La vida vista desde la biotecnología. Parte III

María José Alvarado-López

La vida vista desde la biotecnología. Parte III
Después de descubrir que los hongos sostienen silenciosamente la vida, resulta incómodo reconocer que algunos también pueden enfrentar plantas, animales y seres humanos. ¿Cómo es posible reconciliar ambas imágenes? Esta pregunta parte de un supuesto equivocado: que la naturaleza se divide con facilidad entre organismos buenos y malos. En biotecnología se percibe una historia mucho más compleja.

Comprender el lado oscuro del modo hongo no significa justificar el daño, sino aprender que incluso aquello que nos incomoda puede revelar estrategias extraordinarias para cuidar mucho mejor la vida.

EL LADO OSCURO DEL MODO HONGO

La ciencia tiende a clasificar las cosas de la naturaleza para entenderlas. Organiza el mundo en categorías que permitan describirlo, compararlo y estudiarlo. En la vida cotidiana hacemos algo parecido, aunque con criterios distintos: bueno o malo, útil o dañino, benéfico o perjudicial. Estas clasificaciones son comprensibles, pero rara vez alcanzan para explicar la complejidad de la naturaleza y mucho menos para aprovecharla con biotecnología

Los ecosistemas no funcionan a partir de categorías morales. Funcionan mediante relaciones ecológicas.

Un mismo organismo puede favorecer el equilibrio de un ecosistema y, en determinadas circunstancias, convertirse en una amenaza para otro. Lo que cambia no es el organismo, sino el contexto en el que vive y las relaciones que establece con los otros organismos.

Esta idea a veces resulta incómoda porque rompe con la forma humana de entender la creación. Nos tranquiliza pensar que existen organismos buenos y malos, aliados y enemigos bien identificables. Sin embargo, la biósfera es mucho más compleja. La misma capacidad que permite sobrevivir a algunos organismos puede causar daño. Donde existen procesos que hoy consideramos perjudiciales se pueden esconder mecanismos extraordinarios que aún no comprendemos.

Aquí es donde empieza el lado oscuro del modo hongo. No porque los hongos sean una fuerza oscura de la naturaleza, sino porque estudiarlos obliga a abandonar las respuestas sencillas. Nos invitan a mirar más allá de la primera impresión y a preguntarnos qué ocurre cuando una estrategia biológica, desarrollada para sobrevivir, entra en conflicto con otras formas de vida.

En biotecnología esa pregunta hará una diferencia fundamental. Frente a lo que nos incomoda, el objetivo no es emitir un juicio apresurado, sino comprender. No para justificar daños, sino porque solo entendiendo cómo funciona la naturaleza es posible aprender de ella y encontrar nuevas formas de proteger la vida.

MODO HONGO NIVEL INTERMEDIO: La empatía antes del juicio

El modo hongo nivel intermedio describe justamente cuando la naturaleza deja de ser cómoda. Después de descubrir que los hongos reciclan nutrientes, sostienen ecosistemas y han inspirado algunas de las innovaciones más importantes de la biotecnología, hay una realidad que rompe es imagen: también existen hongos capaces de causar enfermedades.

Los hongos patógenos invaden a otros organismos y alteran su equilibrio homeostático. Sin embargo, reducirlos a la categoría de “enemigos” explica muy poco de su biología. Se trata de una excelente oportunidad para comprender mejor la complejidad de la vida. Antes que ser organismos para hacer daño, son organismos que desarrollaron estrategias extraordinariamente eficientes para sobrevivir.

Cuando se entiende así el nivel intermedio, cambia la manera de hacer preguntas. En lugar de pensar “¿cómo eliminar estos hongos?”, se propone otra cuestión: “¿qué puede aprender la biotecnología cuando comprende cómo funcionan?”. Esa diferencia del juicio a la comprensión constituye la primera lección de este modo hongo: la empatía.

Entendida así, la empatía no es justificar el daño ni ignorar el sufrimiento que pueden causar las enfermedades fúngicas. Significa suspender, por un momento, el juicio para intentar comprender.

Solo cuando se entiende la lógica biológica de un organismo, se puede anticipar su comportamiento, prevenir sus efectos y, en ocasiones, descubrir capacidades inesperadas que pueden ponerse al servicio del cuidado de la vida.

Uno de los casos más sorprendentes es Ophiocordyceps unilateralis, conocido por infectar hormigas y modificar su comportamiento hasta favorecer la dispersión de sus esporas. Aunque suele presentarse como un símbolo de terror biológico, como en la Serie “The Last of Us”, para la ciencia representa otra cosa: es un extraordinario ejemplo de especialización evolutiva. Lo que para la ficción es una amenaza, para la biología es una pregunta fascinante sobre los límites de la adaptación: comprender cómo este hongo establece una interacción tan precisa con su hospedero ayuda a responder preguntas sobre evolución, y comunicación entre especies.

