La tragedia de la independencia. Parte II

Gerardo Garibay Camarena

La tragedia de la independencia. Parte II
Como explicamos en la primera parte, superada la gravísima turbulencia de la Guerra de Sucesión, y ya en manos de una nueva dinastía, España vivió a lo largo del siglo XVIII el trance de pasar del modelo descentralizado medieval de los Austrias hacia la propuesta centralista y moderna de los Borbones.

La consolidación de un Estado ilustrado, impuesto por medio de las reformas borbónicas, marcada por la arrogancia tecnocrática de los nuevos burócratas produjo inevitables protestas y desajustes, como la rebelión de Túpac Amaru II, en el Perú; sin embargo, en términos generales, el imperio se mantuvo en paz.

Durante el reinado de Carlos III, que se extendió por casi tres décadas en la recta final de aquel siglo, el imperio vivió una época de comparativa tranquilidad, mientras que las posesiones de la Corona española alcanzaron su máxima expansión territorial, extendiendo su control sobre buena parte de Sudamérica y llegando, por el norte, hasta territorios de lo que hoy conocemos como Alaska.

Integrando la vocación exploradora, tan propia del alma española, con el interés científico de la época, España lanzó también algunas de las expediciones más importantes de la historia humana hasta entonces, incluyendo la encabezada por Alejandro Malaspina, que recorrió América y el Pacífico, así como la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, encabezada por Francisco Javier Balmis, que llevó la casi recién descubierta vacuna contra la viruela a numerosos rincones del Imperio, desde las grandes ciudades virreinales, hasta pequeñas islas y zonas rurales.

Además, el perfeccionamiento de los procesos mineros abrió la puerta a una gigantesca cantidad de riqueza, encarnada en minas como la de Valenciana, ubicada en lo que hoy es Guanajuato, y que para finales de aquel siglo era fuente de hasta el 30% de la plata extraída a nivel mundial, ayudando con ello a que el peso de plata español, conocido como “real de a ocho”, se consolidara como la primera moneda de alcance verdaderamente global.

Mientras tanto, en el corazón del imperio, el majestuoso Palacio Real de Madrid se convertía en símbolo levantado en piedra y lujo de la solidez de la monarquía, que también podía presumir algunos éxitos militares frente a Inglaterra, destacando el invaluable apoyo que la Corona española brindó a las Trece Colonias norteamericanas para alcanzar su independencia, aislando así a Londres del nuevo mundo, porque tras el triunfo del General Washington, Inglaterra mantuvo únicamente algunos islotes del caribe y sus posesiones en el extremo norte del continente, que difícilmente valían lo que costaban.

España entró, pues, al siglo XIX como uno de los mayores poderes de la Tierra. Quizá ya no como la principal potencia europea, pero todavía como una de las grandes fuerzas globales, con una administración en pleno perfeccionamiento y posesiones que parecían haber atravesado sin mayores dificultades el ajuste derivado de las reformas borbónicas, de la independencia estadounidense y la revolución francesa. A inicios del siglo XIX, todo parecía razonablemente bien. En menos de veinte años, sin embargo, todo se iría rotundamente al carajo.

Las razones fueron múltiples: la primera, que ya explicamos, fue el rompimiento del modelo de administración española, reemplazado con una imitación del sistema francés; sin embargo, también influyeron el veneno del nacionalismo y, todavía más, el romanticismo que desde la propia Francia se había extendido entre las clases gobernantes, tanto en la península como en los reinos de ultramar; el desgaste político y la inconformidad derivados de las ya citadas reformas que, más allá de las confrontaciones abiertas, sí habían generado profundas tensiones y desconfianza entre los grupos de poder, especialmente en América.

En pocas palabras, el agotamiento de un modelo que durante tres siglos había sostenido un imperio gigantesco, pero que ahora enfrentaba el trauma de un cambio de época en el que tenía mucho que perder y muy poco que ganar.

