Análisis de cómo llega el Partido Republicano a la presidencia de Chile
En su lugar, se impuso progresivamente una disposición ciudadana más sobria y pragmática, marcada por la búsqueda de seguridad, orden, estabilidad y certezas básica para la proyección de la vida personal, familiar y económica.
La elevada participación electoral observada en ambas vueltas de esta elección presidencial de 2025, si bien es explicada en gran medida por el voto obligatorio, también es un indicador del cambio de clima: una ciudadanía que volvió a las urnas no tanto por entusiasmo ideológico, sino por la percepción de que estaba en juego la seguridad y el futuro del país.
Este estado de ánimo no es exclusivamente chileno. En América Latina se observa un giro aún incipiente, pero significativo, hacia opciones de derecha o de centroderecha, impulsado menos por adhesiones doctrinarias profundas que por el rechazo a gobiernos percibidos como ineficaces, moralmente inconsistentes o excesivamente ideologizados.
El triunfo de Javier Milei en Argentina, la consolidación de Nayib Bukele en El Salvador y el fortalecimiento de fuerzas conservadoras en distintos países de la región forman parte de un mismo trasfondo: la reacción frente a élites políticas que prometieron justicia social y terminaron administrando frustración, estancamiento y caos.
En el plano global, el ascenso del Partido Republicano chileno y la figura de José Antonio Kast han sido comparados con otras derechas contemporáneas. Sin embargo, los paralelos requieren precisión. Kast comparte afinidades valóricas con liderazgos como el de Giorgia Meloni en Italia —particularmente en la centralidad de la nación, la defensa del orden y una antropología política no relativista muy acorde con los principios cristianos—, pero se distancia del estilo personalista, disruptivo y confrontacional de Donald Trump o Javier Milei.
Más que un liderazgo carismático-explosivo, Kast ha cultivado una imagen de convicción doctrinal, disciplina partidaria y coherencia programática, rasgos que resultaron especialmente legibles para una sociedad que venía de experimentar años de alta conflictividad, superficialidad discursiva y relativismo moral.
En este contexto, la llegada del Partido Republicano a la presidencia no puede leerse como un accidente ni simplemente como un péndulo ideológico, sino como el resultado de un programa de decisiones políticas, institucionales y culturales que se fueron acumulando con el tiempo.
Del “Estallido Social” al agotamiento del relato refundacional
El “Estallido Social” de octubre de 2019 fue interpretado por amplios sectores de la izquierda como una impugnación total al modelo político, económico y social chileno, como una suerte de “momento cero” que habilitaba una refundación integral del país. Con el paso de los años, sin embargo, esta lectura mostró ser más una proyección ideológica que un diagnóstico compartido por la ciudadanía en su conjunto. La masiva participación en procesos electorales posteriores y, en particular, el rechazo transversal (con un 61,86% de los votos) a esa propuesta de corte maximalista, evidenciaron los límites de ese relato.
Las demandas iniciales —mejores pensiones, acceso a la salud, educación de calidad y mayor equidad— eran comprensibles y, en muchos casos, legítimas. No obstante, el marco interpretativo que se impuso posteriormente tendió a absolutizar el conflicto, a deslegitimar toda forma de continuidad institucional y a identificar el desacuerdo político con una supuesta inmoralidad estructural del orden existente. Esta lógica binaria erosionó la capacidad de construir consensos amplios y de procesar las tensiones sociales mediante reformas graduales y realistas, tal como advierte la literatura crítica sobre proyectos políticos de carácter refundacional.
Desde la perspectiva del Magisterio de la Iglesia, este proceso refleja un problema clásico: la confusión entre la crítica necesaria y la negación del orden social. El Compendio de la DSI nos recuerda que toda reforma auténtica debe orientarse al Bien Común, entendido este como el conjunto de condiciones sociales que permiten a las personas y a los cuerpos intermedios alcanzar su propio perfeccionamiento. Cuando la crítica se transforma en impugnación total, el resultado no es liberación, sino desorientación y debilitamiento del tejido social.
El voto obligatorio y la irrupción del electorado silencioso
Uno de los factores decisivos de la elección presidencial de 2025 fue la vigencia del voto obligatorio con inscripción automática. La obligación legal de concurrir a las urnas —acompañada de sanciones económicas por incumplimiento— modificó, a nuestra manera de ver, de manera sustantiva el mapa electoral chileno. A diferencia del voto voluntario, que tendía a sobrerrepresentar a los sectores más ideologizados y politizados, el voto obligatorio amplió la base electoral hacia ciudadanos menos militantes, más pragmáticos y, en general, más críticos de los discursos políticos tradicionales.
