El Hombre y la Felicidad

Juan Alberto Treglia

El Hombre y la Felicidad
Si observamos a los hombres y mujeres de hoy, notamos signos de escepticismo, de tristeza, de angustia, de falta de sentido de la vida, en suma, de profunda infelicidad, provocada por una ausencia de vivir en plenitud la vocación a la que Dios nos ha llamado. La Felicidad sólo puede provenir de la dedicación al prójimo o del compromiso con algo más noble que la simple preocupación por la propia persona.

Transitando ‘las vísperas’ del próximo Año Jubilar, en el cual la Iglesia Católica invita a toda la humanidad a celebrar gozosamente los dos mil veinticinco años de la Encarnación de Cristo, cabe preguntarnos nuevamente por aquellos interrogantes metafísicos, propios del hombre de todos los tiempos: ¿quién soy, ¿qué valgo?, ¿qué seré?, ¿cuál es mi fin?, ¿qué es aquello que me hace ser feliz?

Si observamos a los hombres y mujeres de hoy, notamos signos de escepticismo, de tristeza, de angustia, de falta de sentido de la vida, en suma, de profunda infelicidad, provocada por una ausencia de vivir en plenitud la vocación a la que Dios nos ha llamado, y simultáneamente por buscar el ser feliz en aquello que por su naturaleza efímera y/o perjudicial, no puede jamás satisfacer el anhelo de infinitud que anida en el corazón del hombre.

La Felicidad es el fin último de la vida y de la actividad moral. Desde el aspecto subjetivo esta es una verdad indiscutible, pues la experiencia nos indica que todos los hombres buscan la felicidad para sí mismos, como ya lo afirmaba Aristóteles.

El análisis del plano objetivo, lleva a preguntarnos por el verdadero ‘objeto’ que proporciona al hombre la felicidad absoluta. Para Santo Tomás esta felicidad ‘objetiva’ se halla centrada en Dios, sin excluir el placer, ni aborrecer la felicidad terrena, sin cuestionar la racionalidad, y sin negar el amor.

La falsa felicidad del liberalismo

A fines del siglo XVIII la felicidad se ve como el producto de una nueva política. Su originalidad está en que nace de una idea política. Esta idea de felicidad, se da con las siguientes características:

  • Se orientaría más a lo social que a lo personal.
  • Se vería favorecida por una economía industrializada, creando así nuevas posibilidades de bienestar para las masas.
  • Este estado de cosas traería consigo posibilidades de instrucción sin precedentes para todos, con el consiguiente aumento de conciencia y realización.
  • Todo este proceso sería absolutamente laico, rechazando toda interpretación religiosa de la felicidad como ilusoria y alienadora.
El primer resultado de esta utopía revolucionaria de la felicidad para todos fue una calamidad para muchos. Lo que surgió en realidad fue una nueva y amplia clase media europea, interesada sobre todo por la felicidad que proporciona la tranquilidad doméstica y el creciente confort de la vida. Se da una identificación de la felicidad con las posesiones.
La falsa felicidad del socialismo
La falsa idea de felicidad del marxismo se convirtió en la mayor catástrofe antropológica de todos los tiempos para más de mil millones de personas. Una antropología errónea se traduce, como respuesta a la infelicidad social parcial, en una nueva infelicidad social de ámbito global y mundial.
Uno de los peligros está en que la ideología marxista sea sustituida, por una nueva idelogía, la liberal, que es seductora, pero también deshumanizante. Cuando esto sucede, tiene lugar el trágico secuestro del modelo de felicidad humana: la gente poco a poco se ve desposeída de su propia humanidad, con sus necesidades más profundas de amor, de apertura hacia lo social, y, en último término, de fe trascendente.
 
La falsa felicidad de la posmodernidad
 
El problema social hoy, es la incapacidad de amar, de sufrir, la incapacidad de aceptar el dolor. La cultura que rechaza la infelicidad se vuelve patológica, y en realidad la nuestra es una sociedad sin objetivos e incapaz de grandes deseos.
 
