Bien común, aquí y ahora. (parte III)

Cecilia Romero Castillo

Bien Común aquí y ahora. Parte III
No podemos comprender a profundidad la responsabilidad del laico cristiano en el mundo de hoy si no abrevamos de la Doctrina Social de la Iglesia, que indica con claridad que el campo de acción se encuentra en la sociedad actual, y de manera particular en el ejercicio de la política.

La necesidad de la participación de los laicos en la vida social y política es una constante en los documentos de la Doctrina Social de la Iglesia, como sostienen los documentos del Magisterio sobre todo a partir del decreto del Concilio Vaticano II, Apostolicam actuositatem y, con un énfasis particular, en 1988 con la publicación de Christifideles laici, de Juan Pablo II. A continuación, se revisan algunos de los postulados más relevantes que dichos documentos aportan respecto a la participación de los laicos en la vida política:

“Para animar cristianamente el orden temporal –en el sentido señalado de servir a la persona y a la sociedad- los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la ‘política’; es decir, de la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común. (§42).

“…los fieles laicos ‘viven en el mundo, esto es, implicados en todas y cada una de las ocupaciones y trabajos del mundo y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, de la que su existencia se encuentra como entretejida’. Ellos son personas que viven la vida normal en el mundo, estudian, trabajan, entablan relaciones de amistad, sociales, profesionales, culturales, etc. (§15).

“El carácter secular debe ser entendido a la luz del acto creador y redentor de Dios, que ha confiado el mundo a los hombres y a las mujeres, para que participen en la obra de la creación, la liberen del influjo del pecado y se santifiquen en el matrimonio o en el celibato, en la familia, en la profesión y en las diversas actividades sociales. (§15).

“La vocación de los fieles laicos a la santidad implica que la vida según el Espíritu se exprese particularmente en su inserción en las realidades temporales y en su participación en las actividades terrenas.” (§17).

La presencia activa de los católicos en la vida pública es una obligación que debemos asumir con valentía, ya que la santificación del orden temporal depende de quienes actuamos, trabajamos y profesamos nuestra fe en las actividades cotidianas. El testimonio de fidelidad al Evangelio es el mensaje más potente que nos es dado transmitir.

En el Documento conclusivo de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe en Aparecida (2007), los obispos de nuestra región hicieron una amplia y profunda reflexión sobre la importancia de “asumir evangélicamente y desde la perspectiva del Reino las tareas prioritarias que contribuyen a la dignificación de todo ser humano, y a trabajar junto con los demás ciudadanos e instituciones en bien del ser humano” (§384).

“Si muchas de las estructuras actuales generan pobreza, en parte se ha debido a la falta de fidelidad a sus compromisos evangélicos de muchos cristianos con especiales responsabilidades políticas, económicas y culturales. (§501).

La realidad actual de nuestro continente pone de manifiesto que hay ‘una notable ausencia en el ámbito político, comunicativo y universitario, de voces e iniciativas de líderes católicos de fuerte personalidad y de vocación abnegada que sean coherentes con sus convicciones éticas y religiosas’.” (§502).

Lo anterior fue expresado por el Papa Benedicto XVI en el discurso inaugural de la Conferencia. Es preocupante esta expresión del Papa cuando, por otro lado, nuestro continente es donde vivimos el mayor número de católicos en el mundo.

“Consciente de la distinción entre comunidad política y comunidad religiosa, base de sana laicidad, la Iglesia no cejará de preocuparse por el bien común de los pueblos y, en especial, por la defensa de principios éticos no negociables porque están arraigados en la naturaleza humana. (§504).

«Son los laicos de nuestro continente, conscientes de su llamada a la santidad en virtud de su vocación bautismal, los que tienen que actuar a manera de fermento en la masa para construir una ciudad temporal que esté de acuerdo con el proyecto de Dios.” (§505).

El concepto de ‘estado laico’ en el que vivimos ha sido mal entendido en muchos ambientes apostólicos, provocando una especie de dicotomía entre la profesión de la fe cristiana y el ejercicio de la vocación política. Prevalece la idea de que se es católico en lo privado y ‘laico’ en lo público, cuando la enseñanza de la Iglesia urge de los laicos la práctica de nuestra doctrina en todos los ambientes.

En el primer año de su pontificado, el Papa Francisco publicó la Exhortación Apostólica Evangelii gaudium (2013), en la que imprime su estilo de conducción de la Iglesia, invitando a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, a ‘primerear’, a tomar la iniciativa como discípulos misioneros.

En su exhortación, el Papa expresa con fuerza:

“¡Pido a Dios que crezca el número de políticos capaces de entrar en un auténtico diálogo que se oriente eficazmente a sanar las raíces profundas y no la apariencia de los males de nuestro mundo! La política, tan denigrada, es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común.” (§205).

“Recordemos que ‘el ser ciudadano fiel es una virtud y la participación en la vida política es una obligación moral” (§220).

El Papa nos recuerda que la política es una forma de ser fieles al llamado de Cristo, y que es imperativa la presencia de católicos que ejerzan liderazgo en la vida pública, para transformarla en servicio del Reino.

La más reciente Encíclica del Papa Francisco, Fratelli tutti (2020) aborda también el asunto de la necesaria participación de los laicos en la vida política.

“Porque un individuo puede ayudar a una persona necesitada, pero cuando se une a otros para generar procesos sociales de fraternidad y de justicia para todos, entra en ‘el campo de la más amplia caridad, la caridad política” (§180).

“Mientras en la sociedad actual proliferan los fanatismos, las lógicas cerradas y la fragmentación social y cultural, un buen político da el primer paso para que resuenen las distintas voces.” (§191).

El ejercicio de la política es una forma de aterrizar en el mundo las Obras de Misericordia, y de prodigar el amor de Dios. La política entendida como una vocación de servicio permite el diálogo entre diferentes para lograr una conjunción de voluntades orientadas al bien común.

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