En el Corazón de Latinoamérica: Redención o Ruina

Alonso Ignacio Salinas García

En el Corazón de Latinoamérica: Redención o Ruina
Desde las raíces dormidas de la Pequeña Cristiandad una alternativa a la herejía del americanismo y el imperialismo en el hemisferio Occidental.

Cuando las bombas estadounidenses cayeron sobre Caracas, la madrugada del 3 de enero de 2026, existió una reacción irreflexiva por el mundo conservador de los países latinoamericanos ante la captura del presidente de una nación soberana —sin perjuicio de ser su gobierno ilegítimo ya sea por las acusaciones “ex defectu tituli” es decir, cuando el gobernante es un usurpador sin justo título para ello sea, o “a regimene” por beneficiar a minorías particulares sobre el bien común como explica el Doctor Angélico en De regno, ad regem Cypri—.

Esta reacción sin cuestionamientos de fondo es propia de una enfermedad espiritual que había sido diagnosticada hace 127 años con precisión quirúrgica por el Vicario de Cristo.

Al respecto, el 22 de enero de 1899, el Papa León XIII dirigía una carta apostólica devastadora al cardenal James Gibbons condenando el «americanismo» como herejía fundamental, no simplemente como una desviación política, sino como una perversión del mismo depósito de la fe.

Dicha carta se titulaba como “Testem Benevolentiae Nostrae”, y desde aquí es necesario problematizar lo acontecido a comienzos de este nuevo año, pues lo advertido por el Romano Pontífice permanece hoy como el grito profético más penetrante jamás lanzado contra la ideología que reduce civilizaciones enteras a provincias de un imperio.

Dicho Papa identificó con claridad lo que el americanismo es realmente: un proyecto de subordinación de la verdad revelada a los «gustos y opiniones recientemente introducidas entre los pueblos«, es decir, no una simple política exterior, sino que un ataque frontal al patrimonio espiritual de la cristiandad, especialmente al magisterio de la Iglesia Católica y Apostólica, una pretensión de que los dogmas deben ser «moderados«, «adaptados» y “reemplazados” para ser palatables a un proyecto de modernidad del modelo cartesiano de la sociedad ilustrada de los imperios anglosajones que se creen a sí mismos como depositarios de la voluntad superior de Dios, predestinados a someter al resto de los pueblos y demostrar su propia salvación a través del éxito material. Una perversión propia del ángel caído Mammon: hacer bienes temporales como bienes intemporales, hacer bienes finitos del valor de los inconmensurables, plantear que el comercio es equivalente o superior a la evangelización, decir que hay un pueblo contingente sobre el Cuerpo Místico de Cristo.

Inclusive, el Vicario de Cristo de aquel entonces, León XIII, penetraba aún más profundamente en el alma de la herejía del imperialismo norteamericano. Denunciaba que los americanistas preferían las «virtudes naturales» (iniciativa, libertad individual sin restricción, búsqueda de riqueza material) a las virtudes sobrenaturales (humildad, obediencia, castidad, amor al bien común). Citando a San Agustín, concluía: «Maravillosas son las fuerzas y veloz el rumbo, pero fuera del verdadero camino«. Fuera del destino escatológico del acercamiento del Pueblo de Dios al Reino, por el contrario, una radicalización del espacio intermedio que es el saeculum hacia su caída originaria, en rechazo expreso a la redención de la naturaleza humana en Cristo.

Este diagnóstico es profético para nuestro tiempo. Pues el Magisterio de la Iglesia ha condenado la versión del libre mercado del capitalismo estadounidense que destruye las virtudes creativas de la iniciativa individual y la buena administración de la propiedad privada, promoviendo la lucha entre los ricos y pobres en un enfrentamiento ciego. El modelo de sociedad anglosajón ha producido una visión teleológica que subordina las comunidades de amistad a las comunidades de negocio en post de la supuesta eficiencia técnica, velocidad, innovación —»maravillosas fuerzas«— pero todas desvinculadas completamente de la verdad moral, de la justicia, de Dios. Pues “el fundamento de la propiedad es inseparable de la consideración de su uso, es decir, de su finalidad” como explica Emmanuel Mounier. Inclusive, como dijo antes el Doctor de la Iglesia, santo Tomás de Aquino, en su Summa theologiæ II-II, q. 66, a. 7., el fundamento de la propiedad privada es su buena administración para toda la sociedad, donde lo superfluo existe para toda la comunidad política: uso privado en razón común, propiedad privada como deber propio del uso y no como dominio.

