Más allá de filias o fobias a nadie le parecerá indiferente el emotivo discurso de Antonio Banderas durante la visita del Papa a España; detallando una deliciosa fotografía en su memoria de la Semana Santa malagueña «manifestaciones populares que toman las calles, desarrollando un ritual majestuoso de arte y fe, de cultura y devoción» [1] . El universal lenguaje del arte es fruto y expresión de lo católico; no solo es belleza, es pregunta, es reflexión, dijo.
Este viaje de Su Santidad León XIV coincidió con la celebración del Corpus Christi. Horas antes del discurso de Banderas, el Papa ya se había explayado durante su homilía en ese tema: cultura, tradiciones, memoria, presente, futuro, lo humano y lo comunitario, y por supuesto, lo central: la Eucaristía.
Cuando en su homilía el Papa dijo «las solemnes procesiones de este día han plasmado durante siglos la piedad, el arte, la música, la arquitectura y la vida del pueblo…» escuché un chirrido en mi cabeza, como aquel que hacían los discos de acetato cuando la aguja se movía y rompía la armonía de la música; se antojaba un paréntesis para ahondar en la experiencia mexicana:
¿Procesiones? ¡Aquellos tiempos en los que las iglesias estaban abarrotadas de niños vestidos de inditos; las calles adornadas, aunque fuera con cadenas de papel china rojo y blanco; con altares en las paradas en las que el sacerdote se detendría a bendecir a la comunidad, que de rodillas —con todo y piedra incrustada— esperaba el paso del Santísimo Sacramento, y al final, la tradicional mulita hecha de hojas secas de maíz! Termina el paréntesis.
Su Santidad continúa: «No se trata de una manifestación exterior, de una supervivencia folclórica o de un simple adorno estético: aquí se trata de la fe en la presencia del Señor Resucitado». —Y el chirrido vuelve— a los españoles les está advirtiendo sobre el riesgo de diluir el significado en las formas… ¿Y cuándo sucede lo contrario? ¿Cuándo no se atesoran ya ni las expresiones externas y se vuelve “naquito” —como suele decirse— vestir a los niños de indígenas, comprar una mulita o hincarse a media calle, si se tiene la suerte de presenciar una procesión? En esta otra cara de la moneda, el escollo es diluir el significado porque no hay una forma que lo explique.
En ambas situaciones el verdadero significado corre riesgo de ignorarse, pero ¿qué es más fácil, resignificar una tradición que ha olvidado su razón de ser o abandonar la pedagogía teológica de la piedad popular y confiar en que la catequesis “teórica” haga “lo suyo”?
La lógica y la empírica nos sugieren que la primera tiene más posibilidades: la “gramática visual cristiana” funciona.
IDENTIDAD, CULTURA Y FE
San Juan Pablo II nos decía que «la memoria es la fuerza que crea la identidad de los seres humanos y de los pueblos» [2]. Años más tarde, su sucesor Benedicto XVI expresó «la cultura nace de la búsqueda de Dios y de la disponibilidad para escucharlo» [3].
Como si se tratara de un hilo de X, el Papa Francisco agregó «no es posible comenzar desde cero. Necesitamos raíces y memoria. Nunca se avanza sin memoria, no se evoluciona sin una memoria íntegra y luminosa» [4]. Y, León XIV remata: «en este hermoso país [España] es imposible no admirar la huella de creatividad que atraviesa su historia y da forma a su identidad», nos invitó a «entramar una sociedad renovada donde la cultura custodie la memoria y favorezca el diálogo» [5].
Las expresiones populares del Corpus Christi no son decoración; son teología. En lenguaje aristotélico, la palabra forma es el principio que hace que algo sea lo que es; actualiza su materia, expresa su identidad, orden y finalidad; hace visible su significado.
En Santo Tomás, los signos visibles comunican la realidad invisible. Del signo a lo significado, de los sacramentos a los misterios [6].
Dios mismo quiso comunicarse mediante realidades visibles. El cristianismo es profundamente encarnado: «La procesión dice que Él no permanece encerrado en el templo, sino que sale a nuestro encuentro. Jesús camina por las calles, atraviesa las plazas, visita nuestros barrios», nos dice el Papa León. La religiosidad no es un «museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe de la que beber también hoy».
