El equinoccio del liberalismo. Parte I

Alonso Ignacio Salinas García

El equinoccio del liberalismo. Parte I
El agotamiento de la modernidad y la "alt right".

I.- Más que una crisis de legitimidad o representación: la crisis metafísica y antropológica en ebullición.

Nos encontramos en un tiempo cuyo malestar es más hondo que una mera crisis de legitimidad de las élites: es el agotamiento sustantivo del modelo victorioso tras el declive de los relatos alternativos que le disputaron el siglo al liberalismo —el comunismo y, antes, las terceras posiciones corporativistas como el fascismo—. Y es que el núcleo de todos ellos, el paradigma moderno, consagrado progresivamente desde el iluminismo y la ilustración a través del amorfo y adaptable ideal político-económico liberal —que supo domar a sus oponentes e incluso integrarlos, como hizo con el monarquismo hasta la socialdemocracia—, se ha visto superado por las consecuencias naturales de sus propios principios: el relativismo, el individualismo, el utilitarismo y el confort.

Al respecto, los síntomas se multiplican. La mal llamada lucha cultural y la vuelta de los «dioses fuertes» reducen la política a un conflicto de subjetividades sin más fundamento que la propia voluntad; lo mismo acontece en la teoría de la performatividad del género de la nueva izquierda, como el (no)conservadurismo de la «alt right» culturalista. A ello se suma el retorno desfigurado del realismo geopolítico, en una versión impulsiva que devora los propios intereses nacionales, como en las ambiciones de antipolíticos como Trump o Netanyahu. Y, por encima de todo, la indiferencia anómala al mal, su fundamentación exculpante y la satisfacción «vacunatoria» de las redes sociales, que dan por cumplida cualquier obligación moral con un gesto virtual: por ejemplo, la complicidad con el desborde fronterizo en Europa hasta las arbitrariedades inhumanas de ICE en los Estados Unidos; de la justificación, desde cierto feminismo liberal, de crímenes confesados por mujeres por el solo hecho de ser mujeres hasta la defensa reactiva de varios exponentes del evangelismo protestante ante el genocidio en Palestina; como también, el activismo pueril de jóvenes que creen suficiente desmoralizar en redes para conservar sus ilusiones personales. Todas son producciones exacerbadas de una sociedad con una crisis metafísica devenida en indisoluble crisis antropológica.

De esta forma, el núcleo ideológico del liberalismo inauguró el reinado de lo que Mounier llamó «la sociedad anónima de las fuerzas impersonales«. Bajo esa fórmula late toda una época, aquella en que la persona ha sido reducida a una «individualidad abstracta, sin vocación, sin verdad, sin responsabilidad, sin sociedad y sin resistencia«. 

Negada o vuelta inaccesible toda verdad exterior a los sentidos, solo se ha consagrado una realidad limitada a la materialidad, a la individuación continua y a la progresiva domesticación de los dolores; lo que Byung-Chul Han ha denominado «sociedad paliativa«, donde expulsamos el dolor, lo arduo y la complejidad mediante los excesos de la propia afirmación, la extensión ilimitada de libertades y la satisfacción de los placeres bajos, como reemplazo de la crisis interior derivada de la destrucción de las comunidades y los destinos escatológicos.

II.- La verdadera pregunta política ¿Qué hacer en el equinoccio?

Consecuentemente, la nueva pregunta política de nuestro tiempo escapa a las dudas raciales, culturales o de clase propias de los diagnósticos incompletos del siglo pasado, cuando fuerzas nacidas del propio dogma liberal intentaron corregir sus desviaciones desde la revolución o las reformas —como quisieron el marxismo o el nacionalsocialismo, con sus desastrosos resultados—. Tampoco es una pregunta que pueda resolverse en la superficie de las banderías, porque el conflicto verdadero no discurre entre los bandos, sino bajo ellos, en el subsuelo antropológico que todas las alternativas comparten.

La pregunta de este siglo es, más bien, la duda propia de la metanoia planteada por Berdiaev: ¿qué hacer en el equinoccio de la civilización? Podríamos reformularla, siguiendo su «Nueva Edad Media«, como ¿cuál es el camino del testimonio cristiano en los albores —o en el ocaso— de la modernidad?

Contamos, eso sí, con más antecedentes que el místico ortodoxo: ya conocemos el desenlace del conflicto de las terceras posiciones y de las izquierdas con el capitalismo, consolidado e incluso administrado con éxito por los antiguos partidos socialdemócratas obreros, en desmedro de democristianos, comunistas y liberales. Y sabemos que las viejas dudas frente al liberalismo clásico, el marxismo y el fascismo ya han recibido respuesta desde el personalismo, el tradicionalismo, el conservadurismo o el falangismo. La incógnita nueva tiene otro nombre, el de la fuerza política de esta década: la denominada «alt right«.

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III.- El previo diagnóstico de la alternativa de la década.

¿Qué representa realmente la «alt right«? Una radicalización del paradigma liberal, no una superación de sus males. 

Conviene mirarla de frente y sin caricatura. Detrás de ella asoman ideas distorsionadas: las de Murray Rothbard —quien no compartiría el sionismo de esta derecha alternativa—; un paleoconservadurismo tan identitario e irracionalista como su oponente subjetivista en el activismo pequeñoburgués; y la «ilustración oscura«, que imita, de forma palurda, el intimidante discurso del magnate Arthur Jensen —encarnado por Ned Beatty— ante el presentador Howard Beale en la película Network (1976). Bajo ese ropaje, nos encontramos con una radicalización del liberalismo que se presenta como su superación, cuando en verdad destruye justamente aquello por lo que el liberalismo venció a todas las ideologías: elimina o amenaza con erradicar la libertad de expresión, el pluralismo, la soberanía nacional, las garantías procesales penales y el control de contrapesos.

