La inclusión de gobernantes y administradores en el programa del Jubileo 2025 tiene un significado especial por la aportación que hacen al bien común, ámbito que solo ellos pueden gestionar. De ahí la dignidad de la política y la necesidad de que quienes la ejercen sean personas virtuosas, con principios sólidos y compromiso comunitario.
Vivimos en sociedades marcadas por el individualismo y la desconfianza hacia la política como búsqueda del bien común. Este escepticismo ha llevado a muchos a desentenderse de su responsabilidad social y a perder la vocación de servicio.
La globalización de patologías ideológicas ha convertido a algunos políticos en transmisores de visiones distorsionadas, dañando la confianza ciudadana, polarizando y desviando la acción gubernamental de sus fines más elevados. Esta perversión moral e intelectual ha degradado valores esenciales como la vida, la familia, la verdad y la justicia.
En este contexto, del 19 al 22 de junio se celebró en la Santa Sede el Jubileo de los Gobernantes y Administradores, convocado por el Papa León XIV, con participación de líderes políticos y sociales de casi 100 países.
Del mensaje pontificio destacan, entre los ejes doctrinales, la política como “la forma más alta de la caridad”, la caridad como ley fundamental, la Ley Natural como brújula y la centralidad de la persona. Entre los principios de reflexión, la primacía del bien común, distribución equitativa de bienes, libertad religiosa y diálogo interreligioso, primacía del humanismo ante la tecnología y asumir la política como misión y no como profesión.
En los criterios de juicio, escuchar a los marginados, considerar lo trascendente en las decisiones, orientar la IA hacia estilos de vida sanos y seguros, y priorizar conciencia y verdad en el gobierno, siguiendo el ejemplo de Santo Tomás Moro. En las directrices de acción, distribuir mejor la riqueza, garantizar la libertad religiosa, situar a la persona como eje de las políticas de IA y seguir el ejemplo de líderes de probada integridad moral.
En síntesis, dos ejes definen el quehacer político: promover y defender la dignidad humana y buscar el bien común. Esto implica respetar los derechos desde la concepción hasta la muerte natural y crear condiciones —salud, educación, vivienda, empleo, protección social y bienestar ambiental— que permitan el pleno desarrollo, con prioridad para los menos favorecidos.
Los ciudadanos también exigimos: sanear la política eliminando corrupción, tráfico de influencias, enriquecimiento ilícito, promesas incumplidas, manipulación, doble moral, clientelismo y nepotismo; apostar por unidad y solidaridad, revertir la polarización y reconstruir instituciones para devolverles la confianza social. Los partidos deben fortalecerse como instituciones y no como negocios personales o de grupo.
Esta nueva clase política requiere formación moral e intelectual en principios, valores y visión cultural y filosófica que resuelvan el presente con integridad, visión trascendente y bien común, superando el pragmatismo cortoplacista, el subjetivismo y el relativismo.
La esencia de la política reclama contacto continuo con la sociedad y vinculación con organismos especializados para comprender la cambiante realidad, así como transparencia gubernamental para mantener informada e involucrada a la ciudadanía. Dialogar, consensuar, reconocer diferencias legítimas, sumar y aceptar el bien mayor propuesto por otros forman parte de la cultura política que demandamos. Estos elementos han sido reemplazados por el egoísmo autócrata que ve enemigos en los demás y súbditos en los ciudadanos.
El mensaje papal es un aliciente para quienes, fieles al Humanismo Cristiano, han sido marginados por sus valores, invitándolos a redoblar esfuerzos, unirse a otros que trabajen por el bien del país y dar testimonio de su fe.
Políticos santos y santos políticos
El Papa llama a los gobernantes a hacer de la política un medio para su santificación personal, viviendo virtudes cristianas y principios evangélicos en la esfera pública, usando su posición para promover valores morales y éticos. La política se convierte así en un campo de misión donde fe y vida pública se integran, no para imponer, sino para evangelizar con testimonio, amor y servicio.
Todos estamos llamados a la santidad desde nuestra vocación; contribuir al bien común es servir a los demás. El político santo alcanza la santidad en el ejercicio de la política; el santo político lo hace construyendo justicia y paz al servicio del bien común, aunque no gestione directamente el poder.
Gobernar con esperanza: una nueva cristiandad cívica
En esta edición proponemos una idea audaz: cosechar los frutos del jubileo político para impulsar reconciliación, perdón, renovación moral y conversión en la vida pública. En vez de perpetuar la lógica de agresión y revancha, es hora de un nuevo pacto gobernantes-sociedad basado en compromiso ético y espiritual, sin clericalismo ni imposiciones morales, que vea al otro como fin y al poder como responsabilidad, no como botín.
Este jubileo es también un hito para la sociedad civil y su demanda de bien, verdad y justicia. Gobernar exige reencontrarse con la compasión, la humildad y la escucha; despojarse de soberbia y reconectar con lo humano: el deseo de servir.
La política debe dejar de ser un campo de batalla para ser espacio de encuentro, reconstrucción y dignificación. Necesitamos una visión renovada, ética pública y líderes dispuestos a servir, no a imponerse.
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Foto de Jesse Collins en Unsplash