El principal efecto deshumanizador del paraíso hedonista es la muerte de la libertad humana, y el resultado es que la felicidad, de opción consciente que era, se reduce simplemente a una banal secuencia de diversiones infantiles.
 
La felicidad se ha convertido en un término banalizado, a menudo considerada como algo casual, individualista y carente de todo sentido de dinamismo autotrascendente de la persona. Se mide la felicidad sólo en términos de utilidad, placer y yo individual.
 
El egoísta personaje típico de la sociedad burguesa, ve a los demás únicamente como instrumentos. Usando una expresión actualmente familiar, se podría decir que ello implica el orden del tener más que el del ser.
 
El Liberalismo desarrolla una visión inmanentista del mundo con una política de laissez aller (dejarlo ir) aplicada a los valores humanos. El resultado final es la frustración de deseo humano de tener fundamentos y significados.
  • La creencia de que la satisfacción deriva de la fácil espontaneidad de la experiencia: una evasión de la lucha y de la conciencia.
  • La creencia en una medida subjetiva de conducta basada en el ‘sentirse bien’: negación de los valores objetivos o de la fundamentación de la virtud en la verdad.
  • La limitación de los impulsos generosos a la esfera privada y a la doméstica, evitando fines más altos y una perspectiva social más amplia.
  • La convicción inmanentista de que la realidad coincide con el empirismo, de ahí el cerrarse a Dios y al misterio.
La crisis de la felicidad implica una crisis de fondo de los valores que constituyen el sentido del hombre y su verdadera identidad.
 
La acumulación de oportunidades consumistas no puede nunca abrir la puerta a la felicidad auténtica. Muchos ponen el acento de la felicidad sobre todo en la libertad como factor esencial, pero prácticamente ésta se suele entender sólo de un modo individualista.
 
La pérdida de importancia de los valores tradicionales va acompañada de una frenética huída de la realidad.
 
La posmodernidad construye una cultura que rehúye las cuestiones candentes de la vida, porque considera la racionalidad asfixiante, y se repliega en una existencia atomizada por una sofisticada autorrealización. El estilo de vida posmoderno llega incluso a poner en duda si la vida vale la pena de ser vivida, fenómeno realmente insólito de infelicidad.
 
El ambiguo fenómeno del jogging puede ser admirable en términos de autocontrol, y en la medida en que expresa un respeto por el cuerpo, puede representar una auténtica crítica a modos de vivir indulgentes y opulentos, pero puede ser también el símbolo de una cultura egocéntrica, en la que la autorrealización como fin en sí misma se convierte en una obsesión cerrada frente a una conciencia espiritual o social.
 
Domina el mundo privado del propio yo, de la propia salud, del propio cuerpo, del propio hogar, hasta entretenerse sólo en las pequeñas cosas del universo individual cerrado. Por ello la felicidad se convierte en una cuestión de satisfacciones obtenidas en un ámbito restringido. La sinceridad ocupa el lugar de la verdad, la inmediatez se prefiere al compromiso. Los derechos sustituyen a los deberes o a los sacrificios, el tiempo libre suplanta el compromiso político y social. La sociedad existe para ayudarme a mi. Estar a gusto consigo mismo, sentirse bien, allí está el criterio de valoración de la felicidad.
 
La gente de los países pobres busca una felicidad en términos de progreso social, mientras que la de los países ricos la busca más en la esfera de lo personal. Parece más fácil salir al paso de la necesidad de pan que de la necesidad de amor.
 
El mundo en vías de desarrollo. Es importante el significado de la palabra ‘comunidad’, en cuanto que en los ambientes más pobres frecuentemente atestiguan aquella gozosa generosidad que se manifiesta cuando se comparte lo poco que se tiene.
 
1. El cambio, a menudo rápido y desordenado, desde la vida rural a la urbana ha hecho que las personas queden desarraigadas y en parte privadas del apoyo de la comunidad.
 
2. Se están abriendo distancias cada vez mayores entre el rico y el pobre, tanto en el plano internacional como en el interior de los países del tercer mundo, donde la diferencia se da entre una mayoría de pobres y una minoría de privilegiados.
 