A ello se sumaba la creciente voracidad geopolítica de los imperios anglosajones, ahora multiplicados por dos tras la exitosa independencia de los Estados Unidos de América. La nueva república rápidamente dio sus primeros pasos en el plano global, incluyendo, a partir de 1801, sus exitosas intervenciones contra los piratas berberiscos en el norte de África, muestra temprana y contundente de una capacidad logística que, con mayor razón, debía ser tomada en cuenta en la propia Norteamérica.

Y, por supuesto, apenas detrás de bambalinas se encontraba la influencia de la masonería, al mismo tiempo motor y producto de la modernidad; y estrechamente vinculada, en intereses y visión, con los intereses británicos, que a su vez estaban profundamente enfrentados en términos religiosos, políticos e ideológicos con la tradición de la Corona española.

Aquí vale la pena un paréntesis: la masonería surgió en su configuración moderna durante el siglo XVIII, en parte como evolución de los gremios contemporáneos, aunque pronto elaboró para sí misma genealogías simbólicas que remitían a figuras y civilizaciones antiguas: egipcios, celtas y muchas otras (que ya no existían y por ende no podían desmentir el relato).

No fue un fenómeno aislado. Los siglos XVIII y XIX estuvieron repletos de grupos iluministas, esotéricos y ocultistas, que pretendían ofrecer a sus integrantes conocimientos supuestamente secretos. Lo que volvió distinta a la masonería fue su capacidad para construir redes que trascendían los diques tradicionales. Tras la caída del Imperio romano, las sociedades europeas se reconstruyeron a partir de una perspectiva estamental: la persona intervenía en la sociedad y la política a través de su corporación (ya sea como parte de la nobleza, del ejército, de la Iglesia o de la burguesía). Durante siglos, cada uno de esos estamentos había operado como un mundo relativamente separado, con su propia jerarquía y sus propias motivaciones.

La novedad del modelo masónico consistió en integrar, dentro de una institución permanente y con una narrativa común, a personas de niveles altos y medios de distintos estamentos. Las logias quizá no tuvieran entre sus filas al rey, pero sí a más de alguno de sus parientes con entrada en la familia real; tal vez no estaban los máximos mandos del ejército, pero sí decenas o cientos de oficiales ambiciosos; posiblemente no el Papa o los principales obispos, pero sí multitud de sacerdotes, párrocos, frailes, abades y miembros del clero medio y llano; acaso no los mayores potentados de la burguesía, pero sí comerciantes y profesionistas.

Todos ellos actuando en coordinación, sostenidos por una narrativa que le otorgaba una especie de nobleza simbólica (los rangos) a sus aspiraciones particulares, y dentro de una estructura de secrecía que facilitaba la gestión interna de sus lealtades y brindaba además un componente de misticismo, especialmente atractivo para sectores medios. Es decir, para aquellos que tenían capacidad de influir dentro de sus respectivos estamentos, pero al mismo tiempo, estaban inconformes con las estructuras tradicionales que -consideraban- les impedían competir en mejores condiciones por las principales posiciones de liderazgo.

El resultado fue demoledor. En apenas un par de décadas, la masonería pasó de ser una moda de la sociedad londinense a convertirse en una poderosa red de influencia política y social que definiría el rumbo europeo durante los siglos XVIII y XIX. En el camino, participó en los grandes procesos que cuestionaron instituciones y paradigmas tradicionales, dos de las cuales eran, precisamente, el Papado, en Roma y la Corona española, en Madrid.

Cerrado el paréntesis, estaban, pues, servidos, los ingredientes del colapso, erosionando lenta, sutil e implacablemente las estructuras del Imperio. Faltaba solamente un catalizador, y este llegó con los primeros años del siglo XIX.

Aplicando una falta de escrúpulos geopolíticos muy francesa, los Borbones españoles habían terminado aliados con el emperador Napoleón, heredero de la misma Revolución que poco antes llevó a la guillotina a su primo Luis XVI. Después de todo, la alianza parecía una opción lógica: los ejércitos napoleónicos avanzaban por Europa central y su dominio parecía demostrar en los campos de batalla la superioridad —y hasta el carácter aparentemente inevitable— del modelo francés de gobierno y de sociedad.

