¡Comparte con tu red!

Más allá de lo anecdotario, lo que está en riesgo en Estados Unidos es el acuerdo fundamental de principios y valores que dieron origen a la democracia de ese país, y que hoy se ha puesto en entredicho.

Las imágenes de la toma del Capitolio de hace unos días resultaron impresionantes para el mundo entero; desde la invasión inglesa de 1814 a la capital, Estados Unidos no había sufrido un evento similar. Sin embargo, en esta ocasión hubo una enorme diferencia: las casacas rojas inglesas del siglo XIX fueron cambiadas por los jeans, playeras y gorras con el lema MAGA de los extremistas pro Trump.[1]

La reciente carrera presidencial de los Estados Unidos dará mucho de qué hablar y escribir en los próximos años y marcará un parteaguas en la vida política de la democracia más antigua del mundo. Pues la madre de todas las repúblicas sufrió aquello que por décadas parecía destinado solo a los países del tercer mundo y a las democracias jóvenes: la desconfianza hacia las elecciones y el intento violento de cambiar los resultados.

En estos eventos ha jugado un papel muy grande, sin lugar a dudas, el populismo de Donald Trump y todo lo que él implica, pero lo que la carrera presidencial y las mismas elecciones pusieron al descubierto fue la erosión del acuerdo fundamental; la base misma sobre la cual la democracia norteamericana se había construido.

Para entender a Estados Unidos es necesario regresar al viejo mundo y, en específico, a las Islas Británicas, pues fue en Inglaterra donde se forjó el alma política de la nación norteamericana. La misma Guerra Revolucionaria (no de independencia, pues lo que hubo fue una separación de los ingleses de América de los ingleses de Europa y no la expulsión de un colonizador extranjero) no fue otra cosa que llevar los mismos principios políticos y de common law (ley común) ingleses a su lógica conclusión. El apelado principio de no taxation without representation (no hay impuestos sin representación) era un derecho reconocido a los súbditos ingleses desde finales de la Edad Media y con base en el cual los hombres de Albión se habían alzado múltiples veces en contra de sus monarcas –hasta el punto de asesinarlos[2]– con lo cual la rebelión de las colonias no fue más que otro de los innumerables alzamientos populares de la historia de Inglaterra.

El sistema político inglés se caracteriza por estar enraizado en la concepción jurídica y política cristiana medieval, según la cual el Derecho es el orden natural que Dios ha impuesto al mundo, que es descubierto e interpretado por el Rey, el legislador y el juez; y la política es la actividad pública en la que todos los hombres libres participan para organizarse por el bien de la comunidad. El Rey es tal, no por derecho divino, sino por la serie de pactos que lo ligan con la sociedad y los individuos a los cuales debe responder en todo momento mediante su sumisión al Parlamento. Siguiendo con esta forma medieval de pensar, el Reino Unido tiene el rasgo distintivo de carecer de una Constitución escrita del tipo Europeo Continental y Norteamericano. Sus textos constitucionales se encuentran repartidos entre leyes, libros académicos, sentencias, el common law, las costumbres y convenciones.

El profesor gallego Antonio-Carlos Pereira Menaut, en su excelente libro El ejemplo Constitucional de Inglaterra, señala una serie de rasgos sociales y culturales que permiten a los ingleses tener un gobierno establecido y una sociedad de libertades. Los rasgos que menciona son: la autolimitación del poder, la confianza en el individuo, el no estatismo y la autorregulación de la sociedad civil, el sentido de la política, el temperamento más liberal que democrático, la importancia de la moralidad, la combinación de tradicionalismo e innovación, las virtudes cívicas, y el patriotismo de los ingleses.

La conjunción de todos estos rasgos se puede denominar «acuerdo fundamental», una manera común de entender la sociedad y la política que permite que una comunidad pueda mantenerse estable económica y socialmente al mismo tiempo que da espacio a la disensión y a la discusión propias de la arena pública. Es este «acuerdo fundamental» el que permite a los ingleses tener una oposición que se llama oficialmente «Her Majesty’s loyal opposition» y a los estadounidenses tener un sistema bipartidista en el cual, al menos hasta este año, la transición se daba de forma pacífica y sin mayores controversias y donde, a pesar de las diferencias doctrinales, no había existido una polarización como la que ha caracterizado a otras naciones del mundo.

