Anchorage, Alaska, se convirtió en escenario de un capítulo singular de la geopolítica contemporánea, el 15 de agosto de 2025. La cumbre entre Donald Trump y Vladímir Putin fue un espectáculo cuidadosamente calculado, con símbolos, gestos y narrativas que reflejan tanto la fragilidad del orden internacional como la tendencia a reducir la diplomacia a un guion televisivo.
Sin embargo, detrás de la frivolidad, hay claves históricas, estratégicas y propagandísticas que sitúan la reunión y sus implicaciones en el tablero global, que va más allá de la distancia que separa a Kiev de Moscú, probablemente alcanzando hasta Taipéi.
El trasfondo histórico
El episodio hay que verlo con perspectiva, volviendo la vista atrás hasta el desmoronamiento de la Cortina de Hierro, cuando la OTAN perdió en buena medida su justificación original. No obstante, no solo siguió existiendo, sino que se expandió paulatinamente hacia el Este pese a constantes advertencias de Moscú. Rusia pedía contención, pero la Alianza Atlántica —soportada principalmente por Estados Unidos— siguió sumando miembros en esa dirección, irritando progresivamente al Oso e incumpliendo entendimientos.
Vladímir Putin, con su ideología imperialista, no oculta su nostalgia por los días en que Moscú ejercía soberanía sobre los países ex soviéticos, incluida Ucrania. Luego de recordar que él no cree en el derecho de Ucrania a existir como país independiente, le vibra visiblemente el rostro al afirmar que en donde quiera que un soldado ruso plante su bota, ese territorio “es nuestro”.
Además, quizá convenga recordar al asesor de seguridad nacional estadounidense, Henry Kissinger y su viaje secreto a Pekín, en 1971, para preparar la visita del presidente Nixon. Su argumento era simple: más peligroso que China empoderada sería una alianza URSS-China, motivada por la antipatía hacia Washington compartida por ambas potencias. Consciente de la hipoteca que pactaba al diferenciar el trato dado, Kissinger decidió atajar un problema presente a costa de sembrar otro a futuro. En política internacional —decía— nunca se resuelven problemas: solo se posponen.
¿Qué hace hoy la OTAN en este tablero?
Al mantener abierta la herida de Rusia provocada por el crecimiento de la OTAN, ¿no se le distrae de posibles alianzas en el Pacífico Norte? Ante la dependencia de Europa de los hidrocarburos rusos, ¿no le resulta útil a Occidente tener a la OTAN como espada de Damocles contra los chantajes energéticos del Kremlin? Y en la lógica de Kissinger: ¿no será que la principal obsesión de Washington al hostigar a Moscú es mantenerla lejos de Pekín?
De ser así —y sin absolver en lo más mínimo a Putin— habría que responsabilizar también a las sucesivas administraciones estadounidenses, particularmente a la de Biden, de la “operación militar especial” contra Ucrania emprendida por Rusia el 24 de febrero de 2022. A esto se suman las cifras: durante estos tres años y medio, Estados Unidos ha destinado sumas multimillonarias en apoyo a Kiev. Tal vez no los 350 mil millones de dólares que presumía Trump en febrero de 2025, pero sí una fracción considerable de los 267 mil millones de euros que, según el Kiel Institute for the World Economy (2025), para entonces el país invadido ya había recibido en ayudas.
El ajedrez de Anchorage
En este contexto, llegamos a la cita de Alaska. No era su primera vez: en Hamburgo (2017) hubo cordialidad con apretón de manos formal entre ambos presidentes; en Vietnam, largas peroratas de Putin; en Helsinki (2018), un corderito Trump respaldando al zar ruso frente a sus propios servicios de inteligencia. En el G20, Putin siempre disciplinado, Trump improvisador.
Más allá de la puesta en escena, varios expertos coincidieron en que el lenguaje corporal habló con fuerza, recordando especialmente a Helsinki, cuando Trump arrastraba acusaciones domésticas por la operación rusa a su favor en la carrera electoral. En esta ocasión, el americano extendió la mano con la palma hacia arriba —inusual gesto de reconocimiento. Putin la tomó con firmeza y seguridad. Trump añadió un doble apretón para recuperar terreno. Analistas lo llamaron “ajedrez del apretón de manos”.
Hubo sonrisas genuinas, camaradería calculada. Luego, bajo techo, Putin se sentó erguido y confiado, Trump más encorvado y cerrado. El estadounidense intentó guiar, colocar la mano en la espalda, tomar el codo: gestos de dominio forzado.
Tras tres horas sin acuerdos, Trump apretaba los labios y tensaba la mandíbula: decepción disfrazada de cordialidad. Al margen, como distractor le convino al anfitrión porque, al menos por unos días, hizo pasar el escándalo de los Archivos Epstein a páginas traseras de los diarios.
Pan, circo y cumbres
Aunque Putin no tiene la experiencia del exconductor televisivo en The Apprentice, no se queda atrás como propagandista. En la conferencia de prensa conjunta no perdió la oportunidad para apelar a la tradición rusa en la región, mencionando el aporte de misioneros ortodoxos en Alaska. Antes de concluir la comparecencia ante periodistas, sorprendió sugiriendo que la siguiente cumbre bilateral será en Moscú, consolidando una imagen de firmeza. Ante esto, Trump perdió la seguridad por un instante y terminó asintiendo. Luego, en la misma base militar donde tuvo lugar la cumbre, el ruso se reunió con el arzobispo ortodoxo Alexei, de Alaska, durante su visita de honor a las tumbas de soldados soviéticos.