La ciencia política comparada ha mostrado de forma consistente que el voto obligatorio tiende a incorporar a la competencia democrática a sectores que valoran el orden, la estabilidad y la previsibilidad institucional. En el caso chileno, esta ampliación del electorado favoreció una lectura más sobria del momento político y redujo el peso relativo de las minorías intensamente movilizadas. El resultado fue una elección en la que el clivaje central no estuvo dado por consignas identitarias o refundacionales, sino por la evaluación concreta de la capacidad de gobernar y de restablecer condiciones básicas de seguridad y orden.
Esta nueva realidad electoral explica también el auge que tuvieron, en este ciclo electoral y el anterior, figuras consideradas “outsider” de la política tradicional, como el candidato presidencial Franco Parisi y su conglomerado el PDG, el “Partido de la Gente” (auto definido como ni de izquierda ni de derecha), quienes fueron capaces de canalizar un malestar difuso frente a los políticos de carrera de todo el espectro ideológico.
Este PDG no logró consolidarse como proyecto de largo plazo en las elecciones pasadas pese a su tercer lugar en las presidenciales, sin embargo, están de vuelta y al parecer con una fuerza inusitada, obteniendo nuevamente el tercer lugar, pero esta vez con un sorprendente 19,7% de los votos en primera vuelta. Votación por sobre movimientos muy consolidados, como el conglomerado de Chile Vamos, unión de partidos de centro derecha, que sumaron en esta vuelta sólo el 12,5% de los votos, quedando en un sorprendente y fracasado quinto lugar.
Con todo, si bien el PDG se apropió de cierta manera de este descontento de las personas con la política tradicional, el Partido Republicano (que también puede ser considerado parte de la política tradicional, aunque es muy nuevo) pudo superar con su coherencia, liderazgo, valores y discurso centrado en las urgencias del país, logrando el 23,9% de los votos. Obteniendo así el segundo lugar de las elecciones que le permite ir al balotaje, y que al parecer también interpreta con mayor coherencia a los votantes de Parisi, sobre todo si miramos los resultados de la segunda vuelta: pues contó con ese segmento amplio del electorado que desconfía de la política profesionalizada, pero que tampoco adhiere a proyectos rupturistas o antisistémicos (como los que encarnó la izquierda hace unos años).
El Partido Republicano: de la marginalidad al orden programático
Durante años, el Partido Republicano fue estigmatizado como una fuerza testimonial, ideológicamente rígida y electoralmente limitada. Su trayectoria reciente, sin embargo, muestra una estrategia distinta a la caricatura habitual. Lejos de diluir su identidad para captar adhesiones rápidas, el partido optó por consolidar un corpus doctrinal claro, un liderazgo reconocible y una disciplina interna poco común en la política chilena contemporánea.
Esta opción estratégica remite a una intuición clásica del pensamiento conservador: la política no se construye únicamente sobre mayorías circunstanciales, sino sobre convicciones estables que, con el tiempo, pueden volverse mayoritarias. En un clásico de la literatura política, Edmund Burke (1790/2003) ya advertía que los proyectos políticos que renuncian a sus principios para acceder al poder terminan perdiendo tanto el poder como los principios. El Partido Republicano capitalizó el agotamiento del relato refundacional ofreciendo una narrativa alternativa basada en el orden, la responsabilidad fiscal, el respeto por la institucionalidad y una antropología política clara (con profundas raíces cristianas) que reconoce límites objetivos al poder del Estado.
El avance simultáneo del Partido en el ámbito presidencial y parlamentario consolidó esta posición, configurando un escenario legislativo en el que las derechas, aunque diversas, adquirieron un peso suficiente como para condicionar la agenda política y exigir acuerdos realistas. Este dato resulta clave para comprender los desafíos de gobernabilidad que enfrenta el nuevo gobierno.
Kast como figura política: convicción más que carisma
José Antonio Kast no encaja fácilmente en los moldes habituales del liderazgo político contemporáneo. No es un líder carismático en sentido emocional ni un comunicador disruptivo. Si bien se presenta como alguien sumamente empático y simpático, no radica ahí su principal activo. Su fortaleza radica en la coherencia entre discurso, trayectoria personal y propuestas programáticas. En una elección marcada por la desconfianza hacia la clase política, esta previsibilidad se transformó en un activo relevante.
