Los primeros agustinos en la región fueron Fray Juan de Sevilla, evangelizador y fundador de aquel convento, y Fray Antonio de Roa, quien haría lo propio en el cercano Molango[1]. Los primeros indígenas conversos pidieron a Fray Antonio ayuda con Mola; ídolo originario de Metztitlán, líder de los mas de 400 que se adoraban en aquella sierra, y quien les estaba, literalmente, reprochando su traición. El fraile acudió al lugar, “le preguntó (al ídolo) quien era, y que dijese él mismo si era Dios, o criatura suya. Respondió el ídolo con voz triste y dejativa, que no era Dios, sino creatura la mas vil, y miserable de toda la naturaleza: porque, aunque la había creado Dios noble y rica, por Su culpa estaba despojado de todas aquellas gracias, y ardía miserablemente en el infierno. A ello le replicó el Santo Roa, dime los padres, los abuelos y todos los ascendientes de estos indios que te han adorado donde están. Respondió entonces con voz terrible y fiera, de que parece que se estremecían los montes, todos están en el infierno ardiendo. El Padre Roa le ordenó que abandonase el lugar y después de un sermón, los mismos indígenas destruyeron el ídolo”[2].
El señorío de Metztitlán, enemigo de los Mexicas, estaba conformado por chichimecas[3], nahuas y otomíes. Eran valientes y férreos guerreros, de los que mueren y no huyen, decía Fray Bernardino de Sahagún. En 1522 Hernán Cortés notifica al Emperador que Metztitlán, por voluntad propia, envió “a sus mensajeros y se ofrecieron por sus súbditos y vasallos; y yo los recibí́ en el real nombre de vuestra majestad.”[4] Mas tarde, las intrigas del visitador Cristóbal de Tapia provocan el ataque de unos rebeldes contra los que pacíficamente se habían adherido al nuevo imperio; algunos españoles y muchos guerreros tlaxcaltecas apaciguaron la revuelta en 1524, aunque todavía se registraron algunas hostilidades hasta 1560.
Además del paisaje en el que se mezclan montañas majestuosas, barrancas áridas, cuevas, bosques, lagos, ríos, cascadas, flora y fauna endémicas, pinturas rupestres y muchas otras maravillas, Metztitlán tiene otras tres joyas.
Fray Juan de Sevilla construyó el antiguo convento de la Comunidad en 1537. Poco antes de concluirlo fue abandonado; algunos culpan a una inundación, otros a la tectónica del lugar; aun así, el inmueble funcionó como cárcel por muchos siglos. La construcción del nuevo y definitivo convento de los Santos Reyes inició en 1539, en lo alto de una loma desde la cual se aprecia toda la sierra; el conjunto almenado de convento, templo, capillas abiertas y un gigantesco atrio impresionó inclusive a los contemporáneos. El retablo principal de la iglesia es uno de los tres únicos en su género aun en buen estado[5], fue dirigido por el mestizo Salvador de Ocampo, el mismo que hizo las sillerías de San Idelfonso en la Ciudad de México, y cuyo equipo de artesanos eran indígenas de Chimalhuacán. Aun se pueden observar algunos frescos, como el de la Inmaculada Concepción, donde el arte indígena y la referencia simbólica a la Virgen de Guadalupe no se pueden negar.
Cerca se encuentran las ruinas del cabildo indígena[6], el único que queda en pie en el país. De arquitectura renacentista y mudéjar, se parece al Palacio de Cortés en Cuernavaca, al de Don Diego Colón en Santo Domingo, al de Saldañuela, cerca de Burgos o la Fardesina en Siena[7]. Pero sus decoraciones le hacen único: águilas prehispánicas haciendo de gárgolas, el mural del águila devorando un escorpión y otras alegorías; quizá la pintura que mas llama la atención es la de las curules al nivel del piso. Después de la conquista, Metztitlán conservó su clase política y hegemonía sobre otras 13 repúblicas indígenas, ahora cada una con sus ayuntamientos, fueros y salarios, bajo un alcalde mayor. El gobernador debería ser “descendiente de Tecpatzinteuctli, cacique que fue de Suchicoatlán; y la mitad de alcaldes y oficiales de república, macehuales.”[8] [9] Dada su resistencia cultural a sentarse a la mesa, se pintaron en la pared los respaldos de las sillas. Construido en alto y rodeado de arcos para observar todos los dominios, cada aspecto arquitectónico de la “Tercena” representa la autoridad y abolengo de sus ocupantes.
