Regiones clave como el Indopacífico concentran tensiones crecientes, donde rutas comerciales, recursos estratégicos y equilibrios militares se entrelazan con disputas territoriales y demostraciones de fuerza en “zona gris”. A diferencia de los conflictos clásicos, la confrontación actual se despliega en ámbitos híbridos que incluyen mercados, cadenas de suministro, infraestructura crítica y diplomacia global. En este contexto, ciertos puntos geográficos adquieren un valor decisivo, al concentrar el potencial de una escalada que podría redefinir el equilibrio mundial y transformar una competencia latente en un conflicto abierto.
A diferencia de la Gran Guerra y de la Segunda Guerra Mundial, a partir de la segunda mitad de la década de 1940 las superpotencias evitaron el enfrentamiento directo gracias –o a causa– del riesgo de una escalada de proporciones apocalípticas. El respeto mutuo que las armas nucleares imponen ocasionó, además, que la Guerra Fría –expresión acuñada por George Orwell en 1945– tampoco comenzara con un evento dramático –una declaración formal, una invasión, un ultimátum–, sino como un proceso gradual de desconfianza, rivalidad geopolítica y confrontación ideológica entre Estados Unidos y la Unión Soviética.
Aunque habían sido aliados contra el nazismo, las tensiones surgieron con rapidez pasmosa en torno al orden mundial de la posguerra, especialmente ante la consolidación del control soviético sobre Europa del Este, en abierto contraste con la visión occidental. Las conferencias de Yalta y Potsdam evidenciaron esas fracturas, mientras la expresión “cortina de hierro” acuñada por Goebbels y popularizada por Churchill con un discurso en 1946, la Doctrina Truman de 1947 y el Plan Marshall, consolidaron una política de contención frente al expansionismo comunista. Este Nuevo Orden, configurado entre 1947 y 1948, dio paso a un mundo dividido en bloques y a una rivalidad que se prolongaría hasta 1991.
En lugar de una peligrosísima confrontación bélica directa, los dos titanes recurrieron a guerras subsidiarias –conflictos en terceros países donde apoyaban a bandos opuestos mediante armas, financiación, entrenamiento o asesoría–, así como a una intensa carrera armamentista, espionaje y competencia ideológica. Estos conflictos causaron millones de muertes, devastaron economías y sembraron inestabilidad de larga duración en regiones enteras. Nadie, claro está, se atrevió a llamarlos por su nombre en aquellos momentos.
La Tercera Guerra Mundial, que no se llamó así
Este precedente histórico permite interpretar las tensiones actuales entre China y Estados Unidos como una Segunda Guerra Fría e incluso, en términos más honestos dada la magnitud del fenómeno, como una Cuarta Guerra Mundial.
Una vez más, en esta era nuclear dos gigantes tienden a evitar la confrontación directa para preservar –con calculada frialdad– la supervivencia de la humanidad.
Durante la Guerra Fría, las guerras por delegación ocurrieron en todo el globo, a menudo vinculadas a luchas de descolonización, guerras civiles o disputas regionales de poder, reenmarcadas piadosamente como batallas ideológicas. Entre las más significativas:
Guerra Civil China (1945–1949). Los comunistas, apoyados por la URSS, derrotaron a los nacionalistas, respaldados por EE.UU., lo que condujo al establecimiento de la China comunista y a la retirada de los nacionalistas a Taiwán. Una isla que, setenta y cinco años después, sigue siendo el epicentro de la siguiente crisis posible.
Guerra Civil Griega (1946–1949). Los comunistas, alentados por Yugoslavia e indirectamente por la URSS, lucharon contra el gobierno griego, socorrido por EE.UU. y el Reino Unido mediante la Doctrina Truman. Ganó el gobierno.
Guerra de Corea (1950–1953). Corea del Norte, apoyada por la URSS y China, invadió Corea del Sur, auxiliada por la coalición de la ONU liderada por EE.UU. La guerra terminó en un armisticio. La península sigue dividida. El armisticio cumple ya más de siete décadas.
