Reliquias de la Pasión y la última Cena

Hector Zepeda H.

Reliquias de la Pasión y la última Cena
Las reliquias de la pasión de Cristo son las reliquias más significativas para los cristianos. De ninguna reliquia de la pasión conservada actualmente hay completa certeza de su autenticidad.

Los seres humanos, a lo largo de nuestra historia, hemos buscado mantener contacto con los que ya han muerto o, cuando menos, mantener viva su memoria. De ahí las ofrendas funerarias, narraciones de sus vidas, esculturas imágenes y pinturas que hemos hecho como memoriales para los que ya han dejado esta vida. Los cristianos tenemos una estima particular por las reliquias de los santos y en particular por las de Cristo. Mucho del valor que damos a objetos usados por los santos, o que eran parte de sus cuerpos, se basa en la seguridad que tenemos en que la vida no termina con la muerte. 

De los miles o millones de reliquias que existen, las relacionados a la vida y pasión de Cristo, son las más apreciados y controversiales. No hay ninguna de estas reliquias de Cristo que tenga documentación que acredite su autenticidad de manera contundente, o como dicen los amantes del arte, su “provenance”. Muchas iglesias aseguran tener parte o la totalidad de una u otra reliquia. Sin duda, la Sábana Santa que se guarda en la catedral de San Juan Bautista en Turín, es la más famosa, enigmática y analizada de todas. El Vaticano -dueño actual del Manto- no se ha declarado a favor, o en contra de su autenticidad. Únicamente lo considera un objeto digno de reverencia por recordarnos la pasión del hijo de Dios. Lo mismo sucede con el resto de las reliquias de Cristo: el Vaticano ha emitido juicios -positivos o negativos- acerca de su autenticidad. 

Hace algunos años conocí a una religiosa que había sido asistente del Cardenal Posadas. Por su cercanía con el jerarca, ella tuvo la oportunidad de conservar fragmentos del hule espuma del asiento del automóvil en donde el cardenal fue asesinado y que estaba manchado por su sangre. Estoy seguro de que si yo hubiera tenido la oportunidad, habría hecho lo mismo. Es fácil suponer que los apóstoles hicieron lo mismo que esta religiosa. 

Aunque no hay ninguna descripción bíblica o escrito contemporáneo, sería inimaginable que no se hubiera guardado ninguno de los objetos que ahora consideramos reliquias de Cristo. Esas reliquias existieron y es muy posible que hayan llegado hasta nuestra época. La dificultad está en separar los objetos auténticos de los falsos. Por ejemplo: las crónicas más antiguas nos indican que Santa Helena fue la que descubrió el sitio del Santo Sepulcro, la Cruz de Cristo y los cuatro clavos de la crucifixión: los dos de las manos, el de los pies, y el que sostuvo el letrero que explicaba la razón de su castigo. También se describe que en el viaje de regreso a Roma hubo una fuerte tormenta que sólo se dispersó cuando Santa Helena arrojó uno de los clavos al mar. Se describe también que el Emperador Constantino fundió otro de los clavos para hacer un freno para su caballo y otro clavo fue usado para incorporarlo a su diadema imperial para obtener protección celestial en las batallas. Aun así, hay más de diez de estos clavos en diferentes iglesias y catedrales. Es posible que se hayan hecho moldes de los originales y se produjeran “nuevos clavos de la pasión”. Además, nada hay que documente o que niegue que alguno o todos esos clavos “nuevos” se hayan hecho con metal fundido de los clavos originales y de metal adicional. 

La dificultad en comprobar la historicidad de las reliquias de Cristo se multiplica cuando el objeto no está referido en los evangelios, tal como sucede con el Lienzo de la Verónica. De esto se puede concluir que los objetos que se describen en los evangelios, y que no se han fragmentado, son los que pueden tener un mayor nivel de certeza acerca de su autenticidad. Además del Manto de Turín, me parece que el Santo Cáliz de Valencia tiene alta probabilidad de ser el auténtico que Cristo usó en la última cena. La ruta más probable para que ese cáliz haya llegado hasta el oriente de España necesariamente comienza en Jerusalén. La tradición señala que el cenáculo en donde Cristo celebró la Pascua, e instauró la Eucaristía, era el segundo piso de la casa de la familia de San Marcos y por ende, el cáliz de la última cena era el que esa familia judía usaba para la celebración anual. 