EL CORPUS CHRISTI Y LA CARIDAD
La catequesis de Su Santidad en la Plaza de las Cibeles nos recuerda: la Eucaristía es la presencia viva de Cristo que permanece y camina con su pueblo; Cristo mismo que se entrega para alimentar al hombre con la vida de Dios y renovar su comunión con Él. Las expresiones culturales nacen de esa verdad y a ella se dirigen; por eso la invitación, a pasar del barullo colorido a la visita íntima, personal y en silencio al Sagrario.
Contemplarlo para dejarse visitar por Él y corresponderle en sus mismos “términos”: la Caridad; «salir de una fe cómoda y privada, para responder a su invitación a la conversión en el don gratuito del amor al prójimo, a la comunidad, a comprometernos personalmente con la construcción del bien común» [7], la ciudad de Dios.
Por eso dice el Santo Padre, no es casual que, en España, la Iglesia haya unido la solemnidad del Corpus Christi con el Día de la Caridad. Y así lo heredó a Hispanoamérica, en esa unidad Eucaristía-Caridad encontramos las razones por las cuales había mulas de carga, origen de nuestras famosas mulitas del Jueves de Corpus en México.
DE LAS MAJESTUOSAS PROCESIONES A LA SENCILLEZ DE LAS MULITAS
La estampa que pintan las crónicas novohispanas de la Solemnidad del Corpus Domini retrata una festividad en la que había un júbilo que desbordaba las calles y plazas, «este pueblo está acostumbrado a ver alabar y bendecir a Dios con magnificencia en el culto divino, pues en esta parte excede esta Iglesia a todas cuantas yo he visto» [8], le escribía el arzobispo de México al rey.
«Hermoseado estaba todo el año como el firmamento de las estrellas, con las festividades religiosas por todo él esparcidas. El Corpus Christi, empero, era como el sol de todas ellas, y tal día era como el centro a donde convergían las miradas de los devotos y también de los industriales y artistas» [9]. Era una fiesta en la que la sociedad en su conjunto participaba, en la que el poder civil y religioso miraban hacia un mismo punto, la Custodia.
Y era, en efecto, el Día de la Caridad. Ese jueves las calles se llenaban de mulas cargadas de primicias, donaciones en género, el diezmo o cualquier otra contribución acordada cada uno con su pastor; sin contar las recuas de los comerciantes que aprovechaban la ocasión, y las de los voluntarios que trasladaban adornos, flores y otras decoraciones [10]. No resulta complicado imaginar por qué se volvieron tan representativas de esta solemnidad.
Los avatares de la historia mexicana de finales del siglo XVIII y XIX fueron restringiendo [11] la pompa y circunstancia de esta fiesta litúrgica hasta el punto de prohibir las procesiones; desaparecieron los gremios y las cofradías que las organizaban, los indígenas ya no fueron requeridos para decorar las calles y montar los arcos y altares a lo largo del recorrido de Nuestro Señor.
La tradición de “disfrazar” a los niños para ir a Misa ese día se gestó en la primera mitad del siglo XIX. Al principio, vestidos de ángeles, de religiosos de las diferentes órdenes, de los diversos gremios y ocupaciones, y por supuesto, de indígenas. Se trataba de que, en ellos, se siguiera representando a la sociedad en su conjunto, como antaño [12]. Con el paso del tiempo y ya durante el siglo XX, solo perduró el disfraz de “indito”.
En la segunda mitad del siglo XIX, el estado determinó que el pago del diezmo ya no sería una obligación civil; poco a poco las donaciones y caridades que se llevaban aquel día a la iglesia para ayudar a los más desfavorecidos disminuyeron. Por esa razón y la ausencia de las procesiones, las mulas desaparecieron del paisaje.
Para conservar la memoria material del servicio que aquellas mulas representaron y su papel como instrumentos para hacer caridad, aparecieron las mulitas en efigie. Una pequeña artesanía popular hecha de hojas de maíz; se cargaban de dulces y se regalaban a los niños. Estas aparecen documentadas precisamente a finales del siglo XIX y principios del XX [13].
Hace 34 años las leyes que impedían la libertad de culto se relajaron y las procesiones regresaron a las calles. Entre lágrimas de emoción, los fieles podían expresar nuevamente su fe; claro, no como hace 500 años, ni siquiera como hace 150.
