Ese arte que cayó en el olvido

Juan Pablo Aranda

Ese arte que cayó en el olvido
¿La política es podredumbre, es mácula que desgarra la límpida blancura de un lienzo; es enfermedad que carcome, silente, a su huésped; la política es cosa de bandidos, de canallas, de mentirosos y truhanes?

A state of social perfection would not be a state of

things where the social order would be realized to perfection.

It would be a state of things where there would no longer

be any need for what we call the social order.

That is to say that this concept is totally eschatological

(De Lubac, Paradoxes of Faith, 86).

I

            La política es podredumbre, es mácula que desgarra la límpida blancura de un lienzo; es enfermedad que carcome, silente, a su huésped; la política es cosa de bandidos, de canallas, de mentirosos y truhanes, de esos que ven solamente dos colores, el mío y el que no es mío, y trabajan por pintar el mundo del primero; es cosa de hombres—la mayoría—y mujeres, unas pocas, a las que el lastre machista deja pasar—que han llegado al poder con la mierda hasta las rodillas, pero a quienes rápidamente el poder da un baño de decencia, de pulcritud y de honor, que los hace aparecer dignos ante sus miserables pueblos; la política es un juego de ajedrez donde uno tiene todas las reinas y el otro, estúpidamente, quiere ser rey defendido por peones, es la jungla donde el rugido del león prevalece sobre la cobardía del cervatillo, donde los herbívoros agradecen dócilmente el que se les permita, al menos durante un tiempo, ocupar el espacio que pertenece a los depredadores; la política es palabra, ¡no!, palabrería, verborragia, barahúnda y, más veces que las que no, dulcísima propaganda que apacienta los corazones de los oprimidos y marginados, los descartados del mundo, quienes no parecen tener más alternativa que confiar en que, una vez de cada cien, una de cada mil, esa politiquería les haga justicia, les regale un poquito de eso que ellos mismos producen; la política es el insoportable esnobismo de tantos y tantos que dicen saber pero que, en realidad, no hacen más que poner trabas a lo que el sentido común dice de hace siglos, a saber, que la política es la afilada hoja que pende sobre la cabeza de los pueblos, lista para soltarse y arrebatar en un abrir y cerrar de ojos la existencia torcida y empequeñecida a la que el antojadizo y voluntarioso arte del poder nos ha reducido.

 

II

 

Hubo un sabio siglos atrás, tanto, que su nombre está perdido para la aplastante mayoría. Contrario a lo que uno imaginaría, el sabio no era viejo, sino joven, ¡jovencísimo!, nacido en 1530, en aquel siglo tempestuoso y definitorio para eso que habrá de llamarse Occidente.

El potentísimo y rijoso por naturaleza Lutero se encontraba en plena guerra contra la jerarquía católica—había clavado, no se olvide, sus noventa y cinco tesis en 1517; consecuencia de dicha pugna, el Concilio de Trento que revolucionaría al catolicismo estaba a escasos 15 años de dar inicio, un concilio cuya energía fue tal que no volvería a convocarse reunión semejante hasta la pugna entre ultramontanos y conciliaristas, en 1869.

El tiempo de este joven sabio es tiempo de grandeza, de definiciones, de dolores de parto de una Europa que se consolidaba moderna pero que, en el proceso, no dejaba de ser católica y que, por ende, necesitaba reconciliar la nueva época con el credo antiquísimo.

Es el tiempo de Erasmo, de Thomas More (y del depredador sexual a quien se opuso, costándole la cabeza, Henry VIII), y de Michel de Montaigne. Nuestro joven pisa la tierra, finalmente, tres escasos años después de la muerte de uno de los grandes de la política (no olvide el lector preguntarse, al final de este ensayo, ¿un grande de cuál política?), aquel a quien sus amigos apodaban Il Machia, el florentino apóstol del republicanismo moderno, Niccoló Machiavelli, a quien hoy, lastimosamente, se le utiliza para vender vulgares libros de “estrategia”, ya sea comercial, financiera o culinaria, anteponiendo su nombre a libros que no dicen nada y nada tienen que ver con semejante gigante del pensamiento.