España invirtió en respaldo de Francia mucho más que buenos deseos. El ejército y el tesoro español se empeñaron en la lucha de ambas naciones contra los odiados británicos, a un costo monumental producto de una larga guerra de desgaste, aderezada por desastres a gran escala, como la infausta batalla de Trafalgar (1805), que significó la destrucción de la armada española, que -para todo efecto práctico- dejó de existir como factor de poder en Europa.

Los barcos españoles, que durante tres siglos habían literalmente ampliado el mundo, estaban ahora en el fondo del mar, arrastrando junto con ellos buena parte del prestigio del ejército y de la Corona. Desde Madrid, el rey Carlos IV, desesperado por reconstruir su armada, su ejército y su propio orgullo, ordenó que la Corona se apropiara —sí, se apropiara, porque hay pocas maneras más suaves de decirlo— del dinero de la Iglesia, a través de la “Consolidación de Vales Reales” y de la intervención en los recursos custodiados en las cajas de ahorro que durante siglos miles de comunidades indígenas habían mantenido para sustentar necesidades locales.

Al apropiarse de esos recursos, y aunque prometió reponerlos (promesa inverosímil donde las haya) Carlos IV demostró a los ojos de sus súbditos americanos que el modelo borbónico no les tenía respeto ni aprecio, y con ello terminó de resquebrajar los lazos de lealtad entre la Corona y sus reinos al otro lado del mundo.

El vínculo estaba roto. Solo faltaba un pretexto para hacerlo evidente; ahí entró Napoleón, uno de los personajes más destructivos de la historia europea. El costo de sus ambiciones es incalculable, y resultó especialmente nocivo sobre España, su supuesta aliada.

En 1807, Napoleón se acercó a Carlos IV para pedirle acceso al territorio español. Como parte del Tratado de Fontainebleau, las tropas francesas marcharían a través de España, con el pretexto de invadir (y repartirse) a Portugal, en represalia por la alianza de este reino con la gran enemiga: Inglaterra.

En tiempos más felices y sensatos, un rey español difícilmente habría siquiera considerado la posibilidad de convertir su propio país en pasillo para que los franceses atacaran a Portugal, por muchas promesas de posterior repartición que le hicieran desde Paris. Sin embargo, el siglo XIX no era precisamente una época de felicidad o sensatez.

Carlos IV carecía de ambas virtudes, así que permitió el paso de las tropas francesas. Lo que ocurrió después fue tan trágico como irónico: una vez dentro de España, Napoleón decidió ahorrarse intermediarios y arrebatarle el trono a Carlos IV para entregárselo a su propio hermano, José Bonaparte, el célebre «Pepe Botella».

Carlos IV intentó abandonar Madrid y mover su capital a la Ciudad de México (a semejanza de lo que poco antes había hecho el rey de Portugal, trasladándose a Brasil) pero el pueblo madrileño se enteró de la huida y desató el motín de Aranjuez, que derivó en la renuncia de Carlos IV a favor de su hijo Fernando VII, solo para que unas semanas más tarde, reunidos ambos por Napoleón en Bayona, tanto Fernando como Carlos renunciaran al trono y celebraran el ascenso de “José I”.

España había caído. Pero entonces, como recordando aquella sentencia del Cantar de Mío Cid: “¡Dios, qué buen vasallo, si tuviese buen señor!”, el pueblo español resultó bastante más valiente e indómito que sus propios monarcas, Carlos IV y Fernando VII.

Las rebeliones espontáneas de la Península se transformaron rápidamente en guerrillas que durante seis años resistieron la ocupación francesa y finalmente expulsaron al invasor. Fue una guerra amarga y crudelísima, que costó la vida a cientos de miles de personas y dejó devastada buena parte de la península.