En dicha línea, las virtudes naturales del utilitarismo: emprendimiento, laboriosidad, creatividad, al ejercerse sin la gracia sobrenatural que las ordena hacia fines verdaderamente buenos, sino que, por la mera acumulación, acaparamiento y en exclusión de los más pobres, es totalmente ateísante y anti cristiano. No por nada nos exhorta el padre y doctor de la Iglesia san Basilio de Cesarea de esta forma: “¿Quién es el hombre avaro? Uno para quien la abundancia no es suficiente. ¿Quién es el defraudador? El que quita lo que es de todos. ¿Y no sois vuestros codiciosos, no sois defraudadores, cuando retenéis para uso privado lo que se os ha dado para distribuir? Cuando alguien le quita la ropa a un hombre, lo llamamos ladrón. Y el que puede vestir al desnudo y no lo hace, ¿no debería dársele el mismo nombre? El pan que te sobra es de los hambrientos; el manto de tu guardarropa es de los desnudos; los zapatos que dejas pudrir son de los descalzos; el dinero en sus bóvedas pertenece a los indigentes. Todo lo que podrías ayudar y no hacer, todo esto lo estás haciendo mal” (Homilia in divites. Dives Stultus, Migne, Patrologiae Cursus Completus-Series Graeca, 31, Cols. 261-77. Siglo IV d.C.).

El resultado del americanismo, sucesor propio del Iluminismo y la Ilustración, es un sistema que enriquece a oligarcas mientras condena a millones a la desesperación, que bombardea naciones soberanas para robar petróleo, que transforma la vida sexual en mercancía y convierte a los pobres en desperdicios desechables. No es casualidad que fuera el imperio británico el que introdujo mediante la guerra el consumo de opio en China y que hoy los Estados Unidos de América sean el mayor consumidor de opioides. No es aleatorio que fuera el imperio británico el que promoviera una industrialización ciega que destruyó las comunidades y gremios en favor de una proletarización de los artesanos, mientras que, hoy en día todas las revoluciones liberales en el sexo, en la cultura, en la política o en la academia han sido orquestadas, planificadas y ejecutadas desde Washington por su “Deep State”.

En todo este malestar del imperialismo de la inculturación del individualismo y subjetivismo de la herejía promovida por los EEUU, sería bueno recordar que en la tradición intelectual latinoamericana existe un pensador que vio claramente los peligros de la pretensión estadounidense mucho antes de que fueran evidentes: Diego Portales.

El estadista chileno reconoció en la Doctrina Monroe proclamada en 1823 un intento de «reconfiguración del dominio, desde Europa hacia Estados Unidos«. Esto debido a que Portales comprendió cómo funcionaba el orden internacional contemporáneo, con un realismo penetrante y divorciado de la ética:

las grandes potencias actúan por interés y fuerza, nunca por altruismo. La defensa de la soberanía exigía —y aún exige—, por tanto, algo que la mayoría de políticos latinoamericanos carecían —y peor aún, siguen careciendo—: lucidez y autonomía estratégica.

Al respecto, Portales formuló cuatro principios para Chile que constituyen una matriz temprana del pensamiento antiimperialista latinoamericano:

1.- No adhesión ingenua a las promesas falsas de la doctrina Monroe.

2.- Diversificación comercial para no quedar atrapado exclusivamente en el hemisferio controlado por Washington.

3.- Países fuertes e independientes, capaces de defender su política exterior sin subordinación.

4.- Autonomía en alianzas regionales y rechazo irrestricto a la sumisión a aventuras multilaterales hemisféricas donde la potencia anglosajona es juez y parte, es decir, el árbitro más parcial posible.

 

Portales anticipa con precisión lo que ocurriría y hoy se replica con Donald Trump, pues la doctrina presentada como «América para los americanos» se convertiría en el fundamento ideológico del más brutal imperialismo. No era defensa contra Europa ni hoy contra China, Rusia o los BRICS, sino justificación de dominio estadounidense en favor de sus propias élites en desmedro de la paz social de nuestros países.

La historia ha demostrado que Portales tenía razón, pues desde la operación Jakarta, el financiamiento de las Iglesias Pentecostales y Mormones contra la Iglesia Católica, el asesinato de san Óscar Romero, la operación Cóndor o las guerras en África hasta la desestabilización irracional de Medio Oriente —contra consejo y requerimiento de los mismos consejeros de la Casa Blanca como Jeffrey Sachs— las razones, la ejecución y los resultados inmediatos —e incluso a largo plazo— son una directa vulneración al derecho a la vida y los principios informadores de la convivencia pacífica en las sociedades.

