En México estamos viviendo y sufriendo la destrucción de instituciones que durante muchos años se fueron construyendo y que evolucionaron lentamente, como resultado de diversos movimientos sociales, pragmatismo político o presiones de índole internacional; avanzamos en el siglo XX en la construcción de un incipiente estado democrático.
En este breve análisis histórico partiremos desde los tratados de Córdoba, la consumación de la independencia; daremos un salto a la época posrevolucionaria -ya en pleno siglo XX- y trataremos de visualizar lo alcanzado durante los setenta años del partido oficial PNR-PRM-PRI; la transición democrática con los doce años del panismo, el retorno del PRI y la llegada de MORENA.
Revisaremos a vuelo de pájaro logros y fracasos, y las condiciones que propiciaron el actual ciclo de destrucción y nos atreveremos a enunciar algunas causas que a nuestro juicio lo propiciaron.
Los tratados de Córdoba y la consumación de la independencia
Los tratados de Córdoba fueron signados el 24 de agosto de 1821 en la Villa de Córdoba, Veracruz, entre el jefe político de la Nueva España, Juan O’Donojú, y el jefe del Ejército Trigarante, Agustín de Iturbide.
El documento ratificó los principios del Plan de Iguala y representó un paso fundamental hacia la consumación de la independencia de México. Los tratados de Córdoba definieron el contenido político y el mecanismo a través del cual se consumaría la Independencia.
Al igual que el plan de Iguala, el de Córdoba partía de reconocer la autonomía de la metrópoli española y la formación de un gobierno constitucional. Aunque los acontecimientos posteriores mostraron que la tentativa de los tratados de Córdoba era todavía tímida, frente a lo que significaba la libertad plena como país, sentó las bases para consumar la Independencia.
En 1821, Agustín de Iturbide, realista inteligente y eficaz, proclamó el Plan de Iguala llamando a la Independencia y a la unidad de americanos y europeos. Y las condiciones del momento permitieron que rápidamente fuera secundado por muchos insurgentes y un número creciente de realistas, así como pueblos, villas y ciudades.
Los puntos más importantes de los tratados de Córdoba
El último virrey de la Nueva España fue Juan O’Donojú. Aunque su cargo formal fue el de «Jefe Político Superior», se le considera el último virrey porque ejerció las funciones y tenía las facultades y prerrogativas como tal. Firmó los Tratados de Córdoba, que reconocieron la independencia de México, y falleció poco después, en octubre de 1821.
Juan O’Donojú llegó a México en un momento crucial de la guerra de independencia, con el objetivo de tranquilizar la situación y mantener el control español. Sin embargo, tuvo la sensibilidad y se dio cuenta de que la independencia era inevitable; consecuentemente decidió pactar con Agustín de Iturbide, líder del movimiento insurgente.
El tratado de Córdoba establece que México es un Imperio independiente de la monarquía española. Dicho Imperio se reconoce como una Monarquía constitucional. El gobierno de la nación se ofrece a la familia Borbón, reyes de España.
El gobierno de la Gran Bretaña fue el primero en reconocer la Independencia de México, le urgía que la corona española se debilitara al perder una fuente de riquezas que representaban sus posesiones en América y atajaba el temor de que España intentara una reconquista del territorio nacional.
Esta lucha fratricida entre insurgentes y realistas (antecedente de iberales y conservadores) provocó que no cristalizara la gran nación que se visualizó cuando Agustín Iturbide fue coronado emperador, en 1821; después de la firma del Acta de Independencia, México, como Primer Imperio Mexicano, abarcó una extensión territorial de 4,925,283 km². Este territorio incluía las 24 provincias del imperio, entre ellas las Californias, México, Nuevo México, Texas. Este fue la mayor extensión de México como país independiente.
Pero todo ese territorio se fraccionó, sucumbió a los intereses de la masonería que quería impedir a toda costa que en América hubiese el menor asomo de una potencia europea que constituyera un valladar contra los intereses de dominación norteamericana -independiente de la Gran Bretaña en 1783 con los tratados de París- que gestaba la doctrina Monroe del “destino Manifiesto”.
