¿Qué le dijo un italiano a un mexicano?

Maru Mondragón Cobos

Chiste de mal gusto: ¿Qué le dijo un italiano a un mexicano?
Un discurso de amenaza y desprecio a la protesta popular suena alarmantemente actual, pero fue pronunciado hace cien años en Guadalajara. Desde Calles hasta Mussolini, este artículo explora cómo México observó y adaptó el fascismo europeo para construir un sistema político propio. Porque la historia no se repite, pero rima.

Antes de responder, imaginemos el balcón de Palacio de gobierno desde donde hacen eco estas palabras: —…lo que repruebo categóricamente, por lo que no puedo menos que amenazar con represiones enérgicas, es por el sistema que se quiere seguir, al parecer de presionar a las autoridades con manifestaciones como ésta, que no pueden conducir a nada […] no puedo tolerar que venga una multitud como ésta, engañada, a tratar de amedrentarme con su número—

Por muy familiar o coyuntural que nos suene, este discurso se dijo hace exactamente 100 años; en Guadalajara. El gobernador de aquel entonces no se tomaba atribuciones personales, cantaba a coro la directriz del gobierno federal: mano firme contra la oposición. José Guadalupe Zuno era el gobernador, Plutarco Elías Calles el presidente.

Este último prometía encabezar una “trasformación renovadora” tras la violenta era revolucionaria, reconstruir la vida pública institucional, garantizar justicia para el pueblo; era necesaria la paz y la unidad entre todas las facciones que abanderaban las causas agrarias y obreras a cualquier costo; y Calles sería el artífice.

De tal palo tal astilla: Los parientes hegelianos y los “ismos” de la izquierda.

Al otro lado del Atlántico la “transformación renovadora” tras la era violenta revolucionaria de otro caudillo llegaba a la cima de su proyecto. En cinco años aumentó el PIB en 50%, trajo orden social y detuvo la violencia. A diferencia de los bolcheviques, demostraba que no era necesario reventar el sistema empresarial, solo había que “domesticarlo”, se podía ser anticapitalista y prosperar.

Ese hombre era Mussolini, cuyo rostro apareció más de una vez en la portada del Times y quien materializó eso que hoy se ha constituido como el insulto político por antonomasia: el fascismo. En efecto, hoy es un calificativo que adjetiva al malvado oponente enemigo del pueblo, pero en los años de entreguerras, el mundo entero miraba con cierto asombro y curiosidad al milagro italiano.

Calles y Mussolini tenían mucho en común, ambos socialistas, anticlericales, obligados a dar respuesta a las causas obreras, pero sin entregarse a los bolcheviques o a los anarquistas. Calles fundó el Partido Nacional Revolucionario, el “proto-PRI”; y aunque sería falso decir que ya en sus tiempos estaban presentes todos los rasgos “a la italiana” que la familia revolucionaria incorporaría en las siguientes décadas, ya se veían claramente esos tintes corporativistas y totalitarios.

El fascismo surge ante la violencia política de la izquierda, las huelgas se producían por doquier y todas terminaban en zafarranchos sangrientos; a veces eran los sindicatos o los mismos obreros; otras, provocadas por los “bloques negros”, grupos de choque o como se les quiera llamar. El ex líder del partido socialista Mussolini encabezó un movimiento que propuso someter a todos los sectores bajo un régimen al servicio de un mismo interés político.

En su retórica, el Estado es el pueblo, un pueblo en el que caben todos. Ordenados, bajo una jerarquía, unidos y orgullosos de sus raíces ancestrales, de aquellos tiempos en los que su gloria fue reconocida y respetada. Un pasado que fue destruido por extranjeros, pero que se puede reconstruir tanto en la narrativa como en la promoción del folklor, arte y cultura de antaño.

La actitud “juvenil” y renovadora, de sentido de combate y conquista del poder se percibe en lo práctico y en lo estético.

El fascismo se convirtió en partido político, luego en una religión política; donde el disidente es traidor a la patria, el partido es el que dirige al Estado, el Pueblo es el Estado y el Estado es el alma del Pueblo: todo dentro del Estado, nada fuera o contra el Estado, decía Mussolini[1].

No todo lo que brilla es oro

La transformación de Mussolini no pretendió derrocar al sistema, sino desmembrarlo desde dentro. Una de sus primeras acciones fue aprobar una ley que consistía en designar dos tercios de los escaños del congreso a quien recibiera el 25% de los votos. Así “bajita la mano” logró la mayoría absoluta, desde la cual desmontaría la vida democrática en Italia.