Con los cabildos indígenas también llegaron las encomiendas, con sus éxitos y fracasos. Las denuncias de abusos se dieron en todas direcciones; Luisa de Aux, encomendera, fue encarcelada por la inquisición[10] bajo el delito de blasfemia y maltrato a los indígenas, de la cual logró escapar para morir en el destierro. Y los hubo también por parte de los naturales; como el caso de la cacique María de Austria, hija del gobernador, o el cacique Damián, ambos acusados ante las autoridades virreinales por abusar de sus privilegios, seguir practicando la esclavitud o usar tamemes[11]. Los virreyes del siglo XVI se esmeraron en prohibir y erradicar esa indigna práctica[12]; si alguien voluntariamente quería ser cargador de mercancía entre Metztitlán y Huejutla (125 km) debía recibir 8 reales como pago[13] (equivalente al tributo anual en moneda; también se tributaba media fánega de maíz, 21.5 kg)[14]
La legislación hispana fue debilitando el sistema de encomiendas, pasando éstas a la jurisdicción directa del rey. Cuando Felipe II reglamentó 8 horas de trabajo distribuidas en dos sesiones de 4 horas cada una, y a la hora en que el clima fuera menos severo[15], los Metzcas, agricultores y constructores, se beneficiaron directamente.
Así fueron las primeras décadas de Metztitlán, declarado pueblo mágico por hermoso, aunque la verdadera magia sucede cuando sus edificios, documentos y crónicas derriban los mitos que la historia oficial nos impone. Por cierto, si puede, visítelo y pronto; las fallas tectónicas y sismicidad ya han causado muchos estragos.
[1] Juan de Grijalva (1623) Crónica de la Orden de N.P.S. Agustín en las provincias de la Nueva España, 1533-1592. México. Digitalizado y disponible en https://bvpb.mcu.es/es/catalogo_imagenes/grupo.do?path=11140586, consultado en 20 de enero de 2024.
[2] Ibid p.39
[3] Chichimecatl, en náhuatl significa gente perra o gente de linaje perro. Así les llamaban los mexicas por considerarlos salvajes.
[4] Cortés, Hernán (1978) Cartas de Relación. México: Porrua. 1978. pp. 177-178.
[5] BAYONA, Pablo (2004) Recorridos por el siglo XVI. Mexico: CIESCAS-IPN, p. 170.
[6] Los locales le llaman Tercena, aunque en la era virreinal no fungió como tal.
[7] ARTIGAS, Benito Juan (1989) Cuadernos de Arquitectura Virreinal, #7: El cabildo de Metzititlán, arquitectura civil. Facultad de Arquitectura. Universidad Nacional Autónoma de México. Disponible en https://repositorio.fa.unam.mx/handle/123456789/18915 Consultado el 18 de enero de 2024.
[8] Gente del pueblo.
[9] Archivo General de la Nación. Ramo: General de Parte Vol. 2, exp. 320
[10] AGN “Acusaciones del fiscal del Santo Oficio por proposiciones heréticas contra Doña Luisa de Aux. 1572”. Ramo: Inquisición, vol. 74, exp. 40, ff. 200r.-200v
[11] Cargadores
[12] AGN “Para que los de Mestitlan no sean compelidos a llevar cargas contra su voluntad a ningún pueblo. 1583”. Ramo: Indios, vol. 2, exp. 616, f. 142v. “Para que el Alcalde Mayor de Metztitlán no consienta que los españoles carguen a los indios por tamemes. 1587”. Ramo: General de Parte, vol. 3, exp. 266, ff. 118v.-119r.. Ramo: Indios, vol. 4, exp. 118, ff. 37v.-38r.
[13] Aunque esto también fue prohibido mas tarde: AGN “Al Alcalde Mayor de Metztitlan para que no consienta carguen a los indios contra su voluntad con poco ni mucho peso, con paga y sin ella ejecutando las penas mandadas contra los que incurran contra este mandamiento. 1589”
[14] SCHOLES, ADAMS (1958) “Sobre el modo de tributar los indios de Nueva España a Su Majestad 1561-1564”, en Documentos para la historia del México Colonial. México: Porrúa p. 7.
[15] Recopilación de leyes de los reinos de Indias, mandadas imprimir y publicar por la Magestad (sic) Católica Don Carlos II. Tomo 2, Libro 3, Titulo 6, Ley VI. Madrid: Boix, 1841 Disponible en https://www.cervantesvirtual.com/obra/recopilacion-de-leyes-de-los-reinos-de-indias-mandadas-imprimir-y-publicar-por-la-magestad-catolica-don-carlos-ii-tomos-2-777027/ consultado en 24/02/2024
Chesterton, G. (2011). Por qué soy católico. Madrid: El buey mudo.





