Lo bueno de vivir en tiempos convulsos, si algo de bueno se le puede obtener, es la posibilidad de ver de primera mano cómo se realizan los grandes cambios sociales (aunque sus efectos no lleguemos a conocerlos, según la proverbial lechuza de Minerva), así como el observar de primera mano cómo se aplican y ejemplifican las lecciones que la historia y la política nos enseñan desde hace siglos.
En este súper año de elecciones, del que ya hemos hablado en ocasiones anteriores, no faltan los acontecimientos que, vistos con detenimiento, nos permiten comprender y comprobar las ideas políticas. Tomando el caso norteamericano y el francés, podemos derivar las siguientes lecciones:
Lección 1: El problema de la democracia y su reducción al acto sufragista.
Ejemplo: La carta de Joe Biden dirigida a los demócratas del Congreso.
El 8 de julio de 2024 el presidente y candidato Joe Biden enviaba una carta dirigida a los miembros del Partido Demócrata en el Congreso. Su objetivo era, por un lado, tranquilizar a sus copartidarios tras el lamentable espectáculo que ofreció en el primer debate presidencial; y por el otro, reafirmar su intención de mantenerse en la carrera a pesar del cada vez más amplio rechazo dentro de su partido.
De particular interés es su cuarto párrafo en el que a la sazón señala que: “Tuvimos un proceso de denominación Democrático (el uso de mayúsculas es del original) y los votantes han hablado clara y decisivamente.” Así como el sexto y el séptimo:
¿Ahora decimos que este proceso no importa? ¿Que los votantes no tienen voz?
Me niego a hacerlo. Me siento profundamente obligado por la fe y la confianza que los votantes del Partido Demócrata han depositado en mí para presentarme este año. Era su decisión. No la prensa, ni los expertos, ni los grandes donantes, ni ningún grupo selecto de individuos, por bienintencionados que sean. Los votantes -y sólo los votantes- deciden el candidato del Partido Demócrata. ¿Cómo podemos defender la democracia en nuestra nación si la ignoramos en nuestro propio partido? Yo no puedo hacerlo. No lo haré.
En estos párrafos se puede observar claramente la venia populista de Biden. Al igual que Trump, afirma que el voto es el acto por excelencia de la vida democrática y que ésta es la única forma en la que la voz del “pueblo” puede ser escuchada, y claro, una vez que ésta se manifiesta, ya no hay marcha atrás.
Igualmente, el candidato demócrata reduce la problemática a un enfrentamiento entre las élites (la prensa, los expertos y los grandes donantes) y los votantes de a pie, cuya voz ha sido constantemente pisoteada hasta que ha llegado un paladín democrático a defenderla. ¿Demasiado cercano al discurso trumpista?
La situación de la democracia más antigua del mundo no es ni de lejos entrañable, y pone en relieve un problema fundamental del sistema político contemporáneo: la reducción de la participación política al puro acto sufragista.
La política es la búsqueda del Bien Común, la construcción de una sociedad en la que cada miembro pueda realizarse plenamente, y para esto es necesario que sean sus propios miembros los que activamente participen en el establecimiento de metas y en su consecución. Uno de los grandes mitos de la modernidad es aquel que nos dice que en el puro acto de votar se agota toda la participación política: después de las jornadas electorales sólo queda cruzarse de brazos y desenfadarse de todos los temas públicos, los políticos ya se encargarán de ellos y el ciudadano de a pie podrá continuar con su vida diaria hasta que se le vuelva a convocar después de un par de años.
Esta forma de pensar, lejos de ayudar, imposibilita la verdadera vida política, pues acostumbra a las personas a desentenderse de los tema públicos, reduce al máximo la rendición de cuentas –pues el único acto con el que se puede mostrar el rechazo es durante las siguientes elecciones tras al menos un par de años de malos manejos–, y reafirma los mitos del “pueblo” y de la “nación”, entes ficticios, artificiales y moldeables, cuya voz sólo puede ser escuchada en las elecciones y cuya interpretación corresponde al político en turno.
Así pues, tanto Trump como Biden pueden aferrarse a sus mayorías y afirmar que ellos han sido designados como “voceros del pueblo” cualquier crítica vendrá de los enemigos de la nación y ellos, adalides de la justicia, deberán tomar las decisiones más adecuadas para salvaguardar los intereses de los votantes.