3. El credo religioso tradicional se ha visto amenudo perturbado por la irrupción de nuevas sectas.
 
4. La explosión de imágenes extrañas ofrecidas por las redes de comunicación, tienen un efecto secularizador y empequeñecedor sobre las esperanzas de la gente.
 
Signos de auténtica felicidad
 
En Indonesia la felicidad se piensa sobre todo en términos de comunidad y no como una cuestión de satisfacción individual o personal. Las viejas raíces de la solidaridad, vivida en el interior de la familia, de la tribu, del pueblo de las comunidades vecinas, están todavía en el centro del modo como la gente intenta construirse una vida feliz.
 
Para la gente es natural descubrir la felicidad en el hecho de encontrarse juntos en comunión y amistad. Los valores de amistad y de vida familiar continúan siendo fundamentales para la mayoría de la gente.
 
En todos estos países, la cultura del don recíproco y de la comunión, que se realiza también en el sacrificio y en el compromiso diario por el bien común, se presenta como un testimonio creíble de la Iglesia y una fuente cristiana de felicidad en todos los ambientes.
 
La felicidad en el primer mundo. Tanto en la Europa Oriental como en la Occidental ‘el poder’ ha destruido estratos de profundidad de la persona. Las tendencias inmanentistas y hedonistas caracterizan la felicidad en los países más ricos. Gran parte de las interpretaciones de la felicidad difundidas, llevan a la banalización y la frivolidad. Se concede más importancia a las comodidades, al placer y a la participación en la toma de decisiones.
 
Muchas veces el ‘precio’ pagado por la realización del éxito económico es la ‘desintegración social’. El nuevo modelo de felicidad para los japoneses parece ser al mismo tiempo una búsqueda más individualista y más espiritual.
 
Próximos a un mundo que ofrece muchas satisfacciones materiales y hedonistas, algunos jóvenes destacan su necesidad de amor y de amistad como valores esenciales. Ante tantas presiones, muchos expresan una profunda confusión: «estamos tan ahogados por los bienes materiales que casi nadie sabe qué es lo que le gusta o lo que necesita o lo que quiere hacer».
 
Las estructuras de la sociedad moderna y tecnológica tienden hacia un tipo de anonimato, hacia un tipo de supresión del individuo.
 
Aunque el hombre logre ver que el éxito material no garantiza una verdadera felicidad, puede carecer de voluntad para combatir las fuerzas deshumanizadoras que lo rodean, de modo que la felicidad es relegada al ámbito privado.
 
En muchas encuestas recientes la esfera privilegiada ha resultado ser la de la satisfacción lograda en el ámbito de la vida familiar, sobre todo la que se obtiene con los hijos, inmediatamente seguida por la que proporcionan las amistades…
 
Es un peligro, como pasa con muchas distracciones agradables, el enclaustrarse en el ámbito de la mera preocupación por uno mismo.
 
La Felicidad sólo puede provenir de la dedicación al prójimo o del compromiso con algo más noble que la simple preocupación por la propia persona.
 
Los aspectos positivos y novedosos de la felicidad, descubiertos en la humanidad hoy, podemos sintetizarlos en lo siguiente:
 
  • Un espíritu de generosidad, vinculado a un sentido de responsabilidad ante toda la comunidad internacional; esto implica una conversión desde el mero egoísmo al deseo de construir un mundo más justo.
  • Una nueva conciencia acerca del medio ambiente, que implica una conversión desde el desinterés por la tierra a una ecología nueva y responsable.
  • Una confianza en el pragmatismo y en la tradición científica, que implica una conversión desde enfoques utilitaristas y mecánicos al deseo de poner la tecnología al servicio de las necesidades humanas reales.
  • Un deseo de proteger la dignidad humana; que implica una conversión desde el fatalismo o la pasividad a un sentido de gratitud para con todos y un deseo de gozar plenamente del don de la vida.
Que ante el Pesebre de Belén podamos una vez más renovar nuestra esperanza de un mundo conforme a los principios evangélicos, que procure en todo tiempo y lugar, la auténtica FELICIDAD HUMANA. FELIZ NAVIDAD.!!!

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