Algo semejante ocurre con Beauveria bassiana. En la naturaleza invade insectos, pero en la agricultura puede ayudar a proteger los cultivos. La misma estrategia le permite colonizar a un hospedero se ha convertido, cuando se comprende y se regula cuidadosamente, en una alternativa para disminuir el uso de insecticidas químicos.

En este caso, la investigación biotecnológica no se detuvo con el proceso de infección. Al estudiar cómo este hongo invade a sus hospederos, los investigadores descubrieron metabolitos secundarios con propiedades biológicas diversas. Uno de ellos es la beauvericina, una molécula que ha despertado interés por su actividad antimicrobiana y potencial farmacológico. EL objetivo ya no es aprovechar la enfermedad, sino comprender mecanismos que la hacen posible para transformarlos en tecnologías.

La historia se repite con hongos patógenos de humanos. Por ejemplo, algunas especies de Candida forman parte de nuestra microbiota habitual, pero pueden provocar infecciones cuando se rome el equilibrio del organismo. Otros hongos ocasionan micosis muy comunes, como el pie de atleta, una enfermedad que millones de personas en el mundo padecen en algún momento de su vida. Comprender cómo estos hongos se adhieren a los tejidos, forman biopelículas o desarrollan resistencia a ciertos tratamientos ha permitido diseñar mejores tratamientos y estrategias de prevención; entender sus mecanismos es una de las formas más eficaces de proteger la salud.

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En biotecnología, la empatía comienza cuando dejamos de preguntar únicamente cómo eliminar un problema y empezamos a preguntarnos cómo funciona. Solo en ese momento se pueden encontrar posibilidades que antes permanecían impensables.

El modo hongo nivel intermedio propone en el fondo, una forma distinta de entender. La biotecnología reconoce que aquello que parece amenazante puede contener respuestas todavía desconocidas. Comprender deja de ser un ejercicio de curiosidad científica para convertirse en un gran acto de responsabilidad y cuidado. La empatía, entendida como la decisión de comprender antes que juzgar, no elimina el problema; permite enfrentarlo con mayor inteligencia y, sobre todo, con mayor cuidado de la vida.

MODO HONGO NIVEL DIFÍCIL: La resiliencia como esperanza

Existen otro nivel del modo hongo. Podría llamarse nivel difícil porque ocurre allí donde casi ninguna forma de vida parece tener futuro: suelos contaminados con metales, aguas residuales cargadas de compuestos tóxicos, minas abandonadas, sitios impregnados de hidrocarburos, plásticos recalcitrantes o residuos industriales. Y sin embargo, algunos hongos llegan ahí.

No porque “disfruten” la contaminación. Llegan porque, a lo largo de millones de años de evolución, desarrollaron una extraordinaria capacidad de adaptación. Cuando la materia orgánica escasea, cuando los nutrientes son limitados o cuando predominan moléculas difíciles de degradar, muchos hongos despliegan un metabolismo extraordinariamente flexible y producen enzimas capaces de romper estructuras químicas de enorme complejidad. Lo que para otros organismos representa un residuo inútil o tóxico, para ellos puede convertirse en una fuente de carbono y energía.

Precisamente estas capacidades son las que hoy inspiran algunas de las estrategias más prometedoras de la biotecnología ambiental. Se estudian hongos capaces de degradar hidrocarburos, colorantes industriales, pesticidas o algunos de los plásticos más resistentes, como lo poliuretanos. En lugar de combatir la contaminación únicamente con procesos fisicoquímicos de alto consumo energético, la biotecnología busca aprender de estos organismos para desarrollar tecnologías capaces de trabajar con la naturaleza y no solamente sobre ella, cada vez más sostenibles.

Enzimas como lacasas o peroxidasas producidas por numerosos hongos, ya forman parte de estrategias orientadas a la biorremediación y economía circular, al transformar residuos complejos en compuestos que pueden reincorporarse a los ciclos naturales.

Pero el aprendizaje más profundo del modo hongo en nivel difícil no está en las enzimas, sino en la lógica que las hizo posibles. Estos hongos no sobreviven negando las condiciones adversas. Tampoco esperan a que el ambiente mejore para empezar a actuar. Trabajan con la realidad que tienen delante. Aprovechan los recursos disponibles, establecen asociaciones con bacterias, plantas u otros microorganismos y desarrollan nuevas capacidades para seguir viviendo allí donde parecía imposible hacerlo.

La resiliencia desde la perspectiva del modo hongo en nivel difícil, no consiste únicamente en resistir. Consiste en responder creativamente a la adversidad.

No se limita a soportar un ambiente hostil; desarrolla nuevas capacidades para seguir generando vida en medio de él.

Es por eso que esta forma de resiliencia resulta tan sugerente. Con frecuencia se entiende la resiliencia como la capacidad de recuperarse después de una crisis. Los hongos proponen algo mucho más exigente: convertir una limitación en una posibilidad de creación.

No porque la contaminación sea buena, ni porque el deterioro deba aceptarse con resignación, sino porque la vida posee una sorprendente capacidad para abrir caminos incluso en escenarios profundamente alterados.

