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Reflexiones sobre la inteligencia artificial

por | Tecnología

A partir del segundo semestre del 2022, la Inteligencia Artificial (IA) pasó de las conversaciones técnicas a las pláticas de sobremesa. La popularización de herramientas como Chat GPT abrió el apetito del mercado, tomó por asalto los titulares de la prensa generalista, desató el interés de los emprendedores y la expectativa del público en general.

El “hype” (alta expectativas emocional alrededor de una persona o producto) dio un nuevo salto apenas unos meses después, impulsado por el anuncio de la puesta en marcha de nuevas plataformas de inteligencia artificial enfocadas a hogares y oficinas, incluyendo Copilot (de Microsoft), Firefly (de Adobe) y Bard (de Google), que encabezaron una auténtica marabunta de miles de otros pequeños emprendimientos, como no habíamos visto quizá desde el surgimiento de la web 2.0 a principios de los dos miles.

La pregunta inevitable ante ese despliegue tecnológico es si la inteligencia artificial es una mera moda, una cortina de humo para engatusar inversionistas o el verdadero inicio de una transformación profunda, que impacte en el funcionamiento de la economía y de la sociedad; para acabar pronto ¿la IA amerita el hype?

En pocas palabras, la respuesta es sí.

Veamos por qué:

Por inicio de cuentas, aclaremos que ninguna de las herramientas de IA presentadas hasta el momento son en estricto sentido ejemplos de “inteligencia artificial” al estilo humano, donde una máquina o una pieza de software es capaz de tomar decisiones racionales y basadas en una comprensión del contexto equivalente a la que realizamos nosotros. Eso, a lo que suele llamarse “inteligencia artificial fuerte” o “general” sigue siendo parte del reino de la ciencia ficción.

Por el contrario, a lo que nos referimos como inteligencia artificial dentro de las conversaciones cotidianas es en realidad estadística potenciada por software. Hay miles de herramientas y matices en el mundillo de la IA, pero todas funcionan de manera más o menos similar: Un software está programado para procesar fuentes de información y compararlas contra una serie de parámetros esperados; a partir de ello detecta patrones dentro de los datos, con base en los cuales construye hipótesis y acciones. Dependiendo de la herramienta, estas hipótesis del resultado esperado por el usuario pueden presentarse en pantalla como piezas de texto, de audio, de video o una mezcla de estos medios.

Básicamente, es una licuadora de datos potenciada por estadística

El otro punto clave es el que no se trata en sí de tecnología absolutamente nueva. Pensemos, por ejemplo, en el aprovechamiento de la inteligencia artificial para la detección de voz o para la traducción de textos: Siri se creó en 2007 y se integró en la plataforma del iPhone desde el 2011, hace más de una década; Google Translate surgió en 2006, hace casi 20 años.

Entonces, la Inteligencia Artificial no es, estrictamente hablando, ni “inteligencia”, ni novedosa. Sin embargo, es revolucionaria. Lo es por la tecnología como tal, pero sobre todo por la velocidad con la que ha mejorado sus resultados y reducido sus costos.

Herramientas de IA que hace un par de años eran mucho menos efectivas o podrían haber costado miles de dólares, hoy están esencialmente gratis en internet, disponibles para cualquiera que quiera usarlas.

El desplome de los precios incrementa aún más la velocidad del desarrollo, activando un círculo virtuoso: entre más personas las utilicen, más información tendrán las herramientas de inteligencia artificial para “entrenarse”, generando resultados que son evaluados directamente por los usuarios, lo que se traduce en todavía más data points; una retroalimentación a escala industrial y a un coste cercano a cero, que posibilita perfeccionar el software a un ritmo nunca visto en la historia humana. Ello a su vez permite producir resultados exponencialmente mejores en una amplia galería de escenarios, que incluyen desde el más ocioso entretenimiento hasta el más profundo diagnóstico médico o económico.

4 revoluciones para nuestro tiempo

Mencioné que la inteligencia artificial es revolucionaria, y no lo digo a la ligera. Esta tecnología es una de las 4 grandes revoluciones tecnológicas que están en marcha de manera simultánea y que modificarán la producción, la política, la economía y básicamente la experiencia de vida humana, a niveles incluso más profundos que la revolución industrial del siglo XVIII o la revolución cibernética del siglo XX.

Esas grandes revoluciones son: la propia inteligencia artificial, la computación cuántica, la impresión en 3d y la civilización espacial. Cada una de ellas tiene por sí misma el potencial producir transformaciones mucho más radicales que cualquier cosa que hayamos visto en los últimos 200 años. Juntas, dibujan los primeros trazos de la forma de un futuro que, antes del final del siglo, será en muchos aspectos un planeta alienígena.

Específicamente en el caso de la inteligencia artificial, esos grandes cambios incluyen:

  • Un viraje en el juego de la automatización. Desde que se inventó la Spinning Jenny, los humanos operamos bajo la idea de que la inevitable automatización derivada del avance tecnológico impactaría en una abrumadora mayoría a los trabajos manuales. Las labores mecánicas y repetitivas de los obreros en las fábricas y de los dependientes en las tiendas minoristas parecían idóneas e inevitables para ser reemplazadas por máquinas primero y por robots después.

