El mundo genera más de 2 mil millones de toneladas de basura anualmente. Tan solo en Estados Unidos, el país que más produce, en 2018 se generaron casi 300 millones de toneladas, de las cuales, prácticamente la mitad acabó en tiraderos a cielo abierto. En América Latina, alrededor de 145 mil toneladas diarias de basura -un tercio de sus residuos urbanos- acaban en tiraderos a cielo abierto. ¿Estamos o no dispuestos a tener una actitud comprometida o al menos no indiferente ante la estratosférica cantidad de basura que genera nuestra sociedad moderna y consumista?
Seamos humildes y aceptemos que, en este punto en particular, a la humanidad le ganó el egoísmo. Afortunadamente, el Papa Francisco tuvo la valentía de evidenciar que la preponderante “cultura del descarte” es completamente opuesta a la Doctrina Social de la Iglesia.
La novedad de la “ecología humana” introducida por Francisco en Laudato Si, reiterada en Laudate Deum es la vinculación entre el principio fundante de la dignidad de la persona humana con responsabilidad ambiental, al hacernos ver que el desdén que tenemos por “la casa común” y por “los descartados” tienen un origen común en el egoísmo, potenciado por el individualismo consumista en el que estamos inmersos, y que es sin duda una de las debilidades del capitalismo que desde la Rerum Novarum se han advertido.
La actitud comprometida, de la que hablábamos inicialmente, es algo relativamente más común en Europa, donde la conciencia individual, las políticas públicas y la regulación se refuerzan mutuamente. La Unión Europea recicla ya casi cerca del 50% de sus residuos. Alemania lleva la delantera con una tasa de reciclaje de 69%.
Quizá lo que hacía falta, era una mirada a la realidad, a la naturaleza que nos circunda y al Planeta Tierra que nos sirve como “casa común”. La ciencia ha podido constatar lo que culturas ancestrales tenían en cuenta: que la naturaleza (desde los astros hasta las plantas) es un ciclo sin fin. En los ecosistemas naturales, todo se reutiliza y transforma constantemente en ciclos cerrados. La naturaleza es altamente “eficiente” en el uso de recursos, pues para ella, no hay elemento que no valga, no existe el concepto de «residuo».
El concepto de “economía circular” se inspira en dichos ciclos biológicos. Quizá lo hubiera podido acuñar San Francisco, pero es paradójico que no hayan sido los católicos -adeptos a la ley natural- quienes lo hayan puesto sobre la mesa. Lo utilizan por primera vez como título de un capítulo, Pearce y Turner en 1989 en su libro titulado «Economía de los Recursos Naturales y del Medio Ambiente» (1989). En los últimos años, dicho concepto que ha ganado gran importancia no solo en el ámbito académico, sino también en los ámbitos político, económico, empresarial y social. La OCDE y la Comisión Económica para Europa de las Naciones Unidas, han establecido guías por ejemplo, para la generación de indicadores de Economía Circular.
Si lo pensamos bien, se trata de una revolución verdaderamente Copernicana o Galileana. Recordemos que Copérnico afirmaba que la tierra giraba alrededor del sol y no al revés (como se creía), mientras que Galileo afirmaba que la tierra era redonda y no plana (como se creía). En su época, al fin y al cabo, no pasaba nada si alguien quería seguir creyendo lo contrario. Galileo les diría “… y sin embargo, se mueve”. En nuestra época, sin embargo (valga la redundancia) no son irrelevantes las consecuencias de la aversión a cambiar la mentalidad y el modelo de crecimiento “lineal” basado en explotar-producir-usar/consumir-tirar, por uno “circular” en el que se aprovechen al máximo los recursos, manteniendo su valor en el conjunto de la economía por el mayor tiempo posible, mediante el reciclaje o la reutilización.
Ahora bien, ¿Qué hacer? Como consumidores y educadores, hay bastante que podemos hacer en nuestra vida diaria y en nuestras familias y por ahí habría que empezar. Pero efectivamente, ello es poco o nada, en virtud del reto que nos ocupa. Las empresas, mediante lo que ahora se llama la “responsabilidad extendida del productor”, tienen un rol preponderante.
Bienvenidos los esfuerzos por ampliar la sostenibilidad de las empresas, añadiendo este criterio a la responsabilidad social empresarial y a los esfuerzos de gobierno corporativo. Y los estados, no se diga, tienen una responsabilidad ineludible. El aprendizaje mutuo y la coordinación de esfuerzos a nivel internacional son necesarios para generar la escala suficiente que permita realizar este cambio copernicano.