ES NUESTRO TURNO
La imagen que Banderas evocó en su discurso es la que fue alguna vez en México; nuestras naciones surcaron y surcan similares vicisitudes: secularización que raya en lo anticatólico, desamortizaciones, persecución, etc. Sin embargo, acá las expresiones de la piedad popular para el Corpus se redujeron al mínimo; las reformas de 1992 produjeron un gozo momentáneo que se ha ido apagando de manera acelerada.
Hubo algún tiempo en que la propia Iglesia mexicana necesitó contener la creatividad popular porque en lugar de reforzar la fe, constituían un obstáculo; como la abierta oposición del Beato Palafox y Mendoza a las comedias divinas, en el siglo XVII [14]. En efecto, las tradiciones han de pasar por un filtro, purgarse, para que la forma corresponda a la sustancia, la afirme, la enseñe.
Los niños, las mulitas, las tarascas no son símbolos menores, aunque no sean tan fastuosas como en el pasado, representan exactamente lo que el Papa León nos ha dicho: el centro es la Eucaristía, la que nos une a todos, es Cristo que sale al encuentro y a quien hemos de responder con Caridad.
La homilía de León XIV nos invita a una reflexión muy agustiniana: no se trata de apego a las tradiciones, estas no surgen de la nada, ni van a la nada. Antes de ser tradición fueron afecto; antes de rito fueron amor. San Agustín observó que el hombre es arrastrado por aquello que ama. El amor se vuelve hábito; el hábito, costumbre; la costumbre acaba por moldear una ciudad entera. La ciudad de Dios.
Promovamos con afecto pues vestir a nuestros niños para la Misa del Jueves del Corpus, las mulitas; porque una tradición vacía todavía puede recordar aquello que olvidó, pero una que ha desaparecido ya ni siquiera sabe qué perdió.
Referencias:
[1] BANDERAS, Antonio. (7 de junio de 2026). Testimonio íntegro de Antonio Banderas ante el Papa. ABC. abc.es
[2] San Juan Pablo II (2005) Memoria e identidad p. XX
[3] Benedicto XVI (2008, 12 de septiembre). Encuentro con el mundo de la cultura. Discurso en el Collège des Bernardins de París. Librería Editrice Vaticana. https://www.vatican.va. León XIV, también rescató esta idea en su encuentro con los sacerdotes y religiosas en este mismo viaje, en la que dijo que la nostalgia es un anhelo de Dios.
[4] Francisco (2020) Fratelli Tutti No. 249
[5] León XIV. (2026, 7 de junio). Homilía del Santo Padre en la Santa Misa en la Plaza de Cibeles. En Viaje apostólico del Papa León XIV a España (pp. 20-23). Librería Editrice Vaticana.
[6] Catecismo de la Iglesia Católica no. 1075
[7] Ibid
[8] CUEVAS, Mariano (1924). Historia de la Iglesia en México. Tomo III: 1600–1699. Tlalpan, D.F. (México): Imprenta del Asilo «Patricio Sanz». p. 477
[9] Ibid p. 479
[10] Ibid p. 481
[11] CARBAJAL López, David (2010) Procesiones: espacio, religión y política en Orizaba, 1762-1834 Relaciones. Estudios de historia y sociedad, vol. XXXI, núm. 124, 2010, pp. 19-54 El Colegio de Michoacán, A.C Zamora, México
[12] PRIETO, Guillermo (1906). Memorias de mis tiempos 1828-1840. Librería de la Vda. de C. Bouret.
[13] En la revista El mundo Ilustrado, del mes de junio de 1903, ya se retrata la costumbre de las mulitas como algo consolidado. Es la primera referencia a ellas, por lo que es factible pensar que estas se desarrollaron entre 1870 y 1900.
[14] GRUZINSKI, Sergio (1999). El Corpus Christi de México en tiempos de la Nueva España. En A. Molinié (Ed.), Celebrando el cuerpo de Dios. P. 170. Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú.
Cita este artículo
Mondragón Cobos, M., (2026, agosto 3). Corpus Christi, el sol de las festividades. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/corpus-christi-el-sol-de-las-festividades/
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