En este alto necesario, lo primero es volver la vista a sí mismo y a las personas, para revalorar el qué, el cómo y el para qué de nuestra vida. Esto significa que hay que volver al punto de partida, al principio de toda actividad humana: La familia.
La visión antropológica cristiana eleva la solidaridad como una virtud sobrenatural que se hace posible con la ayuda de Dios y se transforma en caridad, conscientes de que la perfección humana no se alcanza mediante las solas fuerzas humanas, aunque la razón le indique y proponga lo que es debido, su conocimiento resulta insuficiente para su realización.
Agrupados en la Declaración del Consenso de Ginebra, gobiernos 33 países que representan a más de mil 600 millones de personas, recuperan el sentido de trascendencia de los derechos humanos, la preservación de la vida humana y de la familia natural.
La pandemia COVID-19 es un acontecimiento global que marcará a la presente y futuras generaciones, un punto de inflexión, un antes y un después que anticipa que el mundo no será igual y aún no sabemos si será mejor; y en el que somos actores y testigos, en tiempo real, de un cambio de epoca.
En el contexto de la crisis social y política que vivimos se afirma insistentemente, y con razón, que se ha roto el tejido social. Sin embargo, suele soslayarse en qué consiste dicho tejido y dónde encuentra su fundamento. Y es que se mantienen concepciones heredades del liberalismo individualista y los colectivismos del siglo pasado.