La política es un juego de niños

Juan Francisco Montalvo

política juego de niños
La discusión de la edad mínima de voto no es en modo alguno un tema moderno, desde la difusión del modelo de democracia moderna en el mundo —principalmente en el Occidental— el tema ha sido de mucha controversia, especialmente en los momentos de conflictos.

¿A qué edad se debe votar?

El 16 de julio el gobierno del Reino Unido anunció que bajaría la edad mínima para votar a 16 años antes de la siguiente elección general, la cual deberá, en principio, entrar en vigor en 2029.

Reino Unido no es el único país en permitir el voto juvenil a partir de los 16 años: Austria, Argentina, Brasil, Bélgica (en las elecciones europeas), Bosnia Herzegovina (si se está casado), Cuba (para lo que sirva votar ahí), Ecuador, Estonia (en elecciones locales), Nicaragua (otro país en el que la utilidad del voto es dudosa), Suiza (en ciertos cantones) y en varios de los países que forma parte del propio Reino Unido.

Una mención especial para Chipre, Timor Occidental, Grecia, Indonesia, Corea del Norte (donde no importan en absoluto las elecciones) donde la edad de voto es de 17 años. Y otra para Estados Unidos, donde uno puede votar con 17 años en las primarias si cumple los 18 el día anterior, o el mismo día de las elecciones generales; y en algunas municipalidades se permite el voto de 16 años en las elecciones locales.

Aunado a esto muchos partidos políticos permiten a sus integrantes mayores de 16 años votar en sus elecciones internas. Mark Carney fue designado líder del Partido Liberal y Primer Ministro, en las primeras elecciones internas en las que se permitió el voto de los jóvenes.

La discusión de la edad mínima de voto no es en modo alguno un tema moderno, desde la difusión del modelo de democracia moderna en el mundo —principalmente en el Occidental— el tema ha sido de mucha controversia, especialmente en los momentos de conflictos.

En muchos países la edad para votar era originalmente de 21, pero hoy el consenso se ubica en los 18 años.

La discusión en Estados Unidos en torno a la edad de voto, por ejemplo, adquirió fuerza durante las guerras mundiales y la Guerra de Vietnam, pues no era comprensible que los jóvenes enviados a morir al frente no pudieran participar en la elección de sus representantes.

Es claro, y sirve como ejemplo el caso de los Estados Unidos, donde el derecho al voto está ligado a lo que se percibe como la madurez física y psicológica. No es extraño, por lo mismo, que la edad definida para el voto suela ser la misma que para consumir o comprar alcohol (en la mayor parte de los países se permite el consumo varios años antes que la compra de este, aunque se le sujeta a ciertas consideraciones de tiempo, lugar y acompañamiento); para consumir o comprar tabaco (mismo caso que el alcohol); para el consumos de cannabis (en aquellos países en los que se ha legalizado); o el consentimiento para mantener relaciones sexuales (la edad generalmente está sujeta a ciertas condiciones de diferencia de edad o relación de autoridad).

En la mayoría de los países la edad para otorgar consentimiento sexual es menor a la edad requerida para el consumo y compra de alcohol, tabaco y cannabis; o para la emisión del voto, lo cual es contradictorio, se considera que una persona no tiene la capacidad de ingerir sustancias nocivas para la salud o para elegir a sus gobernantes, pero sí para mantener relaciones sexuales cuyas consecuencias pueden ser igual o más graves. Aunque esto pueden tener raíces históricas, toda vez que la edad para contraer matrimonio históricamente ha sido menor que la actual.

Dicho todo lo anterior surge la siguiente pregunta: ¿A qué edad es conveniente otorgar a alguien que vote? ¿A qué edad es conveniente otorgar la ciudadanía a partir del ejercicio del voto?

Si lo vemos desde el punto de vista de la homogeneidad de estándares legales —vinculado a la supuesta madurez psicológica y física—, y siguiendo la lógica respecto al servicio militar activo, lo consecuente sería permitirlo a la misma edad que se reconoce el consentimiento, de esta forma se evita la contradicción mencionada previamente.

Claramente esto presenta problemas, pues el desarrollo psicológico y físico no es igual en todas las personas, pues atienden a una diversidad de factores, muchos de ellos no sujetos a control. Aunado a esto, debemos recordar la dificultad de medir de forma objetiva dichas categorías.

Así mismo, lo que se puede considerar comúnmente como “madurez” ha cambiado a lo largo del tiempo, además de haberse retrasado considerablemente. Hitos como el matrimonio, el primer hijo o la independencia financiera se han pospuesto hasta finales de la década de los veinte o inicios de los treinta (en algunos países incluso más o ni siquiera se alcanzan). Por lo que incluso los 18 o los 20 años se han convertido en un límite arbitrario para el acceso a las distintas actividades mencionadas.

Igualmente, no se puede pasar por alto el beneficio político que implica el reducir la edad mínima para votar, la cual no deja de ser una medida populista construida sobre los discursos que idealizan e idolatran a la juventud y la colocan por encima de cualquier otra edad.

