El presente documento es la continuación del presentado en el número pasado de Forja. Aquí intentaremos profundizar en la propuesta original de democracia en la antigua Atenas y seguir con la reflexión anterior.
Con la democracia como institución, se pretendía precisamente la participación de todos los ciudadanos en la toma de decisiones relacionadas con temas comunes. Con un objetivo central: la igualdad política real. No la igualdad económica, social o física, en las cuales, al parecer, había conciencia en los atenienses en particular y en los griegos en general de sus diferencias (Jaeger, 2001).
El principio fue el de tomar las decisiones juntos, en una asamblea donde cada individuo representaba un voto. Una ‘Ecclesia’ –asamblea– del pueblo no de sus representantes, integrada por los varones con más de dieciocho años, los cuales eran “hómoioi” –iguales– y “hoplitas” –infantes– con al menos dos años de servicio militar, integrantes de una de las “philias” –etnias– integrantes de la “polis” –comunidad–.
A lo largo del proceso de surgimiento y consolidación de la democracia, los atenienses pudieron constatar, como nosotros, la posibilidad de corrupción para quien ocupa un cargo con autoridad o ejerce el poder. Vieron cómo las disfunciones se presentaban en más de una ocasión, fue solo cuestión de tiempo. Pocos y difícilmente se resistían. Incluso los más virtuosos podían acabar corrompidos. Es decir, detectaron claramente a la falta de capacidad para conservar el interés por el bien de todos frente a la tendencia natural a buscar el bien propio como un límite de la naturaleza humana. Por ello, su sistema político se va a ver caracterizado por la integración de asambleas especializadas como la “bulé” –consejo– compuesta por personas designadas por sorteo, así como por la generalización de instrumentos de control en torno a dos grandes sub-objetivos democráticos: la participación ciudadana a partir del “amateurismo” y la rotación de cargos. El resultado fue, como señala Chouard: “la ausencia del profesionalismo político”. Decían los atenienses: “no queremos ningún profesional jamás en política… no lo queremos porque es el corazón mismo de la corrupción” (2011, 10:34-57).
¿Podríamos imaginar solamente a alguna de nuestras instituciones políticas dirigidas por ciudadanos amantes de servir y con cargos rotantes o cambiantes en vez de ser conducidas por “profesionales”?
La Democrática Atenas
Lo diseñado por los atenienses fue un sistema político coherente con sub-objetivos vinculados siempre para asegurar un gran objetivo: la igualdad política real. “Si se permite la formación de una casta de políticos, no se puede alcanzar el objetivo de la igualdad. Siempre habrá profesionales y no la igualdad política” (Ibídem). Sin embargo, los atenienses entendían perfectamente sus diferencias en cuanto a la riqueza y a la inteligencia, pero políticamente aspiraban a ser iguales, de eso se trataba el proyecto democrático.
En el caso de la elección, el mecanismo que conduce a elegir a alguien, es el mismo que llevará a reelegirlo. La elección conlleva la sedimentación del cuerpo político manteniendo a los mismos en el poder. “La elección tiene en sus genes la profesionalización de la política. Una cosa va con la otra. Así está programada” (Ibíd.). La designación por sorteo es completamente coherente para asegurar la existencia de una acción de amateurismo político y para conseguir la rotación de cargos.
Los atenienses fueron realistas y muy prácticos. Conocieron sus límites, eran imperfectos, entendían la tentación de tomar los bienes públicos. Eran conscientes de su debilidad para buscar el bien propio en detrimento del bien de todos, por ello, decidieron diseñar un sistema donde cada ciudadano pudiera ser en cualquier momento un centinela. Así surgió el primer control como un derecho: la “isegoría” –igualdad en la expresión–. Con ella, cada ciudadano tanto en la asamblea como en cualquier espacio público podía tomar la palabra por cualquier motivo y en todo momento. Esto permitía a cada ciudadano hablar cuando debía o quería hacer una denuncia sin peligro y protegiendo las opiniones de los disidentes.