Guerra de Vietnam (1955–1975). Vietnam del Norte y el Viet Cong, respaldados por la URSS y China, lucharon contra Vietnam del Sur, con masivo involucramiento estadounidense entre 1965 y 1973. Los comunistas finalmente unificaron Vietnam tras la retirada estadounidense, que los manuales de historia describieron durante años con el elegante eufemismo de “vietnamización”.
Guerra Civil Angoleña (1975–2002). El Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA), ayudado por la URSS y Cuba, luchó contra la Unión Nacional para la Independencia Total de Angola (UNITA), con patrocinio de EE.UU. y Sudáfrica, y el Frente Nacional para la Liberación de Angola (FNLA). Un conflicto multifacético en África que duró casi tres décadas; suficiente para que al menos dos generaciones de angoleños no conocieran otra cosa.
Guerra Soviético-Afgana (1979–1989). La URSS invadió el país para apoyar a un gobierno comunista –y, de paso, avanzar hacia una salida al océano Índico–; los rebeldes muyahidines estuvieron fuertemente armados y financiados por EE.UU. -a través de la Operación Ciclón-, Pakistán, Arabia Saudita y otros. La retirada soviética contribuyó decisivamente al colapso de la URSS. Las consecuencias sobre el terreno aún se procesan.
Otros conflictos e intervenciones indirectas notables incluyeron la crisis del Congo (1960–1965), la Guerra de Ogadén (1977–1978), la Revolución Nicaragüense y la Guerra de la Contra (1979–1990), la Guerra Civil Salvadoreña (1980–1992), los diversos conflictos en Indochina –incluyendo el apoyo a facciones en Laos y Camboya– y múltiples episodios en Oriente Medio, donde EE.UU. apoyó a Israel y la URSS apoyó a estados árabes como Egipto y Siria.
El intervalo de la luna de miel
A partir de la caída del muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989, y de la disolución de la Unión Soviética, el 26 de diciembre de 1991, Estados Unidos vivió su luna de miel: sin competencia real por la supremacía geopolítica. Los estrategas de Washington, embriagados por lo que Francis Fukuyama denominó “el fin de la historia”, llegaron a convencerse de que la dominación permanente del planeta entero era no solo deseable sino posible. La Estrategia de Seguridad Nacional de noviembre de 2025 es, en este sentido, brutalmente honesta al reconocer que las élites estadounidenses “persiguieron un objetivo fundamental no deseable e imposible y, al hacerlo, socavaron los medios mismos necesarios para lograrlo” (Trump, 2025, p. 2).
Esta hegemonía sin contrapeso se extendió, en lo esencial, hasta la presidencia de Barack Obama (2009–2017). A partir de entonces, los focos de tensión comenzaron a leerse, cada vez con mayor nitidez, como episodios de contención ante una posible escalada entre China y Estados Unidos.
La Cuarta Guerra Mundial en curso
Los principales conflictos o tensiones entre los dos gigantes se concentran en el Indopacífico, donde EE.UU. y sus aliados han aplicado estrategias de disuasión, construcción de alianzas y presencia avanzada dirigidas explícitamente a limitar la expansión militar de China, sus reivindicaciones territoriales y su capacidad de desafiar los intereses estadounidenses, especialmente en el contexto de Taiwán.
La propia Estrategia de Seguridad Nacional (NSS) de Estados Unidos, publicada en noviembre de 2025, lo confirma sin ambages: Taiwán es prioritaria, en parte por su dominio de la producción de semiconductores y en parte porque su control proporcionaría acceso directo a la Segunda Cadena de Islas, lo que dividiría el noreste y el sureste asiático en dos teatros distintos (Trump, 2025, p. 23). Un tercio del comercio marítimo mundial transita anualmente por el Mar del Sur de China; las implicaciones para la economía estadounidense son, por tanto, inmediatas y cuantificables (Trump, 2025, p. 23).