Un siglo antes, las olas de la turbulenta Guerra de Sucesión no habían logrado destruir el Imperio. Esta vez la situación era distinta: ya no existían los mismos diques, ni los mismos baluartes de legitimidad y confianza. La propia Corona se había encargado de debilitarlos sistemáticamente durante décadas. En medio de la tormenta, la crisis golpeó de frente, y arrasó todo a su paso.

En Sudamérica, Inglaterra utilizó sus redes políticas, comerciales y militares, incluyendo a la masonería, infiltrada en el ejército y la burocracia ibérica, para ‘devolver’ a España el golpe que había significado la independencia de las colonias norteamericanas. Militares criollos, como Simón Bolívar y José de San Martín, formados en las guerras europeas, encabezaron después los movimientos independentistas.

Ahí aparece una de las grandes ironías de toda esta tragedia: la misma Inglaterra que en la España peninsular “ayudaba” a los españoles a combatir la ocupación francesa, con la otra mano apoyaba intereses, redes y fuerzas para demoler el imperio español.

¿Por qué? El interés británico consistía en impedir que España quedara sometida a Francia, pero no en preservar el poder de Madrid. Inglaterra podía preferir una España independiente, sí, pero debilitada y sin el peso global de su antiguo Imperio. Por ello, el dinero, los recursos militares y el apoyo estratégico británico —y, en menor medida, norteamericano— alimentaron los movimientos independentistas sudamericanos operados alrededor de figuras como los ya mencionados Bolívar y San Martín.

Las guerras de independencia resultantes fueron, simultáneamente, guerras civiles, porque sectores muy amplios de la población combatieron del lado realista y defendieron la continuidad de la Monarquía española frente a los rebeldes, una lealtad especialmente visible en regiones como el Perú.

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En México, la historia fue un poco distinta.

Mientras que en Sudamérica los movimientos independentistas estuvieron encabezados por militares abiertamente traidores y élites criollas con agendas y conexiones internacionales, operados y financiados directamente desde Londres, la rebelión novohispana nació en condiciones más caóticas.

En 1808, ante la ausencia de un Rey legítimo, un grupo de funcionarios y miembros de la élite política de la Ciudad de México intentó un mecanismo de autonomía que preservara la lealtad a Fernando VII y no implicara romper con España. Para ello contaban con el respaldo del virrey José de Iturrigaray.

Si hubiera funcionado, el país se habría ahorrado todo el drama subsecuente. Sin embargo, como en todo buen teatro, estando el virreinato a punto de la salvación llegó la trágica noche del 15 de septiembre de 1808, cuando un golpe de estado derrotó al proyecto y dejó a la Nueva España encaminada hacia una crisis peor, mucho peor.

La calma chicha se rompió, literalmente a gritos, justo dos años después, la madrugada del 16 de septiembre de 1810, no bajo la voz y el liderazgo de un militar, sino de un sacerdote carismático, talentoso, frívolo y ambicioso: Miguel Hidalgo y Costilla.

Hidalgo era culto e intelectualmente inquieto, hábil para el romance y la intriga. Había tenido dificultades con las autoridades eclesiásticas, tras involucrarse en escándalos por presunta malversación de fondos y en un conflicto de egos con la jerarquía eclesiástica de Valladolid (hoy Morelia), lo que le valió ser relegado a un “exilio” en la parroquia de Dolores, desde donde continuó cultivando relaciones políticas, familiares y de amistad con los círculos sociales de las vecinas ciudades de Guanajuato y Querétaro, donde se involucró con la conspiración encabezada por el corregidor y otros miembros de la élite local.

Los detalles se vuelven más confusos a partir de ahí, pero parece claro que el movimiento estaba pensado originalmente para ser encabezado por militares como Ignacio Allende, y estallaría, sí, en 1810, pero hasta diciembre.

¿Qué pasó? Cuando la conspiración fue descubierta, Hidalgo se lanzó a la confrontación abierta y asumió, en un hábil golpe de mano político, el liderazgo del movimiento, aprovechando para ello su posición como párroco y combinando proclamas tan contradictorias como las de proclamar vivas a Fernando VII, acompañadas del grito de “vamos a coger gachupines”.