Posterior a la muerte y resurrección de Cristo, el cáliz paso a ser usado por San Pedro, quien lo usaba para celebrar la Eucaristía. Por ese motivo, Pedro lo llevó a Roma, en donde siguió siendo usado regularmente. A la muerte de Pedro el cáliz quedó bajo el cuidado de su sucesor, San Lino, y así, sucesivamente, siguió siendo usado por el obispo de Roma. En el siglo III, durante la persecución de Valeriano, se temió que el Cáliz fuera destruido. Bajo la dirección del Papa San Sixto II, San Lorenzo encontró la forma de ponerlo a salvo con sus familiares de Huesca, España, de donde él era originario y en donde se salvó de su destrucción. Desde el año 712 el Santo Grial fue alojado en diferentes lugares de los Pirineos españoles, huyendo de los invasores musulmanes, hasta llegar al Monasterio de San Juan de la Peña. 

En 1399, los monjes del monasterio lo donaron al rey Martín I de Aragón, quien trasladó el Cáliz al Palacio de la Alfajería, en Zaragoza, y luego al Real de Barcelona. Martín I fue sucedido en el trono de Aragón por Fernando I y posteriormente por el hijo de Fernando I, Alfonso V, el Magnánimo. Alfonso trasladó el Santo Cáliz al Palacio Real de Valencia, en 1432. El Rey Alfonso, para financiar la conquista del Reino de Nápoles, obtuvo un préstamo de la jerarquía de Valencia, el cual fue pagado con reliquias que poseía el rey, incluyendo el Santo Cáliz. Así, en 1437, pasó al tesoro de la catedral valenciana. Nuevamente el Grial fue ocultado en Alicante, Ibiza y Palma de Mallorca, entre 1809 y 1813, para protegerlo de los ejércitos napoleónicos. Desde 1916 se encuentra expuesto en la Capilla del Santo Cáliz en esa catedral, con excepción del tiempo en que estuvo oculto en el pueblo de Carlet, durante la guerra civil (1936 a 1939). En 1982 San Juan Pablo II, y en 2006 Benedicto XVI, oficiaron la Eucaristía en la Catedral de Valencia, usando el Santo Grial durante la consagración. 

La reliquia consta de dos partes: la superior es una sencilla taza hecha de piedra ágata sardónice de 9.5 cm de diámetro en su parte superior y de 5 cm de diámetro en la base. La altura es de 7 cm. La piedra proviene de Medio Oriente. El material: piedra no porosa, y el tallado son característicos del que se usaba desde el siglo II AC, hasta mediados del siglo I DC para las copas ceremoniales judías de la Pascua (Kiddush). 

La segunda parte de la reliquia valenciana es una base de oro que incluye dos asas y un pie. El pie encierra una copa invertida hecha de alabastro y de posible inspiración musulmana. El pie también cuenta con incrustaciones de perlas y algunas piedras preciosas. Las asas y el pie son claramente de manufactura medieval -no existían en la época de la última cena-, sino que fueron añadidas probablemente durante la permanencia del cáliz en San Juan de la Peña. 

Aunque no hay la documentación de su autenticidad, tampoco hay evidencia que pruebe que no pueda ser la copa usada por Cristo en la cena pascual, al inicio de la pasión. Sin embargo, a pesar de la falta de evidencia definitiva de su autenticidad, el Cáliz de Valencia merece reverencia, cuando menos por el hecho de que nos ayuda a recordar y acercarnos al momento en el que el Redentor instauró el Sacramento de la Eucaristía. 

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