Las crisis de inseguridad que en general atraviesa Hispanoamérica están lacerando la vida, las libertades y la estructura social misma, destruyendo familias y arrancando de los brazos de papá y mamá a miles de niños que terminan explotados, reclutados por el crimen organizado o fallecidos por rivalidades entre grupos.
Esta crisis tiene dos posibles desenlaces: o un freno con medidas efectivas de largo plazo o una masiva intervención internacional para aliviar la crisis -sin curarla quizás- y este segundo escenario es el que tememos porque agravaría las tensiones políticas de la región y solo aumentarían la violencia solo que, en teoría, con medios legítimos.
¿Por qué no se resuelven de forma pacífica las crisis de inseguridad en la región?
Si analizamos el asunto desde la óptica cultural, podemos vislumbrar dos hipótesis:
Hipótesis 1. Preferencia por el corto plazo.
La literatura seria sobre seguridad siempre apunta al desarrollo de políticas públicas que de una u otra forma exigen diagnósticos realistas -parece obvio, pero no es la costumbre-, coordinación con amplios sectores de la población -que van desde grupos escolares hasta cámaras empresariales-, e inevitablemente, con la molesta oposición política al régimen en turno.
En una cultura cortoplacista como la que persiste en la región hispanoamericana, eso suena bien para discursos que Naciones Unidas monitorea, pero muy incómodo en la práctica.
Las autoridades en esta zona del mundo, y con especial énfasis en México, digámoslo con claridad, no provienen de Alemania ni de China ni de los países bálticos, sino de las mismas sociedades donde ejercen su poder de mando. Siendo así, llegan a las posiciones políticas con esencialmente el mismo código cultural de donde provienen. Esto es, no se pueden pretender soluciones ajenas al margen de los valores culturales de una nación.
Si bien el corto plazo puede tener ventajas como la capacidad de improvisación, la construcción de éxitos en breve tiempo y la posibilidad de adaptación a las circunstancias, es verdad que también esto reporta desventajas.
Una de ellas es la extrema necesidad de logros rápidos, por lo que pensar en planes de largo aliento para atender las causas de los problemas de inseguridad es casi como cometer pecado político, ¡qué vamos a poner en el informe anual! ¡Qué presumiremos!
Al final es más veloz y notorio para la gente podar la hierba mala que atacar la raíz oculta de la vista: arrestos espectaculares, extradiciones, operativos “chivo expiatorio”, pagar o negociar encabezados no tan malos en los medios de circulación nacional, hacer declaraciones fuertes en conferencias de prensa con amplia cobertura en redes sociales y medios masivos… Pero los problemas persisten.
Quitar de raíz la hierba mala podría significar romper acuerdos no escritos con redes criminales, recibir menos recursos porque a mayor problema mayores asignaciones de presupuesto y lo obvio: inversiones a largo plazo que la paciencia cultural no resiste.
Pero ojo, esto no solo es tema de la autoridad. Como se ha señalado, la autoridad proviene de la sociedad que dirige. Entonces, hay un ciclo de retroalimentación donde la propia sociedad exige o bien se conforma con que la hierba mala esté podada y la exigencia grande más allá solo proviene de grupos minoritarios que rompen la barrera típica de participación ya sea por un daño que personalmente les afectó, como el grupo de Madres Buscadoras o bien por un sentido de responsabilidad ciudadana que trasciende al daño directo personal.
Nuevamente, la paciencia juega un rol vital: la sociedad no resiste más, además de por las obvias razones de dolor que provoca la inseguridad, por el código cultural que por un lado nos aleja psicológicamente de la autoridad y por el otro nos hace preferir el corto plazo, el éxito visible y veloz.
Temporalmente nos sentimos más seguros cuando la patrulla pasa cada 2 horas en la calle: pero al breve tiempo olvidamos esta labor: la patrulla pasa de cada dos a cada 3 o 4 horas, para luego dejar de pasar…sucede una desgracia y volvemos a exigir el patrullaje. Es un ciclo de nunca acabar. De pronto decidimos poner una reja en el acceso a la calle, señal de que la autoridad no es capaz de hacer su trabajo; se rompe el techo de negociación, la autoridad amenaza con quitar esa reja porque es violatoria del derecho de tránsito y por el mal uso de la vía pública, los vecinos se enojan y “ahora sí aplican la ley”.
Sumemos a este ciclo perverso el hecho de que la anticultura criminal pregona el gusto por los placeres mundanos, el dinero fácil, sexualidad desenfrenada, lujos por doquier y de forma aparentemente sencilla. La música, telenovelas y difusión en redes que se hace de estos modelos de vida criminal responden también al atractivo cortoplacismo, con el extra de que colocan en el motor de las decisiones aspectos altamente emotivos como la riqueza material, de ahí que resulten tan populares en donde se hagan presentes, llámese Spotify, YouTube o series de streaming.
Hipótesis 2. Pérdida de sentido de control, no de control en sí.
Enrique Cabrero y David Arrellano (1) aseveran que, si hay algo que es valioso dentro del sistema político del Río Bravo hacia abajo, es la sensación de control. Aquí, afirman, la ley no es el marco o límite de la acción sino el techo. Todo es negociar, paliar y, justamente, controlar, pero cuando un tema empieza a subir de tono se acerca a la Ley -el techo–, y se aplica con el rigor de la literalidad.
El manejar cifras grandes de dinero, movilizar a las personas, gestionar relaciones de alto nivel, negociar con pesos pesados de la política, saber que puedes modificar la ley, ascender de posición e ingresos y ser clave en la definición del rumbo de una sociedad, es como un bálsamo que mantiene la vivacidad de los actores con posiciones de poder.
No es la posición en sí, sino el control que se adquiere. Los alcohólicos en tratamiento dicen que no es el sabor, sino la sensación que provoca el alcohol lo que los mantiene adictos ¡Es lo mismo para muchos actores políticos! Popularmente decimos que se suben en su ladrillo y que se marean en el puesto; y no es tan lejana la realidad del dicho.
Resolver un problema en lugar de administrarlo implicaría perder control. Quizás es una visión muy Orwelliana de mantener el estado de guerra para hacer que la población, temerosa de las consecuencias del conflicto, no tenga más opción que correr a los brazos del gobierno para asegurar al menos -e insisto, al menos, por la tendencia cortoplacista- la vida.
Perder la sensación de control, dejar de ser quienes alivien las penurias de las masas, es como perder el poder político completo. Entonces quizás de forma muy pragmática, no necesariamente con un plan de por medio si no solo la programación cultural sea la que empuja a los actores políticos a no querer resolver los temas de fondo, como la inseguridad.
Sin duda, la crisis de inseguridad demanda más que arrestos y operativos anunciados a diario. Posiblemente la perspectiva que hemos adoptado no sea la más efectiva, ¿y si vemos la inseguridad como consecuencia de otros problemas y no precisamente como el problema?
¿No será que la inseguridad tiene como trasfondo la pérdida de esperanza?
Referencias:
Arellano, D., & Cabrero, E. (2007). El dilema de la importación de modelos organizacionales. Hacia una deconstrucción posmoderna del cambio en organizaciones gubernamentales mexicanas. En D. Arellano, E. Caballero, & A. Del Castillo, Reformando al Gobierno. Una visión del cambio gubernamental (págs. 399-419). México: Miguel Ángel Porrúa-CIDE.