Lo que siguió fue grotesco.

Hidalgo reunió rápidamente a decenas de miles de personas y avanzó hacia Guanajuato, donde el 28 de septiembre ordenó la masacre de la Alhóndiga de Granaditas. Las “tropas” de Hidalgo, incapaces de control o disciplina militar alguna, arrasaron el edificio y asesinaron a sangre fría a decenas de familias, niños, mujeres y ancianos que ahí se habían refugiado, empezando por el intendente Juan Antonio Riaño, amigo personal del propio cura de Dolores.

Embriagado por el poder y por el crecimiento vertiginoso de su movimiento, Hidalgo adoptó títulos de enorme grandilocuencia: primero “generalísimo de las Américas” y luego “su alteza serenísima” (sí, el mismo que luego le copió otro narcisista de lo peor, Santa Anna).

La multitud que acompañaba a Hidalgo carecía de una estructura política e ideológica, y ni el cura ni sus cómplices eran capaces de controlar el caos que habían desatado. Durante los meses siguientes protagonizaron múltiples episodios de violencia contra la población civil, especialmente en Valladolid y en Guadalajara. Quizá por ello, Hidalgo decidió no entrar a la Ciudad de México, pese a que todo indicaba que podrían conquistar la capital del virreinato.

Ya sea por un golpe de consciencia, al saber que su ejército desataría una masacre peor que las anteriores, o por un mero cálculo militar ante la inminente llegada de las fuerzas realistas al mando de Félix María Calleja, Hidalgo retrocedió.

Semanas después, en el Puente de Calderón, la turba independentista se encontró por primera vez contra un ejército verdadero. Del lado de Hidalgo había casi 100 mil personas; una ventaja de 20 a 1 sobre los 5,000 realistas que les plantaron batalla, pero aun así los aplastaron. Ahí, el 17 de enero de 1811, terminó en fracaso el movimiento de Miguel Hidalgo.

Tras la humillante derrota, los independentistas emprendieron la graciosa huida hacia Estados Unidos; y en el camino, Ignacio Allende, harto de los caprichos, banalidad e incompetencia del “bribón del cura”, lo arrestó, le despojó de su absurdo título de generalísimo e incluso llegó a considerar envenenarlo.

Para mediados de marzo, fueron capturados y entregados a las autoridades virreinales. El proceso subsecuente le dio a Hidalgo la oportunidad de arrepentirse, y así lo hizo: condenado a muerte, pidió y obtuvo la confesión, la reconciliación con la Iglesia y el perdón de sus pecados. Su cabeza y la de Allende, junto con las de Aldama y Abasolo, adornaron durante la década siguiente las cuatro esquinas de la Alhóndiga de Granaditas, en escarmiento y memoria de las familias inocentes que asesinaron ahí.

A Hidalgo le siguió José María Morelos, también sacerdote convertido en jefe militar. Mucho más talentoso, y con más visión de Estado que su antecesor, Morelos consolidó una zona bajo control insurgente entre 1812 y 1815, convocó el Congreso de Anáhuac (quizá inspirado en el precedente del Congreso Continental que había acompañado la independencia de los Estados Unidos) y le dio forma la Constitución de Apatzingán.

Sin embargo, sus proyectos colapsaron. En 1815, Morelos fue capturado, juzgado y ejecutado. Durante su proceso también se reconcilió con la Iglesia y proporcionó muy valiosa información a las autoridades virreinales sobre la estructura y los recursos del movimiento insurgente, que a partir de ese momento quedó reducido a la categoría de bandolerismo, aunque quedaban guerrillas aisladas, como la de Vicente Guerrero, y llegaron expediciones como la de Francisco Javier Mina, arribado desde Europa con la esperanza de repetir la estrategia británica tan exitosa en Sudamérica, pero no encontraron apoyo popular.

No hubo independencia. Lo que sí hubo fue el robo, el saqueo, el asesinato y la destrucción sistemática en las regiones arrasadas por las fuerzas de Hidalgo y otros grupos insurgentes, que a imitación de este sembraron el terror a lo largo del país.

