Durante el Siglo XX, la democracia se volvió una aspiración popular en muchos países. Las tristes experiencias de los totalitarismos, que superaron con creces la violencia y el abuso de los sistemas autoritarios, sirvieron de acicate para que, independientemente de sus limitaciones, la democracia se considerara como un sistema posible, justo y más adecuado a la dignidad de todas las personas humanas. Incluso la Iglesia reconoció sus posibles valores, siempre y cuando también se establecieran unos límites a las posibles determinaciones que invadieran ámbitos ajenos a las decisiones mayoritarias, por ser parte de unos principios esenciales irrenunciables.
La Declaración de los Derechos Humanos de la ONU, asumida por consenso y firmada incluso por países que no la respetarían, sirvió de marco para indicar un posible orden humano social fundado en la dignidad humana, por ser, anterior y superior a cualquier ordenamiento jurídico, intrínseco y no otorgado. Un proyecto que sin ser vinculante, generaría pactos posteriores inspirados en ella. Un proyecto idealista, pero poco realizado.
Como quiera que sea, la liberación de las colonias, en muchos casos de forma violenta, y la caída de muchos gobiernos en Latinoamérica y Europa, dieron la impresión de que la hora de la democracia había llegado en el mundo.
El fenómeno fue analizado por los politólogos y se concibió la teoría de la transición democrática. Y aunque en cada caso el fenómeno se comportaba de diversas maneras, se aceptó que no se trata de un proceso lineal, seguro y que desemboca siempre en la meta propuesta.
Es más, parte de los procesos fracasaron y registraron regresiones políticas de diverso grado y dirección. En no pocas ocasiones, los anteriores detentadores del poder regresaron al mismo, bajo el disfraz democrático. El caso de Rusia es emblemático.
Se ha dicho con insistencia que para que haya democracia es necesario que existan demócratas. Pero, ¿cómo formarlos en un contexto autoritario o totalitario? Puede tenerse de la democracia una idea teórica, libresca, pero no práctica. Y los que de ella tuvieran una idea más o menos bien formada, eran unos cuantos, los estudiosos, los ilustrados.
Muchos eran idealistas, pero desconocían lo que significaba que en la democracia se comparte el poder de diversas formas y quien conquista puestos de autoridad, no están solos, hay contrapesos y rivales. En ocasiones se requieren alianzas con otros grupos, incluso no afines y eso implica pactos y acuerdos no siempre deseados ni los mejores.
En no pocos casos, las transiciones han requerido del impulso común de fuerzas divergentes pero que consideran necesario unir fuerzas para generar la alternancia en el poder, pero una vez alcanzado, el acuerdo se rompe y surgen rivalidades, ambiciones y confrontaciones que provocan el estancamiento del proceso, y generan insatisfacción en el pueblo, a quien se ofrece la democracia como remedio de todos los problemas, especialmente los del desarrollo, lo cual ha provocado que en muchos casos la democracia se desprestigie rápidamente.
Aún casos emblemáticos y hasta heroicos, como fue el de la democratización de Polonia gracias al surgimiento de Solidaridad, son aleccionadores. La unión de fuerzas sociales de diversa orientación a la postre sería el detonante, con el fracaso del sistema socialista, de la implosión del bloque soviético, con todo y el intento de Gorbachov de salvarlo con la perestroika y el glasnost.
La figura de Lech Walesa tuvo tal impacto, que le lo llevó a recibir el Premio Novel de la Paz. Sin embargo, se vio atrapado en un proceso tal que a pesar de que durante la lucha del Sindicato Solidaridad afirmó insistentemente que no buscaba el poder político, terminó como Presidente de su país, en medio de tensiones y hasta acusaciones de haber sido colaboracionista con el Gobierno.
No resulta fácil entender la dinámica y los problemas de una transición, y no siempre hay quien intente explicarla. Sin embargo, Adam Michnik, uno de los protagonistas de la lucha de Solidaridad, lo ha intentado. En su libro “En busca del significado perdido. La nueva Europa del Este”, hace un conjunto de explicaciones y reflexiones que más allá de la experiencia polaca, podrían servir para el análisis introspectivo de otras transiciones, el papel de los actores y los fracasos en el intento.
Pueden existir análisis desde fuera, de los observadores, pero siempre resulta interesante lo que pueden y quizá deban decir los actores protagónicos de estos procesos, aunque siempre se corre el riesgo de responsabilizar a otros de los errores y no reconocer los propios. Se necesita humildad, una virtud que suele desaparecer incluso en muchos bien intencionados, cuando se han probado las mieles del poder y se añora su pérdida.
Como quiera que sea, la lectura de la obra de Michnik podría servir de examen de conciencia que guíe a algunos políticos fracasados en el proceso de transición, para analizarse y revisar lo ocurrido en el caso propio, quizá para sacar lecciones, aplicarlas o aconsejar a quienes siguen en el afán democratizador.
Esto parece necesario para quienes creen que la política es algo noble, incluso la forma más alta de la caridad para aprender la lección y no tirar la democracia por la borda, dejando a quienes la tergiversan el control del poder de los pueblos.