Aquí la biotecnología de nuevo coincide con la intuición fundamental del pensamiento cristiano. La esperanza cristiana no es negar la existencia del mal, sino afirmar que éste no tiene la última palabra. Igualmente, los biotecnólogos no estudian los hongos de ambientes contaminados porque la contaminación sea deseable, sino porque comprender cómo la creación responde a esas heridas puede ayudar a restaurar parte de lo que nosotros mismos hemos deteriorado.

Aprender de estos organismos es, en el fondo, un acto de colaboración con la creación: significa reconocer que incluso en los lugares más dañados persisten procesos silenciosos capaces de inspirar nuevas formas de cuidado, restauración y esperanza.

LO QUE ENSEÑA EL LADO OSCURO

El lado oscuro del modo hongo obliga a abandonar una forma cómoda de mirar la naturaleza. Recuerda que comprender no es lo mismo que aprobar y estudiar un organismo no implica admirar todo lo que hace. Significa reconocer que la creación suele ser más compleja que nuestras primeras impresiones.

Por eso la empatía y la resiliencia terminan encontrándose. La primera permite comprender aquello que incomoda antes de emitir un juicio; la segunda invita a responder creativamente cuando la realidad parece rota. Ninguna de las dos niega el sufrimiento, ambas buscan una manera mucho más inteligente y más responsable de enfrentarlo.

Quizá por eso una de las intuiciones más profundas del pensamiento cristiano encuentra aquí un punto de encuentro con la biotecnología. La esperanza no consiste en negar la existencia del mal, sino en afirmar que éste no tiene la última palabra.

Algo parecido ocurre cuando la biotecnología estudia a los hongos patógenos o aquellos que sobreviven en ambientes extremos. No aprende de ellos porque el daño sea bueno, sino porque comprender esos procesos puede ayudarnos a proteger mejor la vida y a reparar parte de lo que nosotros mismos hemos deteriorado.

MIRAR DOS VECES

El lado oscuro del modo hongo no consiste en descubrir que algunos hongos enferman o prosperan entre contaminantes. Es aceptar que la naturaleza rara vez responde a nuestras categorías. Allí donde nosotros vemos amenaza, la biotecnología aprende mecanismos; donde vemos contaminación, algunos organismos descubren nuevas posibilidades de vida. Comprender no significa justificar. Significa reconocer que el conocimiento también puede nacer del encuentro con aquello que preferiríamos evitar.

Los hongos patógenos enseñan que comprender exige primero empatía: sólo cuando se deja de ver al hongo como enemigo absoluto se puede entender cómo proteger mejor la vida. Los que prosperan entre contaminantes enseñan la lección de la resiliencia que no consiste solo en soportar la adversidad, sino en desarrollar maneras de transformarla. 

La empatía nos permite comprender el mundo tal como es; la resiliencia nos impulsa a participar en su restauración. Esta es, al final del día, una de las tareas más profundas de la biotecnología: aprender de la creación no solo para dominarla o intervenir en ella, sino para colaborar con ella en el cuidado de la vida.

Quizá por eso la pregunta no es si existen hongos buenos o malos. La pregunta es si ¿somos capaces de mirar la realidad una segunda vez, con suficiente empatía para comprenderla y suficiente esperanza para ayudar a transformarla?

Resumen: Después de descubrir que los hongos sostienen silenciosamente la vida, resulta incómodo reconocer que algunos también pueden causar enfermedades o prosperar en ambientes profundamente contaminados. Este ensayo propone que esa aparente contradicción surge de una manera simplificada de mirar la naturaleza. A partir de los conceptos del modo hongo nivel intermedio y nivel difícil, se muestra cómo la biotecnología estudia los hongos patógenos y aquellos capaces de degradar contaminantes no para justificar el daño que ocasionan, sino para comprender los mecanismos biológicos que les permiten sobrevivir, adaptarse y, en algunos casos, inspirar nuevas estrategias para proteger la salud y restaurar ecosistemas. Desde esta perspectiva, la empatía se entiende como la decisión de comprender antes de juzgar y la resiliencia como la capacidad de responder creativamente a la adversidad. Finalmente, se propone un diálogo entre la biotecnología y el pensamiento cristiano, donde la esperanza no niega la existencia del mal, sino que invita a descubrir posibilidades de cuidado y restauración incluso en los escenarios más complejos.

Cita este artículo

Alvarado-López, M. J., (2026, septiembre 20). La vida vista desde la biotecnología. Parte III. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/la-vida-vista-desde-la-biotecnologia-parte-iii/

 

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Autor

  • María José Alvarado-López

    Profesora investigadora de la Facultad Biotecnología de la UPAEP, su línea de investigación está enfocada en biotecnología ambiental, en particular a la aplicación de microorganismos autóctonos para la degradación de contaminantes xenobióticos. Es doctora en Biotecnología por la UPAEP, miembro del SNI.  Publica de forma periódica la columna de divulgación “Lecciones de biotecnología para la vida diaria”. Es profesora de asignaturas en licenciatura y posgrado.

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