Pienso, por ejemplo, en el caso de propia ciudad natal, Irapuato. Ahí la Virgen de la Soledad se convirtió en patrona justamente por su intercesión para proteger a las familias que se habían refugiado en un templo del centro de la villa para refugiarse de los ataques del “insurgente” Albino García, que pretendía matar a los civiles a cañonazos, y fracasó en el empeño.

En Irapuato, entonces, por intercesión de la Virgen María, de acuerdo con la tradición que hasta ahora permanece, aquel ataque fracasó y los insurgentes fueron finalmente derrotados por fuerzas realistas encabezadas por Agustín de Iturbide.

Sería justamente Iturbide quien, en 1821, terminaría encabezando, ahora sí, la Independencia de México, y lo haría impulsado por otra turbulencia peninsular.

Para 1814, España había derrotado a Napoleón, y Fernando VII recuperó el trono que le correspondía por derecho. Ya de regreso en Madrid, primero aceptó y poco después repudió la Constitución de Cádiz, proclamada en 1812 durante el fragor de la guerra contra los franceses.

El rey desató con ello una nueva crisis política, pues los liberales lo obligaron a cumplir su palabra y someterse a la Constitución, dando pie al Trienio Liberal, un periodo de caos y virulencia, que finalmente concluiría en 1823 (ya muy tarde como para salvar el imperio) mediante una nueva intervención de las potencias europeas, encabezada por los Cien Mil Hijos de San Luis.

En América, y particularmente en la Ciudad de México, las veleidades del Trienio Liberal provocaron indignación, de forma que para principios de 1821 estaba en plena marcha la Conspiración de La Profesa, con Agustín de Iturbide como jefe militar que negoció la paz con el último de los líderes independentistas Vicente Guerrero. Ambos personajes se fundieron en el Abrazo de Acatempan y con las tropas de Guerrero integradas a las de Iturbide, avanzaron hacia la capital bajo el manto de las Tres Garantías: independencia, religión y unión.

Todo ello mientras el flamante virrey, Juan de O’Donojú, viajaba desde España hacia el puerto de Veracruz. Cuando O’Donojú llegó a México, entendió que la independencia era ahora la causa de prácticamente toda la clase política y que resistirse a lo inevitable hubiera sido tan absurdo como contraproducente. Firmó los Tratados de Córdoba, reconoció la independencia y murió un par de meses más tarde, tras una brevísima estancia al frente de una Nueva España que había dejado de existir.

Así, el 27 de septiembre de 1821, las tropas de Iturbide, convertidas de facto en el primer ejército del nuevo país, entraron triunfalmente en la Ciudad de México. La independencia, en nombre de la cual tantas atrocidades se habían cometido durante la década anterior, llegaba ahora entre vítores, flores y palmas, sin necesidad de un solo disparo ni una sola muerte, porque ya no era una cuestión de disputa civil, sino de consenso entre la clase gobernante.

Sin embargo, también fiel a esa tan mexicana afición por el surrealismo, la independencia quedó marcada desde el inicio por una identidad casi esquizofrénica: entre el “aztequismo” de la Declaración de Independencia (tanto más irónico considerando que los firmantes eran casi por completo españoles), y la petición dirigida por esos mismos liderazgos a Fernando VII para que el rey de España aceptara convertirse en monarca del flamante Imperio mexicano, con la previsión de que, si su majestad no tenía ganas de moverse de Madrid, enviara entonces a cualquiera de sus familiares para que gobernara.

Sí, después de todo lo dicho, el México que se había declarado independiente no lo era por repudio a la Corona, sino, en buena medida, por repudio al bando liberal. Ahora le solicitaba al rey su presencia y su gobierno. Y si Fernando VII hubiera sido un poco menos incompetente, habría aprovechado la oportunidad de mantener una vinculación directa con el que siempre había sido el mayor y más importante de sus reinos americanos.

