Un fantasma recorre al mundillo digital de la Iglesia Católica, particularmente en el sector con sensibilidades más tradicionalistas: el de la angustiante desesperanza, encarnada recién en los paradigmáticos casos de las monjas clarisas del monasterio de Belorado, excomulgadas por negar a todos los papas posteriores a Pio XII; y el ex Nuncio apostólico Carlo María Viganó, ahora bajo proceso por negar la validez del Concilio Vaticano II y del Papa Francisco.
Algunos clérigos, influencers y fieles de a pie han llegado al punto de condenar abiertamente al Papa Francisco y romper con la autoridad de Roma, porque consideran al Vaticano como un lugar irredimiblemente corrupto y malvado, a tal grado que -según dicen- el depósito de la fe ha abandonado la basílica de san Pedro, para refugiarse en sus respectivas parroquias y canales de Youtube. Muchos otros no se atreven a manifestar abiertamente un rompimiento con el pontífice romano, pero lo mastican en silencio…y sufren por ello.
Todos ellos comparten el fantasma de la angustiante desesperanza; están convencidos de que la Iglesia Católica enfrenta en 2024 la peor crisis de su historia, una crisis tan profunda, tan grave e intensa, que incluso podría derrotarla.
Detrás de esa angustia se esconden muchos factores cuyo análisis les corresponde a los teólogos; sin embargo, hay cuando menos 1 que sí podemos -y deberíamos- analizar entre laicos: las nefastas consecuencias de la “beatería histórica”.
¿Qué es la beatería histórica?
Consiste en pretender que la historia de una institución (en este caso, la Iglesia Católica) ha sido siempre buena, sencilla y amable. La amplia mayoría de quienes han caído víctimas de la desesperanza tienen una comprensión superficial (si acaso) de la historia de la salvación en general y de la historia de la Iglesia en específico. Grosso modo, podemos dividirlos en 3 grupos:
- Primero están los que no tienen idea de nada, que a duras penas pueden mencionar a los últimos 3 o cuatro papas, pues lo que saben lo han medio y mal aprendido en los últimos 6 meses, viendo las diatribas de algún youtuber.
- En el segundo bloque, que probablemente es el principal, están aquellos que conocen un poco más sobre la historia de la Iglesia, porque la aprendieron en clases de catecismo y/o en cursos de apologética, con el problema de que ese tipo de programas suelen enfocarse en la propaganda más que en la objetividad: les pintaron la imagen de una Iglesia donde todo fue siempre paz y armonía, y donde incluso los conflictos entre santos se ignoran, o se reducen a un mero desacuerdo amistoso, resuelto rápidamente al son de una oración.
- En el tercer grupo, incluso aquellos que entienden un poco más a fondo la historia de la Iglesia y que conocen los amargos conflictos entre santos, obispos, papas y otros personajes menos recomendables, observan esos trances con el sesgo y la ventaja de la historia. Saben, por ejemplo, que el obispo Fulano castigó al santo Sutano durante 20 años, pero ya saben en qué termina la historia: la verdad triunfa, Sutano se convierte en santo y todo pasa en instantes; “20 años” o “3 siglos” se dice muy fácil y muy rápido, por eso, al hablar de historia, mencionamos sin sudar cantidades de tiempo que nos darían escalofríos si las viviéramos en tiempo real.
En consecuencia, para estos 3 grandes bloques de personas, los primeros 20 siglos de vida de la Iglesia han sido un viaje razonablemente tranquilo y con plena certidumbre, donde en cada conflicto siempre es posible ver cuál es el bando correcto; quiénes son los “buenos” y quiénes los “malos”; quiénes son los santos y quiénes los herejes.
¿Cuál es el problema de esta visión apologética y sesgada de la historia de la Iglesia? Que, cuando las personas que más en serio se toman esas historias (es decir, los tradicionalistas) sacan la cabeza de los libros y se enfrentan a la realidad cotidiana de la Iglesia universal, de sus diócesis y de sus barrios, lo que encuentran los deja en el shock de una crisis insoportable.
En lugar de un consenso de sabios, se topan con necios e ignorantes; en lugar de la comunión de los santos, se encuentran con burócratas intrigosos; en lugar de ángeles y figuras prístinas, se topan con seres humanos.
La conclusión inevitable, entonces, es que la Iglesia no solo está en crisis, sino que esa crisis es la peor de su historia, en manos de los clérigos más malvados de los últimos 20 siglos, Roma -literalmente- en manos de Lutero.
No solo es desesperanzador, también es falso. Ni la Iglesia “de antes” era maravillosa, ni la de hoy es horripilante.
Francisco, Juan Pablo, Benedicto, Pedro, Pablo, Juan y Santiago, todos pues, antes que nada, fueron gente; no estatuas inertes, ni estampitas bidimensionales. Absolutamente todos los papas, los santos, los obispos, curas, catequistas, monjas y abadesas de la historia han sido seres humanos: imperfectos, caprichosos, ignorantes de muchas cosas, conocedores de otras tantas, generosos en sus buenos momentos y mezquinos en sus malas rachas.
