primer instante de la concepción hasta el postrer aliento, pasando por la mesa, el taller, la vivienda y la plaza. Defender la vida humana significa, entonces, ser coherentes en todos los órdenes del orden temporal.
En dicha línea, nuestros Padres antiguos no fueron místicos por ser desapegados de la realidad, por el contrario, fueron místicos justamente al ser profetas que clamaban, con lenguaje ardiente, contra la opulencia que se levantaba sobre los huesos de los hambrientos. San Juan Crisóstomo, ese Boca de Oro que resonó en Constantinopla, fue incisivo: «No compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida. No son nuestros los bienes que tenemos, sino suyos» [Homiliae in De Lazaro Concio, II, 6 (PG 48, 992D)].
No se trata aquí de una metáfora piadosa. El santo dice literalmente que la retención de lo superfluo constituye un robo, y más aún: una forma de homicidio, puesto que las cosas necesarias para la vida pertenecen por derecho natural a quienes carecen de ellas. Y aún más, traigo a colación al padre latino san Ambrosio de Milán en su comentario sobre Nabut el desposeído: «Dios creó el género humano para la comunión de unos con otros; es el pan del hambriento lo que vosotros retenéis; es la ropa de los desnudos lo que atesoráis; es el alivio y la liberación de los miserables lo que estáis frustrando al enterrar vuestro dinero» [De Nabuthe, citado por san Tomás de Aquino en la Summa Theologiae II-II, 66, 7 (Decretum Gratiani, Dist. XLVII)].
Así razonaban los primeros cristianos en las oraciones, en los debates en las ágoras y mercados, entre esclavos, prostitutas y frente a tribunos; auténticas exclamaciones de la martirología cristiana, testimonio de quienes defendían la auténtica encarnación del Cuerpo Místico, de ese templo andante, de esa ostia que es el prójimo. Al respecto, un gigante intelectual y apologeta contra la esclavitud, san Basilio de Cesarea fue aún más penetrante. En su Homilía sobre el Rico Insensato, pregunta con una retórica que despierta a tantos aristócratas, burgueses, burócratas y jerarcas de toda época y régimen: «¿Quién es el hombre avaro? Uno para quien la abundancia no es suficiente. ¿Quién es el defraudador? El que quita lo que es de todos«. Y lanza esta acusación devastadora: «¿Y no sois vuestros codiciosos, no sois defraudadores, cuando retenéis para uso privado lo que se os ha dado para distribuir? Cuando alguien le quita la ropa a un hombre, lo llamamos ladrón. Y el que puede vestir al desnudo y no lo hace, ¿no debería dársele el mismo nombre?» [Homiliae in Divites, VII, 1, 3, and 4 (PG XXXI, 280-81, 288, 289-92)].
Esta acusación es análoga a parábola del Rico y Lázaro de Lucas 16, 19-31 que narra la historia de un hombre rico que vivía en lujos y un pobre mendigo llamado Lázaro, cubierto de llagas, que esperaba las migajas de su mesa; tras morir ambos, Lázaro fue consolado en el seno de Abraham, mientras el rico sufría tormentos en el Hades, aprendiendo la lección de que las riquezas terrenales no importan en la eternidad y que no escuchar a los profetas que claman por los hambrientos es ignorar a Dios, aunque alguien vuelva de los muertos.
Ante el horror o resquemor de muchos, debemos reafirmar que estas no son palabras de radicales políticos seguidores de formas trasnochadas de marxismo, fascismo o cualquier ideología que se ha proclamado como anticapitalista en reacción al terrorismo del individualismo secular. Son el corazón del Evangelio, son la mística y profunda comprensión de los Padres de la Iglesia Católica, venerados en occidente y oriente, santos canonizados e incluso doctores de la Iglesia. Su lenguaje es incómodo porque toca una verdad que incomoda en un mundo donde reinaba la negación de la verdad, el subjetivismo, el dinero, la diferencia irracional entre los ciudadanos romanos y sus esclavos, niños y mujeres —que eran bienes mancipi, es decir, los domados por el cuello o lomo [Gayo 3, 14a]—.
Posteriormente autores como san Alberto Magno, continúan está consustancial defensa incansable de los pobres propia del cristianismo, dándonos una reflexión que debería hacer temblar a quien se atreve a acumular riquezas: «Cuando damos a los pobres las cosas indispensables no les damos nuestras cosas, sino que les devolvemos lo que es suyo» [Regula pastoralis III, 21 (PL 77, 87)].