En el plano doctrinal, estas estrategias se describen habitualmente como “contención” o “disuasión integrada”. Se articulan mediante alianzas como el Quad –Diálogo de Seguridad Cuadrilateral entre EE.UU., Japón, Australia e India– y AUKUS –alianza estratégica militar entre Australia, el Reino Unido y EE.UU.–, así como mediante la Estrategia de Cadenas Insulares, que integra archipiélagos desde Alaska hasta Oceanía para trazar una frontera de defensa marítima frente al adversario. La NSS subraya la necesidad de continuar profundizando la cooperación cuadrilateral con Australia, Japón e India como eje de la seguridad regional (Trump, 2025, p. 21).
China, por su parte, ha privilegiado desde la década de 1980 una política de no alineamiento, evitando compromisos militares vinculantes para mantener flexibilidad estratégica. Su única alianza defensiva formal es el tratado con Corea del Norte (1961), que prevé asistencia mutua en caso de ataque, aunque Pekín ha actuado con notable cautela al respecto. Más allá de ello, China desarrolla asociaciones estratégicas y cooperación militar –especialmente con Rusia, pero también con Irán, Pakistán y en el marco de la Organización de Cooperación de Shanghái– que incluyen ejercicios conjuntos, transferencia tecnológica y coordinación diplomática, sin obligaciones automáticas de defensa. En teoría podría recibir respaldo práctico de países como Rusia o Irán; en la práctica, carece de garantías formales de intervención colectiva, lo que limita su proyección global, pero reduce los riesgos de escalada automática.
El Mar del Sur de China: zona gris en tiempo real
El ejemplo más claro y activo de confrontación armada de baja intensidad, enmarcada como contención, son los enfrentamientos en zona gris entre Filipinas y China, en curso desde 2023. China ha empleado buques guardacostas, milicia marítima y tácticas de zona gris –embestidas, cañones de agua, maniobras de bloqueo, apuntamiento láser– contra misiones de reabastecimiento filipinas cerca de Second Thomas Shoal, Scarborough Shoal y Sandy Cay en las islas Spratly. Los incidentes se intensificaron en 2025.
EE.UU. ha respondido con patrullas y ejercicios conjuntos con Filipinas, Australia y Japón; con la ampliación de bases bajo el Acuerdo de Cooperación de Defensa Reforzada (EDCA); con despliegues rotativos de tropas, y con sistemas avanzados de misiles, como el misil de medio alcance Typhon desplegado en el norte de Luzón. Washington ha invocado repetidamente el Tratado de Defensa Mutua de 1951, advirtiendo que un ataque armado contra fuerzas filipinas activaría sus obligaciones. China, a su vez, acusa a EE.UU. de “cerco” y de utilizar a sus aliados para provocar inestabilidad. El libreto resulta familiar.
Todo apunta a que existe un esfuerzo deliberado, liderado por EE.UU., para impugnar las reclamaciones de control de facto de China –la línea de nueve puntos rechazada por el tribunal arbitral de 2016– y disuadir una agresión más amplia que podría amenazar las rutas marítimas o facilitar un bloqueo a Taiwán. La NSS señala que un eventual control del Mar del Sur de China por parte de una “potencia hostil” podría derivar en la imposición de un sistema de peaje sobre una de las rutas comerciales más vitales del mundo, con consecuencias directas para la economía estadounidense, y que esta amenaza exige no solo inversión militar sino cooperación activa desde India hasta Japón (Trump, 2025, p. 24). Las conversaciones diplomáticas, incluido el Código de Conducta entre China y la Asociación de Naciones de Asia Sudoriental (ASEAN) –Tailandia, Indonesia, Malasia, Singapur y Filipinas–, continúan sin resolverse.
El Estrecho de Taiwán: la joya de la corona
La presión militar china y el apoyo disuasorio estadounidense en el Estrecho de Taiwán, intensificados entre 2024 y 2026, no constituyen una guerra abierta, pero tampoco se parecen mucho a la paz. Se caracterizan por incursiones aéreas y navales casi constantes del Ejército Popular de Liberación, ejercicios a gran escala –incluido un importante simulacro de bloqueo en diciembre de 2025– y coerción sistemática en la zona gris. La respuesta estadounidense, con paquetes armamentísticos récord –más de once mil millones de dólares aprobados en 2025– y una cuidada ambigüedad estratégica, se considera la piedra angular para encarecer cualquier intento chino de reunificación forzosa.