Y mientras tanto, ¿qué hacen los votantes? En el mejor de los casos, se despreocupan del asunto y se limitan a criticar a los políticos sin hacer nada más; en el peor, se les excluye de cualquier tipo de participación y su voz es silenciada en aras de defender “la voz del pueblo”.
Cuidado con los políticos-profetas de uno y otro signo, pues sus posturas son contagiosas y, donde surge uno, es difícil que no haya más. La única forma de detenerlos es reconociendo que el voto es sólo uno de tantos mecanismos de la vida política y que no significa nada si no hay rendición de cuentas y control por parte de la ciudadanía.
Lección 2: El centro como postura política utópica y la realidad de la radicalidad.
Ejemplo: El triunfo de la extrema izquierda en las elecciones francesas.
Tras las elecciones europeas del 9 de junio, en las cuales los partidos de todo el espectro de la derecha obtuvieron buenos resultados y, en el caso francés triunfó la Agrupación Nacional de Marine Le Pen, el presidente Emmanuel Macron optó por convocar a elecciones legislativas anticipadas en una arriesgada apuesta, prefiriendo afrontar la amenaza desde este momento, en el que todavía se encuentra fuerte, en lugar de dentro de unos meses con mayor desgaste acumulado.
Tras una primera ronda en la que Agrupación Nacional y sus aliados obtuvieron un 21.6% de la votación frente al 18.2% del Nuevo Frente Popular (bloque de izquierdas donde el movimiento de Francia Insumisa de extrema izquierda tiene un peso mayoritario) y el 13% del movimiento centrista Juntos de Macron, los centristas y la izquierda decidieron formar un bloque común contra la derecha, apoyando a los candidatos más fuertes de cada circunscripción y logrando remontar la situación en una segunda vuelta no ajena a la polémica.
Los resultados finales fueron los siguientes: 182 escaños para el Nuevo Frente Popular, 168 para Juntos, 143 para Agrupación Nacional, 66 para la “derecha moderada” de Los Republicanos, 12 para otros partidos de izquierda y 6 para otros partidos minoritarios.
Los grandes ganadores de las elecciones fueron sin lugar a dudas los partidos de izquierda, quienes aventajaron al centrismo. No es baladí que los partidos del Nuevo Frente Popular cuentan con una agenda más agresiva y que sus posturas son más radicales que las sostenidas por Macron y sus aliados.
Si observamos los resultados, nos daremos cuenta que en total la izquierda se llevó 194 escaños, mientras que la derecha se llevó 209; en otras palabras, 403 de 577 diputados representan partidos firmemente anclados en las antípodas, poco más de la quinta parte se ubica en el centro, y sus electores parece que cada vez más se mueven a las zonas limítrofes. Si comparamos los resultados de este año con los de 2022, descubriremos que el partido que perdió apoyo fue el de Macron, en beneficio de la izquierda y de la derecha.
¿Por qué se da este fenómeno? ¿No sería más lógico suponer que el centro político atraería más personas que los disparates de los extremos? Hoy en día se habla mucho de la “polarización”, pero tal vez no se habla lo suficiente de lo que implica este fenómeno y de lo natural que es en épocas de crisis. La realidad es que el ser humano requiere de ciertas “anclas”, ciertas seguridades que le permitan dirigir su vida.
Pensemos, por ejemplo, en las certezas que nos mueven a nosotros. ¿Qué sería de nuestra vida si no tuviéramos la seguridad de que los instrumentos jurídicos se cumplen, o que la gran mayoría de nuestros conciudadanos son personas medianamente honradas? ¿Qué haríamos si no tuviéramos la certeza de que el piso nos sostiene, de que el cielo está arriba de nuestra cabeza, de que el agua moja o el sol quema?
Así como requerimos de estas certezas para llevar a cabo nuestra vida, lo mismo ocurre con la política, todos tenemos algunas seguridades que nos permiten desarrollar nuestra vida en comunidad, tenemos ideales y valores que imprimimos a nuestra existencia. Ahora bien, cuando vivimos momentos de crisis, momentos de incredulidad o momentos de cambio, nuestras certezas se ven erosionadas, arrojándonos al estrés y a la ansiedad; no en vano éstas son las enfermedades de nuestro tiempo. La única manera de recuperar la paz es regresando a aquellas anclas que nos dan certeza y firmeza en la tormenta, no se les exige mucho, ni siquiera se les pide que sean verdaderas o racionales, sólo que sean sólidas.