A diferencia de su, futuro “compadre” alemán[2], Mussolini no interviene otras estructuras de gobierno como al sector judicial. En este sentido, el partido Nazi se parece más a los primos soviéticos.

El totalitarismo solo podía hacerse realidad a través del corporativismo y del monopolio de la representación política por parte de un partido único y de masas, organizado jerárquicamente; exaltando el culto al jefe y a la colectividad nacional; con un aparato de propaganda fundado en el control de la información y de los medios. Planes programáticos estrictos, control de la economía y una reglamentación rígida.

Interviniendo en el trabajo y la producción se hacía irrelevante expropiar la propiedad privada. Se apostó por la inversión del Estado en la construcción de infraestructura como pivote económico, pero ello requería capital.

No existen muchas opciones: o se elevan los impuestos; o se imprime más moneda; o se recurre a la deuda; o como en el caso italiano y alemán se hace “magia financiera” con bonos de un banco central: dinero público, pero no del gobierno (comprometer dinero sin darlo[3]) Luego se capitalizó ese ingreso para pagar impuestos y aumentar el consumo, lo que realmente activó la economía (planificada desde el Estado).

Se desmantelaron los sindicatos tradicionales transformándolos en cuadros controlados por el partido, y así se cerró la pinza trabajo-producción-economía, bajo la tutela de papá Mussolini[4]. Su popularidad saltó las fronteras italianas. Churchill le halagó y Gandhi también; Hitler fue a observar para copiar y tropicalizar; y los mexicanos también.

El que con lobos anda… El nacimiento de la dictadura perfecta

Hace 100 años Calles fundó el Banco de México; el secretario de Guerra y sus amigos militares en las diferentes regiones invitaron amablemente (a punta de pistola) a los principales capitalistas del país a invertir en el joven banco. El gobierno, que controlaría por ley al banco central, puso su parte (utilizando los fondos de un crédito extranjero que había sido etiquetado para construir infraestructura ferrocarrilera). Ese fue el arranque, luego vino todo lo demás…

Ezequiel Padilla[5] dijo alguna vez —El Jefe Máximo, por su política socialista y control político de las masas era comparable a José Stalin o a Benito Mussolini, pero ciertos hechos mostraban que Calles sentía mayor afinidad con Roma que con Moscú—

Irónicamente, los embajadores de Mussolini decían — El gobierno mexicano es de tendencias más bien bolcheviques, si de tendencias se puede hablar en un país donde los partidos son de carácter destacadamente personal, los intereses por el poder ligados a raterías y malversaciones, las revoluciones a la orden del día […] pero sería fácil, con propaganda inteligente, crear un estado de ánimo favorable a nosotros, dadas las innegables simpatías que el nombre de Italia despierta—

El acervo epistolar de diplomáticos mexicanos en Italia es muy interesante, enviaban al presidente y a otros actores sugerencias e ideas que consideraban —innovadoras y progresistas, la obra de disciplina y organización de Italia como un ejemplo digno de imitarse gracias al dinamismo y a la genialidad de su líder—. Las valijas incluían traducciones de los discursos de Mussolini, panfletos y propagandas; esquemas describiendo la vida política italiana, las universidades, las diferentes corporaciones. Cómo se legislan las pensiones, la seguridad social, las cajas de ahorro, el turismo, las juventudes formadas y uniformadas para asegurar el cambio generacional; el corporativismo sindical, el proteccionismo a las clases populares, etc.

—…envío folletos que se refieren a la organización «Dopolavoro», organismo de acción del Partido Fascista. Tal institución desarrolla funciones que no difieren mucho de la que lleva a cabo el Partido Nacional Revolucionario, pero dichos folletos contienen datos muy importantes que creo podrán ser de gran utilidad…—

Mussolini en su juventud había sido comunista-pacifista, la Gran Guerra le hizo cambiar de opinión, además de granjearle un grado militar desde el cual fincó su liderazgo de caudillo con las fuerzas armadas, su agenda incorporó ideas expansionistas en lo exterior y represivas en lo interior. Para asegurar la lealtad del ejército al régimen, les hizo partícipes en la industria, tanto en obras públicas como en la producción de armamento.