La NSS de 2025 es explícita al respecto: disuadir un conflicto sobre Taiwán, idealmente preservando la superioridad militar, constituye una prioridad de primer orden, y EE.UU. mantendrá su política declaratoria de larga data, lo que significa que Washington no apoya ningún cambio unilateral del statu quo en el estrecho (Trump, 2025, p. 23). Una posición que Pekín conoce de memoria y que, precisamente por ello, no le convence.
En 2025–2026, la política estadounidense mostró elementos transaccionales –algunos anuncios de armas se retrasaron en medio de negociaciones comerciales con Pekín–, pero la estrategia subyacente de reforzar las defensas de Taiwán para elevar el coste de cualquier acción china permanece como el principal punto de fricción, y el más probable detonador de una escalada directa. La NSS vincula esta lógica de forma explícita: una disuasión sólida abre espacio para una acción económica más disciplinada, mientras que una economía más fuerte sostiene la disuasión a largo plazo (Trump, 2025, p. 20).
La frontera del Himalaya: el frente olvidado
Los enfrentamientos periódicos en la frontera himalaya entre India y China persisten desde el enfrentamiento en Ladakh de 2020 –con las muertes en el valle de Galwan como momento más grave– aunque los acuerdos diplomáticos aliviaron algunas fricciones hacia 2025. India ha respondido con aumento de tropas, nuevas carreteras y bases militares, y medidas económicas contra China.
El vínculo con EE.UU. es indirecto pero estratégico: la profundización de los lazos de defensa entre Washington y Nueva Delhi –el Quad, intercambio de tecnología, ejercicios conjuntos– forma parte explícita de la estrategia estadounidense en el Indopacífico para contener la influencia china a lo largo de la frontera y en la región en general. La NSS de 2025 señala la necesidad de mejorar las relaciones comerciales y de otra índole con India para alentar a Nueva Delhi a contribuir a la seguridad del Indopacífico, incluyendo la cooperación cuadrilateral continuada (Trump, 2025, p. 21). China acusa a EE.UU. de utilizar a India en sus esfuerzos de cerco. Nueva Delhi, con la elegancia que caracteriza a su diplomacia, prefiere no pronunciarse al respecto.
Ucrania: el frente oblicuo
Aunque EE.UU. no lo reconocerá, la guerra entre Ucrania y Rusia –iniciada en 2022– también puede verse como un factor de contención en el contexto de la rivalidad entre EE.UU. y China. La ayuda occidental a Ucrania ha reducido la capacidad militar rusa, socio clave de China a través de su entente “sin límites”, lo que podría debilitar cualquier desafío bilateral a EE.UU. Este conflicto también demuestra la determinación estadounidense y disuade una acción china sobre Taiwán, además de que limita recursos que China podría explotar de otro modo.
China, por su parte, ha proporcionado a Rusia bienes de doble uso y cobertura diplomática, mientras se beneficia económicamente. Pekín podría considerar la guerra como una estrategia indirecta para distraer a Washington de Asia. Sin embargo, la mayoría de los análisis la tratan principalmente como un conflicto impulsado por Rusia. La NSS de 2025 lo confirma implícitamente: su objetivo declarado es la cesación expedita de hostilidades en Ucrania para apuntalar las economías europeas, prevenir una escalada no deseada y restablecer el equilibrio estratégico con Rusia, así como para hacer posible la reconstrucción de Ucrania como Estado viable –no para enmarcarlo abiertamente como frente anti-chino (Trump, 2025, p. 25).
No puede ignorarse tampoco que el conflicto fue en parte azuzado por la expansión sistemática de la OTAN hacia el Este desde la década de 1990. EE.UU. había diferenciado el trato entre China y Rusia desde la era Nixon precisamente para desincentivar su cooperación en el Pacífico. La guerra en Ucrania ha invertido parcialmente esa lógica, empujando a Moscú hacia Pekín con una intensidad que los estrategas de Washington difícilmente anticiparon.