Desde el «Corolario Roosevelt» de 1904, que establecía explícitamente que EEUU podría intervenir militarmente en países latinoamericanos si estos cometen «irregularidades flagrantes» a los intereses del vecino del norte, por más de 200 años hemos sido testigos de la utilización de esta doctrina Monroe para justificar invasiones, golpes de Estado, saqueos económicos y represión sangrienta. La cifra es devastadora: entre 1898 y 1994, en menos de 100 años, el Gobierno estadounidense planeó y ejecutó al menos 41 golpes de Estado en América Latina —aproximadamente uno cada 28 meses—: México fue invadido y perdió el 55% de su territorio, Haití fue saqueado, Guatemala vio derrocar a Arbenz, Chile sufrió el golpe de 1973 con «manos estadounidenses manchadas de sangre» como el diario británico The Guardian escribió en su momento.

Ahora bien, lo que hace particularmente pernicioso a Monroe es que no es simplemente imperialismo crudo, sino imperialismo disfrazado de principio moral. «América para los americanos» suena noble hasta que se entiende que Estados Unidos se arroga el derecho exclusivo de decidir quién gobierna, quién prospera, y quién muere en «su» hemisferio.

Aquí radica la gran ironía contemporánea y el grave error de muchos conservadores bien intencionados, pues estos creen estar luchando una «guerra cultural» contra una «izquierda destructora» cuando el enemigo real es la modernidad, especialmente el liberalismo político y económico que se funda en los mismos valores y principios epistémicos que el subjetivismo irracional del liberal progresismo con su agenda de género. Inclusive, en esta guerra gramsciana fue el mismo Donald Trump quien desclasificó el financiamiento de la CIA a esta “Nueva Izquierda” desde tiempos de la escuela “Post-estructuralista” francesa. Los valores de la Ilustración y el Iluminismo con su negación a la existencia de la realidad fuera de los sentidos y en consecuencia de toda verdad metafísica, es el motor de la teoría económica del “value as power” y la independencia de los objetos sociales del mercado y la política de la ética, a consecuencia, de la naturaleza humana a quien deberían servir.

La «guerra cultural» es, ella misma, un concepto profundamente liberal, de una perspectiva modernista de la realidad política, puesto que asume que existen «bandos» irreconciliables en una lucha por imponer visiones de vida, pero esto es precisamente la lógica del liberalismo: la verdad no existe objetivamente. Detrás de la demagogia del irracionalismo del liberalismo está la vacua idea de que cada grupo lucha por su propia visión en un conflicto inevitable y resoluble solo por poder, donde el Mythos político de Maquiavelo es la regla y medida de la convivencia social: “el arte de engañar y manipular”. Esta mentalidad de «batalla» y de «enemigos internos» —tan criticada cuando se lee en el materialismo histórico y dialéctico del marxismo o en la teoría etno nacional de Oswald Spangler— es exactamente lo que produce la corrupción moral que los conservadores dicen y desean combatir, siendo su mayor defensor, los Estados Unidos de América con su modelo de sociedad.

Los re-encantados que abundan en la juventud de nuestro continente critican la «degeneración cultural» de Occidente, pero irónicamente defienden el capitalismo del liberalismo, donde el mercado está, sin saberlo, sirviendo al mismo sistema que destruye lo que pretenden defender.

Cuando una sociedad ha reducido al ser humano a consumidor; el éxito se mide solo en dinero; la verdad es negociable conforme a intereses del mercado; cada persona es «ley de sí misma» la degradación moral es inevitable. No es consecuencia accidental; es consecuencia necesaria del sistema, propia del modelo de mundo que importa la herejía del Americanismo.

Ahora bien, sorprendentemente, figuras como Tucker Carlson, Candence Owen o Nick Fuentes, entre otras figuras similares, ha tomado realmente la “Red Pill” y han procedido en denunciar la corrupción imperial de su país y de la intromisión del lobby israelí junto a la industria militar de los Estados Unidos de América. No puede haber un mercado o una política sin virtud, no puede haber política sin moral, no puede haber una sociedad sin reciprocidad y solidaridad. Todo lo contrario son antivalores que descomponen la convivencia social al no responder a la naturaleza humana, llevando a la distopía hobbesiana del “Homo homini lupus”.