El primer resultado positivo de la “isegoría” fue la “isonomía” o el buen gobierno, pero, para ello el uso de la palabra se encontraba sólidamente disciplinado. En primer lugar, siempre hablaba una sola persona, quien además de ser escuchada podía ser cuestionada. Por ello se tenía una obligación al tomar la palabra. Hacerlo siempre con “ethós” – ”ser” y con “logos” –significado–. Es decir, hablar siempre en correspondencia con el ser de las cosas y de acuerdo con su significado. Este ejercicio se tradujo en la práctica viva de la congruencia política, la cual, en el fondo era buscada por el sistema. No todo fue “miel sobre hojuelas”, siempre se presentan problemas e imperfecciones. Nada más Sócrates fue condenado injustamente, en este sistema y con estos procedimientos (Platón, 1871: 49-86).
Pero no podemos dejar de admirar su funcionamiento haciéndolo mucho más deseable al compararlo con nuestros sistemas políticos electorales y a dos mil quinientos años de distancia. La garantía para cualquier ciudadano de poder contar con un espacio público para plantear cualquier tipo de problema sin que su vida estuviera en peligro, es algo esencial para la higiene de la democracia. Es la garantía de su durabilidad. Vuelve activos a los ciudadanos.
Más instituciones y nuestra situación
Hoy en día, cuando las instituciones “democráticas” hacen oídos sordos a los reclamos de la ciudadanía, se genera un gran malestar. Este surge al constatar la falta de influencia de lo dicho o manifestado y por lo tanto su falta de importancia. Esta situación disuade a la gente por participar. Hay quien se queja de la pasividad de los ciudadanos sin ver cómo son las mismas instituciones quienes los vuelven pasivos. ¿Por qué ser activo si de todos modos no va a cambiar nada?
Si pudiéramos imaginar una situación inversa, con instituciones para tomar en cuenta la opinión de los ciudadanos y capaces de permitir la participación social en la mejora de las cosas, ¿podríamos pensar en una ciudadanía cada vez más activa?
Algo interesante en este sistema político se encuentra en el equilibrio entre los derechos y los deberes de los ciudadanos, donde no escapa la designación de los cargos públicos. Pericles señalaba en su célebre discurso “…cada uno de nosotros, de cualquier estado o condición que sea, si tiene algún conocimiento de virtud, tan obligado está a procurar el bien y honra de la ciudad como los otros”. El argumento partía del deber con la polis y culminaba con el derecho: “…no será nombrado para ningún cargo, ni honrado, ni acatado por su linaje o solar, sino tan solo por su virtud y bondad”. Y culminaba con el objetivo del trabajo ciudadano: el bien de todos: “Que por pobre o de bajo suelo que sea, con tal que pueda hacer bien y provecho a la república, no será excluido de los cargos y dignidades públicas” (Tucídides, 1986: 113). Trabajar por una república democrática debe incluir la posibilidad de ser designado por sorteo, como obligación y como derecho para asegurar el bien común.
Instrumentos de control para los designados por sorteo
En un sistema político, cuando uno sabe del riesgo de ser castigado, solo participa si tiene un verdadero proyecto o, si uno siente el deber de hacerlo por la comunidad. Por ello, “Para Montesquieu era muy importante la designación por sorteo y aunque no era perfecta, según él, la hacían virtuosa las instituciones complementarias –el voluntariado y las sanciones– al corregir sus defectos” (37-39).
Los atenienses se comprometían y en contraparte se presentaba una situación curiosa por lo contrastante al ser comparada con nuestros políticos actuales. A los designados por sorteo generalmente al final del mandato se les acusaba y a la hora de rendir cuentas, o incluso a posteriori, cuando se defendían en el ánimo de los inquisidores, se presentaba la siguiente idea: “yo soy como el observado”, finalmente todos somos ‘hómoioi’. Y el resultado era una verdadera línea de defensa. Al verse reflejado el observador en el observado, funcionaba la empatía gracias a la cual era más fácil detectar aspectos como el nivel de su consagración a la función encargada, si había aceptado el cargo con gusto o, si se había esforzado. De esta forma, si bien había un riesgo de sanciones, estas no necesariamente se presentaban.