El patio trasero ampliado: la doctrina Trump en acción
Otros conflictos y movimientos en curso –que no encajan perfectamente en el marco de contención militar directa contra China, pero sí en una estrategia global más amplia de reafirmación estadounidense– completan el cuadro bajo la administración Trump/Vance (2025–2029). En todos ellos, el patrón es reconocible: asegurar el “patio trasero”, las rutas comerciales críticas y los flancos estratégicos, debilitando socios o inversiones chinas. Las justificaciones oficiales varían; los resultados apuntan en la misma dirección.
Groenlandia. Trump ha reiterado que EE.UU. debe poseer Groenlandia de una forma u otra, para impedir que China o Rusia controlen sus recursos y las rutas árticas. En enero de 2026 escaló con amenazas de aranceles del 25% a la UE y Dinamarca, y no descartó el uso de la fuerza militar. Pekín lo llamó una excusa para el expansionismo estadounidense. Es contención ártica clásica: asegurar flancos ante la expansión china en el Ártico y, de paso, presionar las rutas de submarinos rusos por el Estrecho de Dinamarca y el GIUK Gap. La NSS de 2025 respalda esta lógica al señalar que EE.UU. negará a los competidores no hemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas o controlar activos estratégicamente vitales en el hemisferio, y que asegurar el acceso a ubicaciones estratégicas clave es condición de la seguridad y la prosperidad estadounidenses (Trump, 2025, pp. 15–16).
Venezuela. El 3 de enero de 2026, EE.UU. lanzó una operación militar en Caracas, capturando a Nicolás Maduro y su esposa para ser trasladados a territorio estadounidense por cargos de narcoterrorismo. Washington anunció que gestionará Venezuela temporalmente para reconstruir su infraestructura petrolera. China era el principal acreedor e inversor petrolero del régimen; la operación cortó los lazos chino-rusos en el Mar Caribe y aseguró el acceso energético estadounidense. El marco oficial, no obstante, fue la lucha antidroga y el cambio de régimen –no explícitamente la contención de Pekín–, lo que permite a la administración presentarlo como limpiar el vecindario, no como geopolítica de grandes potencias. La distinción es conveniente. La NSS encuadra este tipo de acción en la lógica del “Trump Corollary” a la Doctrina Monroe, que autoriza a EE.UU. a negar cualquier incursión o control de activos estratégicos por parte de competidores no hemisféricos, y a utilizar incluso la fuerza letal para neutralizar organizaciones narcoterroristas (Trump, 2025, pp. 15–16).
Irán. El conflicto con Irán se desarrolla en dos fases diferenciadas. La primera fue la Operación Midnight Hammer, ejecutada el 22 de junio de 2025 por la Fuerza Aérea y la Armada de EE.UU. en el marco de la Guerra de los Doce Días: un ataque puntual contra tres instalaciones nucleares iraníes, cuyo nombre recoge explícitamente la NSS de noviembre de 2025 (Trump, 2025, p. 28). La segunda es la Operación Epic Fury, nombre oficial del Departamento de Defensa para la campaña militar más amplia y continua iniciada a finales de febrero de 2026, que incluye ataques aéreos, actividad naval y despliegue de sistemas avanzados como buques no tripulados, frecuentemente coordinada con la Operación Roaring Lion de Israel. Ambas operaciones comparten objetivos declarados: el cambio de régimen y el desmantelamiento de las capacidades nuclear y misilística iraníes. Irán era socio clave de China en la compra-venta de petróleo y como parte del eje con Rusia. Debilitar a Teherán reduce distracciones para EE.UU. ante un escenario de tensión sobre Taiwán y corta una ruta de apoyo chino. La NSS encuadra la primera operación como condición para un Oriente Medio más estable y menos hostil a los intereses estadounidenses (Trump, 2025, p. 28); la segunda, posterior a la publicación del documento, prolonga esa lógica con mayor alcance e intensidad. No se presenta oficialmente como contención anti-China –es prioritariamente anti-Irán–, pero los efectos estratégicos se acumulan en la misma dirección. China condenó ambas operaciones.
