Consecuencias de la ideologización de los Derechos Humanos

Juan Alberto Treglia

Consecuencias de la ideologización de los Derechos Humanos
El concepto y la normatividad de los Derechos Humanos marcaron un avance en la evolución de las sociedades occidentales y del mundo que éstas crearon.

El concepto y la normatividad de los Derechos Humanos marcaron un avance en la evolución de las sociedades occidentales y del mundo que éstas crearon. Cronológicamente, fijaron y expresaron la valorización superior que el hombre tuvo de sí mismo y del contenido trascendente de su naturaleza, hasta que en los tiempos modernos que corren y registró la historia desde los finales del Siglo XX, ingresaron en el mundo de la política con el consiguiente manipuleo de la idea. Aunque no se logró modificar su esencia, poco a poco la expresión Derechos Humanos comenzó a formar parte del conflicto surgido durante la Guerra Fría en que se dividió el mundo hasta el simbólico derrumbe del Muro de Berlín y la implosión de la Unión Soviética.

Todos aquellos sectores en que se dividía la izquierda para sus planteos estratégicos o simples diferencias doctrinarias que se manifestaban en el terreno de la táctica, perdieron su punto de referencia principal y el aliento económico y político necesario para proseguir la lucha cuyo único objetivo consistía –y consiste pese a la alteración del escenario- en la conquista del poder por cualquier medio.

Latinoamérica fue uno de los ámbitos más importantes donde el desarrollo de una nueva opción para la fracasada vieja izquierda tuvo un proceso más dinámico y allí logró avanzar de diversas maneras, según fueran las circunstancias locales que lo permitieron.

Uno de los vehículos más destacado para lograrlo e intentar superar la derrota militar, fue la utilización de los Derechos Humanos como argumento para la nueva batalla que se entablaba. Desde la reunión realizada en Mantas, Ecuador, entre el 28 y el 29 de julio del año 2000, cuando se resolvió abandonar el foquismo armado que concibió Ernesto Guevara de la Serna para que el comunismo conquistara violentamente el poder, se resolvió llevar la guerra al campo de la cultura y a la fijación de objetivos emocionales para iniciar el nuevo proceso.

En tal sentido, las organizaciones de izquierda que todos conocemos buscaron anular y reemplazar a los líderes tradicionales que se destacaban en sus respectivas sociedades, modificar los Códigos para adaptarlos a la nueva etapa de disgregación y degradación, influir ideológicamente en la educación, controlar los medios de comunicación, deflacionar al máximo el papel de las Fuerzas Armadas y de Seguridad, disminuir el poder de las policías, controlar los medios de comunicación, impulsar la supresión de las jerarquías y la incorporación de nuevos conceptos para intentar modificar o suprimir los valores esenciales. Para ello se puso empeño en alterar la visión y hasta la influencia del pasado en nuestras sociedades y de esa manera modificar la historia acomodándola a sus fines. En consecuencia, se coordinaron todos estos factores para iniciar un camino distinto que incluye entre su mecanismo principal el intento de anular el componente religioso atento a su poder de convocatoria y el mensaje trascendente que contiene. Más concretamente, a la Iglesia Católica por su fortaleza y capacidad de influencia universal.

Además y entre otras maniobras, entre nosotros el enemigo de ayer, ahora instrumentó el manipuleo de los Derechos Humanos: los buenos pasaron a ser los derrotados que iniciaron la Guerra de los años setenta y los malos aquellos que defendieron la legalidad y las instituciones.

La Guerra superada pasó a convertirse en una batalla más de la Guerra principal que ahora se libra, y se desarrolla en el terreno expresamente político. Coincidentemente, aparecieron las inconstitucionales leyes retroactivas, los delitos inventados para perseguir presuntos responsables de vulnerar esos Derechos Humanos, la internacionalización de la justicia para extender el conflicto político e ideológico -junto con los disimulados intereses específicos- hacia todas las latitudes posibles y finalmente, la tergiversación integral de aquellas referencias que contribuyen a cimentar el sentido de pertenencia a una nación, con sus costumbres y tradiciones que, de acuerdo con la definición orteguiana, son nada más y nada menos que “el pasado del hombre que regresa al galope”.

Así, surgieron pseudo historiadores que, con el argumento de humanizar la figura de nuestros próceres, concluyen por modificar poco a poco el rol constructivo que desempeñaron para generar así un ámbito cultural y espiritual desprovisto de contenido, única manera de abrir el camino hacia nuevas instancias ideológicas. Nace la confusión y con ello, se afectan los Derechos Humanos de las nuevas generaciones de latinoamericanos.

Son varios los instrumentos utilizados. Según lo expresado por una representativa figura empresaria de la actividad mediática, las producciones de Instagram, Tiktok, y otras redes, dirigidos a la juventud poseen un público que es analfabeto en un 24 por ciento y sus integrantes no sólo no estudiaron ni lo harán jamás, sino que carentes de futuro nunca trabajaron y carecen de posibilidades para hacerlo. En consecuencia, resulta imposible evaluar con ellos el concepto y ejercicio de los Derechos Humanos cuyo significado desconocen; los mencionados programas no logran contenerlos respecto de su comportamiento y por lo contrario, se convierten en una de las causas importantes de las vigentes alteraciones sociales y muy particularmente de la inseguridad que afecta los Derechos Humanos del resto de la población.

El hedonismo se impone y para entender la gravedad de lo que ocurre, acotemos que, en promedio, el 50 por ciento de los menores están navegando en las redes entre cuatro a seis horas por día. ¿Cuál será su idea de los Derechos Humanos el día de mañana…?

Si tenemos en cuenta que de la educación participa un tríptico integrado por la familia, la escuela y hoy los medios electrónicos, podemos concluir que los Derechos Humanos de la mayoría de la sociedad son vulnerados expresamente.

Así, aparece la llamada “música marginal” y se crean conjuntos como el llamado sugerentemente “Los pibes ladrones” cuyas letras reiteradas apuntan a ponderar el consumo de la droga, denigrar a la policía, censurar a los códigos y apuntalar la idea de que quienes participan de los valores sustantivos, son simples perseguidores de una aparente nueva generación. Esto es nada más que una expresión de lo que ocurre con la justicia garantista cuyos promotores, en franco manipuleo de esos mismos derechos, privilegia el delito al que no considera como tal, o le asigna una importancia secundaria pues lo considera una consecuencia y hasta una imposición del marco social en que se produce. Entonces, la perseguida es la policía o la víctima, no el delincuente. Si unimos todos estos ingredientes incluyendo el negocio comercial con que se instrumentó la revisión de los años setenta y la persecución de quienes la libraron en nombre de la sociedad, la ley y las instituciones, observaremos un detalle interesante que puede estar llamado a tener consecuencias imprevistas: la persecución de referencia se realiza bajo el disfraz de asignarle a los militares la responsabilidad de haber cometido delitos de lesa humanidad al desarrollar un presunto terrorismo de Estado. En consecuencia, cabe preguntarse cuál debe ser el encuadramiento definitivo que les cabe a los terroristas que actuaron bajo la dirección y con la financiación de un Estado extranjero como lo es la República de Cuba que instruyó y otorgó los medios necesarios a quienes asesinaron, robaron y secuestraron a mansalva. Por lo tanto, no es difícil concluir con que los Derechos Humanos fueron convertidos en un verdadero instrumento de ese combate que continúa hoy, con el nombre acuñado por Chávez del “Socialismo del Siglo XXI”.

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