Podríamos decir que se constituye una suerte de “falacia de la juventud”, en la que se les dice a los jóvenes que todo lo que piensan o hacen es novedoso —si alguien les diera un libro de historia se darían cuenta que nada de lo que hacen es nuevo— y es bueno por el simple hecho de ser jóvenes. La vejez, la edad adulta y la niñez son relegadas: la primera por la decrepitud que se imagina como terrible; la segunda por considerarse como una barrera para el cambio, y la última por verse como un periodo previo a la juventud que debe de acelerarse a efecto de poder disfrutar antes de la juventud —no es coincidencia el esfuerzo consciente por insertar narrativas y dilemas propios de la adolescencia o de la madurez en la niñez—.

Así pues, los partidos y políticos que abogan por reducir la edad de voto son aquellos que han participado activamente en dicha narrativa (principalmente de izquierda, pero no exclusivo de ella) y que se beneficiarían del influjo del voto juvenil.

Aunado a esto no debemos de olvidar dos cosas: la primera es que la pubertad y la adolescencia son etapas de mucha incertidumbre e inseguridad, por lo que los jóvenes son muy fáciles de manipular (basta mirar los retos, las modas y los influencers para darse una idea de hasta qué punto son influenciados) y la segunda, que los jóvenes por propia naturaleza tienden al idealismo, característica que puede ser muy buena o muy mala dependiendo de a quién se tome como ejemplo o a que propuesta ideológica se adscriban, si uno se fija con cuidado generalmente los más férreos defensores de cualquier postura suelen ser jóvenes.

Es curioso que los mismos que argumentan el peligro de la manosphere y quieren que la serie de Adolescence sea material obligatorio de clase —e incluso la utilizan como si se tratara de un estudio científico o de un documental— y que temen la “masculinidad tóxica” de las nuevas generaciones de hombres —además de considerarlos incapaces para determinar lo que es “bueno” y “malo”, según su propia escala de valores— aboguen al mismo tiempo por dar el voto a esos mismo jóvenes. La incongruencia seguramente no es accidental.

Es evidente que el reducir la edad de voto no es únicamente un deseo amoroso por incluir a los jóvenes en la toma de decisiones políticas, ni en “corregir” supuestas injusticias históricas, ni siquiera en el propio deseo de los jóvenes de cambiar el mundo. La verdad, como siempre, es más complicada, y en ella se entrelazan intereses y anhelos genuinos con otros perversos.

En el mundo Antiguo, medieval e incluso moderno (hasta tal vez la implantación efectiva del voto popular que abarca de mediados del siglo XIX hasta bien entrado el XX) el ingreso a la vida pública y política estaba adecuado a las características propias de la comunidad y de sus miembros.

Por ejemplo: en Roma, Grecia, y en las diversas tribus del resto del Europa, la entrada en la esfera política era progresiva y acompañada de la guía de los padres, los tutores y los ancianos. Los jóvenes, dependiendo de su madurez, comenzaba a participar poco a poco en los debates públicos, primero como oyentes y con el paso del tiempo como oradores. Sus palabras eran sopesadas y consideradas por ellos mismos y por sus conciudadanos.

Un modelo similar se vive durante la Edad Media, donde en muchas circunscripciones existe una suerte de democracia; en las corporaciones como los gremios se toman decisiones que afectaran a sus miembros y que tienen implicaciones jurídicas; en los feudos los vasallos pueden presionar a sus señores a cumplir con los pactos acordados en los reinos, e incluso ante el Emperador; los nobles pueden presionar a los reyes y emperadores para dirigir su política de cierta forma. Y, como se imaginarán, los jóvenes participan en estos espacios políticos, aprendiendo poco a poco el arte de participar en la esfera pública.

Este modelo se mantiene con la llegada de la modernidad, especialmente en los niveles inferiores de gobierno (municipal, principalmente), progresivamente perdiéndose ante la reducción de la vida pública a la pura emisión del voto y la aparición de “secciones” juveniles partidistas desconectadas casi totalmente de los adultos o ancianos, creando cajas de resonancia muy peligrosas.

La división entre grupos de edad, como toda división social, beneficia al poder estatal. Pues le permite un mayor control de los jóvenes y el uso de sus fuerzas apasionadas.

Aprovechando el momento de crisis cultural en el que nos encontramos valdría la pena preguntarnos ¿Es el voto juvenil, e igualmente la democracia reducida al voto, el mejor modelo político? Es claro que la juventud tiene mucho que decir y aportar, pero también es evidente que sin contrapesos su propio idealismo puede despeñarlos y al resto de la población con ellos.

Planteo entonces una pregunta para reflexionar: ¿Qué tal si los adultos y los ancianos nos tomamos en serio la formación política de nuestros jóvenes, empezando por tomarnos en serio la política más allá del puro sufragio?, ¿Y si en lugar de dejarlos a la buena de Dios empezamos a acompañarlos y guiarlos en la esfera política y en la vida pública?

Tal vez de esa manera podríamos integrar en lugar de dividir y aprovechar lo mejor de cada edad. Así la política dejaría de ser un juego de niños y de élites para ser un espacio de construcción del Bien Común.

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