A manera de ejemplo, pongo el caso de lo que las municipalidades en Francia están haciendo. Recientemente en la localidad de Boulogne-Billancourt en los alrededores de París, se dio un paso adicional en los esfuerzos por la separación de la basura. En cada edificio había ya contenedores amarillos para todos los empaques, es decir no solo las botellas de plástico, el cartón y el metal típicamente reciclables. Desde luego, en la calle, hay un depósito para vidrio y en las tiendas puede uno ir a tirar pilas o bombillas eléctricas y una vez al mes hay una colecta de aparatos electrodomésticos. Por otro lado, había un contendor gris, en el que se depositaba todo el resto en bolsas cerradas. El problema con este esquema era que todo lo alimenticio se mezclaba con otras basuras, por ejemplo, las sanitarias. Quien tenía algo de conciencia podía separar algunos alimentos y hacer su propia composta, con el reto y la disciplina que eso implica. Pero, hace algunas semanas, comenzaron a repartir unos pequeños contenedores, casa por casa, para recolectar solo alimentos (todos, no solo los compostables) en bolsas biodegradables que ahora van en un nuevo contenedor por inmueble de color café. Estos desechos se utilizan ahora para producir energía de biomasa.
Este esfuerzo, desde luego, requiere de un ejercicio de regulación apropiada, de financiamiento público de los servicios de recolección, sean estos provistos por el sector público o concesionados al sector privado y de voluntad política. A veces se piensa que estas regulaciones son solamente impuestas y dictadas desde arriba por la Comisión Europea. Ciertamente hay políticas coordinadas desde este ámbito y en ocasiones en desconexión con el sentir ciudadano. Pero en gran medida, las respuestas de los políticos a nivel municipal, de donde depende esta parte crucial de la economía circular, son en respuesta a la demanda activa por parte de los ciudadanos, en los cuales, cada vez más hay una conciencia y cultura de responsabilidad ecológica.
Ahora bien, la realidad de América Latina es, dirán algunos, muy diferente. Recientemente, me comentaban que era común encontrar contenedores quemados en diversas zonas de Bogotá por los grupos que tienen el negocio de recolección y reciclaje. Pero, es como todo, hay que abordar el tema con astucia y decisión política, entendiendo la realidad y procurando consultar y apoyar a las comunidades. Tuve recientemente la oportunidad de participar en un evento con comunidades de recolectores de base en Bogotá, y hay que decir que algunas políticas que se han venido tomando para organizar y formalizar agrupaciones de recolectores y profesionalizar el reciclaje con ellos, en lugar de, por ejemplo, doblegarlas y concesionar a un privado, me parecieron loables. También pude conocer el caso de una empresa (PCSHEK) que comenzó pequeña en el negocio del reciclaje de electrónicos y hoy es una referencia en América Latina.
Hoy que el Magisterio de la Iglesia ha tomado una actitud clara ante los desafíos ambientales, sin ideologizar el tema, los laicos debieran ejercer liderazgo en este ámbito tanto con iniciativas ciudadanas y empresariales, como en el ejercicio de gobiernos locales y nacionales, en los parlamentos y en los organismos internacionales. Ojalá lo ejerciéramos, sin temor a criticar, tanto los excesos del socialismo autoritario, como los del capitalismo libertario, ambos con evidentes limitaciones que, abren una oportunidad única para defender la novedad y propuesta de la Doctrina Social de la Iglesia. Seamos sensatos, defendamos con claridad sus principios y valores, y destaquemos los esfuerzos hacia un mundo más respetuoso del medio ambiente, vengan de quien vengan, evitando el simplismo de descalificar todo lo que tiene que ver con sustentabilidad como “globalista”.
Así que, alabado sea el Señor, por la circularidad presente en toda la naturaleza. Procuremos entenderla, de una vez por todas y masterizarla como tantas otras cosas que el ser humano ha logrado aprender a utilizar en su beneficio. Pongamos de nuestra parte para circular la línea, haciendo nuestros procesos de producción y consumo más compatibles con la naturaleza en lugar de tratar siempre de cuadrar el círculo, a nuestra mejor conveniencia y sin consideración por el planeta, los pobres o las futuras generaciones.





