Pocos reflexionamos, en ese momento, acerca del profundo significado de ese hecho. Él lo iría explicando poco a poco, hasta que, en 1999, veinte años después, al arribar nuevamente a nuestro país, dijo en el mismo aeropuerto: “es para mí causa de inmenso gozo encontrarme de nuevo en esta tierra bendita”.
¿Por qué tierra bendita? Porque aquí la Virgen María se dignó posar su planta, quedarse en el Tepeyac y es venerada como Madre querida. Ella vino a presentarnos al “verdadero Dios por quien se vive” (Nican Mopohua), y desde entonces, es nuestro patrimonio que se ofrece a toda América y al mundo. Fue a partir del hecho guadalupano que México adquirió su identidad, su fisonomía y su vocación como nación.
Pero, como explicara San Juan Pablo II en su primera homilía en la Catedral Metropolitana, nuestro país, del mismo modo que ocurre con cada persona, tuvo que vivir una pedagogía evangelizadora cuyas raíces se remontan a los pueblos originarios, en quienes las semillas del verbo suscitaban una búsqueda trascendente que sus dioses no satisfacían, el Tloque Nahuaque, el “Dueño del cerca y del junto”.
Gracias a la Virgen de Guadalupe se produjo el encuentro con el Verbo, y a partir de entonces se inició la conversión masiva de los naturales que adoptaron la religión del Amor, que sustituía a la de la crueldad de los sacrificios. Así, podemos decir, se bautizó la nación mexicana.
Pero el proceso explicado por San Juan Pablo II no termina con la aceptación del mensaje, exige coherencia de vida y perseverancia. Esto ha marcado nuestra historia como nación, en una lucha permanente. Al igual que cada persona, que está dividida interiormente como consecuencia del pecado original y lucha por permanecer fiel a la gracia. Los pueblos, que también reciben una vocación -como Israel-, también suelen estar divididos, entre quienes buscan la coherencia y perseverancia en la fe, y entre quienes, por el contrario, proponen ideologías y principios contrarios. Así ha sido el drama de México. Por eso, San Juan Pablo II, que algo sabía de nuestra historia, pues hasta Polonia habían llegado los ecos de la persecución religiosa, ese día en la Catedral pidió que México sea “siempre fiel”.
La tierra mexicana no sólo está bendita por la presencia amorosa de la Virgen de Guadalupe, en medio de las luchas por la perseverancia frente al ataque de los anticristianos. Nuestra tierra está bendecida por la sangre de la pléyade de mártires que han donado su vida por ser fieles y para que México sea fiel. Es el plebiscito de los mártires a que hiciera alusión el beato Anacleto González Flores, mártir también.
La ley natural
México ha enfrentado la andanada del laicismo, que ha buscado erradicar la presencia de Dios en la vida pública, incluso en la privada. Y no solo busca sepultar la fidelidad cristiana, sino incluso oscurecer las conciencias para que olviden la ley natural, que está en el corazón y la conciencia de todos los hombres.
“Esta ley natural -escribió el Papa Pío XII al inicio de su pontificado- tiene su fundamento en Dios, creador omnipotente y padre de todos, supremo y absoluto legislador, omnisciente y justo juez de las acciones humanas. Cuando temerariamente se niega a Dios, todo principio de moralidad queda vacilando y perece, la voz de la naturaleza calla o al menos se debilita paulatinamente, voz que enseña también a los ignorantes y aun a las tribus no civilizadas lo que es bueno y lo que es malo, lo lícito y lo ilícito, y les hace sentir que darán cuenta alguna vez de sus propias acciones buenas y malas ante un Juez supremo.” (Sumi pontificatus 21)
Los principios cristianos y los de la ley natural, escribió Pío XII, son principios básicos de moralidad y al ser desechados “queda inmediatamente destruido el único e insustituible fundamento de estable tranquilidad en que se apoya el orden interno y externo de la vida privada y pública, que es el único que puede engendrar y salvaguardar la prosperidad de los Estados.” (Sp 25). El orden social querido por Dios encuentra ahí una expresión, junto con las enseñanzas cristianas, que son lo que puede dar armonía, paz, progreso y auténtica libertad a las personas y a la sociedad.