Es más, si lo vemos desde la perspectiva tomista, la prudencia política no consiste en la astucia coyuntural, sino en la capacidad de ordenar los medios hacia fines justos. En este sentido, Kast logró proyectar una imagen de autoridad entendida no como dominación, sino como servicio al orden común, una noción profundamente arraigada en la tradición cristiana.
Rechazo al gobierno y crisis de la “superioridad moral”
La victoria de las fuerzas de oposición expresa también un rechazo explícito al gobierno saliente y a su pretensión de “superioridad moral”. Durante años, sectores de la izquierda chilena construyeron su legitimidad sobre una narrativa ética que los presentaba como portadores exclusivos de la justicia social. Sin embargo, esta narrativa se fue erosionando a partir de una sucesión de escándalos, errores políticos y contradicciones internas.
Casos emblemáticos que involucraron a altos personeros del gobierno, así como una gestión percibida como errática frente a denuncias graves, contribuyeron a instalar la idea colectiva de una brecha casi insalvable entre discurso y práctica. Desde la Doctrina Social de la Iglesia, la autoridad política pierde legitimidad cuando se separa de la verdad y de la responsabilidad ética. Benedicto XVI (2009) advertía en Caritas in veritate que, sin verdad, la caridad se vacía de contenido y se convierte en un instrumento ideológico. Este diagnóstico parece haber sido compartido, de manera intuitiva, por una parte significativa del electorado.
El eje orden–libertad como clivaje central
A diferencia de otras elecciones, el eje principal no fue estrictamente económico, sino político-cultural. La disputa se articuló en torno a la relación entre orden y libertad, autoridad y autonomía, Estado y sociedad civil. El concepto de “Gobierno de emergencia”, instalado tempranamente por la campaña de Kast, logró sintetizar comunicacionalmente una demanda extendida por seguridad y control efectivo del orden público.
El Partido Republicano insistió en que el orden no es el enemigo de la libertad, sino su condición de posibilidad. Esta afirmación, coherente con la tradición cristiana y con la filosofía política clásica, contrastó con una visión que identifica toda forma de autoridad con opresión, visión que había adquirido centralidad durante el mentado “Estallido Social”.
La aparente derrota cultural de la izquierda identitaria
Otro elemento relevante fue la pérdida de centralidad de las agendas identitarias más radicalizadas. Sin desaparecer por completo, estas dejaron de estructurar el debate político. La discusión pública se concentró en temas como seguridad, crecimiento económico, salud y vivienda, relegando a un segundo plano los énfasis ideológicos que habían dominado ciclos electorales anteriores, como por ejemplo, la agenda de género.
El pensamiento social cristiano ha insistido históricamente en que la política debe orientarse al bien común y no a la fragmentación de la sociedad en identidades en competencia. En este sentido, la elección marcó un punto de inflexión cultural, visible incluso en el hecho de que candidatos de todo el espectro político priorizaran asuntos concretos (la seguridad era el tema por excelencia) por sobre consignas doctrinarias.
El balotaje y la definición de dos proyectos de país en contraste
La segunda vuelta presidencial enfrentó dos proyectos claramente diferenciados. Por un lado a José Antonio Kast, el Partido Republicano y muchos partidos de centro y derecha que se sumaron en el balotaje; por otro lado, Jeannette Jara, el Partido Comunista y una suma de partidos de izquierda que muchos de ellos se sumaron a regañadientes a la campaña.
Por un lado, una propuesta orientada a la economía social de mercado, la subsidiariedad y el fortalecimiento de los cuerpos intermedios; por otro, una visión más estatista de la economía, con grandes ambigüedades respecto de la sostenibilidad fiscal y con muy pocas ganas de enarbolar la bandera de la seguridad, cosa que hacían más bien a fuerza de realidad que de interés.
Nuevamente, desde el pensamiento social cristiano, la primera resulta más compatible con una comprensión del desarrollo humano integral, tal como lo plantea en Centesimus Annus, un santo contemporáneo, Juan Pablo II (1991), al articular libertad económica y responsabilidad social.
La segunda vuelta como voto de confirmación
Más que un giro abrupto, la segunda vuelta operó como una confirmación de tendencias ya visibles en la primera jornada de votaciones. La convergencia del electorado opositor y la debilidad estructural de la candidatura oficialista, fuertemente asociada a la evaluación negativa del gobierno saliente anticiparon un desenlace relativamente previsible. Es así como el Gobierno de Boric contaba, por poner un ejemplo, con sólo un 22% de aprobación y un 66% de rechazo, justo antes del inicio de las primarias presidenciales, es decir, justo antes del inicio de todo el ciclo de campañas electorales (Mora, 2025).
