Dos teologías en torno al concilio de Nicea

Roberto Funes

Dos teologías en torno al concilio de Nicea
La controversia arriana es uno de los episodios más significativos de la historia del cristianismo primitivo, ya que culminó en el Concilio de Nicea del año 325, donde se establecieron doctrinas fundamentales sobre la naturaleza de Cristo y su relación con Dios Padre.

La controversia arriana es uno de los episodios más significativos de la historia del cristianismo primitivo, ya que culminó en el Concilio de Nicea del año 325, donde se establecieron doctrinas fundamentales sobre la naturaleza de Cristo y su relación con Dios Padre. Sin embargo, muchos presentan la crisis arriana como un conflicto que comenzó abruptamente entre el sacerdote alejandrino Arrio y su obispo, Alejandro, sin un análisis detallado de los antecedentes históricos y doctrinales. El Doctor Manlio Simonetti expuso ya hace algunos años una visión más amplia de la que depende esta presentación. En realidad, la controversia arriana tiene raíces más profundas y puede entenderse mejor en el contexto de dos grandes corrientes teológicas que dominaron la cristiandad en los siglos II y III: la teología alejandrina, influenciada por el pensamiento platónico y la exégesis bíblica de Orígenes, y la teología asiática, que priorizaba el monoteísmo estricto y la unicidad de Dios. 

La Expansión de la Teología Alejandrina y la Crisis Arriana 

Para comprender la controversia arriana, es fundamental considerar el impacto de la teología alejandrina. A partir del siglo III, Alejandría se convirtió en un centro intelectual del cristianismo, gracias en gran parte a la figura de Orígenes, el teólogo y filósofo que promovió un enfoque espiritualista basado en el platonismo. Desde la famosa escuela catequética llamada en la antigüedad el Didaskaleion, su enfoque teológico se esforzaba por interpretar la revelación y la tradición cristiana a la luz del pensamiento filosófico griego, especialmente del platonismo, una visión del mundo en dos niveles que parecía  herramienta propicia para explicar la fe cristiana. 

La teología asiática, por otro lado, tenía un énfasis más fuerte en el monarquianismo, una doctrina que subrayaba la unidad absoluta de Dios y veía con recelo cualquier formulación que sugiriera una pluralidad de personas en la divinidad. Para los teólogos asiáticos, la monarquía divina era fundamental para preservar la idea del monoteísmo estricto, lo que los llevó a rechazar cualquier doctrina que pareciera comprometer la unicidad de Dios al sugerir una distinción real entre el Padre y el Hijo.  

En Alejandría, la corriente dominante era la Logos-theologie o teología del Verbo, la cual consideraba a Cristo como el Logos, la Sabiduría y la Razón divinas, un ser distinto del Padre pero subordinado a él. En contraste, los monarquianos defendían la idea de que Dios es una sola hipóstasis y que el Hijo y el Espíritu Santo no son entidades distintas, sino solo diferentes formas de manifestación del único Dios. En este sentido, la disputa trinitaria del siglo III ya anticipaba el conflicto arriano del siglo IV. 

La Teología de Orígenes y la Cuestión de las Tres Hipóstasis 

Uno de los puntos clave de la controversia fue el concepto de las tres hipóstasis. Orígenes defendió la idea de que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo eran tres hipóstasis distintas pero unidas en una sola divinidad. Esta posición buscaba mantener la distinción entre las tres personas divinas sin caer en el triteísmo o politeísmo ternario. Sin embargo, sus oponentes monarquianos rechazaban esta idea, argumentando que aceptar tres personas o hipóstasis equivaldría a dividir la unidad de Dios y promover la creencia en tres dioses en lugar de uno. 

El conflicto teológico entre la teología alejandrina y la teología asiática continuó a lo largo del siglo III y entró en el siglo IV con nuevas tensiones. Uno de los eventos clave en esta controversia fue la condena de Pablo de Samosata, obispo de Antioquía, en el Sínodo de Antioquía en el año 268. Se le acusó de sostener una visión adopcionista de Cristo, es decir, que Jesús era un hombre común en el que habitaba el Logos de Dios. Aunque sus formulaciones exactas no han sido preservadas en su totalidad, se entiende que negaba la doctrina de las tres hipóstasis, adhiriéndose a la tradición monárquica de la teología asiática. 

En este mismo contexto de controversia, surge la figura de Luciano de Antioquía, un sacerdote influyente cuya escuela de pensamiento tuvo una gran importancia en la posterior evolución del arrianismo. A pesar de haber sido excomulgado por un tiempo, Luciano fue rehabilitado antes de morir mártir y dejó una fuerte influencia en la teología de Antioquía. Su escuela teológica tuvo un impacto profundo en el desarrollo de las ideas de Arrio y sus seguidores, especialmente en lo que respecta al subordinacionismo del Hijo al Padre. 

