La expansión de la inteligencia artificial generativa obliga a reconsiderar qué significa crear, comprender y expresarse como ser humano. Los sistemas actuales pueden producir imágenes, música y textos sofisticados, pero la semejanza formal de sus resultados con las obras humanas no implica equivalencia entre inteligencia artificial e inteligencia humana. Este ensayo sostiene que el arte puede desempeñar una función decisiva como custodia de lo irreductiblemente humano, sin convertir esta afirmación en un rechazo de la tecnología. El desafío consiste en ordenar la IA al desarrollo humano integral y al bien común.