Es importante notar que entre los candidatos de oposición (del centro a la derecha) en primera vuelta sumaron en total una increíble suma del 71,3% de los votos. Versus un 26,9% que obtuvo la única candidata del oficialismo, la ex ministra, Jeannette Jara. Así las cosas, la verdad es que no sorprendió mucho que en el balotaje José Antonio Kast obtuviera un 58,2 % del total de votos, versus un 41,8 % de Jara, marcando una diferencia de 16,4%, algo inusitado en la política chilena desde que existen los balotajes.
La diferencia era un secreto a voces. Muchos comentaristas políticos, incluso pro-gobierno, ya adelantaban un triunfo holgado de Kast. Y es que las personas en Chile en general están muy cansadas de la actual administración. Y Kast, más allá de su liderazgo, encarnó por sobre las demás opciones el voto de rechazo a este Gobierno.
La ronda final de votaciones funcionó así como un mecanismo de cierre de un ciclo político marcado por la experimentación y la incertidumbre: liderado Gabriel Boric y el Frente Amplio (su partido político); quienes tristemente dejaron un legado de improvisación y falta de madurez en la gestión pública que sólo pudo salvar de alguna manera la centro izquierda (la ex Concertación), cuando llegó a contener los daños tomando puestos claves como el Ministerio de Hacienda (la vicepresidencia en Chile).
La ironía de toda esta historia está en que la gente del Frente Amplio se abrió paso en la política precisamente criticando el período de los 30 años en que la Concertación fue gobierno. Frases como “no fueron 30 pesos, sino 30 años”, un eslogan colectivo utilizado por manifestantes durante el estallido social en Chile de octubre de 2019.
Este lema se usó en las calles y en pancartas para expresar que la movilización no era por el aumento de 30 pesos en el pasaje del metro (problema detonante de las manifestaciones masivas), sino por el descontento acumulado durante 30 años desde el retorno a la democracia. 30 años que, a nuestro criterio, fueron en verdad muy buenos y la recolección de frutos del conocido período de prosperidad económica conocido como “Milagro Chileno”.
El “Chilean Miracle” fue acuñada por el economista Milton Friedman (Premio Nobel de Economía en 1976) y popularizada en política para referirse al rápido proceso de estabilización, liberalización económica y crecimiento sostenido que experimentó Chile a partir de mediados de la década de 1970 y, sobre todo, desde los años 80 en adelante, en contraste con el desempeño previo del país y con otras economías latinoamericanas. Pues bien, herederos de ese milagro y continuadores de la política económica, fueron precisamente los gobiernos de centro izquierda (Concertación) venideros en democracia en los años 90 y 2000.
Amistad cívica y madurez democrática
Ahora bien, rescatando lo positivo, más allá del resultado de la segunda vuelta, un aspecto muy notable del proceso fue la aceptación transversal de los resultados y el tono general del período postelectoral. Nuevamente el Servicio Electoral (SERVEL), quien administra las votaciones y garantiza la fiabilidad del sistema, demostró estar a la altura del desafío y en menos de una hora de abiertas las mesas, todo Chile ya conocía los resultados preliminares y las tendencias. Algo que se viene dando en verdad elección tras elección desde hace muchos años. A diferencia de otros países de la región, Chile volvió a exhibir una cultura política en la que el adversario no es concebido como enemigo. Y en dónde los derrotados reconocen rápidamente su derrota sin matices.
Esta “amistad cívica”, profundamente coherente con la tradición cristiana, se expresa en el reconocimiento mutuo y en la disposición a construir país desde la diferencia. A mediados del siglo pasado, en Pacem in terris , Juan XXIII (1963) ya subrayaba que la paz social se funda en la verdad, la justicia y el respeto recíproco, no en la imposición. Una lección que a nuestro modo de ver ha costado mucho que penetre en la humanidad y que por momentos es muy frágil, como lo evidenció Chile en 2019, pero que vuelve a recuperar hoy.
Sin lugar a dudas que instituciones formales como SERVEL, y no formales, como la de reconocer rápidamente la derrota y felicitar al contendor de manera pública, son puntos muy altos de la política chilena.
Desafíos institucionales del nuevo gobierno
Ahora bien, el triunfo presidencial que sustenta el Partido Republicano y sus aliados (que aún están definiendo si serán parte formal del nuevo gobierno o no) no elimina los desafíos estructurales. Un Congreso fragmentado, expectativas sociales elevadas (sobre todo en seguridad) y una economía aún frágil; configuran un escenario que exige prudencia política y capacidad de acuerdo. La tentación de los maximalismos, tanto oficialistas como opositores, constituye uno de los principales riesgos del nuevo ciclo.
