“Donde está Pedro está la Iglesia”

Juan Alberto Treglia

“Donde está Pedro está la Iglesia”
Ante la banalidad de muchos católicos, acerca de la fidelidad al Santo Padre, hemos de precisar su alcance y sus fundamentos, para ello recurrimos a la teología, distinguiendo siempre lo que constituye el Magisterio Pontificio, de las decisiones de orden prudencial que toma Su Santidad, con las cuales uno puede disentir en un espíritu filial, pero teniendo siempre en cuenta que en sus decisiones cuenta con la Gracia de Estado y que son propias de “quien mira el bosque” y no “sólo el árbol”.

Naturaleza de la Iglesia: Ella es una institución divina, definida nominalmente como Pueblo de Dios y esencialmente como Cuerpo Místico de Cristo, Él mismo la fundó, colocando como Autoridad Suprema de la misma al apóstol san Pedro. Su constitución y estructura son monárquicas.

El Papa es el Pastor Supremo, Vicario de Cristo. Los Obispos, en comunión con el Papa, gobiernan, enseñan y santifican a la grey cristiana, distribuyendo la gracia redentora a través de los Sacramentos, auxiliados por los presbíteros y diáconos. Los laicos, de acuerdo con sus posibilidades y dones recibidos, colaboran con la jerarquía en la difusión del Reino de Dios.

La Potestad de Enseñar o de Magisterio: a Pedro y los otros apóstoles fue a quienes primeramente encomendó Cristo la predicación del Evangelio. La Iglesia Católica enseña que igual que el Santo Padre y los otros obispos son los sucesores de los Apóstoles en el gobierno de su grey, así también son ellos los sucesores de los apóstoles como maestros auténticos y testigos de la fe.

Ellos son los testigos que Cristo ha establecido para adoctrinar a la Iglesia; y a la palabra del Santo Padre y del colegio episcopal como Maestros, Dios les ha dado la potestad de verdad infalible. Pues por ellos especialmente hace Él que se diga fielmente la palabra que Él envió a los apóstoles para que la proclamaran.

El obispo católico tiene el deber de enseñar colegialmente, en unidad de fe con el Santo Padre y sus hermanos en el Episcopado.

Ellos tienen la obligación de creer en las Escrituras y en la Palabra que les ha sido entregada en la Iglesia, por los obispos y apóstoles que les precedieron. Hay una continua ‘tradición’ de la fe.

Que la Iglesia custodie con pureza la fe divina, conserve inalterada la fe y se mantenga firme en su entendimiento y amor a esa fe, no es obra de los hombres, sino de Dios. Es el Espíritu de Dios el que da el carisma de la verdad a los maestros auténticos y el carisma de la fe a estos maestros y a los que los escuchan.

Infalibilidad y Fe: Cristo prometió enviar su Espíritu Santo a aquellos que creyeran en Él para conducirlos a la Verdad plena (Jn 16,13).

Un don importante para toda la iglesia creyente, y para la iglesia docente, es el don de la infalibilidad, esto es, una determinada incapacidad de errar al creer o enseñar la verdad revelada.

La ejercen el Papa, en grado supremo como Pastor Universal, y los obispos, en sus respectivas diócesis, en comunión con el Sumo Pontífice.

El magisterio se llama auténtico cuando el que enseña tiene autoridad para obligar a aceptar su doctrina, y lo hace con la autoridad recibida de Jesucristo. De aquí que en la Iglesia el Magisterio Auténtico se ejerce por dos canales principales: el extraordinario y el ordinario.

El primero se da cuando el Papa, como Pastor Universal, o los obispos reunidos en Concilios bajo la autoridad del Papa, enseñan, definen y obligan a aceptar una verdad como doctrina de fe; el segundo es cuando el Papa, como Pastor Universal, o los obispos, dispersos por el mundo en comunión con él, enseñan y difunden las verdades que hacen a la fe católica, valiéndose no de definiciones “solemnes” o “ex-cathedra”, sino de medios comunicativos más ordinarios: encíclicas, alocuciones, decretos, cartas, pastorales, etc.