Es importante insistir en la naturaleza de los instrumentos de control. La intención central era asegurar la mejor actuación de los funcionarios y por lo tanto de la democracia en su conjunto para la consecución de la igualdad política real, con base en el amateurismo político y la rotación de cargos. Para ello los instrumentos se aplicaban en cuatro momentos: antes de la designación, durante la gestión del cargo, al final y después del mandato.
Antes de la designación del cargo se presentaban tres instrumentos: el voluntariado, un examen y un procedimiento de veto. El voluntariado fue como en el caso del servicio electoral en México, un gran instrumento en ayuda de una adecuada selección de funcionarios. Solamente participan aquellos motivados para hacerlo y como señala Chouard, “asociado al riesgo real de la sanción, eventualmente severa –podría ser pena de muerte– se hacía que el voluntariado fuera un verdadero filtro para los oligarcas y los estúpidos” (2011: 39-04).
La siguiente institución era una especie de examen llamado “Docimasia” –prueba–. Este consistía en un diagnóstico del ciudadano susceptible de ser designado para asegurar dos aspectos clave para el cargo: su razonabilidad y buen juicio, y su compromiso con la comunidad. Entonces, antes de estar frente a una preocupación por el dominio de competencias profesionales para el cargo, el objetivo se centraba en su comportamiento y en sus valores humanos y sociales. “Al que no se ocupaba bien de sus padres se le excluía. No podía presentarse a la designación por sorteo” (Ibíd., 40:00).
Después estaba el ‘Ostracismo’ –aislamiento–. El ostracismo se ha vuelto hoy en día un término muy negativo, pero en aquel entonces hacer prueba de ostracismo no solo no tenía una connotación peyorativa, sino que además formaba parte de la higiene de base de la democracia.
Es decir que la palabra viene de ‘ostrakon’ –concha–, un trozo de cerámica, de vasijas rotas. Se tomaba un trozo de cerámica y se grababa sobre él, el nombre de alguien que inspiraba un cierto temor. Pero primero, antes de eso, en la asamblea, un ciudadano proponía que se lanzase el procedimiento de ostracismo.
Si la asamblea identificaba la presencia de cierto grado importante de temor, se lanzaba el procedimiento que consistía en que cada quien anotaba el nombre de alguien en el pedazo de cerámica. De manera generalizada el temor podía ser, entre otros: una evidente manifestación de interés por apropiarse de la autoridad o del poder, una cierta indecencia económica u otros factores. Se anotaba el nombre y aquel que resultó ser el más nombrado –no se le mataba o confiscaban sus bienes, sino que– se le apartaba de la vida política durante 10 años (Ibíd., 41:12-22)
El sujeto juzgado de ostracismo podía no ser expulsado de la ciudad, ni de la sociedad, pero siempre de la comunidad política. Podríamos hablar de algunos casos donde los derechos ciudadanos les eran suspendidos. La democracia contaba con un mecanismo en sí misma para poder apartar de la vida política a los que inspiraban cierto temor. Esto es algo que nos falta hoy en día, sobre todo cuando no se encuentra entre los candidatos presentados a una cierta elección, ninguno confiable. En situaciones así nos vemos entrampados como ciudadanos y el desgaste político y el incremento de la desconfianza parecen ser los únicos resultados. En ese sentido, Chouard hace referencia al caso del voto en “blanco”, el cual continúa en nuestro marco jurídico en materia electoral, pero ha desaparecido en las elecciones europeas.
¿Qué se puede hacer?