Inmediatamente Zelensky acudió a la Casa Blanca: esta vez entre sonrisas y flores, contrastando con la humillación que sufrió ahí mismo en febrero de este año. A continuación, una cumbre europea relámpago en la oficina oval con un ridículo tono de reality show: los líderes europeos sentaditos, primero afuera del despacho como colegiales esperando pasar a ver al director y después frente al Resolute Desk con Trump detrás. En 2018 Trump amenazaba con abandonar la OTAN si sus aliados no pagaban su parte del gasto en defensa. Los europeos aprendieron la lección y hoy se deshacen en elogios. Presumen avances, pero no nos dejan ver cuáles y el pueblo ucraniano sigue sufriendo. Pan y circo. Buena televisión, poca sustancia.
Los días posteriores
En las jornadas siguientes, las conversaciones sobre paz y garantías de seguridad han seguido en el centro de la escena. Pero en el terreno nada cambió: los ataques siguieron y el sufrimiento civil desmintió cualquier discurso esperanzador. De acuerdo a diversas fuentes, el número de muertos desde el inicio de la invasión ronda los 15 mil, entre los que se cuentan cientos de niños. Hospitales e infraestructura sanitaria siguen siendo blanco de los misiles. En la misma semana en que se anunciaban “aperturas”, Ucrania padeció uno de los bombardeos más intensos en meses, con cientos de drones y cohetes impactando varias regiones. Zelensky pidió mayor presión internacional, recordando que quien ataca a civiles no negocia seriamente la paz.
En paralelo, surgieron rumores sobre posibles concesiones territoriales: partes de Járkov, Sumy y Dnipropetrovsk figuran en propuestas atribuidas a Putin. El Kremlin se muestra optimista, hablando de “luz al final del túnel” y de proyectos conjuntos en el Ártico y Alaska, en particular de energía y minerales. ¿Alianzas estratégicas en el Pacífico Norte a cambio de paz en Ucrania? Europa, aunque respalda la vía diplomática de Washington, insiste en la soberanía ucraniana como línea roja. Kiev, consciente del desgaste, presiona por garantías firmes de seguridad y rechaza toda discusión sobre ceder territorio. Entre tanto, una semana después el contraste es evidente: diplomacia televisada en Occidente, violencia implacable en Ucrania.
Ecos de Afganistán
En lo fundamental, el guion recuerda el fiasco afgano: Washington anunció y reanunció plazos de retirada pautados durante campañas electorales; los talibanes solo esperaron para retomar el poder. Hoy Trump enfrenta un dilema parecido: prometió paz y freno al despilfarro, ahora el reloj lo presiona. Habiendo criticado ferozmente a Biden por el dispendio a favor de Ucrania, se mordería la lengua si devuelve el respaldo retirado a Zelensky. Por el momento no parece capaz de ejercer suficiente presión sobre Moscú. Inclusive, más tarde Marco Rubio descartó públicamente que por ahora se puedan esperar sanciones adicionales contra Rusia.
La debilidad provocada por el cambio de estrategia le da la razón al eslogan, “liderazgo firme en tiempos de cambio”, que usaba George W. Bush para reelegirse en 2004, persuadiendo al pueblo a no cambiar de comandante a la mitad de una guerra. Asimismo, se puede contrastar con la consistencia que las reelecciones de Franklin Roosevelt en 1940 y 1944 presentaron ante las potencias del Eje. Hoy Putin, paciente, aguanta. Estratégicamente calculador, sabe que, aunque fracasó en los primeros meses de guerra y perdió a dos países nórdicos en manos de la OTAN, el acomodo actual le favorece. Con todo, su preocupación por ganar elecciones es obviamente menor que la de su homólogo norteamericano.
Conclusión
Más allá del escenario ucraniano, no se debe perder de vista el panorama global de la nueva Guerra Fría en curso. La forma en que Occidente maneja la guerra en Ucrania es un laboratorio estratégico observado por China. Si la respuesta continúa siendo débil, ambigua o meramente mediática, los peligros cuando Pekín se atreva a mover ficha sobre Taiwán aumentan significativamente.
En el tablero que hoy nos ocupa, Trump mueve piezas con prisa de jugador de póker; Putin, con estoicismo ajedrecista. El resultado, por ahora, no es jaque mate, pero el ex oficial de la KGB ha ganado terreno, tanto metafórica como —es probable— también literalmente. Trump compensa mediáticamente y hace alarde de su dominio sobre la OTAN. Mientras tanto, la paz sigue siendo la pieza que no se corona en el tablero.
Referencias
- Kiel Institute for the World Economy. (2025, febrero 24). Ukraine support after 3 years of war: Aid flows remain low but steady – Shift towards weapons procurement. https://www.ifw-kiel.de/publications/news/ukraine-support-after-3-years-of-war-aid-flows-remain-low-but-steady-shift-towards-weapons-procurement/