El Magisterio Ordinario, Los Obispos normalmente enseñan a la Iglesia de modos pastorales sencillos; predican el Evangelio; se preocupan de la instrucción catequética de los fieles; vigilan las formas de oración y culto en que la fe es vivida y ejercitada; en sus cartas pastorales y en sus instrucciones guían a los fieles sobre lo que han de creer y hacer para alcanzar la salvación, de acuerdo con la revelación que ha sido encomendada a ellos en su oficio pastoral.

La infalibilidad no se extiende a toda la enseñanza de cada obispo individualmente. Pero los Obispos, como Maestros auténticos de la Iglesia, pueden proclamar su doctrina infaliblemente (LG 25), dispersos por el mundo, pero manteniendo el vínculo de comunión entre sí y con el sucesor de San Pedro, convienen en un mismo parecer.

Magisterio extraordinario, es infalible y tiene dos formas; la primera de ellas se encuentra en los Concilios Ecuménicos. En tales concilios, el colegio de todos los obispos, junto con el Papa como cabeza de dicho colegio, puede hacer declaraciones definitivas respecto a la Fe de toda la Iglesia. La segunda forma es la definición ex cátedra, de una doctrina por el Santo Padre.

La autoridad de los Concilios Ecuménicos fue mostrada por primera vez en los Hechos de los Apóstoles, en los que se hace referencia al primer Concilio de Jerusalén, en el cual los apóstoles y colaboradores, presididos por San Pedro, asumen con la asistencia del Espíritu Santo, declaraciones doctrinales definitivas. Las definiciones solemnes de los Concilios exponen la verdad revelada de un modo que es ‘irreformable’ e ‘inalterable’.

El Santo Padre tiene una especial función magisterial entre los Obispos; su autoridad y poder no los asume de los otros Obispos, ni por delegación de la Iglesia, sino que los recibe inmediatamente de Cristo. De ahí que tenga una responsabilidad independiente en orden a preservar la Fe. Sus palabras tienen autoridad por su propio ministerio sagrado, y no precisan aprobación, ni siquiera la aceptación de los demás Obispos, merecen una reverente escucha y aceptación de cada miembro de la Iglesia. En sus sucesores como en su vida (Hech 15,7-11) San Pedro, con la asistencia del Espíritu Santo, ha confirmado siempre la Fe de sus hermanos.

El Concilio Vaticano Primero, define solemnemente la infalibilidad pontificia: “Siguiendo la tradición recogida desde el principio de la fe cristiana… enseñamos y definimos ser dogma divinamente revelado: que el Romano Pontífice, cuando habla ex cátedra –esto es, cuando cumpliendo su cargo de pastor y doctor de todos los cristianos, define en virtud de su suprema autoridad apostólica que una doctrina sobre la fe o las costumbres debe ser sostenida por la Iglesia Universal– goza por la asistencia divina que le fue prometida en la persona del bienaventurado San Pedro, de aquella infalibilidad de que el Redentor divino quiso que estuviera provista su Iglesia en la definición de la doctrina sobre la Fe o las costumbres; y por tanto, que las definiciones del Romano Pontífice son irreformables por sí mismas y no en virtud del consentimiento de la Iglesia.

Esta infalibilidad no es lo mismo que la revelación o la inspiración. Mediante el don de la Infalibilidad pontificia el Espíritu Santo preserva de error la fe de toda la Iglesia. Del católico se espera que asienta a todas las doctrinas que la Iglesia enseña a través de su Magisterio Auténtico, religiosa sumisión de la voluntad y del entendimiento.

Objeto del Magisterio Eclesiástico:

El Papa Juan Pablo II por una Carta Apostólica, en forma de “motu propio”, introduce en el Canon 750 del actual Derecho Canónico dos incisos, por el cual explicita la Doctrina Católica, designados en el lenguaje teológico tradicional como “conexos” con el depósito de la fe y moral, objeto propio del Magisterio Eclesiástico.