La seguridad de las fronteras y los puestos aduanales estaban bajo su supervisión; y para la seguridad interna les creó la estructura Milicia Voluntaria para la Seguridad Nacional (MVSN), mejor conocida como las Camisas Negras.

Hasta entre los perros hay razas

El fascismo inspiró a los políticos mexicanos, pero no siempre en el mismo sentido. Al inicio mostrábamos un fragmento del discurso de Zuno, el gobernador de Guadalajara; ese discurso terminó con la represión de una marcha y 600 personas arrestadas. Y a quien culpa por la “manipulación”, es a la Iglesia. La persecución a los católicos en la era callista (y posteriores) también se parece a la italiana:

—[somos] la ráfaga de herejía que golpea las puertas de todas las iglesias y le dice al sacerdote anciano y más o menos lloroso: «¡Apártense de estos templos que amenazan con la ruina, pues nuestra herejía triunfante está destinada a traer luz a todos los cerebros y a todas las almas!»— dijo Mussolini alguna vez.

La diferencia quizá es, como dice Jean Meyer sobre el caso francés, que cuando el secretario de gobernación galo a principios del siglo XX, Georges Clemenceau, quiso hacer lo mismo que Calles, suspendió todo aquello ante las primeras muertes de católicos defendiendo sus templos, pues—ni todo el oro de los candelabros vale la sangre de un solo ciudadano francés—

Mussolini, anticlerical por convicción y por herencia, cuyo nombre Benito era en honor al oaxaqueño, le bajó muchas rayitas a su intolerancia religiosa, al punto de reconocer al Estado Vaticano con tal de congraciarse un poco con la opinión política católica, que, aunque católica, era italiana… Calles, fue otra historia; a él no le pesó el derramamiento de sangre de compatriotas, a él solo lo pudo detener un manotazo en la mesa del vecino del norte.

—Mi amigo, ya entendí, la historia no se repite, solo rima… pero entonces, ¿Qué le dijo un italiano a un mexicano? —, —pues, que no hay peor ciego que el que no quiere ver—

 

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Bibliografía

AGUILA, Daniel (s.f) Gobierno de Jose Guadalupe Zuno en Persecución en Jalisco (1923-1929). Diccionario de Historia Cultural de la Iglesia en America Latina. UPAEP. https://dhial.org/diccionario/index.php?title=PERSECUCIÓN_EN_JALISCO_(1923-1929)

GONZÁLEZ Navarro, Moisés (2001) Cristeros y agraristas en Jalisco: Tomo 2. México: Colegio de México. pp. 201-202 disponible en Project MUSE. https://muse.jhu.edu/book/74630

MEYER, Jean A. (2008) The cristero rebellion. The Mexican people between Church and State 1926-1929. Londres: Cambridge p. 37

RAMOS Torres, Rogelio Josué (2016) El México callista y la Italia fascista, sus relaciones. Tzintzun: Revista de Estudios Históricos, Nº. 64, 2016, págs. 195-222

SAVARINO Roggero, Franco (2012) Nacionalismo en la distancia. Los italianos emigrados y el fascismo en México (1922-1945) en Pasado y memoria: Revista de historia contemporánea, Nº. 11, (Ejemplar dedicado a: Emigración y fascismo en el mundo latino / coord. por Rubén Domínguez Méndez), págs. 41-70

[1] Esta borrosa distinción entre partido, pueblo y estado es común en otros totalitarismos, al grado de que vemos los símbolos de los partidos en las banderas nacionales, como la suástica en Alemania o la hoz y el martillo en las dictaduras marxistas. En el caso italiano (y el mexicano) el partido se hizo de los símbolos nacionales.

[2] Antes del estallido de la guerra, Mussolini y Hitler no eran aliados, se veían con desdén y hasta con desprecio.

[3] Como cuando rifas un avión que obviamente no vas a entregar.

[4] Esa magia murió aplastada por la deuda, pero el mundo aún no lo sabía.

[5] Político mexicano, diputado, líder del congreso, secretario de Educación, de Relaciones Exteriores, embajador, etc.

Cita este artículo

Cobos, M. M. (2026, 20 enero). ¿Qué le dijo un italiano a un mexicano? Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/que-le-dijo-un-italiano-a-un-mexicano/

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Número 51, año 5, diciembre 2025 https://revistaforja.org/revista-forja-para-el-bien-comun-num-51-5-aniversario 

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