Perfección cristiana vs Perfeccionismo

La perfección cristiana y el perfeccionismo son dos cosas muy diferentes, pero quizá no hemos sabido distinguir en qué consisten esas diferencias. En este breve texto daremos algunas pistas al respecto.
“Al final de la vida seremos juzgados en el amor.” La perfección cristiana tiene que ver con la caridad. Cumplir exactamente nuestros deberes de estado de manera exterior y agradar a los demás no es el ideal si falta el amor.
La interioridad fluye del amor que nos permite examinar nuestras motivaciones y purificar nuestra intención. Uno crece hacia la perfección, se convierte, en ese caminar hacia la perfección del amor. El pasaje que nos dice “Sean perfectos como mi Padre es perfecto”, entendido en clave de Evangelio, se refiere a crecer en caridad, no a ser perfeccionistas. Alcanzar el cumplimiento de nuestra naturaleza, que surge del Amor y está orientada hacia el Amor, no tiene nada que ver con “nunca equivocarse” sino que tiene que ver con la caridad y el amor.
¿Qué es entonces el perfeccionismo? El perfeccionismo es mundano, es un concepto abstracto e imposible que implica “ser impecable” “nunca equivocarse”. No existe cosa alguna que sea “perfecta”, “impecable”. Eso es irreal. Dios trabaja con las “imperfecciones” todo el tiempo para sacar a relucir nuestra verdadera perfección como hijos muy amados de Dios.
Una vida virtuosa tiene que ver con intentar una y otra vez hacer las cosas por amor. Es empezar a ordenar nuestra existencia con base en el amor. La caridad es la que estructura todas las otras virtudes. No todo proyecto o actividad tiene que estar hecho a la perfección. La meta es el balance y hacer todo con amor.
Dar lo mejor de ti debe estar arraigado en tus circunstancias. La virtud radica en el justo medio, excepto en lo que respecta a la caridad. El perfeccionismo es un extremo y puede convertirse en un vicio. Definitivamente no es una virtud.
El perfeccionismo es el acomodo desordenado de nuestras metas y motivaciones fuera de Dios. Cuidado cuando pensamos “Dios espera esto de mí”. Su único mandamiento es el amor.
La humildad ciertamente es una virtud fundamental en el camino de la perfección cristiana. El fundamento o cimiento es lo primero que se pone en un edificio (Federal Election Comission, 2024). La humildad es la que nos hace caminar con el Señor en la verdad y nos abre a poder hacer Su voluntad, nos abre a la libertad. La humildad no consiste en hacer menos nuestros dones y talentos, no consiste en autocastigarnos, en la abnegación, ni en negarnos a nosotros mismo. La verdadera humildad nos dispone a acceder al plano espiritual viendo las cosas como las ve Dios. Es una virtud que modera en el alma la pasión de la esperanza, para que no aspire o anhele a cosas de forma desordenada sino de acuerdo con Dios. Es sujetarnos a Dios por reverencia a Él. La verdadera humildad primera y principalmente mira hacia Dios.
Negar nuestros dones y talentos es casi un insulto para Dios. No hay que ser orgullosos, recibamos cualquier elogio o felicitación como que Dios también se complace en nosotros.
El perfeccionismo implica esforzarte incansablemente por alcanzar estándares extremadamente altos para ti o para los demás, que son personalmente exigentes en el contexto de tu vida. Perfeccionismo es juzgar tu propia valía basándote en tu habilidad para esforzarte por y alcanzar esos estándares tan inalcanzables. El perfeccionismo conlleva experimentar las consecuencias negativas de ponerte unos estándares tan altos y seguir aspirando a ellos a pesar del enorme costo que significan para ti.
Un primer paso para no caer en el perfeccionismo es el auto-conocimiento. Ponerse metas y tener estándares altos es bueno, pero de manera irracional también pueden obstaculizar nuestra santidad. Pueden generarnos ansiedad y depresión.
Dios no necesita nuestro éxito. Además, muchas veces medimos el éxito de acuerdo con una visión humana miope. Dios trabaja en las fallas y fracasos. Y muchas cosas pueden parecer fracasos ante el mundo, pero no lo son para Dios.