Nuevamente, esto seguramente también le habría ahorrado a México mucha de la sangre y de la violencia que marcarían las décadas siguientes. Pero la tragedia ya estaba en marcha, y Fernando VII era demasiado necio e inepto como para entenderlo.

México, independiente más a fuerza que de ganas, e “imperio” a falta de otra cosa, acabó con el propio Iturbide como emperador, al menos durante unos meses. Un par de años después, Agustín ya había sido desterrado, exiliado y fusilado cuando se le ocurrió regresar al país sin enterarse de que había sido condenado a muerte; trágico destino en el que le seguirían tantos cientos de miles de mexicanos durante las olas de violencia política que definieron al país hasta bien entrado el siglo XX.

En Sudamérica, Simón Bolívar tuvo considerablemente más éxito y logró convertirse en gobernante de la Gran Colombia, un mega país que parecía levantarse como un fantasma del Imperio español, pero ya sin España. Como buen espectro, este se diluyó a los pocos años, dejando tras de sí a las actuales repúblicas de Ecuador, Panamá, Colombia y Venezuela.

Tras la tormenta, España ya no era realmente ni imperio, ni potencia, ni patatas. Le quedaban tan solo algunas islas del Caribe, las Filipinas y un puñado de islotes más en el Pacífico. La gran apuesta borbónica por modernizar el país, sin perderlo en el camino, fracasó. España pasó el resto del siglo XIX sumida en una sucesión de guerras civiles, el caos de la primera república, las humillaciones políticas y la derrota en la guerra de 1898 contra los Estados Unidos.

Un siglo perdido del que, si acaso, pudiera rescatarse la pálida recuperación económica y el pequeño amanecer industrial en los gobiernos de Alfonso XII y XIII. Eso, mientras cientos de miles de españoles se lanzaron a la mar, dejando casi vacías regiones enteras de la península para emigrar a los antiguos territorios del Imperio y encontrar oportunidades de comercio y de prosperidad entre sus hermanos, los españoles americanos, que ahora se inventaban nuevas banderas y nuevos países.

Así terminó el episodio de las independencias, con muy poco de gloria y mucho de desastre; muy poco de victoria y mucho de tragedia.

  • Una tragedia para España, que perdió un imperio y una gran parte de su propia nación, desplomada además al asiento trasero de los asuntos europeos, alejada de la mesa de las grandes potencias y sometida a un ciclo de caos, violencia y pobreza del que apenas lograría salir tras el final de la Guerra Civil, ya bien entrado el siglo XX.
  • Una tragedia para los indígenas americanos, que perdieron la protección y el respaldo de la Corona y quedaron a merced del capricho y la violencia de sus “compatriotas” criollos. En el México “independiente”, las tierras comunales, que se habían preservado en manos indígenas desde los albores de la conquista, cayeron en manos de latifundistas. Además, las lenguas indígenas quedaron reducidas a su mínima expresión, mientras los muy antiespañoles criollos imponían el español como la lengua “civilizada” de sus nuevos Estados. Escenas similares se repitieron en buena parte del continente.
  • Una tragedia para la población en general, sometida a siglo y medio de violencia política, guerras civiles y guerras internacionales; estas últimas especialmente absurdas en el caso de América del Sur, donde conflictos como la Guerra del Pacífico y la Guerra de la Triple Alianza alcanzaron niveles de auténtica catástrofe humana al calor de banderas y naciones tan artificiales en la política como indistinguibles en la práctica.
  • Una tragedia incluso para los criollos aparentemente vencedores, ahora convertidos en amos y señores de países mucho más pequeños, sometidos y pobres que los virreinatos a los que reemplazaron.

Por ejemplo, la clase criolla de la Ciudad de México se inventó una república, pero a cambio perdió el control de Centroamérica, del Caribe, de las Filipinas y de todos los territorios del norte. En apenas una generación pasaron de un país con más de cinco millones de kilómetros cuadrados y una fuerza económica comparable a las mayores potencias del mundo, a otro “independiente”, sí, pero menor a los dos millones de kilómetros cuadrados, hundido en la pobreza, irrelevante en el plano internacional e incapaz de controlar sus propias fronteras o industria. El patio trasero de los Estados Unidos, pues.

