Donald Trump logró algo poco común para el Partido Republicano de Estados Unidos de América: la victoria popular y la victoria del Colegio Electoral, junto con la mayoría en las cámaras de Senadores y Representantes. La agenda woke del Partido Demócrata fue barrida en las urnas y estados históricamente pro-demócratas como Pensilvania y California se pintaron en su mayoría de republicanos, sin dejar de lado que medios de comunicación -tradicionalmente demócratas- marcaron su distancia de este partido.
La decisión del electorado norteamericano tiene de cabeza a un mundo acostumbrado a las intervenciones -y ayudas- de Estados Unidos; a que este defina y encabece la agenda internacional; pero no comprenden su sistema político cuando este voltea y solo da prioridad a sus asuntos internos.
Por si fuera poco, las agendas de grupos radicales de otras naciones que se alinearon al partido demócrata, acostumbrados al financiamiento de la Casa Blanca, del cual dependen, por segunda ocasión sufrirán el recorte de recursos, por lo cual su respuesta -no es de sorprender- se dirige a cuestionar, a través de los medios de comunicación internacional que influyen “¿cómo este sujeto/agenda ganó la presidencia?”
Aún así, la mayoría de los norteamericanos respaldan la decisión que han tomado, no parecen arrepentidos ni tristes. ¿Por qué si en París se habla tan mal de Trump, o si en Johannesburgo se dice que esa opción política es dañina, o si en Bogotá se agita el gobierno por las amenazas de aranceles, los estadounidenses hicieron lo que hicieron?
Quizás la pregunta correcta es ¿a quién le habla Trump?
Trump aglutinó en torno a su movimiento político a los ciudadanos “de a pie” de Estados Unidos, convencidos de que su nación es la nación de las libertades, que les ha provisto de muchas cosas a lo largo de la historia y que orgullosamente es parte de las potencias del mundo producto de sus méritos, pero que en las últimas décadas la vida les sale cada día más cara, ya no les alcanza para vivienda propia, sus hijos van a escuelas malas cuando antaño la escuela comunitaria era de lo mejor, sus impuestos se van a Ucrania o a ayudas a quien sabe qué agenda pero su ciudad carece de seguridad pública y una enfermedad les arruina por completo.
La mayoría de esos ciudadanos son creyentes y practicantes de una religión cristiana (católicos, pentecostales, adventistas, baptistas, entre otras denominaciones) y su fe ha sido crecientemente marginada por una agenda radical que tergiversa todo lo que toca y que se ha empecinado por borrar a Dios de toda aparición pública cuando la costumbre era poner a Dios en su vida diaria, desde los discursos políticos hasta las monedas que a diario se usan.
Y al final de un largo día de trabajo -que les costó obtener ante la desleal competencia de los indocumentados que ganan la mitad de lo que ellos ganan mientras obtengan la green card-, encienden la televisión para percatarse de la basura de contenidos, que a punta de repetición tratan de “educar” a sus hijos en lugar de solo entretenerlos.
Si te pones en el lugar de ese ciudadano norteamericano, Trump era su mejor opción para poner un hasta aquí a esas injusticias cotidianas que la élite demócrata -concentrada en las grandes urbes de las costas- les impuso sin preguntarles ni darles opción.
El punto clave es que Trump no le habla al ciudadano mexicano, ni al argentino, o al francés; tampoco le habla a las revistas inglesas, ni a la BBC o a la DW; mucho menos le habla a los gobiernos de Japón o Sudáfrica. Sencillamente le habla a sus electores y financiadores de agenda como regularmente un político suele hacerlo. En México, López Obrador y su sucesora hacen exactamente lo mismo y por eso obtuvieron el respaldo que tienen, la fórmula es casi la misma.
Y para dejar en claro, Trump y Vance tampoco le hablan a los movimientos provida ni a los defensores de la familia fuera de Estados Unidos. De que tienen coincidencias, no hay duda, y estos movimientos reciben un respiro después de décadas de persecución de sus gobiernos o de grupos financiados por los gobiernos demócratas. Pero que puedan obtener beneficios directos es muy cuestionable porque las prioridades del nuevo gobierno están adentro, no fuera de los EEUU.
¿Esto tendrá repercusión hacia afuera? Sin duda, y esto también abona a las reacciones internacionales, porque si Perú impone la visa a los ciudadanos de Filipinas nadie hace olas ya que el Perú no posé la potencia del dólar ni genera los niveles de demanda que el mercado de Estados Unidos, pero si Estados Unidos sube los aranceles a México se tambalea la economía de la región que depende de vender sus productos a ese ciudadano de a pie que vive en Patterson, Wichita o Los Ángeles.
Esto lo saben los norteamericanos y están dispuestos a usar su ventaja para beneficiarse, y vaya, cada país puede hacer eso en beneficio de su población siempre que no atente contra la dignidad humana.
¿Y si le subimos los aranceles a Estados Unidos en venganza? Ninguna nación resistiría mucho, porque todos venden a Estados Unidos, no hay balanza comercial en la que este país salga perdiendo.
Al parecer, en el caso de Hispanoamérica, es mejor jugar con el equipo norteamericano que contra él o ¿acaso preferimos -con todos los inmensos costos que implica- vender y llevarnos tan bien con los rusos o los chinos, sin mencionar las gigantescas barreras de distancia, idioma y cultura? Dado este contexto, recordemos: Trump no nos habla a nosotros, le habla a los ciudadanos de su país.
Referencias:
Bibliotecas Independientes de Cuba. (2006). Voces de cambio. Nueva literatura cubana. Miami: Ediciones El Cambio.
Lewis, C. (2008). El diablo propone un brindis. Madrid: RIALP.