México y la presión comercial. Desde 2025, una guerra comercial entre EE.UU., México y Canadá –con aranceles del 25%, parcialmente revertidos por la Corte Suprema estadounidense– se complementa con la designación de cárteles como organizaciones terroristas extranjeras y amenazas explícitas de intervención militar unilateral. México respondió imponiendo aranceles del 50% a importaciones chinas en enero de 2026 para alinear sus cadenas de suministro. Trump vincula explícitamente la presión a frenar los precursores chinos de fentanilo y la evasión comercial china vía México. Es contención económica inequívoca, aunque el motor oficial sea la migración y las drogas. La NSS lo explicita entre sus prioridades: poner fin a las exportaciones de precursores de fentanilo que alimentan la epidemia de opioides, y contrarrestar las prácticas comerciales predatorias que incluyen la evasión arancelaria a través de países intermediarios (Trump, 2025, pp. 20–21). La coincidencia con los intereses comerciales anti-chinos es, digamos, perfectamente casual.
El Canal de Panamá. Desde su toma de posesión, Trump amenazó con recuperar el canal por motivos de seguridad nacional, alegando control chino a través de los puertos operados por Hutchison Ports. En enero de 2026, la Corte Suprema de Panamá anuló el contrato chino, lo que fue interpretado como una victoria estadounidense. Pekín amenazó con represalias. La NSS de 2025 lo enmarca sin rodeos dentro del “Trump Corollary” a la Doctrina Monroe, señalando que EE.UU. asegurará el acceso continuo a ubicaciones estratégicas clave en el hemisferio y expulsará activamente la influencia de competidores no hemisféricos sobre infraestructura crítica como puertos y redes de comunicación (Trump, 2025, pp. 15, 18–19).
OTAN, Canadá y España. La presión sobre los aliados de la OTAN para incrementar el gasto de defensa hasta el 5% del PIB –un estándar que la NSS denomina el “Compromiso de La Haya”– tiene una lógica dual: fortalecer el flanco europeo y liberar recursos estadounidenses para Asia (Trump, 2025, p. 12). Las amenazas anexionistas sobre Canadá y los aranceles forman parte de la misma guerra comercial de 2025–2026. En marzo de 2026, Trump amenazó con un embargo comercial total a España después de que Madrid negara el uso de sus bases –Rota y Morón– para las operaciones en Irán. Es presión por lealtad operativa, no contención anti-China directa, pero ilustra la lógica transversal de la administración: quien no suma, resta.
América Latina y los nuevos aliados. El acercamiento de líderes como Javier Milei en Argentina, así como a gobiernos afines en Chile y otros países, forma parte de la estrategia hemisférica. Los gobiernos pro-Trump y abiertamente anti-China facilitan la alineación contra la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI) –la nueva “Ruta de la Seda”– y permiten contrarrestar la influencia económica china en la región mediante diplomacia blanda. La NSS es explícita en este punto: EE.UU. utilizará su apalancamiento financiero y tecnológico para inducir a los países a rechazar la asistencia extranjera de competidores, demostrando los costos ocultos –espionaje, ciberataques, trampas de deuda– de la asistencia china supuestamente barata, y presentará a los socios regionales con una alternativa clara entre el orden liderado por EE.UU. o la influencia de países del otro lado del mundo (Trump, 2025, pp. 17–18).
En conjunto, todos estos movimientos amplían el marco de contención global que impone EE.UU. a China, al asegurar flancos, rutas y recursos, con el objetivo de que el país norteamericano pueda concentrarse en Asia sin distracciones ni dependencia china. Sin embargo, no son conflictos militares activos como el del Mar del Sur de China, ni se presentan oficialmente como contención de China –salvo en los casos de Groenlandia y Panamá. Son la expresión del estilo Trump: unilateralismo económico-militar para “America First” que, incidentalmente, reduce el espacio global de Pekín. El riesgo es que distraigan recursos o generen nuevas crisis que Pekín pueda explotar con paciencia estratégica; algo en lo que China, a diferencia de sus adversarios, no escatima.
