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Epidemias y Vacunas

por | Casa Común, Internacional, Salud

La actual pandemia de COVID ha cobrado ya millones de vidas, aún tenemos cifras escalofriantes de contagiados, la economía sufrirá una de sus peores crisis desde la II Guerra Mundial y las vacunas apenas comienzan a circular por el mundo. Urge que podamos superar esta crisis.

Sin embargo, no es la primera epidemia que causa estragos, ha habido otras más prolongadas y más mortíferas también.

En este marco conviene recordar la primera misión internacional para erradicar una de las más letales enfermedades de la historia: la Viruela.

Ya entrado el siglo XVIII esta enfermedad seguía haciendo estragos en todo el mundo y había aniquilado ya por varios siglos a millones de personas. Pero un médico inglés, de nombre Edward Jenner, observó cómo las mujeres que ordeñaban vacas no se contagiaban de la enfermedad; dedujo que gracias a que los animales habían desarrollado resistencia a la viruela las mujeres en contacto con ellas también tenían las mismas defensas. De ahí surgió la idea de inocular el fluido de la viruela de las vacas en personas, de manera que pudieran adquirir inmunidad. Por eso las vacunas se llaman así.

Comenzó a tener resultados satisfactorios y la noticia se divulgó rápidamente llegando a oídos del médico del Rey Carlos IV de España, el doctor Javier Balmis, quien convenció al monarca de poner los recursos necesarios para llevar este beneficio a todos los reinos y territorios del imperio más allá del océano.

Así se hizo y en 1803 partía de España la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna con rumbo a la Nueva España, primera misión internacional en su tipo. ¿Pero cómo harían para transportar la vacuna? Entran entonces otros personajes, otros héroes de esta épica historia. Primero 22 niños del Orfanato de la Caridad de la Coruña y su misma Rectora, la Enfermera Isabel Zendal, fueron convocados para este cometido. La idea del doctor Balmis era inocular a unos niños y de ahí obtener nuevas vacunas e inocular a otros, de tal manera que se hiciera una cadena que alcanzara a los más posibles.

Isabel Zendal, también huérfana de madre por causa de la viruela, se encargó de velar por el bienestar de los niños portadores de la vacuna, entre quienes se encontraba su propio hijo.

La misión fue todo un éxito y fue el principio para erradicar la enfermedad en el mundo. El doctor Balmis cruzó otro océano y partió del Puerto de Acapulco en la famosa Nao de China en 1805 con rumbo a Filipinas para continuar la misión, entonces administrada por la misma Nueva España.

Tras el regreso de la expedición a Acapulco en 1809, Isabel no retornó a España, muriendo en la ciudad de Puebla, después de entregar su vida por la causa de la salud.

Cuando la vacuna llegó a lo que hoy es México fue un gran acontecimiento. El Virrey de Iturrigaray, quien más tarde tendría un papel en el proceso de independencia, fue quien recibió a los expedicionarios y con el fin de que la población tuviera confianza en la vacunación mandó que las primeras vacunas se aplicaran en la plaza de armas de la capital novohispana y los primeros en ser vacunados fueron sus propios hijos.

Tanto a Balmis como a Isabel Zendal se les reconoce ampliamente en todo el mundo por su gran aportación. En México se otorga, desde 1974, el Premio Nacional de Enfermería “Isabel Cendala y Gómez”, en honor a la brillante y generosa enfermera.

También hay una estatua en su honor, en la Coruña. La OMS reconoció a Isabel Zendal Gómez como la primera enfermera de la historia en misión internacional; lleva su nombre la Escuela de Enfermería de San Martín Texmelucan en Puebla y la lista de los reconocimientos es mucho más larga.

Hoy debemos felicitarnos por tener en nuestra historia personas tan valiosas que nos dan ejemplo de vida entregada y fructífera.

(Ilustración del artículo: Constant J. (1820), El doctor Jean Louis Alibert (1768-1837) lleva a cabo una vacunación contra la viruela, (fragmento). Musée du Louvre, Paris. Tomado de: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Vaccination_anti_variolique_vers_1820.jpg)