Nótese la profundidad teológica de esta afirmación: no es caridad lo que estamos haciendo. La caridad es extra y superior, es sobreabundancia, es ir más allá de lo debido. Pero, darle al pobre, especialmente lo indispensable para vivir: agua, comida, vivienda, ropa, entre otros, es dar por justicia, es decir, lo que damos de nuestro superfluo todos y cada uno que gozamos de alguna forma de la riqueza, es justicia, no filantropía. Es el deber mínimo del cristiano. En esta misma línea, siguiendo al gran doctor Angélico, es decir, a santo Tomás de Aquino, ese genio medieval que mantiene hasta el tiempo del cogito cartesiano la reconciliación de razón y fe, sin negar la licitud de la propiedad privada, debemos afirmar su verdadera razón de existir, no como el dominio del perverso romano que se deificó en rebelión al Cosmos, sino que, como tenencia de un bien común que Dios es dueño y dona a toda la humanidad en su conjunto. La propiedad no se fundamenta desde una perspectiva tomista en el título de un acto jurídico como el contrato o el testamento, sino que, la fundamentación de la propiedad para Aquino versa en cuanto sea una institución al servicio del bien común, no al servicio del acaparamiento.
De hecho, en su Summa Theologiae, la cuestión 66 de su Secunda Secundae Partis, el Aquinate establece una arquitectura doctrinal luminosa que debería volver a los ojos de nuestras políticas económicas. El doctor afirma que «es lícito que el hombre posea cosas propias» por motivos prácticos: cada uno cuida mejor de lo que le pertenece en exclusiva, se evita la confusión, y se mantiene la paz. Pero —y esto es crucial— Tomás distingue entre potestad de gestión (el derecho a poseer como propio) y uso de los bienes (el derecho a emplearlos) y respecto del uso, dice algo que desafía toda ideología liberal: el hombre no debe tener las cosas exteriores como propias, sino como comunes, de modo que fácilmente dé participación de éstas en las necesidades de los demás [Summa Theologiae II-II, q. 66, a. 2, resp.].
En ese mismo apartado santo Tomás de Aquino cita al Apóstol: «Manda a los ricos de este siglo que den y repartan con generosidad sus bienes» [1 Timoteo 6,17-18]. Lo que deriva en un concepto revolucionario para la idea de dominio romana que la Ilustración ha restaurado en la Era Secular, la idea de que en caso de necesidad, el orden natural de la divina providencia exige que «los bienes superfluos, que algunas personas poseen, son debidos por derecho natural al sostenimiento de los pobres» [Summa Theologiae II-II, q. 66, a. 7, resp.]. El Doctor Angélico en todo su trabajo enciclopédico, al tratar la propiedad privada y el sustento de los hambrientos, la labor del príncipe y de la comunidad terrena, siempre usa la palabra deuda, no la de limosna. No es una caridad optativa para Aquino. Deuda de justicia en tanto es lo debido en la relación concreta con el acreedor por su título natural en su condición de subsistente racional.
Es en este contexto donde uno de los más grandes filósofos de la humanidad cita al padre de la Iglesia antes mencionado, san Ambrosio, con una mística solemnidad propia de quien está buscando a Cristo y lo encuentra en su vida en cada lugar: «De los hambrientos es el pan que tú tienes; de los desnudos, las ropas que tú almacenas; y es rescate y liberación de los desgraciados el dinero que tú escondes en la tierra» [Summa Theologiae II-II, q. 66, a. 7, resp.].
¿Qué significa esto para nuestra actualidad económica? Lo que implica es la vacuna de las ideologías de la violencia revolucionaria como el nacional sindicalismo, el anarquismo o el marxismo, es la alternativa a los totalitarismos como los del nacionalsocialismo y el fascismo, es el antídoto a la disolución social, a la envidia, al aprovechamiento y explotación, es la forma de prevenir el terror social. Reneguemos de la política económica y volvamos a la Oikonomia.
Nuestras Naciones son un hogar común, donde cada vecino es la Patria, es decir, análogo a nuestras propias casas, por lo que, como debe el padre y madre con sus hijos, debe toda la sociedad cuidar a sus familias. Eso es defender la vida hasta sus últimas consecuencias. Por ello, a diferencia del marxismo, hay que afirmar que la propiedad privada debe existir por conveniencia —como ya lo entendió el socialismo con características chinas, el partido comunista de Vietnam o Laos, entre otros—. Pero no como un bien jurídico entrañable e intocable como quieren afirmar los libertarios capitalistas. La propiedad privada debe existir bajo una hipoteca permanente de justicia social, como garantía de la amistad cívica, no como lujo de minorías licenciosas. Al respecto, quiero advertir que no es mi deseo hablar de una hipoteca que anule la propiedad privada, de una cláusula penal enorme, no, por el contrario, deseo que retornemos a las enseñas de Fray Stéphane J. Piat o Alberto Hurtado S.J. Es ver a Cristo nuevamente y que los bautizados se conviertan a Él.