La Controversia Arriana y el Concilio de Nicea 

El arrianismo, que surgió como una corriente teológica dentro de la Iglesia, pronto se convirtió en una crisis que amenazaba la unidad cristiana. Arrio, un presbítero de Alejandría, adoptó y radicalizó ciertas ideas del subordinacionismo origenista, al afirmar que el Hijo no era de la misma sustancia que el Padre y que había sido creado por Dios en un momento determinado. Según él, esto era necesario para preservar la unicidad de Dios, pues si el Hijo era eterno, entonces existirían dos dioses, lo que contradecía el monoteísmo cristiano. 

El obispo Alejandro de Alejandría se opuso enérgicamente a esta postura y defendió la coeternidad del Hijo con el Padre. En este contexto, el emperador Constantino convocó el Concilio de Nicea en el año 325 para resolver la controversia. Recién converso, tuvo que enfrentar uno de las disputas más delicadas en la fe y que empeñó el esfuerzo de las más grandes inteligencias del siglo cuarto para poder resolverlo. Su postura fue definitiva como veremos. 

En el concilio se manifestaron varias posiciones doctrinales: algunos obispos defendían el arrianismo, otros la doctrina de las tres hipóstasis de Orígenes, mientras que un tercer grupo, liderado por Marcelo de Ancira, mantenía la postura monárquica de la teología asiática. Ciertos momentos la mayoría parecía inclinarse al arrianismo, los vientos de la heterodoxia parecieron tomar ventaja. 

Finalmente, se impuso la doctrina trinitaria de la consubstantialidad entre el Padre y el Hijo, expresada en la palabra griega «homoousios», que significa «de la misma sustancia». Esto refutó la idea arriana de que el Hijo era una criatura creada de la nada. Arrio y sus seguidores fueron condenados, y el Concilio estableció la doctrina de la consubstancialidad del Hijo con el Padre, un principio que luego fue consolidado en el Credo Niceno. 

El Concilio de Nicea marcó el triunfo de la teología alejandrina sobre la asiática y sentó las bases del dogma trinitario cristiano. Sin embargo, este no fue el fin de la controversia, ya que el arrianismo siguió teniendo influencia en los siglos posteriores. La lucha entre las diferentes concepciones trinitarias, enraizadas en las tradiciones teológicas de Alejandría y Asia, se manifestaría en múltiples concilios y disputas doctrinales posteriores. 

A su tiempo ocurrió un cisma dentro del propio grupo origeniano y a la consolidación de una alianza entre los oponentes de Arrio y los teólogos asiáticos, que propugnaban una visión más monárquica de la Trinidad, distinta de la tradicional doctrina de las tres hipóstasis defendida en Alejandría. 

La documentación que ha llegado hasta nosotros del desarrollo del concilio de Nicea es escasa y en su mayoría tardía. Una excepción es la carta de Eusebio de Cesarea, escrita a su diócesis tras el concilio, aunque los expertos la consideran una fuente poco confiable debido a su posible sesgo en favor del propio Eusebio. A partir de ella se puede vislumbrar que uno de los principales problemas que enfrentaron los Padres Conciliares fue definir una fórmula trinitaria que pudiera refutar sin ambigüedades la postura de Arrio y sus seguidores, quienes argumentaban que Cristo no era de la misma naturaleza que Dios Padre. Para resolver este dilema, se decidió emplear el término homousios (de la misma sustancia), ya que los arrianos no podían aceptarlo. Sin embargo, este término no tenía un significado uniforme para todos los participantes, lo que generó interpretaciones diversas según las distintas posturas teológicas. Se cree que la propuesta de emplear homousios provino del emperador Constantino, aunque su conocimiento teológico era limitado por su reciente conversión, lo que sugiere que alguien en su entorno le sugirió este término, sabio político aquel que se deja ayudar con la verdad. 

Uno de los antecedentes del término homousios se encuentra en la disputa de Dionisio de Alejandría con sus opositores en el siglo III. En su momento, Dionisio evitó el uso de este término porque consideraba que podía interpretarse en un sentido sabeliano, es decir, que Padre, Hijo y Espíritu Santo no eran personas distintas, sino simplemente modos de una única divinidad. 

La condena de Arrio en el Concilio de Nicea y la adopción de la palabra homousios no solo establecieron un frente contra los arrianos, sino que también marcaron una ruptura con la teología origeniana tradicional, que enfatizaba la distinción entre las hipóstasis de la Trinidad. Esta decisión, en la práctica, favoreció a la teología de los obispos asiáticos en detrimento de la visión teológica de Alejandría. 

Sin embargo, el rechazo del arrianismo en Nicea no fue el final de la controversia. Tras la muerte de Constantino, la oposición a la doctrina nicena creció, liderada por Eusebio de Nicomedia. La reacción antinicena ganó impulso y finalmente logró la rehabilitación de Arrio y la condena de Atanasio, sucesor de Alejandro en la sede de Alejandría. En 341, la fórmula de Nicea fue reemplazada de facto por la fórmula de Antioquía, que reafirmaba la doctrina de las tres hipóstasis y condenaba tanto al arrianismo extremo como al enfoque monárquico del Credo Niceno, lo que reflejaba una pugna teológica y política entre Oriente y Occidente. 

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