El nombre que tardó en llegar
No fue sino hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial en 1939 cuando el nombre “Primera Guerra Mundial” –hasta entonces menos popular que el de Gran Guerra– se masificó. La existencia de un segundo conflicto global hizo necesario distinguirlos numéricamente. La lección es clara: los grandes conflictos no siempre se reconocen como tales mientras se viven.
Indudablemente, el mundo atraviesa ahora la Cuarta Guerra Mundial –siendo la Guerra Fría la tercera–, un conflicto que, a diferencia de los dos primeros, no se libra primordialmente en trincheras ni con misiles balísticos, sino en salas de consejos corporativos, cumbres diplomáticas, cables de fibra óptica y rutas comerciales estratégicas.
La rivalidad entre Estados Unidos y China, articulada mediante políticas de contención sistemática –aranceles punitivos, restricciones tecnológicas, alianzas militares– y una expansión de influencia sin precedentes a través de la BRI, redefine el concepto mismo de beligerancia: los ejércitos avanzan disfrazados de inversión y las conquistas se miden en puertos concesionados, parlamentos persuadidos y estándares tecnológicos impuestos.
La propia NSS de 2025 asume este diagnóstico sin llamarlo guerra, reconoce los errores de tres décadas de hegemonismo mal calibrado y propone una estrategia de “peace through strength” –paz mediante la fuerza– que evoca directamente la lógica de la disuasión de la Guerra Fría (Trump, 2025, p. 8). La ironía es que el documento más “realista” en décadas de política exterior estadounidense sea también el que dibuja con mayor nitidez los contornos de una guerra que nadie quiere nombrar.
Ciertamente, a diferencia de la tensión actual, entre las décadas de 1940 y 1980 casi no había comercio EE.UU.-URSS; hoy hay miles de millones en intercambios entre los dos polos. Tampoco hay ahora bloques tan rígidos; muchos países –Europa, India, ASEAN– buscan equilibrar sin alinearse completamente.
Aun así, en esta guerra sin declaración formal ni nombre, los frentes se extienden desde el Ártico hasta el Pacífico Sur, desde el África Subsahariana hasta América Latina, colocando el epicentro en el Mar del Sur de China. Cada nación que elige bando –o juega elegantemente a negarse a elegirlo– altera el equilibrio de una disputa que moldea el orden mundial con la misma profundidad que lo hicieron las grandes guerras del siglo XX.
Y si la historia de los grandes conflictos sugiere que toda guerra necesita su batalla decisiva, su Waterloo o su Berlín, los indicios apuntan con inquietante claridad hacia Taiwán. Ante las inequívocas señales de Pekín –la modernización acelerada del Ejército Popular de Liberación, los ejercicios de asedio simulado alrededor de la isla y la ventana estratégica que numerosos analistas sitúan en torno a 2027–, la reunificación forzada de Taiwán con el continente podría convertirse en el momento culminante de esta Cuarta Guerra Mundial: el instante en que el conflicto latente revele su verdadera naturaleza y obligue al mundo a reconocer la guerra que ya llevaba años librando.
Con todo, aunque China presuma de escribir su historia con perspectiva milenaria, tal vez su adversario más poderoso ahora es el reloj. Su crisis demográfica, provocada en gran medida por la política de hijo único –aplicada de 1975 a 2015– le avecina dificultades mayúsculas que le impedirán acrecentar su hegemonía en el corto o mediano plazo. Mientras Rusia y Europa se ven asfixiadas por crisis de la misma naturaleza, el siguiente al bat es India, cuya población seguirá creciendo. Cabe especular si habrá una quinta guerra mundial y trabajar para que no.
Referencias:
Trump, D. J. (2025, noviembre). National Security Strategy of the United States of America. The White House. En: https://www.whitehouse.gov/wp-content/uploads/2025/12/2025-National-Security-Strategy.pdf
Cita este artículo
Otis, A., (2026, abril 25). La cuarta guerra mundial. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/la-cuarta-guerra-mundial/
Enlace a edición mensual