La propiedad es un instrumento para que la providencia divina alcance a todos, no un derecho absoluto de acumulación y aquí reside la pregunta incómoda: ¿cómo podemos clamar por la vida en el vientre materno si permitimos, con indiferencia, que la vida sea aplastada en la fábrica, en el campo, en la enfermedad, en la vejez? El obrero, el campesino, la trabajadora de casa particular, el pescador, todos son Cristo mismo. Ahí está presente por el don de la Carne nuestro hermano que es el Mesías que, si lo ignoramos hoy, a consecuencia tendremos para la eternidad que ser carne en las llamas de la ausencia de Dios, como se nos advierte por el nazareno en el Juicio de las Naciones [Mateo 25. 31-46].
A los cristianos de todos los rincones y confesiones, sepan que la vida es una unidad. No podemos defenderla a medias. Los Padres no distinguían entre una «vida intrauterina» y una «vida en la sociedad«. Para ellos, la vida era sagrada en su totalidad, y aquello que la destruía —la pobreza, la injusticia y la explotación— era una forma de violencia contra la creación divina. De hecho, Clemente de Alejandría, ese teólogo primitivo, reflexionaba sobre el orden de la creación: «Dios creó el género humano para la comunión de unos con otros, como que Él empezó por repartir de lo suyo y a todos los hombres suministró su Logos común y todo lo hizo por todos. Luego todo es común y no pretendan los ricos tener más que los demás» [El Pedagogo, cap. II, num. 12 (M.G., 8, 541)]. Lo cual es un argumento de orden metafísico, pues todo ser humano comparte en común una esencia análoga y participada por Dios que lo hace un ser espiritual de alma inmortal, intelectual, libre y responsable, que le da la condición de acreedor de un justo título conforme a su naturaleza le da toda la Creación en comunión un destino y uso común.
Esto no significa comunismo en el sentido que Marx quiso ver en las primeras comunidades cristianas. Significa que la creación tiene una destinación universal inscrita en su naturaleza misma, pues los bienes existen para todos, por lo que, la propiedad privada es una modalidad de acceso, no la negación de esa destinación.
Así, no busca el político cristiano la proletarización de la sociedad como el capitalista o los arquitectos del homo sovieticus, sino que, la redención social donde todos puedan gozar de los bienes comunes: no proletarios, sino que, propietarios. No un título de dominio, sino que, un título de uso ¿Qué pasa entonces en los jóvenes cristianos seducidos por las ideas libertarias y anarcocapitalistas? ¿Qué dice nuestra santa y pecadora Iglesia? Al respecto, recordemos que el Magisterio de la Iglesia en los últimos ciento cincuenta años no ha hecho otra cosa que reiterar, con claridad creciente, estos principios patrísticos siendo una luz en las tinieblas de la Era Secular marcada por el capitalismo rampante y sus enajenantes competidores de camisas pardas, negras, rojas o verdes.
Fue León XIII en Rerum Novarum en el año 1891 quien estableció que «la riqueza nacional proviene no de otra cosa que del trabajo de los obreros» [n. 7]. Lo que da una conclusión que es inescapable, quien disfruta de riqueza sin asegurar que los obreros sean tratados con dignidad y justicia, comete robo, pues todo bien derivado de las artes manuales e intelectuales proviene del trabajo de campesino, del ingeniero, del obrero o del científico. Posteriormente, el romano pontífice Pío XI en Quadragesimo anno de 1931, fue explícito en su preocupación por la «enorme diferencia actual entre unos pocos cargados de fabulosas riquezas y la incontable multitud de los necesitados» [n. 58]. Pero, además, dicho Vicario de Cristo añade que «los bienes creados están destinados a toda la familia humana«, y por ello debe lucharse «para que se modere equitativamente la acumulación de riquezas en manos de los ricos, a fin de que se repartan también con la suficiente profusión entre los trabajadores» [n. 61].
Asimismo, para el año 1961, el papá de los pobres, Juan XXIII, en Mater et Magistra subraya que el trabajo «de ninguna manera puede considerarse como una mercancía cualquiera, porque procede directamente de la persona humana«, y que «la simple práctica del mercado» no puede determinar su retribución, sino «las leyes de la justicia y de la equidad» [n. 18]. También, señala que el Estado tiene la responsabilidad de intervenir para «tutelar los derechos de todos los ciudadanos, sobre todo de los más débiles» [n. 20].