De acuerdo, pues, a la modificación mencionada y siguiendo la nota ilustrativa publicada por la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, suscripta por su prefecto, Card. Joseph Ratzinger, las verdades enseñadas por el magisterio auténtico eclesiástico pueden tener el siguiente valor:

1- Verdades divinamente reveladas, propuestas como tales mediante juicio solemne del Papa o de los obispos en comunión con él. “Se ha de creer con fe firme, todo aquello que se contiene en la Palabra de Dios escrita o transmitida por la Tradición, y que la Iglesia propone para ser creído, como divinamente revelado, mediante un juicio solemne o mediante el magisterio ordinario y universal”. La Sagrada Tradición va inseparablemente unida a las Sagradas Escrituras. La Iglesia es responsable de transmitir fielmente todo lo que ella ha recibido del Señor

La Iglesia propone estas verdades como formalmente reveladas y como tales irreformables. Estas doctrinas están contenidas en la palabra de Dios escrita o transmitida y son definidas como verdades divinamente reveladas por medio de un juicio solemne del Romano Pontífice cuando el Papa habla “ex cathedra”, o por el Colegio de los Obispos reunidos en concilio, o bien son propuestas infaliblemente por el magisterio ordinario y universal. Por esta razón quien obstinadamente las pusiera en duda o las negara caería en herejía. Son “de fide credendae”.

Ejemplos de estas verdades los constituyen los artículos del Credo, los diversos dogmas cristológicos y marianos, la institución de los sacramentos, la presencia real de Cristo en la Eucaristía, etc.

2- Verdades conexas con la doctrina de la fe y costumbres y propuestas por la Iglesia de modo definitivo. El objeto de esta fórmula comprende todas aquellas doctrinas que conciernen al campo dogmático o moral, que son necesarias para custodiar y exponer fielmente el depósito de la fe, aunque no hayan sido propuestas por el Magisterio de la Iglesia como formalmente reveladas.

Estas doctrinas pueden llegar a ser definidas formalmente por el Romano Pontífice, cuando habla “ex cathedra” o por el Colegio de los Obispos reunidos en Concilio o también pueden ser enseñadas infaliblemente por el Magisterio Ordinario y universal de la Iglesia como una sentencia “definitiva tenenda”.

Todo creyente, por lo tanto, debe dar su asentimiento firme y definitivo, a estas verdades, fundado sobre la asistencia del Espíritu Santo al Magisterio de la Iglesia, y sobre la doctrina católica de la infalibilidad del magisterio en estas materias.

Quien negare alguna de estas doctrinas, asumiría el rechazo de la doctrina católica y por tanto no estará en plena comunión con la Iglesia católica. Son “de fide tenendae”.

Estas doctrinas pueden ser de distinta naturaleza. Existen verdades que están necesariamente conectadas con la revelación histórica, y otras evidencian una conexión lógica. Pueden llegar, con el tiempo, a ser definidas como formalmente reveladas; entretanto la Iglesia las enseña como simplemente definitivas.

Ejemplos: La definición del Primado e Infalibilidad del Sumo Pontífice (Vaticano I); la enseñanza acerca del sacerdocio, exclusivamente reservado a los varones, doctrina definitiva, aunque no como formalmente revelada; la prohibición de la eutanasia; la maldad intrínseca de la fornicación y prostitución, etc.

3- Doctrinas no proclamadas con un acto definitivo, pero sí enseñadas por el Papa o el Colegio Episcopal en comunión con él, ejerciendo el Magisterio auténtico. Estas enseñanzas merecen “la adhesión de los fieles, con religioso obsequio de la voluntad y del entendimiento”. Estas enseñanzas –de fe y moral– son expresión auténtica del magisterio ordinario del Papa o del Colegio episcopal.

La proposición contraria a tales doctrinas puede ser calificada respectivamente como errónea, o en el caso de las enseñanzas de orden prudencial, como temeraria o peligrosa, y por tanto “tuta doceri non potest”.

Ejemplos: son todas las enseñanzas sobre fe y moral, propuestas por el Magisterio auténtico y ordinario de modo no definitivo, que exigen un grado de adhesión diferenciado, según la mente y la voluntad manifestada, la cual se hace patente especialmente por la naturaleza de los documentos, o por la frecuente proposición de la misma doctrina, o por el tenor de las expresiones verbales. Casos: el derecho de propiedad privada y el uso social de los bienes; el derecho de legítima defensa; licitud de la guerra defensiva; conveniencia de una economía que respete la libertad de mercado, aunque subordinada a la moral, etc.