Historias similares se pueden contar sobre el resto de América Latina (quizá con la breve excepción de la prosperidad argentina a finales del siglo XIX). En términos generales, durante el siglo XIX las naciones independientes cayeron por debajo de sus pares europeos; en el siglo XX las rebasaron los países asiáticos y ahora pinta a que los rebasen los africanos en el siglo XXI.

No ganó España. No ganaron las naciones independizadas. No ganaron ni sus gobernantes ni los pueblos a quienes dominaban. Ganaron, como en toda buena tragedia, quienes operaban desde fuera: Estados Unidos, fagocitando a la Nueva España para consolidarse como la única superpotencia regional, e Inglaterra, controlando buena parte de los mercados sudamericanos, a los que convirtió en colonias de facto sin necesidad de banderas o cañonazos.

¿Pudieron ser distintas las cosas? ¿Qué hubiera pasado si las guerras de independencia hubieran terminado en fracaso? ¿Habría sido mejor mantenerse como parte del Imperio?

No hay respuestas fáciles. Después de todo, Cuba y Filipinas se mantuvieron en el Imperio durante casi un siglo más y su suerte no fue, en ningún sentido, mejor que la de quienes rompieron lazos en la primera mitad del siglo XIX.

De fondo, España condenó a su imperio desde el momento en que intentó gobernarlo a la francesa en lugar de a la española. La estrategia de multiplicar los impuestos (para finales del imperio en Nueva España se pagaban un 70% más per cápita que en la península, injusticia que con tanta razón como amargura denunció, por ejemplo, el propio Morelos) centralizar las decisiones e intensificar el control implicó una sentencia de muerte para la comunidad de pueblos y de naciones reunidas bajo el trono hispánico. La flexibilidad y la diversidad que permitía el modelo de los Habsburgo se asfixiaron bajo la bota tecnocrática de los Borbones. Lo demás fueron consecuencias: crisis que, tarde o temprano, iban a ocurrir como parte de los dolores de parto en la transición desde la Edad Media hacia la modernidad, cada una con sus propias virtudes y sus propios delirios.

Dicho lo anterior, cabe aclarar que pretender ahora, tantos años, sangre y generaciones después, darle la vuelta al reloj y volver a armar el viejo imperio es una mera fantasía. Sin embargo, quizá todavía pueda repararse algo.

Para España y para América Latina, la única ruta viable de cara al futuro muy probablemente está en la integración. En estos tiempos, en los que la ya superada modernidad queda atrás, para dar vida a una nueva época, la mejor esperanza que tienen las naciones hispanoamericanas para ser relevantes es la unidad -o cuando menos la comunidad– que puedan construir más allá de las banderas, del dolor y de la historia; eso, aunque parecieran nuestros pueblos y nuestros gobiernos, a ambos lados del Atlántico, tan empeñados en redoblar los errores en lugar de enmendarlos.

No es casualidad. Después de todo, la mejor síntesis de la tragedia de la independencia la proclamó el propio Simón Bolívar, con esa claridad que dan los años. Unas semanas antes de morir, y casi a modo de soliloquio final escribió:

“La América es ingobernable para nosotros. El que sirve una revolución ara en el mar. La única cosa que se puede hacer en América es emigrar. Este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles, de todos colores y razas. Devorados por todos los crímenes y extinguidos por la ferocidad, los europeos no se dignarán conquistarnos. Si fuera posible que una parte del mundo volviera al caos- primitivo, este sería el último período de la América”.

Sí, tan claro como eso “El que sirve una revolución ara en el mar”.

La tragedia è finita. Cierra el telón.

Cita este artículo

Garibay Camarena, G., (2026, octubre 30). La tragedia de la independencia. Parte II. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/la-tragedia-de-la-independencia-parte-ii/

 

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