Empatía es lo que faltó a quienes, al término del torneo mundial de balompié celebrado el mes pasado, declararon su irracional odio a los argentinos en general y a algunos futbolistas de ese país en específico, especialmente al mejor de ellos, Lionel Messi.
Pero antes de continuar, conviene tener presente que la comunicación es, por definición, un fenómeno específicamente humano. Es propio de las personas comunicarse; es decir, poner en común ideas, sentimientos, pensamientos, emociones, conocimientos, etcétera. Esa puesta en común sólo pueden llevarla a cabo los seres humanos.
Hay fenómenos parecidos a la comunicación que, sin embargo, no lo son. Pongamos por caso la relación que se da entre ciertas especies animales, tales como las hormigas, las abejas, los castores y los delfines.
La diferencia entre esos fenómenos y la comunicación es que los códigos comunicacionales son voluntarios y aprendidos, mientras que entre los animales se trata de códigos no aprendidos. Nadie enseña a los castores a enviarse señales azotando la cola cuando perciben peligro, ni a las hormigas a formar filas para buscar comida, o a las abejas a trabajar para la reina.
En resumen, la comunicación sólo se da cuando interviene, principalmente, la razón y la voluntad de quienes se comunican, de quienes deciden compartir mediante la puesta en común.
Y, de acuerdo con los grandes teóricos de la comunicación (Laswell, Berlo y muchos más), los elementos básicos, indispensables para que haya un acto comunicacional son: emisor, receptor, mensaje, código, codificador, decodificador, canal y respuesta.
A partir de esa base teórica, parece posible establecer que un acto de comunicación solo es pleno si el receptor, una vez recibido y decodificado el mensaje, manifiesta una respuesta, sea esta voluntaria o no. Es decir, si reacciona, ya sea con palabras, o con actitudes, al contenido del mensaje que le fue enviado.
En este contexto, hay factores que facilitan la comunicación, la puesta en común, y otros que la dificultan. Por ejemplo, la utilización de códigos distintos entre el emisor y el receptor. Si un emisor habla inglés, pero no italiano, y el receptor habla italiano y entiende poco inglés, el ruido que se producirá en el canal de comunicación puede hacer que el mensaje sea mal decodificado y genere una respuesta equivocada o impropia.
Otros factores hacen más terso el proceso. Y entre ellos, uno que en apariencia, nada tiene que ver con las ciencias de la comunicación, pero a menudo resulta clave en la búsqueda de una transmisión limpia y una comprensión pura del mensaje es precisamente la empatía.
Es lo que no pudieron, no quisieron o no supieron cómo aplicar algunos irracionales que se burlaron de las lágrimas de los futbolistas argentinos derrotados por los españoles; ni otros que intentaron denigrar a los españoles que salieron triunfantes en ese partido y se llevaron el trofeo más preciado en el mundo comercial de ese deporte.
Empatía es lo que faltó a quienes, incapaces de ganar en la cancha de juego, arremetieron a golpes y empellones contra quienes los superaron en los poco más de 120 minutos que duró el partido, desde el pitazo inicial hasta el último silbatazo.
La empatía es una herramienta poderosa, como queda dicho. Pero las herramientas no trabajan por sí mismas, necesitan ser empleadas por las manos de alguien que tenga claro lo que desea hacer con ellas y la finalidad de eso que desea hacer; de otro modo, su uso puede servir para poco o incluso acarrear resultados contraproducentes.
Esta última consideración conduce a analizar si la empatía aplicada a la comunicación arroja siempre resultados positivos o no, y a ese respecto, parece que lo positivo o negativo de los actos comunicacionales suele estar determinado por el uso que quienes se comunican deciden hacer con ese resultado.
Es decir, la comunicación no es buena ni mala en sí, de la misma manera en que un martillo es bueno si se le usa para construir un armario y es malo si se le utiliza para asesinar a alguien. Es decir, ser empático cuando se trabaja en comunicación, ser capaz de comprender los sentimientos, las emociones y los puntos de vista de los demás, debiera ser suficiente para hacer una comunicación constructiva, de crecimiento y de beneficio social.
Por desgracia, no siempre es así porque, también por desgracia, la empatía tiene un componente ético y la ética es una palabra que tiende a ser objeto de desprecio por quienes tienen los ojos más fijos en producir dinero vendiendo falsa comunicación, que en aportar para el crecimiento personal y social de quienes viven en su entorno.
Se trata, a fin de cuentas, de un problema de educación. Como lo son nueve de cada diez problemas sociales trascendentales.
Cita este artículo
Camacho, P., (2026, agosto 31). Empatía y comunicación. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/empatia-y-comunicacion/
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