Esta doctrina considera como misión divina que los norteamericanos se expandieran por toda la América Latina. De hecho, en su mismo nombre, que los identifica internacionalmente se dicen Estados Unidos de América; ni siquiera se limitaron a la zona geográfica que ocupan denominándose Estados Unidos de Norteamérica.
Hoy día, los discursos oficiales de los funcionarios norteamericanos se refieren a América para designar a su país; así de pretensiosos reafirman que siguen persiguiendo y guiándose por la Doctrina Monroe.
Después de la consumación de la independencia en México, transcurrieron 50 años que constituyen un periódo caótico, por más que algunos sostengan que se conformó el estado liberal mexicano, la separación Iglesia-Estado, la amortización de los bienes eclesiásticos, la educación laica y la guerra contra los Estados Unidos de Norteamérica que costó la perdida de más de la mitad del territorio nacional y nos dividió profundamente; fue una época básicamente de destrucción.
El período presidencial de Porfirio Díaz, conocido como “Porfiriato”, se extendió por más de tres décadas (1876-1911), con un breve paréntesis (1880-1884). En estas tres décadas se consolida el estado mexicano, se crea infraestructura, se inicia el desarrollo cultural, financiero e industrial. Fue un periodo de reconstrucción-construcción.
Francisco Indalecio Madero y su presidencia efímera (1911-1913), no se pudo sostener ante la ambición de los revolucionarios; las medidas moderadas que adoptó no fueron lo suficientemente agresivas para destruir el entramado porfirista; y lo asesinan.
La Revolución Mexicana pone un freno a esa transición, gobiernos van y vienen, asonadas, traiciones; resurge el México bárbaro; lo construido nuevamente se pierde. De nuevo al caos, hasta que se imponen los caudillos de Sonora, principalmente Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles.
El partido oficial nació en 1929 como Partido Nacional Revolucionario (PNR), fundado por Plutarco Elías Calles, un socialista declarado, aceptó el consejo del embajador norteamericano.
Había que acabar con el México bárbaro, era necesario que los cambios en el poder en México se hicieran en forma civilizada, y que los caciques revolucionarios no dirimieran sus diferencias mediante el crimen; subsistiría la traición política, la obediencia obligada, como debía hacerse en el ejercicio pragmático de la “real politik”.
Calles, según muchas fuentes, intervino de forma directa en la muerte de Álvaro Obregón, hay ciertas evidencias que señalan que se consintió que León Toral, el dibujante que le disparó en La Bombilla siguiera con sus planes, se dice que en la autopsia del “manco de Celaya” se le encontraron disparos de varios calibres, además de los del asesino confeso.
El hecho anecdótico, solo para demostrar que este último evento violento de gran impacto permitió una transición más civilizada para el ejercicio del poder; después de la muerte de Obregón, Calles ejerció lo que se conoce como “el Maximato”; puso y quitó a tres presidentes, en el período que por primera vez sería sexenal.
Durante este tiempo, Calles controló a los presidentes Emilio Portes Gil, Pascual Ortiz Rubio y Abelardo L. Rodríguez, quienes eran considerados sus «títeres». El Maximato se caracterizó por la centralización del poder en Calles, la fundación del Partido Nacional Revolucionario (PNR) y conflictos con la Iglesia Católica.
Otro aspecto que también funcionó adecuadamente en esa transición fue la de los “cañonazos de 50 mil pesos” y el más difícil, pero al final aceptado por los caciques regionales y nacionales: la del sufragio efectivo, no reelección.
Lázaro Cárdenas, también impuesto en la presidencia por Calles, en 1934, dos años después (1936) acabó con el Maximato y desplazó del poder a sus seguidores.
Cardenas, también con tendencias socialistas, se deshace de Calles por la vía civilizada, lo destierra hacia los EE. UU; seguramente, previa negociación con las mafias masónicas, de ambos países.
