Para que un conglomerado humano sea estable es necesario que en su diario operar a lo largo del tiempo haya un equilibrio en su entorno físico entre los poderes reales internos y externos.
Entendiéndose por poder la capacidad que suele tenerse para lograr algo. El poder es relacional: A hace que B haga algo, aun en el interior de una persona es relacional; su valor domina el pánico que su inteligencia llega a sentir ante un peligro; o al revés: el pánico domina al valor.
Esta capacidad en términos sociales llega a expresarse ya sea como liderazgo, o como abuso por dominación. El más dotado en lo físico e intelectual llega a imponerse como jefe al que se le obedece en la medida en que haya un equilibrio entre protección y servicio. Por su parte, el abuso propicia abandono progresivo del grupo.
Así, de jefes tribales, de clan y chamanes, se llegó a reyes, y alrededor de estos surgieron consejos de ancianos, sabios y otros jefes de apoyo hasta dar pie a las teorías de gobierno, y a la división de poderes “constitucionales” (Montesquieu).
La producción, el comercio y la socialización dieron origen a otros poderes reales, el económico, la comunicación y, desgraciadamente, el pillaje -contra-poder social que nunca ha dejado de ser una fuerza a la que los poderes “legítimos” deben combatir-.
Otra expresión de poder que frecuentemente se manifiesta en geopolítica, es el “injerencismo”, es decir el poder que un vecino más fuerte puede ejercer sobre otro pueblo, nación o Estado.
La Historia es rica en ejemplos. En Occidente -mejor conocido para la mayoría de nosotros- el equilibrio en los primeros reinos bárbaros de Europa incluía en ocasiones el asesinato del rey para apresurar el reemplazo.
Ya Roma había dado ese ejemplo: pasó de reinado a república debido a la expulsión del último rey, Tarquinio el Soberbio, debido a su tiranía y abusos de poder. Así Lucio Junio Bruto encabezó la revuelta que dio paso a la República. Roma nos ofrece también ejemplos de injerencismo, el avasallamiento de Cartago como consecuencia de la Tercera Guerra Púnica, con lo que se hizo del control del Mediterráneo occidental.
Efectivamente la violencia parece ser el último remedio a la falta de equilibrio dinámico, violencia para buscar equilibrio: peligrosa paradoja.
México tiene siglos de haber aceptado los modernos sistemas de gobierno: somos una República Federal con separación constitucional de los tres poderes clásicos: Ejecutivo, Legislativo y Judicial. De esta forma procuramos tener el equilibrio interno y buscamos el externo, donde no hemos sido eficaces al permitir que nuestro vecino del norte haya llevado al extremo su injerencia sobre México en diversas ocasiones: desde tomar la mitad de nuestro territorio geográfico, hasta invadir la capital misma para llegar a obtener las firmas necesarias para legalizarlo. Igualmente, ha llegado a bloqueos de nuestros puertos y a algunas otras “gentilezas”.
¡Claro, eso ha sido en el pasado! Ahora todos somos muy considerados.
Pues bien, hoy la mayoría de los mexicanos nos hemos percatado de que los poderes legítimos e ilegítimos en nuestro país no están en equilibrio, por lo que vivimos en sosobra.
Algunos de los factores por los que los poderes se encuentran en desequilibrio, son:
- Se ha anulado la independencia y los equilibrios entre los tres poderes constitucionales con el avasallamiento del Poder Judicial, eliminando cualquir forma de defensa ante las arbitrariedades gubernamentales.
- Se han eliminado instituciones autónomas garantes de la democracia y de libertades y derechos de las personas.
- El poder y la justicia se han concentrado en una persona, eliminando el andamiaje constitucional y democrático que impedía los excesos de otros poderes.
- La incompetencia de servidores públicos colocados al frente de las dependencias del Ejecutivo limita y entorpece el logro de avances, la generación de bienes necesarios para el progreso y el bienestar de la población.
- La impunidad de la delincuencia organizada por la excesiva tolerancia o complicidad de las autoridades gubernamentales impide el imperio del Estado de derecho y, en su lugar, se vive el miedo, la sosobra, la inseguridad.
- La penetración y control -directo e indirecto-, por parte de la delincuencia organizada, de las dependencias encargadas de la seguridad y de la procuración e impartición de justicia impide que haya justicia en México, debido a la baja denuncia de delitos, la más reducida judicialización de las demandas y el bajísimo porcentaje de casos que se sancionan.
- En el exterior, nos tiene que avisar nuestro “caballeroso” vecino que nuestras instituciones financieras colaboran, al igual que algunos enumbrados políticos, con criminales cuya economía es casi igual a la formal y provocan la inseguridad mencionada.
¿Cómo recuperaremos nosotros el indispensable equilibrio para operar y vivir en paz?
El Dr. Jean Meyer, el hombre que puso sobre la mesa de la Historia la Cristiada de los años veinte, muestra con claridad algo que de manera incipiente empezaba a mencionar el historiador Enrique Krauze: ese conflicto lo resolvieron desde los Estados Unidos porque no les convenía ese desorden abajo de sus tres mil kilómetros de frontera sur.
El presidente Calvin Coolidge envió a Dwight Morrow para que con todo cuidado guiara a Plutarco E. Calles tanto en la creación del PNR como en la solución del injusto conflicto religioso.
¿Necesitamos hoy que “ayuden” a poner orden nuevamente?