Esos seres humanos enfrentaron, con las herramientas y la visión de su época, la realidad cotidiana de la administración de la Iglesia, y en esa realidad formaron las relaciones de amistad y enemistad que son naturales a toda interacción humana.
En el camino hubo interpretaciones en conflicto, con más o menos buena fe. Más de algún hereje habrá sido bienintencionado y también se contaron quienes usan la ortodoxia para hacer maldades. En cada bando de cada pequeño o grande conflicto ha participado, vamos, gente.
Piense, por ejemplo, en el Concilio de Constantinopla, que estableció definitivamente al arrianismo como herejía. A nosotros hoy, con la ventaja de los siglos, el error de Arrio y las fronteras entre buenos y malos nos parecen tan absurdamente claras, que resulta muy fácil decir que, de haber estado ahí, nosotros habríamos luchado “por el bien”. Sin embargo, las líneas de batalla eran mucho más difusas en aquel momento, y también lo son ahora.
Los argumentos persuasivos, la demagogia, la buena o la mala forma de ser, que vemos en los debates religiosos y administrativos del siglo XXI, han estado presentes una y otra vez en estos dos milenios. La Iglesia “está en crisis” hoy del mismo modo en que la Iglesia ha estado en crisis toda su existencia, porque el conflicto es una parte inevitable de la condición humana.
Conviene entonces asumir un par de lecciones:
- Primero bajarle tres rayitas a la soberbia de “estar en el lado correcto” del debate de turno. El tradi o el progre del 2024 se sienten muy seguros de que ellos tienen la razón, pero igualmente seguros se sentían el arriano del siglo cuarto, el nestoriano del siglo quinto o el -anote usted la herejía que prefiera, del siglo que más le guste.
Los conflictos y las definiciones respecto a qué es o no correcto en el ámbito religioso no se resuelven ni fácil, ni rápidamente. Son procesos que pueden extenderse incluso durante siglos y que involucran, en sus mejores y peores elementos, a lo más profundo de la naturaleza humana.
- Sí, los aspectos teológicos son materia de teólogos y muchas veces ni ellos mismos se entienden entre sí; para los laicos en meternos a esas aguas es casi garantía de ahogarnos en zozobras innecesarias.
Así que, para no entrar en honduras teológicas, hay un muy simple ejercicio para vacunarnos contra la angustia religiosa: la promesa fundamental que sustenta la Iglesia Católica es Jesucristo en el evangelio según san Mateo, diciendo “tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará”.
Ahora bien, esa promesa tiene 2 posibles caminos; hay dos sopas: o es verdadera, o es falsa.
- Si esa promesa es verdadera, entonces las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia sustentada en Pedro; por lo tanto, incluso en tiempo de turbulencia, aquel que esté del lado de Pedro tendrá la tranquilidad de estar en el “lado correcto”. Habrá tormentas, caprichos, patanes, genios, santos y criminales de por medio, pero la Iglesia perseverará, no hay por qué angustiarse.
- Ahora bien, si esa promesa es falsa, entonces la Iglesia de Pedro sí puede ser destruida, en cuyo caso todo el edificio religioso es igualmente falso, es una mentira, por lo que tampoco amerita nuestra angustia.
Esto es clave. Si usted es laico, cuando tirios o troyanos quieran atraparlo en los interminables e insufribles debates sobre la encíclica mengana contra la carta perengana, y la frase del Papa Fulano V contra la de Sutano IV, no se deje llevar a los matorrales de la casuística, vaya de regreso a la pregunta básica: ¿La promesa de Cristo a la Iglesia es real, sí o no?
Si la promesa es real, confíe en el Papa y en el Espíritu Santo, y pare de sufrir. Por el contrario, si está dispuesto a dudar del sucesor de Pedro y a darle la razón a quienes le desafían y le contradicen en el siglo XXI, negando la veracidad y el valor del Concilio Vaticano Segundo, entonces ¿por qué no habríamos de cuestionar la veracidad y la valía de cualquiera de las otras consignas, de cualquiera de los otros documentos, de cualquiera de las otras determinaciones de la iglesia?
Si caemos en pensar que Viganó y Lefebvre tienen razón, ¿por qué no preguntarnos entonces si Arrio, Nestorio o cualquiera de sus semejantes también estaban en lo correcto? Esa es la trampa de la tentación cismática en el tradicionalismo: ¿cómo se defiende la tradición de la Iglesia Católica si para “defenderla” se cuestiona y se erosiona el sustento mismo de esa tradición, que es el magisterio vivo del pontífice romano, sustentado a su vez en la promesa del nuevo testamento? Simplemente no se puede, no se sostiene.
Por eso el fantasma de la angustiante desesperanza recorre particularmente los pasillos de la derecha del mundo católico. La tradición sin la Iglesia es simplemente una promesa falsa, una costumbre estética, una moda, pues; y las modas, a diferencia de París, no valen una misa.
Es bien sencillo: o la Iglesia existe sustentada en la promesa de Cristo, en cuyo caso no hay que apesadumbrarse ante los problemas; o la Iglesia es falsa, y tampoco habría que angustiarse.