Cuando estamos atrapados entre dos males. Podemos escoger entre la peste o la cólera, ni siquiera tenemos el voto blanco que permite decir: lo que de verdad quiero es que se vayan a su casa los dos… El sentido político del voto en blanco es afirmar: ‘no quiero a ninguno de esos dos’. La elección que me ponen enfrente es tonta, yo no quiero esa situación. El voto blanco sirve para decir: ‘vete a tu casa con ese asunto’ o ‘que se vayan esos candidatos y que me pongan otros’ Y sin embargo el voto en blanco es interpretado actualmente, en nuestro sistema como un voto nulo y lo mezclan con los votos nulos (las abstenciones) y los tiran a la basura. Es indignante. ¿Pero, por qué? ¿Quién ha escrito eso? ¿Quién ha escrito las reglas que mezclan el voto en blanco con los votos nulos? ¡Son los políticos electos! Claro, es normal que escriban eso. No se les puede reprochar: es sobre todo por nuestra culpa, por haberles dejado escribir la constitución. La culpa es nuestra. Insisto. Es nuestra culpa… porque los hemos dejado hacerlo. No se debería dejar escribir la constitución a los que han sido electos. Porque no van a escribir en ella el respeto al voto blanco; ni el referéndum de iniciativa popular; no van a escribir los mandatos cortos y no renovables; no van a escribir que exista una cámara entre dos elegidas por sorteo o incluso las dos por sorteo; no van a escribir la existencia de jurados populares; en síntesis, no van a escribir las instituciones que necesitamos… No es a los que están en el poder a quien les corresponde escribir las reglas del poder. No es a los políticos profesionales… No es a los hombres de los partidos a quien les corresponde escribir las reglas del poder (Chouard, 2011, 42:15-43:35)
Lo más interesante de esta afirmación de Chouard se encuentra en la relación entre los responsables del poder y los escribanos de las leyes del poder. Este vínculo quedó prácticamente pulverizado durante el ejercicio de la democracia ateniense. Solamente se presentaba un control específico para ser aplicado durante el mandato. Sin embargo, si procedía por alguna irregularidad específica, siempre se podía echar mano de cualquiera del conjunto de los controles. El propio del tiempo de la gestión consistía en la posibilidad de destituir en cualquier momento a los designados por sorteo. Esto pone en evidencia la forma como los atenienses asumían el hecho de la presencia de conflictos, de la existencia de límites humanos y sociales, dejando claro el surgimiento de la virtud como resultado más de una disciplina y no como algo natural, espontáneo o, innato.
Conclusión Parcial.
Hasta este punto, podríamos reconocer que, al asumir este hecho, la sociedad se encuentra en la posibilidad de ejercer los controles necesarios. “Este sistema es mucho más robusto para las grandes estructuras, de talla grande”. Subraya Chouard, “la elección presupone virtuosos a los electos por el mero hecho de haber sido elegidos… ¡Se nos intenta hacer creer que no hay necesidad de controles entre dos elecciones!” (op. cit. 44-45:55). Y además la principal objeción a la designación por sorteo en la actualidad se centra en aceptar el buen funcionamiento en Atenas, por el tamaño de la comunidad. En esa época y lugar –se dice– eran pocos, en cambio hoy la elección es necesaria porque somos muchos. En el próximo número intentaremos cerrar la idea original iniciada desde el número anterior.
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Bibliografía
Chouard, E. (2011). Le tirage au sort comme bombe politiquement durable contre l’oligarchie. COBEMA. Marsella, 23 de abril. https://www.youtube.com/watch?v=EV60aqBD6H4#:~:text=Etienne%20Chouard%20nous%20parle%20de%20ce%20qu%27est%20r%C3%A9element,face%20%C3%A0%20l%27oligarchie%20actuelle%20qu%27est%20le%20pouvoir%20repr%C3%A9sentatif….more Consultado el 5 de agosto del 2025
Jaeger, W. (2001). Paideia: los ideales de la cultura griega. Decimoquinta reimpresión,
Platón (1871). La Apología de Sócrates. Obras completas. Madrid: Edición de Patricio de Azcarate, tomo 1.