Esto lo acaba de recordar el Papa León XIV en su encuentro con políticos franceses, al invitarlos a aplicar la Doctrina Social Cristiana: “Sus fundamentos están sustancialmente en sintonía con la naturaleza humana, con la ley natural que todos pueden reconocer, incluso los no cristianos, incluso los no creyentes. No hay, por tanto, que temer proponerla y defenderla con convicción: es una doctrina de salvación que busca el bien de cada ser humano, la edificación de sociedades pacíficas, armoniosas, prósperas y reconciliadas.” (28 de agostos de 2025)
Una fidelidad que es Patrimonio
La lucha histórica de nuestros antepasados por preservar la fe, la religión y la cultura cristiana, es patrimonio espiritual de nuestra identidad mexicana. Un patrimonio que, aparentemente intangible, es superior al patrimonio material de nuestro país. Y es el fundamento trascendente de nuestro patriotismo.
Juan Pablo II decía que:“La expresión «patria» se relaciona con el concepto y la realidad de «padre» (pater). La patria es en cierto modo lo mismo que el patrimonio, es decir, el conjunto de bienes que hemos recibido como herencia de nuestros antepasados. Es significativo que, en este contexto, se use con frecuencia la expresión «madre patria». En efecto, todos sabemos por experiencia propia hasta qué punto la herencia espiritual se transmite a través de las madres. La patria, pues, es la herencia ya la vez el acervo patrimonial que se deriva; esto se refiere ciertamente a la tierra, al territorio. Pero el concepto de patria incluye también valores y elementos espirituales que integran la cultura de una nación.” (Memoria e Identidad p. 28)
Ese patrimonio espiritual que heredamos de nuestros antepasados es frágil y siempre ha estado en riesgo. A nuestros padres debemos que las raíces cristianas que ya he mencionado, no se hayan perdido. Pero el compromiso de seguir siendo fieles permanece y nos corresponde preservarlo para heredar a las nuevas generaciones.
Hoy, como en el pasado, es necesario preservar la libertad, personal y de la Patria. Las invasiones ya no son necesariamente físicas, son culturales, incluso mediáticas. Penetran por aquí y por allá, y están cambiando los valores de los mexicanos. Antiguamente se decía que todos los mexicanos, hasta los ateos, eran guadalupanos. Una encuesta reciente afirma que el guadalupanismo ha mermado, incluso en el contexto de la novena con la que estamos preparando los quinientos años del hecho guadalupano.
Luchar por la libertad
Es necesario, nuevamente, luchar por nuestra libertad: de conciencia, religiosa, de educación, de expresión y de prensa. En fin, las libertades que hacen posible el ejercicio de los auténticos derechos humanos que forman parte del humanismo mexicano, cristiano, que se fue forjando desde Vasco de Quiroga, Fray Julián Garcés y Bartolomé de las Casas, a partir de la defensa de la dignidad humana, fundada en el hecho de haber sido creados a imagen y semejanza de Dios. Es a partir de estos valores como se puede construir la Civilización del Amor, de la que hablara san Paulo VI. Civilización fundada en una cultura de vida y no de muerte, como la que hoy estamos viviendo en México.
Ser verdaderamente patriotas es luchar por los derechos y libertades que se derivan de nuestra naturaleza, que nos muestra la Ley natural y nos revela el Evangelio. Ése es un verdadero patriotismo, ir a la raíz de nuestro patrimonio, apreciarlo, defenderlo y acrecentarlo. Lanzar puros vivas o cohetes, ondear banderitas y tocar trompetitas de manera superficial, es patrioterismo, no patriotismo. Los verdaderos patriotas asumen la defensa de la libertad auténtica frente a aquellos que, desde la Constitución y las leyes, nos la quieren arrancar.