También, en la exhortación apostólica en Evangelii Nuntiandi de 1975 de Pablo VI, se sintetiza la enseñanza de la encarnación cristiana, de la doctrina Cristocéntrica: «entre evangelización y promoción humana —desarrollo, liberación— existen efectivamente lazos muy fuertes. Vínculos de orden antropológico, porque el hombre que hay que evangelizar no es un ser abstracto, sino un ser sujeto a los problemas sociales y económicos» [n. 31]. Lo que implica que la evangelización que ignora la injusticia es una evangelización falsa, análogamente a una fe sin obras o al árbol que no da frutos [Cfr. Santiago 2, 14-17 & Lucas 6, 43-44] ¿Dónde está Jesucristo en sus corazones si no que en la acción amorosa de la justicia y caridad sobreabundante que se llena en darse completamente?
Igualmente san Juan Pablo II en Sollicitudo rei socialis de 1987 está presente en toda esta apologética cristiana de la justicia social y la propiedad, pues fue él quien acuñó e introdujo en el magisterio de los Romano Pontífices el concepto que hice alegoría anteriormente, la “hipoteca social” que grava toda propiedad privada: «sobre ella grava una ‘hipoteca social’, es decir, posee, como cualidad intrínseca, una función social fundada y justificada precisamente sobre el principio del destino universal de los bienes» [42]. Y subraya que «los que cuentan más, al disponer de una porción mayor de bienes y servicios comunes, han de sentirse responsables de los más débiles, dispuestos a compartir con ellos lo que poseen» [n. 39].
Hay dos principios que, cuando se entienden bien, evitan tanto el capitalismo sin alma y ateizante como las herejías de los colectivismos totalitarios de distintos colores: el principio de la subsidiaridad y el de la solidaridad. En primer lugar, la subsidiaridad enseña que las estructuras más pequeñas y cercanas deben resolver lo que puedan; el Estado interviene sólo cuando es necesario. Esto protege la iniciativa privada, la libertad, la creatividad. Pero —y aquí está la clave— siempre en función del bien común.
Mientras que, en segundo lugar, la solidaridad, por su parte, enseña que todos somos responsables de todos, lo que no es sentimentalismo. Es una exigencia de la naturaleza misma: somos miembros de un cuerpo único, el Cuerpo Místico de Cristo. En nuestras sociedades, si un miembro sufre, todos sufren. Por ello, san Juan Pablo II lo expresa con precisión: «la solidaridad nos ayuda a ver al ‘otro’ —persona, pueblo o Nación—, no como un instrumento cualquiera para explotar a poco coste su capacidad de trabajo y resistencia física, abandonándolo cuando ya no sirve, sino como un ‘semejante’ nuestro» [Sollicitudo rei socialis, n. 39].
Por lo que, para todos los valerosos esfuerzos de defender a la persona que está por nacer desde su concepción, como también, la muerte natural, digna y acompañada ante la cultura de la irresponsabilidad y la exclusión del dolor, para todas esas excelentes personas que se oponen a la instrumentalización del vientre materno y la mercantilización de los niños y niñas o dicen no a la persecución de sus hermanos cristianos perseguidos en Nigeria u otros países, les exhorto a que seamos testimonio de la coherencia de encarnar el mensaje del nazareno e imitar al Dios vivo para ser llamado como sus hermanos.
Recordemos que en el corazón del Evangelio y de la Tradición cristiana desde los apóstoles de nuestro señor Jesucristo hay una opción que no puede ignorarse: la preferencia de Dios por los pobres. Lo que no implica que Dios ame menos a los ricos, sino que, Dios ve en el pobre, a quien está herido, a quien no tiene voz, a quien clama por justicia y como señor de los ejércitos o como un fiel amigo, le corresponde siempre.
Los Padres lo sabían. Por ello Basilio construyó hospitales y hospicios. Es por esta razón que Gregorio Magno recordaba constantemente que los bienes de la Iglesia eran «bienes de los pobres«, no posesión de prelados ricos o el fundamento de la forma de vida de Juan Crisóstomo que eligió la pobreza voluntaria, rechazando los honores de Constantinopla para estar cerca de los necesitados y vivir en su carisma junto al humilde, para los leprosos y prostitutas, cuidando a los ancianos y enseñando a las niñas y niños, resguardando los matrimonios y a los enfermos.
Es el mismo Magisterio en tiempos de la Modernidad donde se nos ha reafirmado una y otra vez esto. Juan Pablo II lo sintetizó así: «esta preocupación acuciante por los pobres —que, según la significativa fórmula, son ‘los pobres del Señor’— debe traducirse, a todos los niveles, en acciones concretas hasta alcanzar decididamente algunas reformas necesarias» [Sollicitudo rei socialis, n. 42].
