El concepto original de quimera se refiere a un monstruo de la mitología griega que tenía partes de diferentes animales. Generalmente era una cabra con cabeza de león y cola de serpiente, aunque en otras representaciones se le mostraba hasta con cuatro cabezas: cabra, león, dragón y serpiente.
En la época científica moderna, el termino quimerismo se aplica a los organismos que tienen cuando menos dos poblaciones celulares de dos individuos con ADN diferente.
Por ejemplo, las personas que tienen un órgano trasplantado se consideran quimeras, pues tienen células de dos individuos diferentes que viven en el mismo cuerpo. Una población de las células originales y una segunda población que forma el órgano trasplantado, como puede ser un riñón o la médula ósea.
El embarazo puede considerarse una forma de quimerismo natural y temporal: el embrión tiene características genéticas diferentes a las de la mujer que lo aloja y permite su crecimiento. El niño en gestación no es muy diferente a un trasplante temporal, aunque en ese caso no se requieren medicamentos que eviten el rechazo. Hay mecanismos naturales que evitan que la madre destruya al tejido extraño que representa el niño que se está desarrollando. La mejor prueba de que el tejido del hijo, o de la hija, son diferentes a los de la madre, es que, si uno requiere que el otro le done un riñón al otro, se tienen que usar medicinas que eviten el rechazo, aunque hayan sido “compatibles” durante los meses de la gestación.
Cuando la población de células con ADN diferente al del organismo que las aloja es muy pequeña, se llama micro-quimerismo. Un ejemplo muy poco común de micro-quimerismo es el que ocurre después de una transfusión de sangre en una persona con inmunidad disminuida. En unos pocos casos un número pequeño de células del donante sobreviven en el receptor y pueden sobrevivir y multiplicarse.
Otro ejemplo muy frecuente de micro-quimerismo y que ha sido estudiado con profundidad en los últimos años es el que ocurre en relación con un embarazo. Desde hace siglos se sabe que muchas sustancias de la sangre de la madre pasan al bebé que se está gestando y otras del feto o del embrión pasan en la otra dirección hacia la madre. También desde hace tiempo que se sabe del paso de células completas de la madre al hijo y viceversa.
Lo que es una observación relativamente reciente es que esa transferencia de células de la madre al bebé y viceversa son muy comunes y que las células de uno pueden sobrevivir en el otro por tiempo largo, hasta muchos años.
El paso de células del hijo a la madre puede estudiarse con relativa facilidad en los embarazos de productos masculinos. Dado que las mujeres tienen dos cromosomas femeninos (cromosomas X) y los niños que conciben tiene un cromosoma X y uno Y. No es muy difícil encontrar células con cromosoma masculino (Y) en las mujeres que han tenido un embarazo de un varón. Estas células provenientes del hijo se encuentran en un número muy bajo en la sangre y en otros tejidos de la madre por meses o por años y, aunque el número es bajo, tiene relevancia. En las pacientes que han dado a luz por medio de una cesárea, hay células del hijo que se encuentran en las áreas de los tejidos que fueron cortados por el cirujano, fortaleciendo la hipótesis de que las células fetales pueden ayudar a los procesos de reparación de tejidos dañados en sus madres.
La presencia de estas células se incrementa con el tiempo del embarazo, aunque comienza desde una etapa muy temprana (semana 4 o 5 de la gestación). En mujeres que han abortado, tanto en forma natural, como con abortos provocados, las células del hijo son más numerosas cuando se produce el aborto. El número de células fetales es aún mayor, si se realiza un aborto quirúrgico. En este último caso es paradójico que las células del hijo abortado puedan ayudar a que se reparen los tejidos de la madre que lo perdió.
Por otro lado, la relación micro quimérica del hijo y la madre no es tan sencilla y no siempre es benéfica. Las células del fruto del embarazo también pueden causar efectos indeseables en la madre que concibió un hijo.
La enfermedad conocida como Síndrome de Sjögren es una inflamación crónica que destruye las glándulas salivales y/o las glándulas lacrimales. Esta inflamación resulta en destrucción de la glándula con la consecuente sequedad crónica de la boca y/o los ojos. No solamente es incómoda, sino que puede tener complicaciones serias. Esta enfermedad es más común entre las mujeres, quienes representan el 80% de los casos. No todos los casos de Sjögren se relacionan con gestaciones, como confirman los varones que padecen ese mal. Sin embargo, en un número considerable de casos, se han encontrado células con cromosomas masculinos en las glándulas salivales de mujeres que han tenido embarazos de bebés masculinos, aunque el embarazo haya ocurrido muchos años antes de que se manifieste la enfermedad.
Otra enfermedad en la que el propio organismo ataca glándulas del propio cuerpo es la tiroiditis autoinmune. Esos casos también son más frecuentes en mujeres y posiblemente también tengan un componente del fenómeno de micro-quimerismo. Muchas otras enfermedades pudieran estar relacionadas con este proceso, aunque no siempre el efecto es negativo. Aparentemente, las mujeres con más células fetales en el cerebro tienen menor frecuencia de padecer la Enfermedad de Alzhéimer, pero mayor frecuencia de Enfermedad de Parkinson. Las incógnitas son muchas más que las respuestas que tenemos.
Por otro lado, lo que sucede con las células de la madre que circulan en el cuerpo del hijo es menos claro aún. Es muy posible que las células que nuestras madres nos donaron en el embarazo tengan un papel en el desarrollo y maduración de nuestro sistema inmune y del cerebro. Futuras investigaciones nos darán respuesta a su posible función e importancia. Sin necesidad de ninguna investigación adicional, podemos tener la seguridad de nosotros hemos dejado una marca biológica en nuestras madres, a veces para bien y otras para mal y que ellas también han dejado una huella indeleble, no solamente en el alma, sino también en el cuerpo. Otra razón de estar agradecidos con las que nos dieron el don de la vida.