La Doctrina Social de la Iglesia:

Las enseñanzas en este campo se ubican dentro de la esfera de actuación del Magisterio Ordinario. Vano sería buscar definiciones solemnes, “ex-cathedra”, de principios y directivas, necesarios por cierto, para un orden social humano y cristiano. El medio más común utilizado en los últimos tiempos por los Papas, especialmente a partir de Gregorio XVI (1832) es la Carta Encíclica (del griego: algo circular, redondo, completo, acabado). El Concilio Vaticano II, como se dijo, es el primer concilio que trata en forma orgánica materias de índole estrictamente social. Su constitución Gaudium et spes instruye sobre la situación actual de la humanidad, la persona humana, su dignidad, la comunidad política, el matrimonio y la familia, el orden económico, la cultura, etc.

Las Cartas Encíclicas, con las que el Papa se dirige a la Iglesia de una manera especialmente solemne y seria, tienen un especial título de asentimiento reverencial, incluso cuando no intentan pronunciar una definición solemne de fe.

La correcta interpretación de una encíclica o de otro documento de la Iglesia, se debe realizar a partir una lectura atenta y reflexiva del texto, en el contexto de los otros pronunciamientos pontificios y de escritos teológicos relevantes. 

El asentimiento a las enseñanzas auténticas que no son doctrinas claramente infalibles se denomina ‘asentimiento religioso’; este asentimiento religioso es exigido a todo el que profesa la fe en la Iglesia Católica. La confianza no se pone en los hombres sino en Cristo, cuyo cuidado y atención guarda constantemente a la Iglesia.

Hay otros medios de menor rango, como las alocuciones periódicas del Papa, los documentos de Conferencias Episcopales, las Cartas Pastorales, etc.

Refiriéndose a las enseñanzas difundidas a través de las encíclicas, escribe Carlos A. Sacheri:

“Siguiendo a Paul Nau O.S.B., el mejor expositor de este difícil tema, cabe señalar que ninguna encíclica aislada puede aspirar a la infalibilidad de una definición rigurosa de la fe. Pero esa infalibilidad se halla implicada estrictamente cuando se da la total convergencia sobre una doctrina en una serie de documentos, pues tal continuidad excluye por sí sola toda posible duda respecto del contenido auténtico de la enseñanza romana. Es la coherencia, la constancia, la insistencia de una misma doctrina la que asegura al menos la equivalencia práctica de la inerrancia”.

Añádase a este argumento la consideración proveniente de la indefectibilidad de la Iglesia, según la cual “las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”. En efecto, si principios y directivas, que hacen a la fe o a la moral, impartidas por el Magisterio Ordinario de una manera constante, insistente y coherente, pudieran ser erróneos y equivocados, prevalecería el infierno, es decir el error y el mal contra la Iglesia, contradiciendo la promesa de su Divino Fundador. Piénsese en la reiterada doctrina pontificia que prohíbe el control de la expansión demográfica recurriendo a métodos anticonceptivos; o la condena constante de las legislaciones permisivas de las prácticas abortivas; o en la enseñanza coherente que reafirma el derecho de propiedad privada de los medios de producción, como un derecho natural, si bien secundario y subordinado al destino universal de los bienes. Si estos principios no fueran ciertos ¿a qué Pastor y Guía nos habría encomendado Cristo? Hasta se podría concluir negando la divinidad del Salvador debido al fracaso de su asistencia. En un texto muy explícito Pío X se refirió a la obligatoriedad para los católicos de acatar el Magisterio Social de la Iglesia:

“Así pues, declaramos, en primer lugar, que es deber de todos los católicos, que ha de ser santa e inviolablemente observado tanto en la vida privada cuando en la pública, guardar y confesar con firmeza y sin temor los principios de la verdad cristiana, enseñados por el Magisterio de la Iglesia Católica, principalmente aquéllos que expuso sapientísimamente nuestro predecesor en la encíclica Rerum novarum (…)”.32

 


Bibliografía:

La Sagrada Biblia – Nacar Colunga – Jerusalén – Straubinger

Suma Teológica – Santo Tomás de Aquino

Manual de Teología Dogmática – Ludwin Ott

Magisterio Social de SS Juan Pablo II

Guía para el estudio de la Doctrina Social de la Iglesia – Dr. Carmelo Palumbo

Compendio de la Doctrina Social Católica

Cita este artículo

Treglia, J. A., (2026, abril 26). “Donde está Pedro está la Iglesia”. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/donde-esta-pedro-esta-la-iglesia/

 

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