Lo que el mundo presenció durante el periodo del ex presidente Donald Trump, la carrera electoral y la designación de Joe Biden no sólo es efecto del populismo, sino de la pérdida del «acuerdo fundamental» que por más de 200 años ha mantenido la democracia en Estados Unidos con muy pocos altercados. La última vez que el acuerdo fundamental norteamericano fue puesto en entredicho de forma seria fue durante la Guerra de Secesión de 1861, con los brutales resultados por todos conocidos.

La pérdida del acuerdo fundamental no es algo reciente, lleva años gestándose y si apenas se observa es porque ha llegado a un punto de inflexión. Tal vez el inicio podemos situarlo durante la década de los 60 durante la cual los norteamericanos comenzaron a apartarse de sus raíces cristianas, principalmente de las puritanas, sobre las cuales se fundan gran parte de los rasgos sociales que Pereira Menaut menciona y con base en los cuales el ideal del “American way of life” se había construido.

Con el paso del tiempo estos rasgos sociales se han convertido en un cascarón vacío. El relativismo ético y político y la negación de los ideales cristianos socavaron los cimientos trascendentales sobre los que se asentaban. Todos estos elementos no eran sólo «ilusiones» o «mentiras de los blancos privilegiados» –como muchos activistas de izquierda los han calificado– sino la verdadera razón por la que Estados Unidos ha logrado llegar a ser la potencia que es, así como siglos antes Inglaterra o –guardando la distancia debida– la misma Monarquía Hispánica Católica lo habían sido.

El partido demócrata, durante sus convenciones post electorales, reconoció que su triunfo no fue tan aplastante como se esperaba, y que tanto la polarización a la que habían contribuido, como el fuerte giro hacia la izquierda identitaria habían alejado a una gran cantidad de posibles electores[3]. Por otra parte, los republicanos reconocieron que Trump había polarizado el ambiente al extremo y no había buscado durante su período la paz e integración que tantos anhelaban. No fue un presidente para todos los norteamericanos y eso quedó demostrado cuando las hordas pro Trump asaltaron el Capitolio.

La promesa de alguien que iba a provocar disturbios se cumplió, pero no fueron los miembros de Black Lives Matter –como tantos conservadores anunciaban–, sino los exaltados de la derecha, para el deleite de los medios de izquierda y para el horror de los ciudadanos de a pie que vieron en riesgo la estabilidad de las instituciones que durante siglos han mantenido la paz, el orden y el progreso en Estados Unidos.

Así pues, si queremos entender lo que pasó durante estos últimos cuatro años, y sacar lecciones para evitar algo similar, debemos centrarnos no sólo en criticar el populismo, sino en fortalecer los cimientos sobre los que la democracia se construye: la idea cristiana de política y de sociedad, los valores cívicos que se inspiran en ella y el acuerdo fundamental, sin el cual las comunidades caen en la violencia y en la barbarie.

Solo si regresa la moral trascendental y la ética al terreno político se podrá detener la erosión de la democracia, el crecimiento desmesurado del Estado y el triunfo de las dictaduras populistas de derecha y de izquierda que amenazan al mundo y de las cuales ni la misma madre de todas las repúblicas se ha podido librar.

[1] Digo “pro Trump” porque la mayor parte de los manifestantes no representan a las bases republicanas ni a su electorado tradicional, tal y como lo demostró el rechazo mayoritario del partido a los actos perpetrados.

[2] Carlos I de Inglaterra fue decapitado el 30 de Enero de 1649 tras una cruenta Guerra Civil.

[3]Cfr.https://www.washingtonpost.com/politics/house-democrats-pelosi-election/2020/11/05/1ddae5ca-1f6e-11eb-90dd-abd0f7086a91_story.html

Autor

  • Avatar

    Abogado, ferviente creyente que la política y el arte son las perfectas formas de humanidad.