Etiénne de la Boétie fue un joven sabio quien, a sus escasos 18 años, escribió una obra maestra del pensamiento republicano y liberal—si por liberal se entiende aquello que entendieron sus fundadores y no, como tristemente pasa hoy, los libertarios descerebrados, aynrandianos trasnochados del calibre de Javier Milei, Gloria Álvarez, Axel Kaiser, Agustín Laje y otros—intitulada Discours sur la servitude volontaire, extraordinario tratado sobre la servidumbre voluntaria a la que referirá, dos siglos después, Jean-Jacques Rousseau su Discours sur l’inégalité y en Du Contrat Social.

El corazón del argumento de la Boétie es de una sencillez que cala: ¿Cómo, se pregunta el joven sabio, es posible que sociedades enteras se reduzcan a sí mismas a la condición de servidumbre, trabajando para generar el dinero que hacer funcionar al gobierno del tirano, empuñando las armas que se vuelven contra ellos mismos, invocando un acuerdo implícito que empodera a ese que existe solo a condición de que la vastísima mayoría así lo permita? ¿Cómo es que hemos sido reducidos a una política de botas encima de los cuellos, de impuestos que asfixian sin matar, de abusos y excesos de insaciables gobernantes que contemplamos soñando ser nosotros quienes los gustemos un día? ¿Cómo, grita la Boétie, puede un pueblo someterse al capricho de uno, si no es porque algo en su corazón ha empezado a morir, porque su espíritu está contaminado, obstaculizado para cualquier obra de mediano valor?

La Boétie responde con una sabiduría difícil de encontrar a tan temprana edad. Los seres humanos, dice, pierden su libertad y abrazan voluntariamente la servidumbre por dos causas: el miedo y la costumbre. El miedo será brillantemente definido como la causa de la aceptación del yugo político por el padre del absolutismo, Thomas Hobbes, en su monumental Leviathan de 1651, prácticamente un siglo después de la publicación del Discours de la Boétie; más tarde, Hegel inmortalizará la reducción a la servidumbre por el miedo a la muerte en su famosa dialéctica del amo y el esclavo, en su Phänomenologie des Geistes, publicada en 1807.

Ambos, Hobbes y Hegel, coinciden en que existen seres humanos dispuestos a dar la vida con tal de dominar, de afirmarse y ser reafirmados por los demás, pero que también existen seres humanos que, aterrorizados por la posibilidad misma de la muerte, preferirán ofrecerse como esclavos a cambio de conservar la vida. El miedo es, pues, uno de los factores más importantes para comprender las razones para la servidumbre.

De acuerdo con la Boétie, una sociedad que pierde su libertad, una sociedad a la que le es arrebatada dicha condición se rebelará con todo su ser contra este atropello. De esta rebelión solamente dos resultados pueden ocurrir: o bien la sociedad realiza un sacrificio tal que logra conservar su libertad, echando a la calle o cortando la cabeza al tirano, o bien sucumbe a la violencia del agresor y es reducido a la servidumbre.

Aquí encontramos el segundo elemento, la costumbre. El joven sabio entiende perfectamente que, si bien la primera generación de hombres y mujeres libres se retorcerá con todas las fuerzas de su espíritu frente a los grilletes de la esclavitud, las siguientes generaciones, que no habrán nacido ya en libertad, rápidamente se acostumbrarán a la servidumbre, olvidando las mieles de la libertad y conformándose con las migajas que caen de la mesa del tirano.

De esta forma, cada día que vive un pueblo bajo la servidumbre será más difícil que se levante y que recupere su libertad, puesto que la vida libre se irá convirtiendo en un sueño lejano y oscuro, una idea que, a la distancia, produce menos anhelo de hacerla realidad que miedo de ser capturado en pecaminoso idilio.

Miedo y costumbre se confabulan, pues, para generar una camisa de fuerza de la que pocas sociedades son capaces de salir victoriosas y que, de hacerlo, tendrán que pagar por ello un altísimo costo de sangre, de paz y de bienestar.

 

III

 

El arte de la políticaNuestra realidad atraviesa por una etapa de servidumbre voluntaria evidente. Nos hemos rendido hace ya mucho tiempo ante el peso terrorífico del poder. Digámoslo con absoluta claridad: México comenzó un viraje democrático allá por la década de los ochenta y noventa del siglo pasado, cuando, subidos al alud democratizador provocado por la caída del Muro de Berlín en 1989, se sucedieron en nuestro país una serie de movimientos y presiones que obligaron al entonces partido hegemónico PRI a ofrecer concesiones institucionales a cambio de mantener el poder.