Y es que la cosa en el poder legislativo no será fácil para Kast y sus ministros. La cámara baja, quedó conformada por una eventual mayoría de la derecha, la cual tendrá que negociar necesariamente con el “jabonoso” Partido de la Gente del cual ya hablamos. Concretamente, de 155 diputados, la derecha y centro derecha liderada por los aliados más cercanos a Kast cuentan con 76 parlamentarios, por otro lado hay 64 escaños para la izquierda y la centro izquierda; y 15 escaños para el centro e independientes.
En el Senado la cosa no es tan distinta. Aquí se renovó sólo aproximadamente la mitad de estos (pues tienen períodos de 8 años cada uno renovables cada 4), quedando la cosa muy equilibrada: 25 senadores estarán en la derecha y centro derecha, 23 en la izquierda y centro izquierda; y 2 independientes.
El rol de la oposición y la responsabilidad compartida
Una de las preguntas claves que se resolverá el 2026, es cómo será la actitud de la izquierda frente al nuevo Gobierno. La futura oposición (actual gobierno) dice que enfrentará desde el 11 de marzo (día en que asume el presidente electo) el desafío de ejercer un control responsable, evitando la obstrucción sistemática.
Sin ir más lejos, el propio compendio de la DSI (2004) nos recuerda que la política puede ser una forma eminente de caridad cuando se orienta efectivamente al bien común. Sin embargo, ciertas declaraciones, sobre todo del Partido Comunista, que anuncian una estrategia de confrontación permanente y movilizaciones en las calles ante todo evento, ponen en duda la disposición a una oposición constructiva. Probablemente veamos dos tipos de izquierdas en Chile: aquella más virulente y una más dialogante. Por el bien del país es de esperar que la segunda prime.
Chile en el nuevo mapa regional
Finalmente, quisiéramos ir cerrando con una pequeña reflexión a la luz de este resultado: Chile se reposiciona en el escenario latinoamericano como un país que, sin renunciar a la democracia liberal, busca reequilibrar su proyecto político desde una perspectiva más realista y menos ideologizada.
Abandonando el nefasto extremismo que nos dejó el “Estallido Social”, queda para la derecha el desafío de construir un país con todos y para todos; con instituciones fuertes, aprendiendo precisamente de los errores que cometimos en el pasado. En un contexto regional marcado por la polarización y la fragilidad institucional, esta opción adquiere un significado particular y una luz de esperanza, tan necesaria para nuestros pueblos.
A modo de conclusión
La llegada del Partido Republicano a la presidencia no es, a nuestro juicio, el resultado de un giro extremo, sino la expresión de un proceso de aprendizaje colectivo. Pese a interpretaciones alarmistas, Chile no abandonó la democracia ni abrazó un proyecto autoritario; más bien, corrigió un rumbo que una parte significativa de la ciudadanía percibía como errático.
Desde el pensamiento social cristiano, este momento puede leerse como una reafirmación de principios clásicos: centralidad de la persona, primacía del bien común, respeto por la institucionalidad y rechazo a toda forma de mesianismo político. El desafío, como siempre, será traducir estas intuiciones en políticas prudentes, justas y sostenibles en el tiempo.
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Bibliografía
Benedicto XVI. (2009). Caritas in veritate. Libreria Editrice Vaticana.
Burke, E. (1790/2003). Reflexiones sobre la Revolución en Francia. Alianza.
Juan XXIII. (1963). Pacem in terris. Libreria Editrice Vaticana.
Juan Pablo II. (1991). Centesimus annus. Libreria Editrice Vaticana.
Mora, H. (2025, 7 de mayo). Encuesta CEP: 22% aprueba la gestión del Presidente Gabriel Boric y 66% la rechaza. La Tercera. https://www.latercera.com/nacional/noticia/encuesta-cep-22-aprueba-la-gestion-del-presidente-gabriel-boric-y-66-la-rechaza/
Pontificio Consejo Justicia y Paz. (2004). Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. Libreria Editrice Vaticana.
Tomás de Aquino. (1265–1274/2001). Suma teológica (Selección). BAC.
Cita este artículo
Donoso, R. (2026, 10 febrero). Elecciones en Chile: ¿de un extremo al otro? Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/elecciones-en-chile-de-un-extremo-al-otro/
Enlace a edición mensual
Número 5, año 6, enero 2026 https://revistaforja.org/revista-forja-para-el-bien-comun-num-52/