¿Qué significa, entonces, defender la vida de manera coherente? Significa luchar, sí, por el derecho a nacer. Pero también por el derecho a alimentarse con dignidad, a vestirse adecuadamente, a tener vivienda, a recibir educación, a gozar de salud, a trabajar en condiciones justas, a envejecer con seguridad. Significa cuestionar estructuras que permiten la acumulación obscena mientras niños mueren de hambre. No con odio como promueve el hombre futurista y voluntarista del fascismo ni el terror revolucionario de Blanqui o Trotsky, sino con la firmeza de quien defiende la justicia, que en el caso del cristiano va más allá de la evidencia misma de la razón natural, sino que es un compromiso místico de deificación donde mediante el abandono conocemos la Gracia de Dios, como Él hizo con nosotros, al darnos gratuitamente nos descubrimos.
Significa exigir, especialmente a los empresarios y ricos católicos, que cumplan con esa «hipoteca social» que grava toda propiedad, que paguen jornales justos, que mantengan condiciones laborales dignas, que inviertan en el bien común y distribuyen las riquezas que entiendan que sus bienes no los tienen en dominio ni en posesión, sino que solamente en administración.
Significa educar a las nuevas generaciones católicas en una visión integrada de la vida y la justicia, donde los principios de subsidiaridad y solidaridad no sean slogans sino prácticas vivas, que rectifiquen a sus hermanos y den testimonio de la Tierra de Leche y Miel.
Significa, en suma, ser coherentes. No podemos ser profetas contra el aborto si somos cómplices, mediante nuestro silencio o nuestras acciones, de sistemas que matan de hambre. No podemos defender a los no nacidos si ignoramos a los sintecho. No podemos reclamar derechos para los embriones mientras tratamos a los trabajadores como máquinas desechables. Pues como pasa en los universales que son intercambiables entre ellos, la belleza de la coherencia es por su justicia y verdad.
Nuestra Iglesia Católica posee, en su Tradición más pura, una visión integral de la vida y la justicia que, sin ser una Iglesia de pobres contra ricos, ni de ricos contra pobres, es por el contrario, un hogar común, donde el rico da todo al pobre para que este sea rico, en donde el sabio da todo su conocimiento al ignorante para que gane sapiencia, es un espacio atemporal de vida en el intermedio del saeculum donde caminamos al eschaton encarnando la pasión de Cristo. Nuestra Iglesia es una Iglesia que proclama que todos, ricos y pobres, somos hermanos, y que la creación existe para que todos florezcan, no para que algunos se acumulen y engorden mientras otros mueren.
Cristo les enseñó a los Apóstoles, los Padres de la Iglesia lo supieron de la boca de éstos y sus alumnos. Tomás de Aquino y toda la escuela de la Escolástica lo sistematizó, mientras que, el Magisterio moderno lo ha reiterado una y otra vez. Ahora nos toca a nosotros, en este momento, ser coherentes con esa visión, esto es una exhortación a los bautizados a convertirse a la doctrina del nazareno, es decir, seguir el camino, la verdad y la vida que es nuestro Mesías [Vid. Juan 14, 16].
Que los católicos de todas las tendencias tengan el coraje de mirar la realidad con los ojos de Cristo, esos ojos que ven en cada persona pobre el rostro del Hijo de Dios, esos ojos que no pueden tolerar la injusticia, esos ojos que exigen que seamos administradores justos, no acaparadores egoístas, pues la vida es sagrada. Toda la vida, desde el primer instante hasta el último, en el vientre y en la mesa, en el parto y en el trabajo. Por lo que defenderla de manera integral, coherente y profética es lo verdaderamente cristiano, evangélico, católico y conforme a la ortodoxia.
Como dijo el cristianismo de la encarnación de los disconformes franceses del comienzo del siglo XX, Emmanuel Mounier: “(…) el hombre que pasa frente a mí no es ya esa nada móvil y opaca a la que se reduce para el hombre de la indiferencia, ni ese receptáculo de su amargura y ese blanco de su desesperación (…) sino, hablando propiamente, una hostia, un sacramento, un milagro a la vuelta de la esquina, una presencia inédita de Dios, un templo de Jesucristo” [1945, en “Un Hombre iba de Jerusalén a Jericó”, capítulo VI de “Personalismo y Cristianismo”].
Cita este artículo
Salinas García, A. I., (2026, abril 25). Defensa de la vida, coherencia del cristiano. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/defensa-de-la-vida-coherencia-del-cristiano/
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