La realidad nos presenta hoy niños, adolescentes y jóvenes que carecen de:
- Hábitos, de higiene, de urbanidad, de sociabilidad.
- Disciplina y conducta, porque la sociedad ha abdicado y despreciado todo aquello que implica autoridad; y los que la ejercen, muchas veces son pésimos ejemplos a imitar.
- Orden, consecuencia directa de la ausencia de hábitos y de un ambiente que promueva la puntualidad, la responsabilidad con la palabra empeñada, el compromiso.
- Afecto y amor, cada vez viven más en una profunda soledad e insatisfacción consigo mismos y con su entorno.
- Familia, sin duda, causa profunda de las privaciones enumeradas, y de la inexistencia de un hogar, en el pleno sentido de la palabra, sólo habitan en lugares diferentes, más parecidos a pensiones u hoteles, por la ausencia de cariño, afecto, preocupación, amor….
- Dios, nuestros chicos viven prescindiendo de Él, no existe en sus vidas, ni se lo busca, pues se carece de perspectivas, sólo vale lo efímero, lo superficial, el presente.
Estas carencias, y muchas otras, llevan paulatinamente a la pérdida del sentido de la vida y de las cosas, y a un egoísmo profundo que sólo busca el placer o el gozo del momento; no se pretende la felicidad, sino exclusivamente el evadirse de toda posibilidad de sacrificio y de responsabilidad, se acepta sólo aquella que redunde directamente en beneficio propio.
La perspectiva de género como corrupción del sexo
Estamos hoy, ante la pretensión de despojar a lo sexual biológico de condición propia de lo humano, pregonándose la necesidad, planteada como ‘derecho a la identidad sexual’, negándole así su condición de elemento constitutivo natural de la persona.
Esta pretensión de distinguir «sexo» de «género», busca rechazar la concepción tradicional que considera al sexo como ‘factor inmutable’ y se afirma la necesidad de reconocerle a la persona la preponderancia del ‘sexo psicológico-social’. Es decir, reconocerle a la persona que consienta, más allá de lo biológico natural, en ‘sentirse’ y ‘estar convencida’ de pertenecer a un sexo.
En base a este planteo ideológico, se pretende la libertad del sujeto para vivir según el sexo que concilie con su subjetiva y voluntarista decisión, la que se determinará según su inclinación personal.
Este es el significado esencial del concepto de ‘perspectiva de género’ o ‘equidad de género’, entendido en forma más amplia que el de ‘sexo’.
Esta ‘perspectiva de género’ se ha convertido en un concepto ‘totalizante’, en un nuevo modo de ver al ser humano, una nueva perspectiva desde la cual, y por la cual hay que reelaborar los conceptos de hombre y mujer, según sus respectivas vocaciones en la familia y la sociedad, y la relación entre ambos. Implica reelaborar los conceptos de vida, familia y sexualidad.
Para esta ‘perspectiva de género’, las diferencias entre los varones y las mujeres responderían, no a una condición de la naturaleza esencial del ser humano, sino a condicionamientos impuestos por la estructura cultural, social y psicológica.
Desde esta concepción se elabora la perspectiva de la sexualidad humana, en la idea fuerza de ‘género’, afirmando que existen ‘combinaciones’ que resultan en última instancia, del ‘decisionismo’ o ‘gusto personal’. De ahí que se niegue que exista el hombre ‘natural’ o la mujer ‘natural’, y que consideren a la procreación y a la heterosexualidad, no como la sexualidad natural, sino como ‘otra construcción social biologizada’.
Se trata de algo más que justificar las tradicionales desviaciones sexuales (homosexualismo, travestismo, transexualismo, bi-sexualismo); se busca una «reconstrucción de la sociedad», imponiendo coactivamente una «nueva manera de ver y vivir la sexualidad», se plantea la reconstrucción del género como un proceso de subversión cultural.
Las organizaciones del movimiento feminista radical han tejido durante las últimas décadas redes y alianzas con agencias de desarrollo y de derechos humanos y con movimientos indigenistas, ecologistas y homosexuales, con el propósito de presionar sobre los gobiernos y los organismos internacionales. Su objetivo consiste en reformular la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU desde la perspectiva de género.
La feminista Marta Lamas expresa: «la sociedad fabrica las ideas de lo que deben ser los hombres y las mujeres, de lo que es ‘propio de cada sexo’”.
La perspectiva de género cuestiona el ‘patriarcalismo sexista’ por construir los roles masculino y femenino a partir del sexo biológico, estableciendo estereotipos de masculinidad, feminidad y familia, que, desde una perspectiva de género, carecen de sentido.
En cambio, la concepción de género, admite tantos roles como el imaginario social lo determine, abriéndose a un continuo que cubre todas las gamas posibles de vida sexual, sin que las características genitales biológicas puedan presentarse como un obstáculo para ello.
La homosexualidad que impide a la persona el llegar a su madurez sexual, tanto desde el punto de vista individual como interpersonal, es un problema que debe ser asumido por el sujeto y el educador, cuando se presente el caso, con toda objetividad.
