Es posible que usted, que lee esto ahora, se sorprenda cuando sepa que el uso adecuado del lenguaje no es solamente un buen hábito, sino una forma de enriquecer la personalidad propia y, más aún, de facilitarse la vida.
Cada vez se vuelve más común el desaseo lingüístico, se incorporan barbarismos y neologismos injustificados sin el menor pudor y se llega, en algunos casos, a despreciar la gramática, especialmente la ortografía y la sintaxis, como si se tratara de disciplinas anticuadas y restrictivas.
Se prefiere escribir más “libremente”, con menos reglas. Aparentemente basta con darse a entender, sin complicaciones. Pero esa conducta está lejos de tener consecuencias positivas.
Hablar y escribir con corrección es un asunto que tiene más importancia de lo que piensa mucha gente. Más allá de lo petulante que pueda parecer esa corrección, el hecho es que usar el lenguaje correctamente tiene que ver con la libertad, por desconectados que parezcan esos puntos. Ya se verá más adelante.
Primero, definamos: ¿Qué es lo correcto? En el ámbito de lo lingüístico, lo correcto es aquello que permite a quien lee o escucha entender con claridad. Lo incorrecto, por tanto, sería lo que se lo impide o se lo dificulta.
Y esa no es una afirmación ligera, ni un dogma que hay que aceptar, sino una conclusión a la que es posible llegar a partir de bases sólidas, a partir del sentido común.
Imaginemos a una persona que va a viajar a otra ciudad y quiere saber cómo está el clima en ese sitio, para elegir la ropa que llevará. Consulta entonces las fuentes correspondientes, los servicios meteorológicos, los pronósticos del tiempo, etcétera y, con base en esa información, expresada siempre mediante lenguaje, toma una decisión. Si la información estaba escrita de manera confusa, incorrecta o ambigua, existe el riesgo de que, por culpa un uso inadecuado del lenguaje, elija ropa inadecuada. Cierto, eso no es grave, pero es una mala decisión.
Ahora, hablemos de decisiones trascendentes, en las que se pone en juego, incluso, la libertad humana.
Primero, hay que definir la libertad, que tiene límites, y distinguirla del libertinaje, que no los tiene. Alguien dijo que la libertad de cada persona termina donde comienza la de los demás. Es decir, la libertad humana está limitada por la necesidad de evitar el daño a terceros. Hasta aquí, no hay problema; queda claro que soy libre mientras no afecte a otros.
Por otra parte, de acuerdo con la tradición filosófica occidental, la libertad consiste en la posibilidad de optar, de elegir para decidir, de decantarse por una actitud o una acción. Es decir, la libertad se construye mediante la toma de decisiones.
Ahora bien, si esas decisiones deben estar condicionadas por el respeto a los demás, eso implica descartar decisiones que hacen mal a terceros. Así pues, la libertad consiste en elegir de entre dos o más opciones, la mejor.
Evidentemente, para saber cuál es la mejor de las opciones es preciso conocerlas lo más profunda y ampliamente posible. En la medida en que se conocen las opciones, crece la posibilidad de tomar una decisión adecuada; es decir, de elegir la mejor opción.
Todo eso está muy bien, pero, ante la necesidad de tomar una decisión libremente, ¿cómo se pueden conocer las opciones? No parece haber lugar a las dudas: mediante información. Quien va a decidir debe estudiar las opciones, informarse sobre ellas, conocerlas.
Piense usted, por favor, cuál es el vehículo principal de la información, y no solo en cuanto a opciones para decidir, sino en todos los casos, y verá que ese vehículo es, precisamente, el lenguaje.
Todo lo que podemos conocer antes de tomar una decisión entra en nuestro cerebro por la vía del lenguaje en sus diversas manifestaciones, pero principalmente el escrito y el oral.
Es decir, la información necesaria para conocer opciones está expresada en palabras, frases, párrafos, textos, libros, documentos, etcétera. Lenguaje y más lenguaje.
El juez que debe decidir la sentencia que dictará al acusado, necesita saber a detalle la naturaleza del delito; los agravantes o atenuantes del hecho; los castigos que la ley establece; la condición física del reo y muchos puntos más. Información pura. Lenguaje.
Si ese juez no toma la decisión correcta, cometerá una injusticia; es decir, habrá hecho mal uso de su libertad de decidir, en perjuicio del acusado si lo condena, o de sus víctimas si lo libera.
Queda claro, entonces, que es necesario usar el lenguaje de manera correcta; que no basta con que quien escribe suponga que se le entiende, que no ayudan las abreviaturas absurdas como las que hoy abundan en las llamadas redes sociales y que los extranjerismos, los barbarismos y los neologismos innecesarios (algunos son necesarios, claro) ensucian el lenguaje y pueden interferir con el ejercicio pleno de la libertad.
Cabe decir, finalmente, que la manera de hablar y escribir define la personalidad de cada quien, del mismo modo que la definen las maneras de comer, de sentarse, de reír, de gesticular. Quien habla solo para que le entiendan es como quien no se viste, sino que se tapa con trapos. Bueno, casi.
Cita este artículo
Camacho, P., (2026, abril 11). Lenguaje y libertad. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/lenguaje-y-libertad/
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