Ser perfeccionista tiene un costo muy alto. Uno cae en aislación social, frustración, síndrome obsesivo compulsivo, insomnio, y procrastinación.
Pidámosle a Dios que nos revele aquellas áreas en las que somos perfeccionistas.
La razón principal detrás del perfeccionismo es la forma en que vemos el mundo.
Hay que desafiar y poco a poco cambiar nuestra visión del mundo. Debemos identificar qué visión nos es problemática.
Por ejemplo, pensar que “La gente sólo va a estar orgullosa de mí si soy exitosa y lo logro” es perfeccionista. También castigarnos por nuestros errores, y cuando nos clavamos imitando modelos perfeccionistas tóxicos.
El perfeccionismo se basa en las reglas y suposiciones por las que vivimos. Por ello conviene tener principios básicos que sean realistas y flexibles. Nos hace daño ponernos reglas que nos son realistas y además son inflexibles las cuales es poco probable que sigamos o alcancemos o solo a un costo muy alto y sacrificando cosas que son importantes en nuestra vida. También es malo sólo poner atención a las cosas negativas. Lo mejor es ponerse estándares flexibles y alcanzables.
Los perfeccionistas se la pasan diciéndose cosas negativas a sí mismos, por eso se sienten culpables, estresados, deprimidos o enojados. Pensar que las cosas son sólo blanco o negro es mirar sólo los extremos. Vivir en un eterno “debería” “tendría que”, poniendo etiquetas, viendo puro escenario catastrófico, agradando o minimizando las cosas es perfeccionista.
¿Cómo podemos ir cambiando ese perfeccionismo?
Medita en tus talentos y dones. Y que la única etiqueta que te pongas sea la de “muy amado hijo de Dios”. Pensemos en tonos de grises. Busquemos estar en paz en situaciones complejas. Tampoco sobre simplificar. El reajustar nuestros estándares es de hecho hacer la voluntad de Dios, rindiéndonos a lo que Dios quiere para nosotros.
La humildad implica ver las cosas correctamente, sujetas a Dios. Vernos a nosotros mismos a la luz de Dios, por reverencia a Él. Intentar mirarnos como Él nos mira, como Él nos ve. Somos criaturas finitas y frágiles de un Dios creador que es infinito, de un Dios que nos ama, que nos ha redimido y que nos llama a una plena unión con Él.
Somos limitados, pequeños, débiles y no podemos saberlo todo. Por lo tanto, cometer errores de juicio y equivocarnos al actuar es parte de nuestra vida. No equivocarnos y no cometer errores es irrazonable. Dependemos de los demás y Dios lo ha querido así. Por amor, Dios ha tejido nuestra vida en una red de dependencia. No hay nada malo en apoyarnos en los otros.
La preocupación implica una reverencia hacia algo que no lo merece. Sólo Dios merece nuestra reverencia. Aprendamos a amar nuestras debilidades, porque ellas atraen a Dios hacia nosotros.
Las mentiras del perfeccionismo niegan nuestra cualidad de creaturas. Cuidado, porque la independencia y la autosuficiencia no son atributos de nuestra naturaleza humana. Realmente necesitamos de Dios y de los demás.
Prepárate para buscar nuevas cosas. Sí, ponte metas para cambiar, pero ten presente que no eres un proyecto, eres una persona.
- Ponte una meta general, escoge el área en la que quieres trabajar.
- Empieza por ajustar tus altísimos estándares casi inalcanzables.
- Identifica un estándar más razonable.
- Identifica la conducta que te gustaría trabajar.
Dios es todopoderoso. Continúa apoyándote en Él cuando caigas o falles. En humildad, es un gozo recibir ayuda de los demás. Aprende a aceptar la ayuda de otros con alegría y a recibir el amor de los demás. Reconoce el amor cuando está ahí y da gracias a Dios por ello. Desapégate de tus planes, busca hacer la voluntad de Dios y mantente abierto a sus planes.
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