Dichas concesiones incluyeron, por supuesto, la progresiva entrada de diputados de partido y, luego, plurinominales en el Congreso (tema brillantemente desarrollado por el mejor politólogo mexicano de la segunda mitad del siglo, Alonso Lujambio), y la creación de instituciones autónomas como el otrora IFE (¡tan distinto a la bazofia comandada hoy por la cobarde Taddei!) y el extinto INAI.

México vivió ese viraje entre finales de siglo y los primeros años del nuevo milenio, apoyado por la transición que iniciase la docena trágica del PAN: doce años tirados a la basura y en los que, lejos de buscar componer el país y completar la transición democrática, los panistas encontraron que las mieles de la corrupción, la mentira y el olvido de los pobres eran más apetitosas que aquel arte que se perdió, aquel arte de la política entendida como creación de bienes comunes.

Lo que pasó después del cuestionable sexenio del soberbérrimo Felipillo Calderón y su guerra contra el narco es historia por todos conocida: México regresó a su normalidad, abrazó ya sin pudor la corrupción y las peores prácticas que nos dieron patria, y de la mano de Quique Peña Nieto, el ladrón cuya sonrisa casi lo atrapa a uno y, después, de Andrés Manuel López Obrador, el desquiciado megalómano que hundió a México en la artificial guerra, por él creada, entre chairos y fifís, México quedó enfrascado en un evidente retroceso, subido ahora al tsunami antidemocrático que azota el planeta: ése comandado por la imbecilidad casi caricaturesca de Donald Trump y una importante cantidad de gobiernos que coquetean un día sí y otro también con el ethos autoritario.

El mundo camina hoy, triste y preocupantemente, hacia un nuevo periodo de servidumbre voluntaria, de pueblos que han olvidado la importancia de vivir en libertad y han abrazado las comodidades del smartphone y sus redes sociales. ¡Qué mejor, parecen gritar nuestros conciudadanos, que dejar de mirar con horror los hilos que sostienen apenas nuestro mundo, y mejor voltear la mirada a videos cortitos e inofensivos que nos permitan reír un rato! ¡Comamos y bebamos, que el futuro ha muerto!

Recuerdo a ese gran profesor, Eric Herrán, que recordaba aquella crítica que, contra los filósofos de la desesperada era de la posguerra, se esgrimía, a saber, que les convendría escuchar un poco más de rock y tener un poco más de sexo que les relajaran ese sombrío y desencajado semblante. Parece que, al final, ha aceptado la humanidad el consejo, y ha abrazado el embrutecimiento casi con ternura, como aferrándose a la cuna donde fuimos niños, como olvidando ese mantra maldito de aquel alemán de porquería que nos invitaba a pensar: ¡al diablo con su Sapere aude!, imprudente filósofo!

 

IV

 

¿Será que es posible recuperar hoy una acepción de “política” que no nuble con pesados nubarrones nuestra mente, una política que nos rescate del naufragio contemporáneo y nos ponga en camino a una nueva forma de vivir?

Seré tremendamente honesto: si bien existe esa forma de pensar, no veo hoy posibilidades reales para que ésta prevalezca por encima de la visión de política como estercolero arriba descrita. Empero, creo y me parece imposible no creer en ello como una posibilidad permanente, que existen en el mundo liderazgos en potencia en cuyos hombros podría descansar el inicio de un cambio—dije el inicio, porque el desarrollo no puede darse sino desde lo local y con la colaboración de comunidades despiertas.

¿Qué es la política? ¿A dónde apunta su actividad? El primer acercamiento al término exige hacer un poco de historia. La política es la sublime facultad que eleva a la criatura humana por encima de las bestias. Existen animales gregarios (hormigas, abejas, etc.) pero no animales políticos.

La actividad política fue correctamente identificada por los antiguos griegos como la más sublime de las actividades humanas. Siendo el ser humano criatura especialmente frágil, casi incapaz de defenderse por sí mismo de los peligros de su entorno, la política implica este salir del mundo natural para crear un mundo humano que no solamente conserve nuestra vida sino que permita el desarrollo de las facultades que nos distinguen de los seres esclavizados por el instinto.

La política es, pues, condición sine qua non de las artes, la ciencia, la industria y el comercio. Para el griego de la Atenas clásica, quien no participa en política es un idiota, un ser cerrado sobre sí mismo cuya utilidad para la comunidad es nula. Una comunidad de idiotas será, por ende, una comunidad despolitizada (saque, cada uno, la conclusión que quiera).