Ahora bien, su disfraz no resiste el examen. Se dice nacionalista, pero un nacionalista no regala su país a una potencia extranjera ni somete su política exterior a intereses ajenos al bien económico, cultural o social de su nación. Se dice cristiano, aunque nadie que lo sea —por muy protestante y heterodoxo que fuere— puede abrazar orgullosamente, en igualdad con su bandera o inclusive con el propio Mesías, a quien promueve la destrucción y vandalización de los templos de Dios, algunos de tiempos de los primeros cristianos, el imperio bizantino o los Estados cruzados en tierra santa. Y se dice conservador, pese a impulsar políticas contra la natalidad, contra la vida familiar y contra la protección de la paternidad y la maternidad, subordinadas al economicismo de corto plazo de las economías de portafolio, como si la empresa no estuviera hecha de personas y el PIB no repercutiera en la vida real de seres humanos.

IV.- Para confrontar la alternativa de la década debemos conocer qué es el orden secular, la raíz del equinoccio de Occidente.

Para comprender por qué esta fuerza no supera la modernidad, sino que la exaspera, hay que descender a la raíz. La modernidad es, en su médula, el «orden secular«: no la neutralidad del Estado ante los credos, sino «la privatización de toda metafísica y experiencia extramental» ante «el dominio absoluto de la voluntad individual«. Siguiendo a Taylor, es el paso del «yo poroso» —abierto al cosmos y al «logos óntico«— al «yo amortiguado» o «espinoso«, aislado y desconfiado de todo orden trascendente. Siguiendo a John Milbank, es el «momento maquiavélico«: la constitución de lo secular como un «mythos alternativo» que arranca de un Génesis propio, «un ser humano presocial movido por el conatus«. Y su desenlace, tras el derrumbe escatológico de sus religiones ateas —conforme planteó Lyotard y predijo Nietzsche en «La gaya ciencia«—, es la «condición postmoderna«: no un grito de victoria del individuo, sino el ocaso de toda verdad participada, el «nihilismo psicológico» que corroe internamente a generaciones desamparadas.

De esta genealogía se sigue la tesis central del diagnóstico y que el liberalismo y sus contrarios aparentes no son opuestos radicales, sino miembros de una misma familia moderna. Y en esa misma línea, la versión exacerbada del paradigma «espinoso» —la posmodernidad— muestra dos rostros que se creen enemigos y son gemelos. De un lado, el «liberal progresismo«, que fundamenta en Honneth, Mouffe y Laclau; del otro, la «alt right» y sus tergiversadas fuentes ya mencionadas.

Ambos son las dos caras de una misma moneda, la contradictoria forma de individualismo colectivista que la Modernidad engendró connaturalmente como su última fase, la cual da lugar al actual equinoccio de Occidente en sus excesos que todos podemos ver. Por eso, y por sus profundos orígenes en la misma Ilustración que dice ridiculizar, para vencer tales males no basta combatir el síntoma como es la nueva derecha, sino que hay que echar raíces —como plantea Simone Weil—, redescubrir qué es Occidente y ofrecer una alternativa civilizatoria al mal porvenir del totalitarismo individualista del liberalismo.

Así, una corriente política que busca responder los males contemporáneos no se procederá a medir por la estridencia con que se opone a sus rivales como han querido mostrarnos los dos rostros de la posmodernidad antes singularizados, sino que por su relación con el paradigma moderno. 

Mientras que, respecto a esta nueva derecha, variante libertaria radicaliza del liberalismo, la podemos juzgar justamente en la antípoda de una propuesta anti o trans moderna, por el contrario, es su radicalización hasta la última consecuencia como evidencia su tendencia a propender a la reducción de la persona a «individualidad abstracta«, la sacralización de la propiedad como dominio arbitrario y las tres primacías que Mounier denuncia —»la primacía de la producción, la primacía del dinero y la primacía del beneficio«— como también, peor aún invierte por exceso o defecto los males del progresismo del cual dice enfrentarse como un antagonista (cuando es su mera contracara), promoviendo nuevas formas de explotación de la mujer, desnaturalizando la autoridad y la dedicación conyugal, o cultivando un anticientificismo tan empirista y burgués como el posmodernismo activista.

Entonces, necesariamente la respuesta no es una simple oposición o colaboración inteligente que doma las pasiones ajenas, sino que, necesariamente es una perspectiva civilizatoria que implique la ruptura y superación con la modernidad, sino arriesgarse a dar los espacios a la alternativa de la década y ver cómo se da la peligrosa intensificación del paradigma moderno para la descomposición de la sociedad. De dicha manera, la alternativa de enfrentar a la “alt right” sin plantearse la superación de la Era Secular, no es sino parte de las notas musicales de la partitura del equinoccio liberal: la hora en que el sol del proyecto ilustrado, al inclinarse, proyecta las sombras más largas; comprender esto es el primer paso. El segundo —qué hacer desde el humanismo cristiano ante este equinoccio— es el objeto de la parte que sigue.

Cita este artículo

Salinas García, A. I., (2026, noviembre 3). El equinoccio del liberalismo. Parte I. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/el-equinoccio-del-liberalismo-parte-i/

 

Enlace a edición mensual

Revista Forja para el Bien Común núm. 61, octubre 2026

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Autor

  • Alonso Ignacio Salinas García

    Abogado litigante de la Pontificia Universidad Católica de Chile, como también, ayudante y asistente catedrático de la misma casa académica. Ex presidente de la Comisión Chilena de Derechos Humanos (CCHDH). Miembro de la Hermandad de la Pequeña Cristiandad y la Asociación Española de Personalismo (AEP).

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