Hace casi tres siglos, el 9 de septiembre de 1731, nació en Veracruz Francisco Javier Clavijero Echegaray.
Hijo de padre Navarro y madre criolla mexicana, bien podemos suponer que por su ascendencia paterna proveniente de ancestros católicos navarros y bautizado con el nombre de Francisco Javier, seguramente en memoria y reconocimiento del gran misionero jesuita San Francisco Javier, debió inspirarle para abrazar la vocación religiosa y profesar en la Compañía de Jesús.
Debido a los viajes constantes que su padre tenía que realizar como funcionario de la Real Hacienda, tuvo la oportunidad de entrar en contacto y conocer desde muy pequeño el múltiple y rico mosaico cultural mestizo e indígena del México virreinal del siglo XVIII.
Ingresó Clavijero a la Compañía de Jesús en 1748, a los 16 años, teniendo como marco el esplendido convento barroco de Tepotzotlán. Aprendió ahí las lenguas clásicas, el latín y griego y, como todos los religiosos que se preparaban para misionar, perfeccionó el náhuatl y las lenguas indígenas. Además de la filosofía y teología profundizó en el conocimiento de la historia de las comunidades indígenas. Fue maestro de humanidades en el convento de san Gregorio, colegio Jesuita fundado para la educación de las élites indígenas de la Nueva España.
Vivió en una época llena de esplendor cultural y riqueza material. Es el siglo de una generación de extraordinarios humanistas, literatos e historiadores, como el insigne polígrafo veracruzano Francisco Javier Alegre, el “poeta épico” según Mariano Cuevas; de Rafael Landívar con su “Rusticatio Mexicana” o del también paisano de Clavijero, Juan Luis Maneiro.
El conocimiento y convivencia que desde niño tuvo con comunidades indígenas, despertó en él un profundo amor e interés por la historia de los pueblos originarios, con una visión centrada en los valores humanos y tradiciones. El contacto con la colección de documentos históricos heredados al Colegio de San Pedro y San Pablo por el insigne P. Carlos de Sigüenza y Góngora, fue conformando en él lo que será al paso del tiempo, y ya en el exilio, la edición de una docena de obras, incluida su Historia de México en cuatro tomos, una colección de oraciones en veinte leguas diferentes y una docena de obras más.
Al respecto, bastaría citar que, durante el siglo XVIII se imprimieron treinta y tres obras nuevas, aparte de muchas otras reimpresas, en lenguas como el cahita, tepehuana y tarahumara, mismas que desde entonces cuentan con su respectiva gramática.
La Expulsión de los Jesuitas
Vientos de tragedia se cernían sobre la congregación Ignaciana. El golpe “arteramente preparado por el Conde de Aranda y puesto en ejecución por el maligno visitador D. José de Gálvez”, afirma el P. Mariano Cuevas, fue anunciado el 24 de junio de 1767 por el servil Virrey marqués de Croix.
La mortal consigna fue ideada por los enemigos de la iglesia: un gobierno afrancesado, ilustrado y masónico que influyó para que el rey Carlos III firmara el extrañamiento y expulsión de la Compañía de Jesús de sus enormes dominios.
Ya antes se había ejecutado acción similar en Portugal y Francia, para acabar con una legión de misioneros e intelectuales formadores de la juventud criolla y titanes del humanismo cristiano en favor de los indígenas, cuya labor se extendía en América, desde los lejanos desiertos de Arizona o la Baja California, hasta las exuberantes e indómitas selvas del rio Paraná, hábitat de los Guaycurúes, en el actual Paraguay.
¿Las razones de la expulsión?: “Me las guardo en mi real pecho” fue la respuesta que Carlos III dio al inquirirle por tan absurda determinación. Al ejecutar la orden de expulsión, toda la población Novohispana reclamó al Virrey Marqués de Croix tan injusta medida, a lo que este respondió: “los súbditos han nacido para callar y obedecer”, expresiones claras del absolutismo borbónico que imperó en el último tercio del siglo XVIII y que algunos historiadores consideran el inicio del descontento generalizado de los habitantes de México, causa primera de la independencia que medio siglo después consumará Dn. Agustín de Iturbide.
La expulsión arrebató de manera violenta, cual si fuesen criminales, a los nobles misioneros, padres espirituales de los pueblos y maestros notabilísimos de las universidades; fueron remitidos como prisioneros a la capital de la Nueva España.
Clavijero vivía en la Nueva Galicia enseñando en la Real y Literaria Universidad de Guadalajara y aunque el edificio de la universidad fue demolido, aún se conserva una placa que conmemora su salida al exilio.
Así fue como el gobierno virreinal se apoderó de documentos, bibliotecas y bienes, permitiéndoles llevar a los padres “la ropa absolutamente indispensable para la travesía” y “si quedase un solo jesuita, aunque fuese enfermo o moribundo, seréis castigados con la pena de muerte. Yo el Rey”.
Por las terribles condiciones en que los retuvieron en San Juan de Ulua, treinta y cuatro murieron en Veracruz en poco mas de tres meses de espera, antes de hacerse a la vela hacia España, el 25 de octubre de 1767.
Despidiéndose de sus hermanos y padres, de sus indios amigos y “de esta tierra feliz que no tuvimos la dicha nos cubriera después de muertos…”. Llegaron al puerto de Cádiz, España y antes de partir a los Territorios Pontificios, dejaron allí enterrados a otros quince misioneros mexicanos, muertos por el agotamiento y maltrato.
Instalados en Bolonia, su patria adoptiva, hubo tiempo para meditar en los acontecimientos, lo que los llevó a reflexionar respecto de su verdadera condición. Se reconocieron como parte de un conglomerado humano y un modelo cultural resultante de dos siglos y medio de mestizaje, de una sociedad cuyas familias, forjadas en el crisol del evangelio, habían integrado, a manera de síntesis, una comunidad nueva, mediante el aporte de lo autóctono, sumado a la sangre hispana, la oriental y la africana, concluyendo en una “síntesis nueva y genial, lo que otros te han dado y tu propia originalidad, una novísima civilización cristiana”, en palabras de Juan Pablo II.
“Cuando los jesuitas criollos… se auto denominaron mexicanos… quebraron el paradigma de carácter étnico y racial en que esa sociedad había estado organizada y consolidaron la estructura simbólica de la nación mestiza”, afirma Alfonso Alfaro en Los jesuitas y la construcción de la nación mexicana.
El suelo patrio, la población mestiza y una historia ahora común forjaron con el tiempo la nueva nación mexicana.
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Imagen de: https://es.wikipedia.org/wiki/Francisco_Javier_Clavijero