Y sí, eso ocurrió. Hoy disponemos de la tecnología necesaria como para que las fábricas, las tiendas e incluso los restaurantes sean capaces de operar de manera casi (o hasta absolutamente) automática, en ámbitos que abarcan desde la agricultura hasta la fabricación automotriz; procesos enteros se han movido a esquemas casi completamente automatizados, donde la labor humana es más complemento que protagonista.

El fantasma de esa automatización y el temor de los empleos perdidos inspiró a cada reedición del ludismo en los tres últimos siglos. Sin embargo, incluso en el más paranoico de los escenarios, defensores y promotores de la automatización coincidían en que esa transformación, alcanzable en los trabajos de “cuello azul” sería sumamente difícil de replicar en los trabajos de “cuello blanco”; es decir, los de oficina.

Licenciados, ingenieros y contadores se sentían absolutamente seguros de ser irremplazables; después de todo, los robots quizá pudieran voltear carne de hamburguesas o pintar un coche, pero no serían capaces de redactar por sí solos un escrito jurídico, comparar los matices de la jurisprudencia o construir la letra de una canción, y menos aún componer una fotografía o crear un vídeo.

La inteligencia artificial cambió la tendencia. Ahora, los trabajos más apetecibles para el proceso de la automatización no son los físicamente monótonos, sino los mentalmente repetitivos. Y, en retrospectiva, resulta hasta lógico: si las máquinas lo que hacen es identificar y aplicar patrones, esos patrones pueden ser identificados y aplicados tanto en el ámbito de la actividad física como en el ámbito de la actividad intelectual, con una importante ventaja añadida en este segundo caso.

¿En qué consiste?

Diseñar, crear, instalar, distribuir, poner en funcionamiento y darle mantenimiento a un robot requiere una inversión multimillonaria, que aumentará inevitablemente con cada nueva unidad que se despliegue en campo; por el contrario, un algoritmo puede desplegarse en labores de oficina trabajando desde la base de una computadora barata, asumiendo infinitas horas extras y sin enfrentar la inmisericorde ley de los rendimientos decrecientes que enfrenta cualquier humano.

Más aun, en las labores de cuello blanco, ya que no se necesitan robots, la copia y multiplicación del software no solo es básicamente gratuita, sino que además genera de forma mucho más rápida una masa crítica que abarata el desarrollo de nuevas versiones y vuelve más efectivos sus mecanismos. Esencialmente, en lugar de cansarse, se fortalece con cada nueva tarea; en consecuencia, tiene mucho más sentido automatizar lo que se hace en una computadora que automatizar la actividad física.

  • Un profundo cambio en la forma en que los humanos creamos, en todos nuestros entornos. Analicemos, por ejemplo, el caso de la educación.

Durante milenios, el paradigma educativo partió de la idea de que el alumno aprendía las lecciones del maestro, memorizaba el conocimiento y luego lo desplegaba a través de tareas y trabajos donde demostraba lo aprendido.

Ese esquema comenzó a tambalearse tras el surgimiento del internet, que facilitó la práctica del plagio hasta volverla casi cotidiana. Los maestros ya no podían confiar en simple y sencillamente encargarle al alumno que explicara un tema y esperar realmente una explicación propia, pues el “Rincón del Vago” estaba muy a la mano. Entonces, la opción que quedó fue la de encargarles problemas específicos, cosas que no podían encontrar fácilmente en internet; ahora, la llegada de la inteligencia artificial volvió inútil este nuevo esquema.

En el nuevo mundo de la inteligencia artificial al alcance de todos, evaluar el aprendizaje de los humanos con tareas y actividades es un absurdo, porque no es posible garantizar que el trabajo realmente lo haya hecho el alumno, y porque, de fondo, cabe cuestionarse de qué sirve entrenar a un ser humano para que dedique años de su vida a una función que cualquier herramienta de inteligencia artificial puede igualar o superar en cuestión de segundos.

  • La consolidación de uno de los grandes paradigmas de nuestro tiempo: el de la hiper individualización de la oferta, respaldado en la hiper estandarización de los procesos.

Piensen, por ejemplo, en Spotify. Cuando entran a la aplicación, esta les presenta una serie de listas de reproducción diseñadas específicamente para ustedes. Dichas listas no fueron organizadas por grupo de becarios mal pagados en un sótano de las oficinas de la empresa, sino por algoritmos que se entrenan con la propia información que generamos los usuarios y son capaces de crear una cantidad esencialmente infinita de listas personalizadas a un costo de esencialmente cero, creando y destruyendo múltiples modelos de negocio en todos los sectores de la economía.

Y es apenas el inicio, porque la inteligencia artificial ya está en sinergia con las otras 3 grandes revoluciones (impresión en 3d, civilización espacial y computación cuántica) y aumentará drásticamente su velocidad y sus alcances, dibujando la forma de un nuevo mundo en el cual pasaremos el resto de nuestras vidas, para bien y para mal.

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Autor

  • Gerardo Garibay Camarena

    Doctor en derecho, escritor y analista político con experiencia en el sector público y privado. Su nuevo libro es “La forma del futuro: del metaverso y los macrodatos, a la civilización de la soledad y las nuevas lealtades"