Cárdenas en 1938 le cambia el nombre al partido y lo denomina Partido de la Revolución Mexicana (PRM); Manuel Ávila Camacho, en 1946, da un paso significativo en la modificación del andamiaje del partido oficial: elimina el sector militar, quedando los sectores campesino, popular, y de los trabajadores. Y, por segunda ocasión, lo renombra Partido Revolucionario Institucional (PRI).
Aunque los setenta años del priísmo tienen claroscuros, se alcanzó la tan anhelada paz social; todos los presidentes electos terminaron su período; se crean instituciones fuertes IMSS, CFE, PEMEX, Banco de México, INFONAVIT, entre otros, y por varios sexenios se alcanzó el famoso Desarrollo Estabilizador, que protegió a la industria nacional; también y muy importante se consolida un andamiaje burocrático profesional.
A pesar de la resistencia de muchos priístas, se respetó la transición política por la que el PAN llegó al poder (2000-2012). Durante este periodo el PAN respetó y perfeccionó muchas de las acciones instrumentadas por el PRI como los órganos autónomos, principalmente el INE, considerado un garante del proceso electoral; a los poderes judicial y legislativo, etc. Hasta aquí se consideran 82 años de consolidación-construcción.
Época moderna, transición pacífica, restitución priista y regresión con MORENA
A los tres últimos presidentes priistas -De la Madrid, Salinas y Zedillo- se les considera tecnócratas, ajenos a la lucha social; la línea dura de ese partido los consideraba ajenos al compromiso social que encabezaron los presidentes Obregón, Calles y Cárdenas. Los priístas se opusieron al nuevo gobierno desde el poder legislativo, los gobiernos de los estados, donde eran mayoría, y desde los puestos de la estructura burocrática que no cambió el panismo, precisamente porque eran tecnócratas: eficientes en lo que hacían. Grave error de los panistas, porque desde esas trincheras empujaron el retorno del priísmo.
El breve retorno del priísmo (2012-2018) se distinguió por una insaciable corrupción de los gobernantes, comenzando por el presidente y su equipo cercano, por lo que el electorado, desilusionado, le dio su voto a quién les ofrecía poner alto a la corrupción, no robar, no traicionar y luchar por las causas del pueblo.
El populista culpó de la situación a los gobiernos del PRI y del PAN, y también a los “fifís” (clase alta y media alta), a los que clasificó de explotadores y enemigos del pueblo bueno.
Manejó con maestría los sentimientos que traía a flor de piel y que por años lo habían gobernado y alimentado su obstinación por alcanzar el poder: el resentimiento, el deseo de vengarse de quienes lo habían maltratado o no pensaban como él.
Su narrativa de incorrupto y de vivir en una austeridad cuasi franciscana por transportarse en un auto modesto mientras fue jefe de Gobierno de la Ciudad de México; y repitió su narrativa siendo presidente, señalando que no podía haber un gobierno rico con pueblo pobre. Ese fue su argumento para “rifar” primero y luego vender el avión presidencial, “suprimir” al Estado Mayor Presidencial que en realidad lo integró al ejército y desde allí lo siguió protegiendo ; suprimió la construcción del aeropuerto internacional en Texcoco; y muchas medidas más.
Exhibió su autoritarismo cuando dijo… al diablo con las instituciones e inició la destrucción del Poder Judicial, continuada por la presidenta Claudia Sheinbaum.
Sí. Estamos en el ciclo de la deconstrucción o, mejor dicho, de la destrucción institucional y democrática del país, sin que se avizore cuando se podrá quitar del poder a este gobierno.
La historia, como maestra, nos enseña que esta época obscura será superada; pero se requiere que los ciudadanos que piensan, analizan y valoran, actúen para detener este proceso. Y, asumir que es un tiempo de reconstrucción que demanda mucho trabajo si pretendemos dejar a nuestros hijos un país mejor en el que puedan desarrollarse libremente, con plena justicia, y alcanzar la paz y el bien común, ausentes en muchos rincones de la patria.





