En política, quien marca la agenda gana gran parte de la partida. Y hoy, en muchos países, buena parte de la conversación pública —incluidos los supuestos opositores— gira en torno a los dichos, errores y provocaciones de quienes gobiernan.
Mientras discutimos las frases del día, dejamos en segundo plano lo verdaderamente urgente: el deterioro de las instituciones, el fracaso en la seguridad y la justicia, la opacidad del gasto, la captura de organismos autónomos, la crisis educativa, la desigualdad creciente, la emergencia climática, la corrupción que no se toca. No hay proyecto de largo plazo, hay espectáculo permanente. Y aun así, el poder sigue dominando la conversación.
George Orwell lo explicó con crudeza en 1984:
“El poder no es un medio, es un fin… No se establece una dictadura para salvaguardar una revolución; se hace la revolución para establecer una dictadura.”
Cuando esa lógica se impone, lo importante no es convencer con la verdad, sino desgastar con la repetición. En la era de las redes sociales, los algoritmos y las cámaras encendidas 24/7, cada reacción —aunque crítica— termina validando al emisor.
El escándalo le da vida al autor del escándalo. Así, el poder que se dice combatir se amplifica con cada tuit de repudio, cada video de indignación, cada clip viral de burla o desmentido.
A esto se suma un fenómeno global: cámaras de eco digitales que refuerzan prejuicios, campañas coordinadas de desinformación, uso político de la inteligencia artificial para fabricar mensajes y emociones, guerras culturales que convierten cualquier matiz en traición. El resultado es una ciudadanía cansada, confundida, saturada de ruido y, al mismo tiempo, cada vez más vulnerable a la manipulación emocional.
Pero ningún país —ninguna sociedad— se va a salvar desde la trinchera puramente reactiva. No basta con señalar el error ajeno ni con compartir el meme más ingenioso del día. Hay que construir una alternativa. Porque, como dijo Albert Einstein:
“No se puede resolver un problema con el mismo nivel de pensamiento que lo creó.”
El pensamiento político que hoy predomina en muchos lugares está enfermo de raíz: polarizante, clientelar, reduccionista. Divide a la sociedad entre “nosotros los buenos” y “ustedes los malos”. Niega la pluralidad, silencia los matices, cancela el disenso. No hay proyecto de nación, hay lucha por el botín. No hay conversación, hay linchamiento. No hay deliberación, hay espectáculo.
Y, sin embargo, la sociedad sigue resistiendo y creando. Aunque desde el poder se intente imponer una sola narrativa, millones de personas en distintos países se organizan, defienden el medio ambiente, exigen verdad y justicia, cuidan la democracia desde lo local, levantan la voz contra la violencia y la exclusión. Hay un clamor creciente por dignidad, por instituciones que funcionen, por un futuro que no esté secuestrado por la propaganda ni por el cinismo.
Al mismo tiempo, el mundo se reconfigura a gran velocidad: cambios en las cadenas de suministro, tensiones geopolíticas, giros proteccionistas en varias potencias, avances tecnológicos que transforman el trabajo, la energía y la información. En este contexto, ningún país puede darse el lujo de reducirse a un debate doméstico de consignas. Se necesita estrategia de largo plazo, no capricho de ocasión. Visión de país, no monólogo presidencial o partidista.
Frente a este panorama, la alternativa no se decreta: se construye. Y se construye desde abajo, creando espacios de diálogo reales, de colaboración entre sectores que casi nunca se sientan juntos, de acuerdos básicos sobre una agenda mínima de Estado; reconociendo nuestras diferencias, pero también nuestros propósitos comunes; haciendo política, no espectáculo; proponiendo futuro, no solo repartiendo culpas hacia el pasado.
Se trata de cambiar la lógica: pasar de reaccionar a cada provocación del poder, a proponer una conversación distinta; menos centrada en personas, más centrada en principios; menos esclava del trending topic, más atenta a los cambios de fondo; menos obsesionada con la frase del día, más comprometida con los próximos diez o veinte años.
Vaclav Havel, disidente que luego gobernó con dignidad, lo expresó con lucidez:
“La esperanza no es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, independientemente de cómo resulte.”
Esa esperanza está germinando en muchos rincones del mundo: en los colectivos que defienden el agua y el territorio; en los movimientos que buscan paz y seguridad desde la comunidad; en quienes monitorean elecciones, presupuestos y políticas públicas; en las juventudes que se niegan a aceptar como normal la corrupción, el autoritarismo o la degradación del planeta.
Los vientos de nuestros países deberían ir tejiendo una sociedad interconectada e innovadora, capaz de enfrentar los desafíos del presente con creatividad, compasión y firmeza; un espacio donde los derechos humanos y la dignidad no sean eslóganes de campaña, sino cimientos irrenunciables; donde la tecnología sea herramienta de participación y transparencia, no solo de vigilancia y manipulación.
En este contexto, la crítica sigue siendo indispensable. Pero necesitamos otro tipo de crítica: menos adicta a la reacción inmediata, más comprometida con la profundidad; menos pendiente del chisme político, más preocupada por el diseño de instituciones, reglas y futuros posibles. Una crítica que no solo denuncie, sino que señale caminos; que no solo exhiba lo que está mal, sino que acompañe a quienes intentan hacerlo mejor.
José Martí lo dijo con claridad:
“La crítica no es censura. Es indicación de perfección.”
Critiquemos, sí. Pero no desde el eco de la propaganda, ni desde la trampa de la indignación fácil. Critiquemos desde la conciencia y la responsabilidad. Desde la urgencia de construir países —y sociedades— a la altura de su gente. Que el debate público no lo sigan dictando unos cuantos desde arriba: que lo hagamos nuestro, desde abajo, desde lo cotidiano, desde el futuro que merecemos.
Dejar de repetir la propaganda es solo el primer paso. El siguiente, y el más exigente, es ocupar el silencio que queda con ideas mejores, con acuerdos posibles y con una visión de país que no cabe en un eslogan, pero sí puede caber en la vida de millones de personas. Y, como ha recordado el Papa León XIV en su primer mensaje a los jóvenes: “Dios nos quiere bien, Dios nos ama a todos, y el mal no prevalecerá… Por eso, sin miedo, de la mano de Dios y entre nosotros, sigamos adelante”; no estamos en un naufragio sin sentido, estamos en la responsabilidad compartida de decidir hacia dónde queremos que navegue nuestra historia.
Cita este artículo
Prior, L. (2026, 8 enero). No más eco: construir país, no replicar propaganda. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/no-mas-eco-construir-pais-no-replicar-propaganda/
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Número 51, año 5, diciembre 2025 https://revistaforja.org/revista-forja-para-el-bien-comun-num-51-5-aniversario





