El 28 de julio se celebró la elección presidencial en Venezuela. Los resultados oficiales y las actas que deben verificar al ganador no se hicieron públicas en los primeros días. La oposición mostró una estrategia electoral que demostró unidad e inteligencia, pues demostraron el triunfo con las mismas actas del Consejo Nacional Electoral (CNE).
Se creó la estructura electoral de los denominados “testigos”, figura creada en la ley electoral para dar representación y legalidad a los candidatos (en México su equivalente son los representantes de los partidos políticos).
La operación realizada por la líder opositora María Corina Machado ha fortalecido a la oposición, en comparación con otros procesos electorales. La estrategia ante un régimen que desde antes del proceso electoral se ha dedicado a realizar un fraude sistemático, que va desde impedir la candidatura de Machado -que arrasó en las elecciones primarias de la oposición-, pasando por impedir votar a 8 millones de venezolanos que viven fuera de su país; y obstaculizar a la oposición a operar con las propias reglas electorales.
Nombrar a Edmundo González como su candidato; una mayor cohesión de las distintas fuerzas políticas; una inversión inteligente en la compra de equipos de tecnología; y, un discurso de esperanza con presencia en la comunidad internacional, son algunos de los aciertos opositores en está elección que rompió la inercia que impedía hacer algo a lo largo de los 25 años de la dictadura chavista.
Un elemento extra que debe ser analizado, es el papel de algunos países de la región, en un entorno en el que la izquierda domina la mayor parte de los gobiernos de América Latina. Apoyado en el pasado por figuras como los Kirchner en Argentina; Lula Da Silva en Brasil; Rafael Correa en Ecuador; Evo Morales en Bolivia; y los Castro en Cuba; Hugo Chávez y, posteriormente Nicolás Maduro, gobernaban con la complicidad de los gobernantes que compartían su ideología y proyecto político en la región.
Venezuela, en crisis política, económica y de seguridad -desde hace más de una década-, ha provocado que el rechazo -cada vez mayor- de los vecinos de la región e incluso de algunos de sus aliados, por la asunción de decisiones típicas de una dictadura.
Antes del proceso electoral, el presidente de Brasil, Lula Da Silva y el presidente de Colombia, Gustavo Petro, hicieron llamados para que el régimen de Maduro reconocieran los resultados, especialmente si no ganaba la elección. Incluso el ex presidente argentino, Alberto Fernández fue des-invitado como observador electoral internacional.
Después de las elecciones y ante el uso de la violencia, por parte de los aparatos de seguridad del gobierno venezolano, algunos países que simpatizan con la social democracia y con la izquierda liberal, hicieron claras manifestaciones de rechazo, como fue el caso de Gabriel Boric, mandatario de Chile; Rodrigo Cháves de Costa Rica, además de otros países como Ecuador, El Salvador, Panamá, Uruguay, República Dominicana y por supuesto Argentina, que en la figura de Javier Milei ha sido el mayor crítico de este proceso electoral.
Mientras Nicaragua y Cuba mantienen su fidelidad al régimen al régimen bolivariano del que se consideran “rama del mismo árbol”, Maduro ya resulta incomodo para algunos de sus viejos aliados -y también para los nuevos-; por lo que apoyarlo abiertamente les genera negativos. Si bien Colombia, Brasil y México no han dejado de apoyarlo, no han asumido la actitud combativa de otras ocasiones, por lo que su pasividad genera molestias al gobierno de Venezuela, al no atreverse a declarar a Maduro como el ganador del proceso electoral, porque están conscientes de que el fraude fue burdo y tosco.
En contraste, algunas figuras dentro de las administraciones de estos países sí se han mostrados efusivos ante la reelección de Maduro. Es el caso de la secretaria general de MORENA, Citlalli Hernández, quien ha demandado, a través de las redes sociales, que se declare ya el triunfo de Maduro; o de la vicepresidenta de Colombia, Francia Márquez, quien ha declarado que Venezuela es un país amigo y hay que respetar el resultado de la elección.
Maduro se ha convertido en un apestado en la región, entre otras razones porque llegó al poder por la designación de Hugo Chávez -después fue ratificado en un proceso electoral plagado de irregularidades-, por sus desafortunadas declaraciones, sus nexos con el crimen organizado, el desmedido uso de la fuerza con sus opositores y el incumplimiento de acuerdos internacionales le fueron generando situaciones de descrédito a su personas y a su gobierno.
La radicalización de su administración empezó a restarle aliados, en lugar de sumarle. Su cercanía con Rusia, China e Irán (los villanos de occidente) fueron clave para que países como Perú, Colombia, Uruguay y Chile se desvincularan del gobierno venezolano por temor a represalias de Estados Unidos y de Europa.
Algunos de los partidos políticos de la izquierda latinoamericana han sufrido las consecuencias en sus países por sus nexos con la Venezuela de Maduro y sus razgos de dictadura autoritaria, antidemocrática y violatoria de los derechos humanos. Es el caso, por ejemplo, de la candidata del “correísmo”, Luisa González, quien en las elecciones presidenciales de Ecuador, en 2023, fue señalada como simpatizante de Maduro y perdió en la segunda vuelta electoral contra Daniel Noboa.
Incluso Lula Da Silva en las elecciones generales de Brasil de 2022, puso en riesgo su regreso al poder por su apoyo al gobierno de Maduro. Gustavo Petro, el presidente colombiano, también sabía que para ganar popularidad en su país, debía desprenderse del régimen “chavista”, usando la rivalidad con sus vecinos como un argumento para justificar su narrativa de que existe un complot de occidente para derrocarlos del poder.
El desgaste de Maduro en la región puede ser un elemento para que deje el gobierno, a menos de que China, Rusia e Irán lo sostengan, como en el pasado ya lo hizo Putin, bajándolo del avión en que se fugaba del país.
Aunque queda claro que no aceptará los resultados electorales, el quedarse sin aliados tiene consecuencias que pueden provocar su aislamiento al estilo Cuba y Nicaragua. Aunque resulta imposible su total aislamiento por el petróleo y la ubicación geográfica de Venezuela. Brasil, Colombia y México saben que si quieren liderear América Latina y expandir su influencia mundial, tienen que deshacerse del “apestado”.