El pensamiento cristiano continuó con esta lógica, simplemente recordando que los griegos se olvidaron del escalafón último de la existencia, a saber, de la vida del espíritu. La política, para la tradición judeocristiana, forma parte del orden divino.

En el texto veterotestamentario, el ser humano es llamado a administrar el orden creado. Y para hacerlo, debe organizarse políticamente. Todo el Antiguo Testamento da cuenta de estos esfuerzos humanos por implementar el gobierno que mejor se corresponda con la exigencia divina. Agustín considerará el gobierno como la herramienta, deseada por Dios, para organizar, controlar y castigar la persecución de los bienes de la civitas terrena; Santo Tomás irá más lejos, considerando la política como un bien en sí mismo, querido por Dios, por medio del cual las sociedades humanas generan condiciones de paz y bienestar: la ley es razón ordenada a bienes comunes, hecha por quien busca el bien de todos (ST I–II, q. 90, a. 2), y por ende la sujeción a un gobierno orientado al bien común no es castigo, sino una ordenanza que viene de nuestra naturaleza (ST I, q. 96, a. 4).

Surgirá, entre los siglos XIX y XX, la difícil cuestión de a quién, en la iglesia, le corresponde el ejercicio de la política. La Edad Media había generado una tremenda confusión de funciones, dotando a curas, púrpuras y carmines el derecho a (casi) todo y reduciendo al laicado a parvulario que debe ser contenido y gobernado.

El decreto del Vaticano II, Apostolicam actuositatem (§7), sobre el laicado, determinará con absoluta claridad que la política, esto es, el ordenamiento de las realidades temporales, es el ámbito de acción del laicado.

Henri de Lubac, extraordinario teólogo y arquitecto de la Constitución Dogmática Lumen gentium, explica el necesario distanciamiento del clero respecto del orden temporal: “Cuanto más un sacerdote es consciente de su altísima misión espiritual y es realmente fiel a ella, cuanto más tendrá derecho—porque tiene el correspondiente deber—de separarse de problemas meramente políticos y preocupaciones humanas” (Paradoxes of Faith 1987, 95). Aquí encontramos una razón para la crítica —¡que no condena!— que hiciera la iglesia a la teología de la liberación, donde algunos sacerdotes sentían la tentación de dejar de lado su ministerio para volcarse en la lucha política.

¿Qué es, pues, la política? ¿Es un marranero donde todo el que entra sale sucio, embarrado de inmundicia, o es más bien la prístina vocación de anteponer el bien común al bien individual? La realidad nos obliga a responder: es ambas. Y lo es porque el ser humano es libre y en dicha libertad está contenida siempre la posibilidad de invertir el orden establecido para convertirlo en la tiranía del ser humano.

Hoy vivimos —y la historia humana es esto y no otra cosa— una guerra entre formas más elevadas y menos elevadas de vida, entre quienes, a pesar de sus hondísimas debilidades, siguen creyendo en un mundo donde reine la justicia, la igualdad y la libertad y quienes, al contrario, han sucumbido a sus demonios y apuestan por saciarse en este mundo cerrando los ojos y el espíritu a aquello que ha de venir. La lucha no implica ganar.

Nuevamente es de Lubac: “El cristianismo nunca es triunfante” (ibid., 80). La lucha política se refiere a la decisión, al mismo tiempo individual y colectiva —resumiría yo, personal— sobre si abrazar los bienes de la civitas terrena o bien mirar a lo alto y ansiar aquellos que ofrece la civitas Dei. La buena política, ese arte que ha caído en el olvido, es la puesta en acción de esa decisión por los bienes de la ciudad

Cita este artículo

Aranda, J. P. (2026, 10 febrero). Ese arte que cayó en el olvido. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/ese-arte-que-cayo-en-el-olvido/

 

Enlace a edición mensual

Número 5, año 6, enero 2026 https://revistaforja.org/revista-forja-para-el-bien-comun-num-52/

Autor

  • Juan Pablo Aranda

    Doctor y maestro en Ciencia política por la Universidad de Toronto. Profesor investigador en UPAEP, donde también es director del Instituto Promotor del Bien Común (https://upaep.mx/biencomun/).

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