Los más meditativos quizá digan que su fin es elevar el alma humana. Y es cierto: la educación toca todas esas dimensiones. Sin embargo, mi pregunta va dirigida a un plano más sociopolítico:
¿Educamos para nuestras comunidades o para agradar a otros países y organismos internacionales?
En el campo educativo se discuten diversos tipos de currículo, que no se limitan a lo enseñado de manera formal, sino que incluyen todas las cargas implícitas en el contenido, el contexto y la intención de la enseñanza. Entre ellos se destacan:
- El currículo formal: lo que oficialmente se enseña (asignaturas, planes de estudio, materiales).
- El currículo real: lo que efectivamente ocurre en el aula y durante el año escolar.
- Y otros más complejos como el currículo oculto, ideológico, nulo, político o cultural.
Estos conceptos fueron desarrollados a lo largo del siglo XX. En América Latina, Paulo Freire fue uno de los referentes clave con su obra Pedagogía del oprimido, que invito a consultar para profundizar en el tema.
En este texto quiero centrarme en dos: el currículo oculto y el político. El primero refiere a todo aquello que se enseña sin estar explícitamente en el programa: jerarquías, normas sociales, lo que se considera «valioso» o «inútil». El segundo, alude a la educación usada como herramienta para legitimar narrativas del gobierno de turno o reforzar ideologías, mediante una forma sutil —o a veces no tan sutil— de adoctrinamiento.
Como docente, puedo afirmar que ambos currículos no son sólo categorías teóricas, sino realidades presentes en las aulas de forma cotidiana. ¿Qué es lo que valoramos realmente? ¿Qué consideramos como bueno o malo? ¿Cómo eso moldea nuestra visión del mundo?
Durante siete años enseñé inglés en colegios y universidades a estudiantes de todas las edades. Hoy, por mis estudios de doctorado en el Reino Unido, ya no enseño, pero esas experiencias siguen resonando. Siempre había una pregunta recurrente: “¿Y para qué me va a servir aprender inglés?”. Yo respondía lo que también me habían enseñado: “Para tener más oportunidades, viajar, estudiar afuera, conocer el mundo”. Y esa respuesta, por lo general, bastaba.
Hoy, sin embargo, comprendo que esa pregunta quizás apuntaba a algo más profundo.
Muchos de mis alumnos no soñaban con estudiar en otro país, ni con trabajar en una multinacional, ni con cruzar fronteras. Valoraban lo propio: sus raíces, su comunidad, su idioma. Y yo, sin querer, no supe escuchar eso.
Con el tiempo entendí el peso del currículo oculto. Me habían enseñado que aprender otro idioma “abría puertas” y daba acceso a una vida mejor. Y era cierto: el colegio al que fui ofrecía mejor formación en inglés que en guaraní, el idioma originario del Paraguay. Aprendí lo ajeno antes que lo propio. Incluso llegué a pensar que el guaraní era irrelevante.
Y sin embargo, ese aprendizaje “ajeno” me llevó lejos: a los 23 años me gradué con una maestría en la Universidad de Oxford, y hoy, a los 26, curso un doctorado en la Universidad de Bath en Reino Unido, desde donde escribo este artículo. Aprender inglés no solo me permitió estudiar, sino también participar en programas globales de formación. Aquella respuesta que daba a mis estudiantes terminó por cumplirse en mí.
Pero en ese proceso de “encajar”, de moldearme para pertenecer, también perdí algo: raíces, pertenencia, sentido de lo local. Uno se aleja de lo suyo. Ya no es de donde vino, pero tampoco es del lugar donde está. Mientras tanto, quienes optaron por quedarse y no aprender una lengua extranjera fortalecieron sus comunidades. Sus prioridades estaban marcadas por las necesidades del prójimo, no por la lógica del ascenso individual.
Y aquí es donde debemos hacer una pausa. Las narrativas que promovemos en nuestras instituciones educativas tienen consecuencias profundas. A menudo refuerzan lo extranjero y debilitan lo propio. Por eso, la educación debe comenzar “hacia adentro”: recuperar lo nuestro, posicionarlo con dignidad, y solo después mirar hacia afuera con criterio y propósito.
Educar para adentro no es encerrarse. Es tener raíces para poder volar. Es recordar que también aquí hay valor, sabiduría e identidad. Porque si solo enseñamos a irse, ¿quién quedará para construir?
Cita este artículo
Zaracho, G. (2026b, febrero 10). Educar hacia adentro. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/educar-hacia-adentro/
Enlace a edición mensual
Número 5, año 6, enero 2026 https://revistaforja.org/revista-forja-para-el-bien-comun-num-52/