«Esas personas homosexuales deben ser acogidas, en la acción pastoral, con comprensión y deben ser sostenidas en la esperanza de superar sus dificultades personales y su inadaptación social. También su culpabilidad debe ser juzgada con prudencia. Pero no se puede emplear ningún método pastoral que reconozca una justificación moral a estos actos, por considerarlos conformes a la condición de esas personas. Según el orden moral objetivo, las relaciones homosexuales son actos privados de su regla esencial e indispensable».[1]
La naturaleza del Matrimonio y la Familia
La familia, comunidad de personas, es la primera «sociedad» humana. Surge cuando se realiza la alianza del matrimonio, que abre a los esposos a una perenne comunión de amor y de vida, y se completa plenamente y de manera específica al engendrar los hijos: la «comunión» de los cónyuges da origen a la «comunidad» familiar.
La familia que nace de esta unión basa su solidez interior en la alianza entre los esposos, que Cristo elevó a sacramento. La familia recibe su propia naturaleza comunitaria -más aún, sus características de «comunión»- de aquella comunión fundamental de los esposos que se prolonga en los hijos.
«¿Estáis dispuestos a recibir de Dios responsable y amorosamente los hijos, y a educarlos…?», les pregunta el celebrante durante el rito del matrimonio. La respuesta de los novios corresponde a la íntima verdad del amor que los une.
Sin embargo, su unidad, en vez de encerrarlos en sí mismos, los abre a una nueva vida, a una nueva persona. Como padres, serán capaces de dar la vida a un ser semejante a ellos, no solamente «hueso de sus huesos y carne de su carne» (cf. Gn 2, 23), sino imagen y semejanza de Dios, esto es, persona.
La entrega de la persona exige, por su naturaleza, que sea duradera e irrevocable. La indisolubilidad del matrimonio deriva primariamente de la esencia de esa entrega: entrega de la persona a la persona. En este entregarse recíproco se manifiesta el carácter esponsal del amor.
En el consentimiento matrimonial los novios se llaman con el propio nombre: «Yo, … te quiero a ti, … como esposa (como esposo) y me entrego a ti, y prometo serte fiel… todos los días de mi vida». Semejante entrega obliga mucho más intensa y profundamente que todo lo que puede ser «comprado» a cualquier precio.
En el momento del acto conyugal, el hombre y la mujer están llamados a ratificar de manera responsable la recíproca entrega que han hecho de sí mismos con la alianza matrimonial.
Ahora bien, la lógica de la entrega total del uno al otro implica la potencial apertura a la procreación: el matrimonio está llamado así a realizarse todavía más plenamente como familia. Ciertamente, la entrega recíproca del hombre y de la mujer no tiene como fin solamente el nacimiento de los hijos, sino que es, en sí misma, mutua comunión de amor y de vida.
Pero siempre debe garantizarse la íntima verdad de tal entrega. «Intima» no es sinónimo de «subjetiva». Significa más bien que es esencialmente coherente con la verdad objetiva de los que se entregan. La persona jamás ha de ser considerada un medio para alcanzar un fin; jamás, sobre todo, un medio de «placer». La persona es y debe ser sólo el fin de todo acto. Solamente entonces la acción corresponde a la verdadera dignidad de la persona.
La familia como institución, ¿qué espera de la sociedad? Ante todo, que sea reconocida en su identidad y aceptada en su naturaleza de sujeto social. Ésta va unida a la identidad propia del matrimonio y de la familia.
El matrimonio, que es la base de la institución familiar, está formado por la alianza «por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole».
Sólo una unión así puede ser reconocida y confirmada como «matrimonio» en la sociedad. En cambio, no lo pueden ser las otras uniones interpersonales que no responden a las condiciones recordadas antes, a pesar de que hoy día se difunden, precisamente sobre este punto, corrientes bastante peligrosas para el futuro de la familia y de la misma sociedad.
¡Ninguna sociedad humana puede correr el riesgo del permisivismo en cuestiones de fondo relacionadas con la esencia del matrimonio y de la familia! Semejante permisivismo moral llega a perjudicar las auténticas exigencias de paz y de comunión entre los hombres.
Así se comprende por qué la Iglesia defiende con energía la identidad de la familia y exhorta a las instituciones competentes, especialmente a los responsables de la política, así como a las organizaciones internacionales, a no caer en la tentación de una aparente y falsa modernidad.
Si no se quiere exponer al arbitrio de los hombres la misión de engendrar la vida, se deben reconocer necesariamente unos límites infranqueables a la posibilidad de dominio del hombre sobre su propio cuerpo y sus funciones; límites que, a ningún hombre, privado o revestido de autoridad, es lícito quebrantar. Y tales límites no pueden ser determinados sino por el respeto debido a la integridad del organismo humano y de sus funciones, según los principio antes recordados y según la recta inteligencia del «principio de totalidad».[2]
Restaurar los valores familiares y la dignidad de la persona
Si deseamos, con sinceridad, recuperar los valores perdidos, podemos hacerlo desde la justicia, viviendo la piedad filial, que es el amor a los padres, a quienes no logramos, estrictamente hablando saldar ‘la deuda’ con ellos contraída, nadie puede engendrar a sus padres; desde nuestro reencuentro con ellos hemos de volver a valorar la Familia como esencia fundante de la sociedad.
Desterrando el crimen del aborto y la eutanasia, y alejando de nosotros la ideología de género, recuperaremos la dignidad de la persona, camino seguro al fortalecimiento de la familia y el crecimiento de nuestra Patria.
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[1] Orientaciones educativas sobre el amor humano. Sagrada Congregación para la Educación Católica. Pautas de educación sexual – 1º – noviembre – 1983
[2] «Humanae Vitae» 28 – julio – 1968 – nº 17