En otras palabras, ya en el mundo anglosajón, muchos conservadores denuncian síntomas de la enfermedad del americanismo y su visión modernista, dando luces para una verdadera alternativa cristiana propia de quien lee el Evangelio, pues la palabra de Dios es contundente: «No podéis servir a Dios y a la riqueza» (Mateo 6:24). El ideario “neocon” y las versiones deformadas de la denominada “Alt Right” ignoran que el capitalismo neoliberal exactamente hace lo opuesto: absolutiza el interés personal, convierte la codicia en virtud, predica que el «bien común surge del egoísmo» a través de la «mano invisible”, lo cual es teológicamente una adoración de ídolos materiales; la divinización del pecado. El Romano Pontífice san Juan Pablo II fue explícito al definir el capitalismo desregulado como «un orden moral invertido» donde el capital (máquinas, dinero) se impone sobre el trabajo humano (la persona), como vehemente indicó en Sollicitudo rei socialis o en Centesimus Annus.

Ahora bien, en definitiva, la intervención estadounidense en Venezuela, además de toda su lamentable controversia, es una invitación profética para América Latina y la tradición hispana que duerme desde Madrid a Manila, de Ciudad de México hasta Montevideo. Puesto que los pueblos hispanoamericanos no necesitan tutelaje estadounidense, sino que, necesitamos redescubrir nuestra vocación histórica como pueblos católicos, hermanados en la fe, construyendo juntos una civilización del amor donde Dios sea fundamento, donde la verdad sea conocible, donde la justicia ordene el orden social, donde la comunidad sea más fundamental que el individuo. Entonces, sí, la verdad, la justicia y la paz reinarán finalmente entre nosotros.

América Latina debe recuperar: la visión de la Cristiandad Hispánica, no en su versión corrupta de la Leyenda Negra o la complacencia de la Leyenda Rosa, sino que, en sus aspiraciones más nobles. Esa pequeña cristiandad—imperfecta, traumatizada, pero animada por una convicción fundamental—intentó construir una civilización donde Dios no era un apéndice cultural sino el fundamento de todas las relaciones sociales, donde la dignidad infinita de cada persona (indígena o española, rica o pobre) era proclamada como verdad sagrada, donde la comunidad prevalecía sobre el individualismo atomizado.

Del mestizaje cristiano que resultó de ese encuentro —nuevamente, no sin sus traumas terribles, pero con sus virtudes genuinas— brotó una comprensión de que la solidaridad humana trasciende las barreras de sangre y riqueza. El pobre era reconocido como hermano en Cristo. El trabajo manual era considerado noble. La familia multigeneracional era la célula básica de la sociedad. La propiedad de la tierra existía, pero bajo la lógica del bien común familiar y comunitario, no bajo la lógica de la acumulación sin límites.

Hoy, cuando el modelo estadounidense muestra sus verdaderas entrañas —cuando los drones matan civiles inocentes, cuando el capitalismo corporativo roba los recursos de pueblos enteros, cuando el individualismo consumista vuelve solitarias y desesperadas a multitudes de personas— los pueblos de nuestra Latinoamérica están llamados a un despertar de sí misma como heredera de una tradición alternativa. No como nostalgia romántica, sino como reclamación crítica y transformadora de lo mejor de esa herencia para construir una propuesta civilizatoria verdaderamente cristiana.

La tradición cristiana ofrece un marco para esta reconstrucción: una economía donde la persona es el centro absoluto, pero nunca aislada —siempre inserta en comunidades de solidaridad—. Un Estado que existe para proteger el bien común, no para servir a oligarcas; una propiedad privada regulada por la ley moral y subordinada a la justicia distributiva; una política internacional basada en el respeto a la soberanía de los pueblos y el derecho internacional, no en la dominación imperial.

La intervención estadounidense en Venezuela el 3 de enero de 2026 es una invitación para la cristiandad se pronuncie y diga un NO rotundo no solo al americanismo como ideología religiosa, sino al liberalismo político y al capitalismo como sistemas civilizatorios propios del paradigma anglosajón.

Cita este artículo

Salinas, A., (2026, 3 marzo). En el Corazón de Latinoamérica: Redención o Ruina. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/en-el-corazon-de-latinoamerica-redencion-o-ruina/

 

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Número 5, año 6, enero 2026 https://revistaforja.org/revista-forja-para-el-bien-comun-num-52/

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