El problema del centro es que en realidad no existe, el centro no es un lugar desde el que se puede partir, sino que es un lugar al que se llega por medio del sano debate y diálogo. El centro es el espacio del encuentro, pero no se puede iniciar en el centro: se debe alcanzar. La derecha y la izquierda, aunque desdibujadas y hasta cierto punto superadas, parten de posiciones ideológicas fuertes. Son radicales porque se sostienen en sus raíces conceptuales, ambas en el fondo proponen visiones idealistas de una comunidad determinada y luchan activamente por conseguirla, lo que se espera de ellas es que esta lucha sea llevada a cabo conforme a las reglas del juego, y que idealmente generen una síntesis a partir del choque de sus ideas. Ambas son anclas a las que las personas pueden sujetarse para resguardarse de la tormenta, y las dos, igualmente, proponen una brújula a sus miembros para llegar a buen puerto.
Así pues, es natural para el hombre sentirse atraído a las antípodas, pues sólo en ellas puede encontrar calma y un ideal en el que empeñar la vida, lo cual no es intrínsecamente malo. El centro, en cambio, no es ningún ancla. Es una mezcolanza de posturas, agarra un poco de cada cosa y se muestra generalmente dispuesto a transigir, no tiene ideales propios. ¿Cómo podría tenerlos si el centro depende de lo que ofrecen los extremos?
Así pues, el centro es una postura cómoda para el que no quiere compromisos, para el acomodado, el escalador, o para el tibio. Van a donde lo haga la mayoría, sin pudor y sin vergüenza. Sólo así podemos entender ejemplos como el italiano, en el que el centro, después de repudiar a Meloni por “fascista”, ahora la trata como amiga; o el de Ciudadanos en España, que sólo tenía problemas con aparecer junto a los “ultraderechistas” de Vox, pero no así con el resto de los partidos, incluidos nacionalistas y los radicales de Podemos. Todo se reduce a las conveniencias del momento concreto, arrimarse al club del poder sin importar quién lo dirija.
Pero en esto recae también la debilidad del centro, pues al no ser un ancla no puede satisfacer los deseos de sus miembros. Su pusilanimidad tarde o temprano desespera a quienes lo conforman, que cansados de inventar excusas para sus líderes, terminan decantándose por una opción sólida y firme, y eso ha terminado por pasar con todos los partidos que se califican como de centro. O sus miembros abandonan la agrupación y se pasan a la derecha o a la izquierda, o todo el partido termina por moverse hacia uno de los extremos, intentando perseguir a los miembros que ha perdido.
El gran error de los partidos de derecha tradicionales fue el intentar reinventarse como “partidos de centro”, pues al hacerlo perdieron aquello que los hacía atractivos. Sí, ganaron votos por un tiempo al quitarse el mote de “derecha”, pero sus posturas blandas terminaron por aburrir, sus compromisos con la izquierda (la cual aunque adoptó el nombre de “centro-izquierda” nunca renunció a sus ideales más profundos) frustraron a muchos y, ante la sangría, en lugar de recapacitar, optaron por reforzar su desplazamiento hacia la izquierda, con el problema de que ese espacio ya estaba ocupado. Hoy en día, los partidos de centro son para los desentendidos o para los melancólicos que se aferran a las siglas que antaño significaban algo. Ahora, en los momentos de crisis, la respuesta la encuentran muchos en los partidos de las antípodas.
No estoy afirmando que los extremos sean buenos o deseables, sino que las posturas firmemente construidas sobre valores (del tipo que sean) son las únicas que dan seguridad al hombre en los momentos de crisis, y que éstas son necesarias para motivar a las personas a participar activamente en la vida política. Nadie está dispuesto a sacrificarse por un movimiento sin grandes ideales, y sólo aquel dispuesto a sacrificar tiempo y esfuerzo por una causa puede hacer verdadera política. Lo único de lo que debemos asegurarnos es que todas las partes acepten jugar respetando las reglas mínimas de convivencia y que aspiren verdaderamente a lograr el bien de la comunidad. Sólo de esta forma podremos llegar al verdadero centro político y al Bien Común.





